Sin Prescripción CAPÍTULO TRES
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CAPÍTULO TRES

E mpujo con todas mis fuerzas. Durante un instante no ocurre nada. Luego el colchón cede y consigo incorporarme unos centímetros.

El esfuerzo me arranca una bocanada de aire. Los brazos empiezan a temblarme enseguida, como si sostener mi propio cuerpo fuera una tarea para la que ya no estuvieran preparados. Aprieto los dientes y vuelvo a empujar hasta quedar sentada al borde de la cama.

Me quedo inmóvil, no por prudencia, sino porque el mundo entero acaba de inclinarse.

Una oleada de vértigo me obliga a cerrar los ojos. El estómago se me revuelve y noto el pulso latiéndome con fuerza en las sienes. Respiro despacio, esperando que la habitación deje de dar vueltas.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, la ventana sigue donde estaba, igual que la cómoda, el armario y la puerta. Todo parece igual, salvo yo .

Bajo los pies hasta rozar el suelo. La madera está fría.

Instintivamente desplazo el peso hacia un lado, como si esperara encontrar un apoyo que no llega.

Apoyo las plantas con cuidado y las piernas responden enseguida con un temblor que no consigo contener.

Me aferro al colchón con ambas manos y espero a que dejen de sacudirse, pero no lo hacen.

Trago saliva.

—Una vez —me digo en voz baja—. Solo una.

No necesito más.

Desplazo el peso hacia delante. Las rodillas amenazan con doblarse antes incluso de despegar las manos de la cama. Durante un segundo estoy convencida de que voy a caerme de bruces. El corazón empieza a golpearme con tanta fuerza que apenas oigo otra cosa.

Entonces ocurre: por primera vez sostienen mi peso.

Me quedo inmóvil, demasiado asustada para celebrar nada, respirando despacio por miedo a que cualquier movimiento rompa aquel equilibrio precario.

La mesilla está a poco más de un brazo de distancia, pero podría estar al otro lado de la habitación.

No sé cuánto tiempo permanezco así antes de reunir el valor suficiente para moverme.

Respiro hondo y doy un paso. Es torpe, inseguro, apenas unos centímetros, pero basta para convencerme de que no voy a desplomarme al instante.

El segundo resulta algo más fácil. Hay algo inquietantemente familiar en el movimiento, como si las piernas supieran hacer esto mejor que yo.

Con el tercero, las rodillas vuelven a flaquear y tengo que detenerme antes de caer.

Nunca había pensado que recorrer un metro pudiera parecer una negociación con el propio cuerpo.

Me quedo quieta un momento, dejando que el temblor de las rodillas se calme antes de intentar el cuarto paso. El corazón me golpea tan fuerte que noto el pulso en la garganta, en las muñecas, incluso detrás de los ojos.

Miro hacia la puerta.

Sigue cerrada. Nada.

Vuelvo a mirar la mesilla. Ya no está tan lejos, pero tampoco está cerca, y en algún punto de este último año he perdido la costumbre de confiar en las distancias cortas.

Desplazo el peso hacia delante.

El cuarto paso sale mal. La pierna derecha responde con un instante de retraso, como si la orden hubiera tenido que hacer cola antes de llegar, y durante una fracción de segundo todo mi peso queda suspendido sobre un tobillo que no termina de decidir si va a sostenerlo.

Me tambaleo. Extiendo el brazo hacia el armario, más por instinto que por cálculo, y consigo apoyar la palma contra la madera fría justo antes de que las piernas terminen de ceder.

Me quedo así, doblada, con la respiración entrecortada y el corazón golpeándome tan fuerte que por un momento pienso que Julián podría oírlo desde el coche .

Cuento hasta diez.

Después hasta veinte.

El temblor no desaparece del todo, pero se vuelve manejable, algo con lo que puedo seguir avanzando en lugar de algo que me detiene. Suelto el armario despacio, comprobando primero si las piernas van a sostenerme antes de confiarles todo el peso.

Lo hacen.

El quinto paso es mejor. El sexto, casi normal, aunque «normal» es una palabra que llevo meses sin poder usar sin ironía.

Reconozco, con una especie de sorpresa desconfiada, que el cuerpo empieza a recordar algo que la cabeza nunca aprendió del todo: dónde poner el peso, cuándo doblar la rodilla, cómo repartir el equilibrio entre un pie y el otro.

Como si debajo de la enferma que he sido este año siguiera existiendo, intacta, alguien que ya sabía caminar.

Esa idea me detiene más que cualquier mareo.

Si el cuerpo recuerda cómo caminar, ¿por qué ha tardado un año entero en dejarme intentarlo?

No tengo tiempo para esa pregunta. La aparto, junto con las demás, en la misma pila donde llevo meses acumulando cosas que no puedo permitirme pensar todavía.

Sigo avanzando. Cada paso es un poco menos una negociación y un poco más una decisión.

Cuando estoy a solo medio metro de la mesilla, oigo un crujido en el pasillo de abajo, la casa asentándose, quizá, o la madera vieja quejándose con el cambio de temperatura de la mañana.

Me quedo inmóvil, un pie delante del otro, esperando el sonido del motor, de la puerta, de cualquier cosa que signifique que Julián ha vuelto antes de tiempo.

No llega nada más.

Respiro y doy el último paso.

Cuando por fin alcanzo la mesilla, me apoyo en ella con más fuerza de la que pretendía. El mueble se queja con un crujido seco y el cajón vibra dentro de las guías. El ruido, por insignificante que sea, me hiela la sangre.

Levanto la cabeza hacia la puerta.

Nada. La casa sigue tan callada como antes.

Dejo escapar el aire muy despacio. Julián ya se ha ido. Aunque hubiera olvidado algo y regresara, todavía tendría tiempo de oír el coche subir por el camino. O eso quiero creer.

Abro el cajón. Lo primero que veo son unos pañuelos de papel, un peine y un tubo de crema de manos casi vacío. También hay un cargador antiguo que ya no encaja con ninguno de los aparatos que recuerdo haber tenido.

Frunzo el ceño. No sé muy bien qué esperaba encontrar, pero desde luego no esto.

Aparto los pañuelos, luego el peine, el cargador y el tubo de crema, uno tras otro, hasta dejar el cajón casi vacío.

No hay nada. Me apoyo un instante en la mesilla para recuperar el aliento y por un momento pienso que quizá todo esto no haya sido más que una estupidez, que el té solo supiera distinto y que yo me haya dejado arrastrar por una sospecha absurda.

Pero al retirar la mano, la yema del índice tropieza con un desnivel apenas perceptible en la madera.

Me quedo inmóvil.

Vuelvo a pasar el dedo por el mismo sitio, esta vez con más cuidado, y entonces lo noto con claridad: hay una ranura. La madera se levanta apenas un centímetro. Introduzco la uña y tiro con cuidado.

Dentro hay dos cosas: un cargador y un teléfono móvil.

El cargador lo reconozco antes que al teléfono. Es el antiguo, el que dejé de usar hace años cuando cambié de modelo, el que llevaba meses buscando sin recordar dónde lo había dejado. O eso creo. Últimamente no me fío demasiado de lo que recuerdo.

El teléfono tardo un poco más en identificarlo. Tiene la pantalla apagada y la funda sucia de polvo. Pero entonces veo la grieta en la esquina inferior del cristal, la misma que lleva ahí desde que se me cayó en un aparcamiento, y algo en mi pecho se detiene.

Es mío.

El mío de verdad.

No el que uso ahora, el que Julián me dio cuando salí del hospital porque el otro se había destruido en el accidente, según me dijo.

Este. El anterior. El que debería estar en el fondo de una cuneta o en una bolsa de pruebas o destruido, pero que en cambio lleva quién sabe cuánto tiempo aquí, en el cajón de mi mesilla, guardado junto al cargador que necesita para funcionar.

Julián lo guardó todo junto.

No entiendo por qué y ahora mismo no tengo tiempo para pensarlo.

Conecto el cargador a la regleta que hay detrás de la mesilla y enchufo el teléfono.

La pantalla no reacciona. Espero. Nada. Diez segundos, veinte.

El estómago se me encoge y empiezo a pensar que llevo demasiado tiempo de pie, que Julián puede volver antes de lo previsto, que esto ha sido una estupidez.

Entonces el logo aparece en la pantalla.

Y después el uno por ciento de batería parpadeando en la esquina.

Miro el reloj de la mesilla. Las diez y veintinueve. Julián dijo menos de una hora.

Me quedan cuarenta minutos. Quizás menos.