Sin miedo a perder(te) Chapter 61
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Chapter 61

Durante los días que pasamos en Madrid, no paramos ni un segundo, aprovechando cada minuto como si ambos supiéramos que este verano nos ha cambiado la vida y necesitáramos llenar de recuerdos cada rincón antes de volver a Capri.

Salimos muchísimo con las chicas, recorremos media ciudad entre risas y acabamos haciendo planes improvisados que siempre terminan siendo los mejores.

Algunas tardes, vamos al Parque del Retiro y nos tiramos en el césped bajo la sombra de los árboles; Alejandra se lleva un libro y se pasa horas leyendo mientras yo finjo concentrarme en el cuaderno de dibujo, aunque la realidad es que siempre termino observándola más a ella que al papel.

Hay algo en la forma en la que frunce ligeramente el ceño cuando lee una escena que le gusta, o en cómo se coloca el pelo detrás de la oreja sin darse cuenta, que me tiene completamente atrapado.

Intento dibujarla una y otra vez, pero nunca consigo plasmar del todo lo que veo cuando la miro, porque Alejandra no es solo preciosa, es calma, es luz...

Y cada vez que levanta la vista del libro y me descubre observándola, sonriendo como un idiota, siento que podría quedarme así toda la vida.

También conozco por fin a su padre y ella al mío.

La primera comida familiar me pone más nervioso de lo que quiero admitir, pero al final todo fluye de una manera inesperadamente natural.

De hecho, en varias ocasiones hemos vuelto a quedar los cuatro para comer o pasar la tarde, y todavía me sorprende lo bien que se llevan Fernando y mi padre, teniendo en cuenta lo distintos que son.

Fernando siempre es serio y elegante, acostumbrado a controlar cada detalle, mientras mi padre tiene ese humor suyo más tranquilo y cercano.

Aun así, conectan enseguida, quizá porque ambos entienden demasiado bien lo que significa perder a alguien y reconstruirse después.

Lo que definitivamente no veo venir, es que Fernando termine invitando a mi padre a jugar al golf.

Al escucharlo decir que sí tan convencido, tengo que morderme la lengua para no reírme delante de ellos.

Si mi madre pudiera verlo ahora mismo, se estaría riendo durante semanas; ella decía que el golf era un deporte absurdo para hombres con demasiado tiempo libre, y mi padre siempre fingía indignarse mientras terminaba dándole la razón.

Pensar en eso todavía duele un poco, pero ya no de la misma forma.

Ahora, el recuerdo viene acompañado de calidez.

Y, aunque no se lo digo a nadie, me emociona ver a mi padre así.

Hacía mucho tiempo que no lo veía conectar de verdad con alguien nuevo, abrirse, bromear y tener ganas de hacer planes.

Saber que se lleva bien con Fernando me tranquiliza muchísimo, porque entiendo lo importante que es para Alejandra recuperar la relación con su padre y me gusta sentir que, de alguna manera, nuestras vidas también están encontrando la forma de encajar.

En cuanto mi padre conoce a Alejandra, tarda exactamente cinco minutos en mirarme con esa sonrisa pícara y decirme que es perfecta para mí. Y la verdad es que no le falta razón.

Más tarde, cuando ella se levanta un momento para ir a la cocina, me comenta que sabe por qué me había enamorado de ella.

Y sé exactamente a qué se refiere, porque a mí me pasó lo mismo desde el primer día: ese brillo que tiene en los ojos, esa forma de sentirlo todo tan intensamente.

Creo que, por eso, en parte, me enamoré de ella tan rápido: porque cuando Alejandra sonríe, durante un segundo, el mundo deja de pesar tanto.

Una tarde cualquiera, acabamos en casa de mi padre viendo fotos antiguas.

Álbumes llenos de imágenes de cuando Ana y yo éramos pequeños, de viajes, cumpleaños y veranos que parecen pertenecer a otra vida.

Me fijo en cómo Alejandra escucha cada historia con atención, deseando conocer cada parte de mí, incluso las más dolorosas.

Mi padre se emociona muchísimo cuando ella se queda mirando una foto de él junto a mi madre, y comenta que ella era guapísima, pero que lo más bonito es la forma en la que ambos se miraban.

Hay un silencio después de eso, en el que mi padre baja la mirada un instante y sonríe de esa forma triste y bonita que tiene cuando habla de mamá.

También pasamos tiempo en casa de Fernando, aunque, sinceramente, llamarlo casa se queda corto, porque es una maldita mansión.

Me sorprendo con cada habitación, con el jardín enorme y con el silencio elegante que tiene todo aquí dentro.

Estamos tomando algo fuera cuando nos comenta, completamente serio, que está pensando construir una piscina en el jardín y que el verano siguiente tenemos obligación de ir para utilizarla.

Alejandra y yo nos miramos entre risas, porque lo dice como si ya diera por hecho que vamos a volver juntos el próximo verano.

Y, por primera vez en muchísimo tiempo, la idea de pensar en el futuro no me da miedo.

Pero lo que más me gusta de esta casa no son las vistas ni el jardín ni todo el dinero que claramente hay dentro, sino la forma en la que Fernando trata a las personas que trabajan para él.

Se sabe el nombre de todos, pregunta por sus familias y habla con ellos con un respeto que no suele verse en gente como él.

Se nota que les tiene cariño de verdad, no solo respeto, y eso termina de hacerme entender muchas cosas sobre Alejandra, porque ella también es así: cuida, escucha y hace sentir importante a todas las personas a las que quiere.

Estamos a punto de despegar para volver a Capri y, como siempre que me subo a un avión, estoy absolutamente atacado.

Intento disimularlo mirando por la ventanilla mientras los demás pasajeros colocan las mochilas y hablan con total normalidad, como si estuvieran en un autobús cualquiera y no dentro de una lata gigante que en unos minutos estará suspendida en el aire.

Nunca voy a entender cómo la gente puede vivir esto con calma.

Alejandra me observa desde el asiento de al lado con esa media sonrisa suya con la que parece capaz de entenderme incluso cuando no digo nada.

Busca mi mano por encima del reposabrazos y entrelaza sus dedos con los míos con lentitud, para después comenzar a acariciarme el dorso con el pulgar en un intento de tranquilizarme.

—¿Estás bien? —me pregunta, mirándome con preocupación.

—Sí, sí —la tranquilizo enseguida, aunque probablemente mi cara diga lo contrario—. Es solo que me pone nervioso cuando despega y aterriza.

Ella no responde al instante, simplemente se quita uno de los auriculares y me lo coloca con cuidado en la oreja. En cuanto escucho la voz de Miley Cyrus colándose en mi oído, frunzo ligeramente el ceño antes de girarme hacia ella con una sonrisa divertida.

—¿En serio? —inquiero, levantando una ceja.

—Si tienes algún problema con mi cantante favorita, tienes un problema conmigo —responde indignada, cruzándose de brazos teatralmente.

Alzo las manos, fingiendo rendición mientras me río por lo bajo.

—Por supuesto que no —aseguro, intentando parecer serio, aunque la sonrisa me traiciona completamente.

Ella suspira de forma exagerada y pone los ojos en blanco antes de acomodarse en el asiento.

Yo me giro un poco para inclinarme hacia ella y dejarle un beso casto en los labios.

Siendo sincero, tampoco puedo criticar demasiado su música.

No pienso mencionar las veces que Ana me obligó a cantar canciones de Hannah Montana con ella en el salón mientras hacíamos conciertos imaginarios delante de mis padres.

—Esta es mi favorita —me informa Alejandra justo cuando empieza The Climb .

La miro unos segundos antes de sonreír.

—La mía también .

Y es verdad. Quizá porque la canción habla exactamente de eso, de seguir adelante incluso cuando cuesta, de continuar subiendo, aunque estés cansado. De aprender a disfrutar el camino.

El vuelo termina pasando mucho más rápido de lo que esperaba.

Vamos alternando canciones, enseñándonos música y contándonos a qué nos recuerda cada una.

Algunas nos hacen reír y otras nos dejan callados un rato mirando al frente mientras pensamos demasiado.

Con Alejandra todo parece fácil, da igual dónde estemos o lo que hagamos, porque incluso encerrados en un avión durante horas consigue que el tiempo se me escape entre los dedos.

Después de aterrizar, recorremos los pasillos del aeropuerto arrastrando las maletas.

A lo lejos, veo a Sof y a Luca esperándonos al fondo, e inevitablemente, una sonrisa se ensancha en mi cara porque, hasta este momento, no había sido realmente consciente de lo muchísimo que los había echado de menos estos días.

Como era de esperar, Alejandra y Sofi corren la una hacia la otra y se abrazan como si llevaran años sin verse. Varias personas se giran al pasar a nuestro lado y Luca pone una mueca exagerada de sufrimiento mientras las observa llorar y reír al mismo tiempo.

—Dios, qué intensitas sois —murmura mi amigo con dramatismo.

Suelto una risa mientras avanzo hasta llegar a él y le doy una palmada en la espalda antes de abrazarlo. Luca me devuelve el abrazo con fuerza, convirtiéndolo en uno de esos que dicen mucho más que las palabras.

—Qué feliz te veo, colega —comenta.

Me da un codazo cuando nos apartamos y seguimos esperando a que las chicas terminen su reencuentro.

—Lo soy, Luca —aseguro, mirándolo con una sonrisa—. Gracias por ayudarme. Siempre.

Él me revuelve el pelo como si nada y niega con la cabeza.

—Para eso estamos, idiota —murmura, bajando la mirada.

Cuando por fin las chicas se acercan, abrazo a Sof mientras Alejandra se engancha al cuello de Luca, riéndose.

Y ahí, viéndolos a todos juntos, siento una calidez expandirse lentamente dentro de mi pecho; una sensación extraña y bonita, llena de gratitud, de calma y de esperanza.

Como si, después de tantos años sintiéndome perdido, por fin hubiera encontrado el lugar correcto.

Caminamos hacia la salida del aeropuerto entre conversaciones cruzadas y bromas, pero poco a poco me voy quedando unos pasos por detrás sin darme cuenta.

Los observo avanzar delante de mí mientras la gente pasa a nuestro alrededor cargando maletas, despidiéndose, abrazándose o reencontrándose después de mucho tiempo.

Y no puedo evitar pensar en lo distintas que son todas esas vidas; en cómo algunos se marchan con lágrimas en los ojos mientras otros sonríen al volver a encontrar a alguien importante.

Hay despedidas que rompen a las personas por dentro y reencuentros que parecen capaces de reconstruirlas.

Supongo que mi vida ha sido un poco eso: perder gente que amaba, alejarme de quienes seguían aquí, pasarme años huyendo de todo lo que me dolía... Pero también he tenido la suerte de reencontrarme con personas que han vuelto a llenarme de luz cuando más perdido estaba .

Y Alejandra... ella ha sido el faro que necesitaba para encontrar el camino de vuelta.

—¿Te pasa algo, Mateo? —pregunta, acercándose con preocupación en su rostro al ver que me he quedado atrás.

Levanto la mirada cuando ella vuelve a agarrarme la mano.

—Solo estoy cansado —la tranquilizo.

Ella aprieta ligeramente mis dedos y me dedica esa sonrisa capaz de calmar cualquier cosa.

—Ya estamos en casa —asegura en voz baja.