Sin Prescripción CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

J ulián deja la taza vacía sobre la bandeja y mira el reloj.

—Tengo que bajar al pueblo antes de que cierre la farmacia.

Recoge el plato de las tostadas con la misma meticulosidad con la que hace todo.

No queda ni una miga sobre la bandeja. Después me peina con brevedad y eficiencia y guarda el peine en el cajón de la mesilla.

Al cerrarlo algo no encaja. Un borde de madera sobresale levemente en el lateral, apenas un milímetro. Julián no lo mira. Coge la bandeja.

—¿Necesitas algo?

Niego con la cabeza.

—¿Segura?

—Sí.

Se acerca a la ventana y descorre un poco más la cortina. La luz inunda la habitación.

—Hace buen día. Si no hace demasiado calor, luego te abro la ventana un rato.

Después sonríe. Esa sonrisa tranquila que siempre consigue hacerme sentir culpable por desconfiar de él.

—Volveré en menos de una hora.

Asiento.

Julián se inclina para besarme otra vez en la frente.

—No hagas esfuerzos, ¿vale?

Como si los diez pasos que me obliga a dar cada mañana fueran suficientes para llamar esfuerzo a cualquier otra cosa. Espera a que responda.

—Vale.

Sale de la habitación y escucho sus pasos alejarse por el pasillo, luego las escaleras, uno, dos, tres, hasta que el sonido se pierde del todo.

La casa queda en silencio. Espero. No sé cuánto tiempo, un minuto, quizá cinco.

Después oigo la puerta principal, el motor del coche, y no vuelvo a respirar hasta que se aleja por el camino de grava.

Cuando el ruido desaparece, giro la cabeza hacia el cajón.

Un borde de madera que sobresale un milímetro.

Julián, que no deja ni una miga sobre la bandeja, que dobla la servilleta en cuatro antes de recogerla, que cierra siempre las puertas con el mismo gesto preciso.

Julián, que no deja nada sin cerrar del todo, no se ha dado cuenta de que el cajón no cierra bien.

Miro el reloj de la mesilla: las diez y doce. Sesenta minutos, tal vez menos. Eso es todo el tiempo que tengo. Bajo la vista hacia mis piernas, cubiertas por la manta, quietas, inútiles. Hoy tampoco parecen mías. Después apoyo las manos sobre el colchón.

—Vamos —murmuro.

No sé si les hablo a ellas o a mí.

Inspiro hondo y empujo. Durante un instante no ocurre nada. Después… noto cómo mi cuerpo se separa de la cama.