Chapter 63
Estas temperaturas deberían estar prohibidas por ley; no he sudado más en mi vida, y eso que llevamos toda la tarde metidos en la piscina de mi padre intentando sobrevivir al calor infernal de Madrid en agosto.
Por poco me convierto en sirena con la cantidad de horas que me he pasado dentro del agua, aunque, en cuanto salgo, vuelvo a derretirme en menos de cinco minutos.
Mi padre ha invitado a Roberto, el padre de Mateo, y hemos pasado toda la tarde entre baños, comida y conversaciones en la terraza.
Todavía me hace ilusión ver que se llevan tan bien; hace apenas un año, me parecía imposible imaginar a nuestros padres compartiendo cervezas mientras discuten sobre fútbol y se ríen como si se conocieran de toda la vida.
Había invitado también a las chicas, pero Paula se iba hoy de vacaciones con sus padres, y Carla me dijo esta mañana que no podía venir porque había quedado con unas amigas de la universidad para tomar algo.
—Dios, qué calor. Madrid en agosto es un infierno —protesta Mateo mientras salimos de casa de mi padre y el aire caliente de la calle nos golpea de lleno.
Asiento débilmente, demasiado agotada como para articular una frase coherente.
—¿Dónde quieres que vayamos? —pregunto, secándome el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—Donde quieras, pero a algún sitio con aire acondicionado y bebidas muy frías.
—O helado muy frío —añado con dramatismo.
Mateo se ríe y, como siempre, algo cálido se instala dentro de mi pecho al escucharlo; después de todo este tiempo, sigue teniendo el mismo efecto en mí. Me quedo mirándolo unos segundos con una sonrisa tonta mientras él sigue caminando a mi lado.
—¿Qué? —pregunta sin dejar de sonreír al darse cuenta de cómo lo estoy mirando.
—¿Sabes qué? —digo, frenándolo un momento antes de que siga andando—. Cada vez que te ríes por algo que he dicho yo, me enamoro un poco más de ti.
Su sonrisa se ensancha todavía más, si es que eso es posible, y enseguida me rodea la cintura con un brazo para pegarme contra él.
—No, Mateo, que estoy sudando —me quejo, intentando apartarme.
Pero él solo me sujeta más fuerte y empieza a llenarme la cara de besos sin importarle absolutamente nada.
—Hasta sudada y con el vestido pegado al cuerpo estás preciosa —murmura, mirándome con ese brillo en los ojos que siempre consigue desarmarme—. De hecho, creo que me gustas todavía más así —asegura, asintiendo un par de veces.
Se me escapa una carcajada y él se contagia al instante.
—Mentirosillo... —murmuro, negando con la cabeza.
Entre risas, vuelve a besarme y la felicidad me estalla dentro del pecho con tanta fuerza que, durante unos segundos, dejo de notar incluso el calor insoportable.
Debe de haber unos cuarenta grados a la sombra, la gente pasa refunfuñando por las calles y probablemente estemos derritiéndonos vivos, pero ahora mismo no quiero estar en ningún otro sitio que no sea aquí, con él.
Mateo termina separándose despacio y me toma la mano, aunque los dos sabemos perfectamente que, en menos de diez minutos, tendremos que soltarnos porque nos sudarán las palmas una barbaridad.
Aun así, caminamos tranquilamente, buscando algún bar donde refugiarnos del calor, cuando reconozco a Carla a lo lejos.
Viene andando por la acera con una sonrisa enorme en la cara y levanto una mano automáticamente para saludarla.
Ella no nos mira, sino que sigue caminando hacia un chico que está de espaldas a nosotros y, durante un segundo, pienso que simplemente no nos ha visto.
Pero entonces todo empieza a pasar a cámara lenta: veo cómo él la atrae hacia su cuerpo sujetándola por la cintura y cómo ella sonríe antes de besarlo sin ningún tipo de duda.
Abro los ojos de golpe y noto que me quedo completamente paralizada en mitad de la calle.
—¿Esa no es Carla? —pregunta Mateo tan sorprendido como yo.
Asiento lentamente, incapaz de apartar la vista de ellos.
Pero el shock verdadero llega un segundo después, porque cuando se separan y empiezan a caminar cogidos de la mano, el chico se gira ligeramente hacia nosotros y casi siento que el cerebro deja de funcionar.
—Pero... ¿qué? —murmuro, completamente impactada al reconocer a Alberto.
Alberto.
El mismo Alberto que hace meses apenas podía dirigirle la palabra a Carla sin que la tensión entre ellos pudiera cortarse con un cuchillo. El mismo Alberto con el que claramente pasaba algo raro y ninguna quiso explicarme nada.
De repente, empiezo a unir piezas en mi cabeza: las miradas incómodas, los silencios raros, los cambios de tema demasiado rápidos cada vez que yo preguntaba... Y resulta que mi mejor amiga me ha ocultado semejante bomba todo este tiempo.
Cuando Carla finalmente levanta la vista y nos ve plantados en mitad de la acera, mirándolos. Su reacción es inmediata. Se queda completamente quieta y noto cómo el color desaparece poco a poco de su cara mientras Alberto gira también la cabeza, confundido.
Nos acercamos lentamente y ella parece entrar en pánico según acortamos la distancia. Y antes incluso de que podamos abrir la boca, empieza a hablar atropelladamente mirándome solo a mí:
—Te juro que puedo explicártelo.