Sin Prescripción CAPÍTULO CUATRO
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CAPÍTULO CUATRO

E l uno por ciento no va a durar.

Lo sé antes de tocar la pantalla. Lo sé, como también sé que debo ir con cuidado al elegir qué mirar primero, porque no habrá segunda oportunidad, no hoy, y quizás no en mucho tiempo.

Desbloqueo el teléfono.

El código sigue siendo el mismo. Cuatro dígitos que mis dedos recuerdan aunque yo no recuerde haberlos elegido. Eso también me dice algo sobre el estado en el que estoy, que mi cuerpo guarda cosas que mi cabeza ha perdido.

La pantalla se llena de notificaciones antiguas.

Docenas, quizás cientos, apiladas durante meses.

Mensajes, llamadas perdidas, aplicaciones que reclamaron atención mucho después de que yo dejara de poder dársela.

Los nombres que aparecen en la lista de llamadas perdidas me resultan familiares y extraños a la vez, como palabras en un idioma que supe hablar y he olvidado .

No tengo tiempo para leerlos todos.

Voy a los mensajes.

El último es de una tal Carmen, fechado hace once meses.

Dice solo: ¿Sigues ahí? Llevamos semanas sin saber nada de ti.

Llámame cuando puedas. Debajo, sin respuesta, otros tres mensajes suyos, cada uno con más días de distancia entre ellos.

El último dice: Entiendo que necesitas espacio. Aquí estaré.

Después, nada. Carmen dejó de escribir. De hecho, todos dejaron de escribir.

Aún pienso en las excusas que me dio Julián los primeros meses, cuando todavía preguntaba por la gente.

Se justificaba diciendo que nos habíamos mudado por el peso del accidente, y que la gente prefiere huir antes que lidiar con la enfermedad.

Su tono era tan triste que lo creí todo.

Me convencí de que la enfermedad me había costado la compañía de todos, como si fuera una carga insoportable.

Ahora miro estos mensajes y pienso otra cosa.

Voy a las fotos.

Son miles. Años de imágenes que se despliegan en la pantalla en orden cronológico inverso, desde las más recientes hacia atrás. Las últimas, fechadas hace un año, son fotos normales. Una comida, una calle, el detalle de una flor en un jardín que no reconozco. Nada extraordinario.

Sigo bajando.

Y entonces me detengo .

Hay una foto de Julián y yo. Estamos sentados en algún sitio, un restaurante quizás, y los dos reímos hacia la cámara con esa naturalidad de quien no sabe que le están fotografiando. Julián tiene la mano sobre la mía encima de la mesa.

No me acuerdo de esa foto, ni de ese restaurante. Tampoco reconozco a la persona que era yo en aquel entonces.

La pantalla parpadea.

El uno por ciento amenaza con desaparecer en cualquier momento y yo sigo mirando esa foto como si pudiera extraerle algo que no está en la imagen, alguna pista sobre qué pasó entre ese momento y este, sobre cómo se pasa de una mesa de restaurante con las manos entrelazadas a una cama en una casa del bosque de la que no puedo salir.

Entonces veo la fecha de la foto.

Tres semanas antes del accidente.

Cierro los ojos un instante.

Cuando los abro, desbloqueo otra vez la pantalla y voy directamente a los mensajes enviados. Busco los últimos que mandé antes de que todo se rompiera. Hay uno a Julián, la noche anterior al accidente. La hora: las 23.47. Lo leo una vez. Lo leo otra .

No sabe lo que ha puesto en marcha.

No entiendo a qué me refería. No recuerdo haberlo escrito. No recuerdo qué pasó después de enviarlo ni de quién hablaba de esa manera, con esa certeza fría que no reconozco como mía.

La pantalla se apaga.