Sin Prescripción CAPÍTULO UNO
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Sin Prescripción

Sin Prescripción

Por Belmar Jimenez

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CAPÍTULO UNO

L o primero que hago cada mañana es comprobar si todavía puedo mover los dedos.

Hoy obedecen.

Despacio, como si tuvieran que recordar primero para qué sirven, pero obedecen.

Empiezo por el pulgar. Después el índice. Luego el corazón, el anular y el meñique.

Cinco pequeños movimientos que hace apenas unas semanas parecían imposibles antes del desayuno.

Después intento abrir los ojos.

La luz entra por la rendija de la cortina y me obliga a entrecerrarlos. El techo tarda unos segundos en dejar de girar. El mundo despierta mucho antes que yo y tengo la incómoda sensación de incorporarme a una conversación empezada hace horas.

Permanezco inmóvil.

No porque quiera.

Porque mi cuerpo todavía no ha decidido si piensa acompañarme hoy.

Respiro hondo. El aire huele a madera vieja y a la lavanda que Julián insiste en poner dentro del armario. Dice que me ayuda a dormir. Yo no noto la diferencia, pero tampoco tengo fuerzas para discutir por cosas así.

Fuera canta un mirlo. Luego otro. Después, un silencio espeso, limpio, sin motores, sin voces, sin el ladrido lejano de un perro. Al principio me desesperaba. Ahora lo único que me inquieta es cuando deja de parecerme extraño.

Cierro los ojos un instante y busco algún recuerdo del día anterior.

Encuentro solo retazos: la sopa, un capítulo de una serie que no consigo recordar cómo terminaba, Julián cambiando las sábanas, la lluvia golpeando la ventana.

Después, nada. Es como si alguien hubiera pasado una esponja húmeda por las últimas horas del día.

No sé cuánto tiempo llevo mirando el techo cuando oigo los pasos; no necesito verlos para reconocerlos.

Tres escalones, la pequeña pausa del cuarto, los otros nueve.

La bandeja tintinea apenas al cambiar de mano antes de que la puerta se abra.

Como cada mañana, Julián aparece con una sonrisa cansada, una bandeja de madera entre las manos y el pelo todavía húmedo de la ducha.

—Buenos días, dormilona .

Se acerca despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera romperme.

Deja la bandeja sobre la mesilla y se inclina para besarme en la frente.

—¿Cómo estás hoy?

La pregunta parece sencilla, pero nunca sé contestarla.

¿Cómo se siente alguien que lleva tanto tiempo enfermo que ha olvidado lo que era encontrarse bien?

—Creo... que mejor.

Él sonríe con un alivio tan sincero que siento una punzada de culpa por no poder ofrecerle una respuesta más convincente.

—Eso ya es una buena noticia. A ver si hoy llegamos hasta la ventana sin que tengas que sentarte a mitad de camino.

Asiento sin ganas. Todas las mañanas dice lo mismo.

—¿Quieres que vayamos ya al baño?

La pregunta es rutinaria, pero lo que implica no lo es. Sin él no llego al baño. Ni a la ventana. Ni doy los pocos pasos que insiste en hacerme recorrer cada mañana. Hace meses que dejé de encontrar eso humillante .

—Mejor esperamos un rato, ¿te parece?

Julián asiente y retira la tapa de la taza. El vapor asciende lentamente.

Hay tostadas, algo de fruta, agua y el té de cada mañana.

Después abre el pequeño pastillero blanco que nunca se separa de él.

Las cápsulas descansan ordenadas por colores.

Ya ni siquiera pregunto para qué sirve cada una. Dejé de hacerlo hace meses. Al principio intentaba memorizar sus nombres, los horarios, las dosis. Después comprendí que mi memoria tenía fugas demasiado grandes para retener algo así.

Julián coloca las pastillas sobre mi mano.

—Primero esto.

Asiento y me llevo las pastillas a la boca.

Él espera, inmóvil, hasta que doy un sorbo al agua y trago.

Solo entonces se relaja. Aparta con suavidad un mechón de pelo que se me ha pegado a la cara y coge el peine de la bandeja. Me peina despacio, apenas unas pasadas, hasta dejarme el pelo detrás de las orejas.

—Perfecto.

Lo dice con la satisfacción de quien acaba de completar una tarea importante.

Cojo la taza con ambas manos. Está caliente, demasiado caliente.

Espero unos segundos antes de acercarla a los labios.

El primer sorbo me hace fruncir el ceño: hay algo distinto, más amargo, no mucho, solo lo suficiente para obligarme a volver a probar.

—¿Pasa algo? —pregunta Julián enseguida.

Levanto la vista. Sigue mirándome, siempre pendiente de todo.

—No... —murmuro—. Creo que el té sabe un poco raro.

Él baja la vista hacia la taza.

Después vuelve a sonreír.

—Será la mezcla nueva. Se me terminó la de siempre y compré otra cuando fui a la farmacia.

Tiene sentido, claro. Aun así, doy un segundo sorbo. El sabor sigue pareciéndome extraño.