Sin miedo a perder(te) Chapter 62
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Chapter 62

En el jardín de los nonni, estando con todas las personas que quiero a mi alrededor, no puedo ocultar mi felicidad.

La sonrisa que me acompaña desde que me he despertado me delata constantemente, y por mucho que intente disimularla cuando alguien me mira, me resulta imposible.

Hacía muchísimo tiempo que no me sentía tan en paz conmigo mismo, tan lleno, tan exactamente donde quiero estar.

Las luces colgadas entre los árboles iluminan el jardín con un tono cálido mientras las mesas están repletas de platos de comida, vasos a medio terminar y conversaciones cruzadas.

Se escucha música de fondo, las risas de los niños corriendo por todas partes y el murmullo constante de la gente hablando.

Y, en mitad de todo esto, me doy cuenta de algo muy simple: esta es la vida que siempre he querido tener.

—Feliz cumpleaños, mi amor —me dice Alejandra.

Se acerca a mí, detrás de la barra improvisada que mi padre ha montado en una esquina del jardín para ir sirviendo bebidas a todo el mundo.

Lleva una cerveza en la mano y las mejillas ligeramente sonrojadas, seguramente por culpa de lo que ha tomado durante la tarde.

Está preciosa, aunque, siendo sincero, para mí siempre lo está.

—Creo que es la cuarta vez que me felicitas hoy —le digo, divertido, mientras dejo la botella que estaba cogiendo para sujetarla por la cintura y atraerla hacia mí .

Ella rodea mi cuello con los brazos y sonríe como si no pudiera evitarlo.

—Me he propuesto decírtelo unas veinte veces —responde divertida—. Para compensar todos los cumpleaños en los que no he estado contigo.

No puedo evitar besarle la frente mientras la pego un poco más a mi cuerpo.

Su felicidad tampoco me pasa desapercibida; desde que hemos vuelto a la isla parece distinta, más ligera y tranquila.

Su padre también está aquí con nosotros, y Carla, Paula, y toda la familia que ha encontrado en Capri y la miran como si llevara en este lugar toda la vida.

Y quizá es porque realmente pertenece aquí.

Antes de que pueda decirle nada más, Andrea y Julio vienen corriendo hacia mí desde el otro lado del jardín, casi chocándose entre ellos de la emoción.

—¡Mateo! —grita Julio, levantando varios folios doblados—. ¡Te hemos hecho un regalo ahora mismo!

Andrea me tiende el dibujo con muchísimo cuidado y enseguida veo que han intentado pintarnos a todos. Estamos sentados en el jardín, rodeados de luces y comida, aunque algunos parecemos más bien muñecos deformes.

—Somos todos nosotros —aclara Julio orgulloso señalando cada figura—. Tú, Ale, los nonni , Luca, Sof... y también tu padre.

Siento una presión cálida en el pecho mientras observo el dibujo un par de segundos más.

—Me encanta, chicos —les digo, revolviéndoles el pelo antes de guardar el papel detrás de la barra para que no se pierda—. Lo voy a poner en mi habitación, os lo prometo.

Los dos sonríen satisfechos y Alejandra se agacha para darles un achuchón que casi los hace caerse hacia atrás de la fuerza con la que los abraza. La observo mientras se ríe con ellos y me doy cuenta de que no necesito absolutamente nada más.

Los niños salen corriendo, pero antes de que me dé tiempo a volver a acercarme a ella, las luces del jardín parecen centrarse en un solo punto cuando los nonni salen de la cocina llevando una tarta gigantesca llena de velas encendidas y empiezan a cantarme el Cumpleaños feliz .

Enseguida todos los demás se unen y el jardín entero se llena de voces desafinadas, palmas y risas.

Siempre me ha parecido un momento incómodo.

Nunca sé dónde mirar cuando me lo cantan y normalmente me entran ganas de desaparecer un poco hasta que termina.

Pero hoy no. Hoy solo puedo mirar a mi alrededor y sentirme emocionado por las personas que tengo aquí conmigo

Mi padre aparece a mi lado y me rodea los hombros con un brazo mientras sigue cantando con una sonrisa que no le había visto en años.

A unos pasos de nosotros, Alejandra abraza al suyo también, mientras Carla y Paula la observan con esa felicidad sincera de quien ha visto a alguien importante volver a encontrarse consigo misma .

Más allá, Luca y Sof están prácticamente pegados el uno al otro mientras me miran sonriendo como si supieran perfectamente todo lo que significa este momento para mí.

Y probablemente lo saben.

Porque ellos han estado ahí cuando me rompía.

—Pide un deseo, raggazo —me dice la nonna , emocionada, cuando dejan la tarta delante de mí.

Cierro los ojos despacio mientras el murmullo del jardín sigue sonando a mi alrededor.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no pido nada imposible.

Solo deseo que todos los años de mi vida se parezcan un poco a este; que nunca me falten estas personas; que sigamos encontrándonos alrededor de una mesa, riéndonos hasta tarde, abrazándonos fuerte y queriéndonos así de bien.

También que Alejandra siga mirándome como lo hace ahora y que mi padre continúe recuperando la luz.

Y, por supuesto, que los nonni puedan seguir viendo este jardín lleno de gente.

Y, allá donde estén mi madre y Ana, deseo que puedan vernos.

Que sepan que, después de todo el dolor, hemos conseguido volver a encontrarnos.

Cuando abro los ojos, soplo las velas y el jardín entero estalla en aplausos mientras las luces tiemblan sobre nuestras cabezas y yo sé, con una claridad absoluta, que no cambiaría este momento por nada en el mundo.