Chapter 60
Durante la comida en el restaurante, nos ponemos al día casi sin darnos cuenta del transcurso del tiempo.
La conversación fluye con una naturalidad que había echado muchísimo de menos, como si estas semanas separados se fueran deshaciendo poco a poco entre palabra y palabra.
Hablamos sin parar, interrumpiéndonos a veces solo para reírnos o para añadir algún detalle antes de que el otro termine la frase.
Le cuento todo lo que ha pasado con mi padre durante estos días: cómo despertó, la conversación que tuvimos en el hospital, lo mucho que ha cambiado todo entre nosotros en tan poco tiempo y la sensación tan extraña —pero bonita— de volver a sentir que tengo un padre de verdad a mi lado.
Mateo me escucha atento, sin soltar mi mano casi en ningún momento, y mirándome de esa forma tan suya que hace que me sienta importante de verdad.
Después, es él quien me habla de su padre, de la conversación pendiente durante tantos años, de lo duro que ha sido volver a entrar en esa casa y de cómo, al final, todo el dolor que llevaba cargando desde hacía tanto tiempo terminó explotando.
Mientras me lo cuenta, puedo notar algo diferente en él: hay menos peso en sus hombros y menos oscuridad en su mirada.
Sigue siendo Mateo, pero uno mucho más tranquilo y libre.
Y no puedo sentirme más orgullosa de cómo está enfrentándose a todo aquello que llevaba años persiguiéndole y de cómo ha decidido dejar de esconderse, porque sé perfectamente lo difícil que es mirar de frente a aquello que más daño te ha hecho.
Supongo que los dos estamos aprendiendo a hacerlo.
En este instante no puedo ser más feliz. Ambos hemos recuperado una parte importante de nuestra vida y, aunque todavía quede mucho por sanar, siento que, por primera vez, estamos avanzando hacia delante en lugar de seguir huyendo del pasado.
Cuando terminamos de comer, decidimos volver andando hasta el piso. A nuestro alrededor, Madrid sigue igual de ruidoso y caótico, pero ahora todo parece distinto.
O quizá la que está distinta soy yo.
Voy agarrada de la mano de Mateo mientras caminamos despacio por las calles llenas de gente, y entonces lo entiendo: ya no importa tanto el lugar, porque mi hogar nunca ha sido una ciudad concreta ni una casa determinada.
Mi hogar es esto, la tranquilidad que siento cuando entrelaza sus dedos con los míos; la forma en la que me mira de reojo mientras caminamos; las pequeñas sonrisas que compartimos sin necesidad de decir nada.
A su lado, cualquier sitio puede sentirse como una casa .
Cuando llegamos al apartamento, apenas nos da tiempo a abrir la puerta antes de que Carla y Paula aparezcan casi corriendo por el pasillo.
—¡Por fin! —exclama Carla, abalanzándose sobre mí para abrazarme.
Paula la sigue enseguida y termino atrapada entre las dos mientras no paran de hacer preguntas a la vez.
Puedo notar la emoción en sus caras al verme así, tranquila y feliz de verdad, después de tantos días rota por dentro.
Y yo no puedo estar más agradecida de tenerlas, porque han estado conmigo incluso cuando ni yo misma sabía cómo sostenerme.
Cuando se separan de mí, saludan a Mateo entre bromas y comentarios que consiguen hacerlo reír mientras él intenta defenderse sin demasiado éxito.
—Bueno, italiano, menos mal que al final has espabilado —suelta Paula, cruzándose de brazos.
—Te juro que estaba a punto de ir yo misma a Capri a darte dos hostias —añade Carla, divertida.
Mateo se ríe, negando con la cabeza, mientras me rodea la cintura con un brazo y, sinceramente, mi corazón no puede sentirse más completo ahora mismo.
Pasamos toda la tarde juntos en el salón, entre risas, picoteos improvisados y anécdotas que se mezclan unas con otras. Hacemos una videollamada con Sofía y Luca, que en cuanto aparecen en pantalla, empiezan a gritar emocionados al vernos juntos.
—¡Ya era hora, joder! —exclama Sof, señalándonos dramáticamente .
Me echo a reír mientras Mateo protesta a su lado.
Pero entonces me fijo en algo: la mirada que comparten Luca y Mateo durante apenas unos segundos.
Una mezcla de entendimiento, de complicidad silenciosa, como si hubiera mantenido una conversación importante entre ellos antes de todo esto.
No sé exactamente qué habrá pasado, pero tengo clarísimo que Luca tiene muchísimo que ver en que Mateo esté hoy aquí.
Y, viendo cómo mi novio le dedica una mirada cargada de gratitud antes de volver a abrazarme, creo que él también lo sabe.
Después de cenar, nos vamos a mi cuarto y, en cuanto cierro la puerta detrás de nosotros, el ruido del piso queda amortiguado al otro lado.
Mateo se queda quieto unos segundos, observándolo todo con atención, intentando encajar cada pequeño detalle de esta parte de mi vida que todavía no conocía.
Repasa los libros apilados en la estantería, las fotografías con las chicas pegadas en el corcho, el peluche desgastado que sigue encima de la cama desde hace años...
Para mí, todo sigue exactamente igual y, aun así, me parece distinto ahora que él está aquí.
Se sienta despacio en la cama sin dejar de mirarme y, cuando me acerco, tira suavemente de mí para colocarme entre sus piernas. Mis brazos reaccionan solos y se deslizan alrededor de su cuello. Un segundo después, noto el calor de sus manos apoyarse en mi cintura.
—Te he echado mucho de menos, rubita —admite con la voz grave, jugueteando distraídamente con el dobladillo de mi vestido mientras sus ojos recorren mi cara como si necesitara asegurarse de que sigo aquí de verdad.
Se me encoge el corazón al escucharlo. Me inclino despacio hacia él y, antes de juntar nuestros labios, susurro contra su boca:
—Yo más .
Mateo sonríe apenas un segundo antes de besarme de nuevo, esta vez más lento, más profundo, queriendo recuperar cada instante perdido.
Sus brazos rodean mi cintura y me atrae hacia él hasta que termino sentada a horcajadas sobre su regazo.
El calor entre los dos aumenta enseguida, familiar e inevitable, y cuando me aprieto un poco más contra él noto cómo su respiración se vuelve más pesada.
Sus manos suben despacio por mis muslos, arrastrando consigo el vestido, y en cuanto descubre que no llevo sujetador deja escapar una pequeña sonrisa ladeada que me hace reír bajito contra su boca.
—Joder, Alejandra... —murmura casi para sí mismo, mirándome como si acabara de perder la poca cordura que le quedaba.
Se incorpora lo justo para quitarse la camiseta y después el resto de la ropa hasta quedarse solo en calzoncillos Yo lo observo un instante, sintiendo cómo el corazón me late fuerte dentro del pecho simplemente por tenerlo aquí, conmigo, después de todo.
—Ven aquí —me pide con suavidad, y me tumbo despacio sobre la cama mientras él se coloca entre mis piernas.
Vuelve a besarme lentamente. Primero los labios, después la mandíbula, el cuello, y baja poco a poco mientras sus manos recorren mi cuerpo con una mezcla de cariño y necesidad que me hace temblar.
Se me escapa un jadeo cuando sus labios me rozan un pezón y él levanta la mirada al instante, atrapando mi boca otra vez como si necesitara callarme a besos.
—Cariño, necesito que no hagas mucho ruido —me pide con voz ronca, apoyando la frente contra la mía—. No quiero que tus amigas nos escuchen.
Asiento débilmente, aunque en cuanto siento sus dedos acariciarme bajo la tela de las bragas, vuelvo a soltar un gemido más alto del que pretendía. Mateo deja escapar una risa baja y niega con la cabeza antes de besarme otra vez.
—Shhh... —susurra cerca de mi oído mientras sigue tocándome con calma, torturándome despacio—. Solo quiero escucharte yo.
—Mateo, por favor... —le suplico casi sin aire, aferrándome a sus hombros.
Él se aparta apenas unos centímetros para mirarme y, durante un segundo, su expresión cambia por completo: ya no hay solo deseo, sino también cariño, alivio, y todas esas emociones que llevamos semanas guardándonos dentro.
Se incorpora para quitarme la ropa interior lentamente y después busca un preservativo en la cartera con movimientos rápidos, claramente menos paciente que hace unos minutos.
Cuando vuelve a colocarse entre mis piernas, me acaricia la mejilla con los dedos antes de besarme otra vez, más suave esta vez, como si quisiera asegurarse de que estoy bien.
En cuanto empieza a moverse dentro de mí con lentitud, cierro los ojos y dejo escapar el aire, temblando.
Lo había echado tanto de menos que siento que todo dentro de mí se desordena otra vez.
Intento moverme para acercarlo más y acelerar el ritmo, pero Mateo me sujeta las muñecas por encima de la cabeza y niega entre jadeos.
—Quiero disfrutar de ti, Alejandra —murmura contra mi cuello—. Tenía tantas ganas de tenerte entre mis brazos.
La forma en la que lo dice hace que me arda todo el cuerpo .
—Luego disfrutas lo que quieras —le pido en voz baja, casi sin respiración—. Pero ahora necesito más.
La súplica en mi voz le arranca un gruñido bajo y, al segundo siguiente, libera mis muñecas para agarrarse a mi cintura mientras empieza a moverse con más intensidad. Envuelvo su cintura con mis piernas y el sonido de nuestras respiraciones y nuestros cuerpos chocando me excita todavía más.
Mateo intenta contener los gemidos escondiendo la cara en mi cuello, pero yo soy incapaz de controlar los míos.
Cuando me cubre la boca con la mano para callarme, sus ojos se clavan en los míos y siento cómo el calor termina de romperse dentro de mí de golpe.
El orgasmo me atraviesa entera y él me sigue apenas unos segundos después, para acabar dejándose caer sobre mí mientras intenta recuperar el aire.
Durante unos instantes, ninguno de los dos habla. Solo permanecemos abrazados, respirando agitados, mientras sus dedos acarician distraídamente mi cintura. Le aparto un mechón de pelo de la frente y sonrío al verlo cerrar los ojos, completamente relajado.
—Te quiero —murmuro, acariciándole el pelo.
Mateo levanta la cabeza para mirarme y la sonrisa cansada que aparece en su cara me desarma por completo.
—Te quiero muchísimo —responde antes de tumbarse a mi lado y volver a abrazarme contra su pecho, como si soltarme ya no fuera una opción.