Chapter 59
En tan solo dos pasos, me coloco delante de Alejandra para cubrirla casi por completo con mi cuerpo mientras encaro al imbécil que tengo delante.
No me ha hecho falta escuchar demasiado para saber quién es; basta con ver la forma en la que la sujetaba del brazo, la tensión de su mandíbula y esa sonrisa de superioridad que lleva en la cara, para sentir cómo algo dentro de mí estalla de golpe.
La rabia me sube por el pecho como fuego líquido, rápida, abrasadora y difícil de controlar; aun así, hago un esfuerzo sobrehumano por contenerme, porque estamos en mitad de la calle, delante de un restaurante lleno de gente, y lo último que quiero es montar un espectáculo.
Aunque, sinceramente, cada segundo que ese tío sigue respirando cerca de Alejandra, se me hace más difícil mantener la calma.
Yo soy un poco más alto que él y eso me da cierta ventaja, pero el muy hijo de puta intenta asomarse por un lado de mi cuerpo para seguir mirándola, como si yo no estuviera aquí .
—No me digas que ahora te estás tirando a este —suelta con una sonrisa burlona que me revuelve el estómago—. No pierdes el tiempo, ¿eh?
Siento cómo toda la paciencia que he reunido se rompe de golpe. Lo empujo con fuerza suficiente para alejarlo unos pasos más atrás, interponiéndome todavía más entre él y Alejandra.
—Estás hablando conmigo —gruño, apretando la mandíbula—. No con ella. Así que ni la mires.
Él levanta las manos en un falso gesto de paz, pero la sonrisa chulesca sigue ahí, pegada a su cara como si no entendiera el peligro real en el que está metiéndose. Y entonces, vuelve a abrir la boca:
—Tranqui, colega —dice, dando otro paso atrás —Espero que contigo sea menos aburrida. O aún mejor... podemos compartirla, seguro que ella lo agradece.
A la mierda todo.
La rabia me explota dentro del pecho de una forma tan brutal que dejo de escuchar el ruido del restaurante, las conversaciones, e incluso mi propia respiración; solo lo veo a él, solo escucho esa frase repitiéndose en mi cabeza mientras algo salvaje se abre paso dentro de mí.
Lo agarro del cuello de la camiseta y lo estampo contra la pared más cercana con tanta fuerza, que el golpe resuena a nuestro alrededor.
El grito ahogado de Alejandra llega amortiguado hasta mis oídos mientras varias personas se giran hacia nosotros, pero me da exactamente igual, porque lo único que puedo pensar es en hacer que cierre la boca.
—Eres un hijo de puta —escupo muy cerca de su cara, sintiendo cómo intenta apartarse—.
Jamás vuelvas a insinuar nada de ella. —Vuelvo a empotrarlo contra la pared y su cabeza rebota con un golpe seco; esta vez sí veo el miedo atravesarle la mirada.
—No la mires —continúo con la voz cargada de una rabia que apenas reconozco como mía—.
No la toques. No te acerques a ella. Porque te juro que la próxima vez que te vea cerca, no respondo de lo que haga.
Ya no parece tan valiente.
Ya no sonríe.
Tiene la cara más pálida y evita sostenerme la mirada como el cobarde que es.
—¿Lo has entendido? —siseo, y vuelvo a zarandearlo contra la pared.
Suelta un quejido ahogado de dolor y asiente demasiado rápido.
Y justo en ese momento, siento la mano cálida de Alejandra posarse sobre mi brazo. Ese simple contacto me saca del estado de furia en el que estoy atrapado. Parpadeo varias veces, respirando fuerte, mientras noto cómo ella acaricia mi piel lentamente, intentando calmarme.
—Por favor, Mateo —me pide en voz baja cuando giro la cabeza hacia ella—. No merece la pena.
Y, joder... cuando me mira así, con esa mezcla de miedo y ternura, toda la rabia se desinfla de golpe. Aflojo el agarre despacio hasta terminar soltándolo. Ni siquiera me da tiempo a decir nada más porque el muy desgraciado sale prácticamente huyendo calle abajo, sin mirar atrás.
Cobarde de mierda .
El silencio que queda entre nosotros se me hace extraño.
Alejandra desliza lentamente la mano por mi brazo hasta entrelazar nuestros dedos, y en cuanto siento su mano agarrando la mía, me quedo completamente bloqueado.
Porque, de repente, ya no importa Pablo.
Ni la pelea. Ni Madrid. Ni nada. Solo ella.
Solo el hecho de tenerla delante después de varias semanas imaginando este momento una y otra vez.
La observo en silencio, incapaz de decir una sola palabra coherente. Todo el discurso que he preparado, desaparece de mi cabeza en cuestión de segundos. Dos horas practicando lo que voy a decirle delante del espejo, para terminar pareciendo un completo idiota en cuanto me mira.
Y es que está preciosa.
Muchísimo más de lo que recordaba.
—¿Qué haces aquí? —pregunta finalmente al darse cuenta de que sigo mirándola como si hubiera olvidado hablar.
—Eh... —balbuceo, pasándome una mano por el pelo —Yo...
Joder, Alejandra. —Suelto una risa nerviosa y niego lentamente con la cabeza—.
Tenía todo preparado, ¿vale? Todo lo que te iba a decir.
Incluso lo había ensayado, porque Luca dice que improvisando doy pena...
pero ahora estás delante de mí y... después de esto... no sé ni por dónde empezar.
Ella sonríe de esa forma tranquila que siempre consigue enternecerme.
—Empieza por el principio —me anima suavemente.
Y entonces, entiendo que no necesito discursos perfectos, solo decirle la verdad .
—Lo siento —suelto de golpe, porque es lo primero y lo único importante—.
Sé que te he pedido perdón otras veces por cagarla contigo y que probablemente ya estés cansada de escucharme decirlo, pero...
esta vez fue peor que nunca. Mucho peor.
—Noto cómo se me cierra la garganta—. Todo lo que te dije aquella noche fue por miedo.
Por el maldito miedo a perderte, a que te fueras y no volvieras nunca más, porque estoy enamorado de ti, Alejandra.
Muchísimo. Y cuando dijiste que te ibas... sentí que todo se me rompía otra vez.
Ella me observa sin apartar los ojos de mí, completamente quieta.
»No supe reaccionar bien —continúo—. Me entró el pánico y acabé haciéndote daño justo cuando más me necesitabas.
Y llevo semanas odiándome por eso. —Las palabras empiezan a salir atropelladas, sin filtro, como si llevaran demasiado tiempo encerradas dentro—.
Desde que llegaste a la isla lo cambiaste todo.
Todo. Has logrado que salga de un hoyo en el que llevo años metido, me has devuelto las ganas de vivir, de sentir cosas, de dejar de esconderme de todo el mundo...
y me he dado cuenta de que no quiero una vida en la que tú no estés.
—Respiro hondo, notando el corazón desbocado—.
Te quiero tanto que me acojona. Y sí, soy un desastre expresándome y probablemente esta sea la peor declaración de amor de la historia, pero me da igual, porque necesito que sepas que eres lo mejor que me ha pasado nunca.
Quiero que te quedes, que estés conmigo.
Quiero construir una vida contigo, aunque me muera de miedo por dentro.
Cuando termino, siento que hasta el aire tiembla a nuestro alrededor. Sus ojos están completamente empañados y esa sonrisa pequeña que va creciendo poco a poco en sus labios me enciende una llama de esperanza brutal dentro del pecho.
—Por favor... —murmuro, acercándome un poco—. Di algo, porque estoy la hostia de nervioso, rubita. No quiero perderte.
Su carcajada suave me golpea directo al corazón. Y joder, cuánto he echado de menos escucharla reír. Intento acercarme más, pero ella apoya una mano en mi pecho para frenarme suavemente.
—Espera, por favor —dice con firmeza.
Frunzo el ceño, confundido.
—Siento muchísimo que hayas vivido con ese miedo durante tantos años, Mateo —empieza despacio—.
Ojalá pudiera hacer algo para que dejaras de sentirlo.
Cuando llegué a la isla, no pretendía quedarme ni encontrar una familia, y muchísimo menos enamorarme.
—Cada palabra suya va reconstruyéndome por dentro—.
Pero contigo entiendo lo que significa querer bien.
Sentirse querida de verdad. Y aunque tus palabras me hicieron daño...
nunca he dejado de entender por qué reaccionaste así.
Solo necesito que vuelvas a dejarme entrar.
Porque no quiero que me apartes de tu vida cuando tengas miedo.
Podemos hablar, arreglarlo juntos, siempre.
—No volveré a hacerlo —prometo, mirándola fijamente—. Nunca más, Alejandra.
Entonces, ella sonríe de esa manera que parece iluminarlo todo.
—Yo también te quiero, Mateo. Muchísimo —asegura, asintiendo con convicción—. Más de lo que jamás pensé que sería capaz de querer a alguien después de todo lo que viví. Has llegado a mi vida para juntar cada pieza y darle sentido a todas las historias de amor que leo.
La miro levantando una ceja.
—Pero nunca llegaré al nivel de tus chicos literarios —replico, haciendo un puchero infantil.
Se acerca lentamente hasta quedar pegada a mí.
—No, no lo harás —responde muy segura de ello—. Pero cuentas con la ventaja de que solo estoy completamente enamorada de ti.
Juro que, en este momento, el corazón deja de latirme durante un segundo. Poso las manos en su cintura y la acerco despacio a mí, sintiendo cómo se mezclan nuestras respiraciones.
—¿Puedo besarte? —pregunto, rozando mi nariz con la suya.
Ella sonríe a centímetros de mi boca.
—Siempre y cuando no dejes de hacerlo nunca más.
Y entonces, la beso. Despacio al principio, como si necesitara asegurarme de que es real, de que de verdad está aquí conmigo y no es otro recuerdo más.
Pero, en cuanto sus dedos se enredan en mi pelo y su cuerpo se pega al mío, todo dentro de mí se deshace.
Dios, cómo la he echado de menos. Su olor.
Su forma de besar. La manera en la que consigue hacerme sentir vivo con solo tocarme.
El beso se vuelve más intenso, más necesitado, como si ambos estuviéramos intentando recuperar las semanas perdidas de golpe.
—¿Y si nos vamos a casa sin comer? —ronronea cerca de mi boca al separarse, todavía con la respiración entrecortada y los labios rozando los míos como si le costara apartarse.
La forma en la que me mira hace que me tiemble todo por dentro.
Suelto una pequeña risa mientras aprieto suavemente sus caderas entre mis manos, disfrutando de tenerla otra vez así de cerca, y de sentir que después de tanta distancia y tanto miedo, por fin vuelve a estar conmigo.
—Suena tentador... —le digo sin apartar mi frente de la suya—. Pero primero comemos y luego vamos, que tenemos la reserva hecha —respondo, riendo—. Ahora tenemos todo el tiempo del mundo, cariño.
Ella sonríe despacio y vuelve a rozar mi nariz con la suya mientras sus dedos juegan distraídos con el cuello de mi camiseta.
Y aunque la vida sea corta, impredecible y tenga la mala costumbre de cambiarlo todo en cuestión de segundos, en este momento lo único que sé con certeza es que quiero pasar cada uno de esos segundos con ella.
Porque después de tanto perder, de tanto huir y de vivir con el miedo constante a que todo desaparezca, por primera vez siento que no necesito correr detrás de nada.
La tengo aquí, conmigo. Y sé, con una certeza que me aprieta el pecho, que ahora sí tenemos todo el tiempo del mundo para querernos.