Sin miedo a perder(te) Chapter 58
91%

Chapter 58

Tras una larga semana en observación, salimos del hospital y caminamos despacio hacia el coche que nos espera en la entrada.

El médico finalmente ha decidido darle el alta a mi padre, ya que que la recuperación está yendo mejor de lo esperado, aunque ahora le toca empezar a cuidarse de verdad: menos estrés, mejor alimentación, revisiones constantes y descansar más.

Básicamente, una lista entera de cosas que sé perfectamente que va a intentar saltarse en cuanto pueda, así que ahí es donde entro yo, como hija pesada, insistente y probablemente insoportable que soy.

El sol de mediodía cae sobre Madrid mientras cruzamos la acera y diviso el coche negro aparcado entre dos árboles. Germán sale enseguida al vernos.

—Hola, Germán —lo saludo mientras subo al coche.

Lleva trabajando para mi padre desde que tengo memoria.

Nos ha llevado al colegio, a cumpleaños, al aeropuerto, a comidas familiares...

incluso recuerdo quedarme dormida alguna vez en el asiento de atrás mientras él ponía música bajita para no despertarme.

Verlo ahora, tras tanto tiempo, me produce una sensación extraña y familiar a la vez.

Más tarde he quedado con las chicas para comer, así que, seguramente, le pediré que me acerque al restaurante.

—Hola, señorita —responde con una sonrisa sincera—. Qué gusto verla de nuevo.

Mi padre y él intercambian una mirada cómplice antes de subir también al vehículo.

En cuanto cierro la puerta, Germán arranca y se incorpora lentamente a la carretera.

Al otro lado de la ventanilla, la ciudad se mueve con el caos habitual de siempre, pero yo apenas presto atención.

Me apoyo un momento en el asiento, observando a mi padre de reojo, y pienso que tiene mejor color que hace unos días, incluso parece más relajado, aunque sigue pareciendo cansado.

Cuando voy reconociendo la zona en la que está su casa, me quedo inmóvil durante unos segundos, pensando bien lo que voy a decir.

—Papá... He estado pensando que podría quedarme unas semanas contigo hasta que te recuperes del todo —le propongo mientras me inclino hacia él—. Así me aseguro de que haces caso a todo lo que te han dicho los médicos.

Su respuesta llega tan rápido que me deja descolocada:

—No.

Parpadeo, sorprendida, y me giro completamente para mirarlo.

—¿Cómo? —inquiero, frunciendo ligeramente el ceño.

Entonces, él sonríe ligeramente y me aprieta la mano con suavidad .

—No me malinterpretes, cariño —dice enseguida—. No quiero decir que no me gustaría que estés conmigo, sino que este ya no es tu hogar.

Sus palabras me golpean de una forma rara. No dolorosa, sino más bien... reveladora.

—Papá...

—Escúchame —continúa con calma—. Durante mucho tiempo pensé que tu sitio estaba aquí, conmigo, aunque fueras infeliz.

Creía que, si conseguía mantenerte cerca, no acabaría perdiéndote también a ti.

Pero eso no es querer bien a alguien, Alejandra.

—Bajo la mirada hacia nuestras manos entrelazadas mientras—.

Tu hogar está donde eres feliz, y hace mucho tiempo que dejaste de ser feliz aquí.

Trago saliva despacio porque tiene razón, y escuchárselo decir hace que todo parezca todavía más real.

—Pero puedo volver más tarde... —murmuro casi como una protesta infantil—. No me importa quedarme un tiempo contigo.

Mi padre niega suavemente con la cabeza.

—No seas cabezota, hija —replica con una sonrisa cansada—.

Estoy bien. Tengo ayuda, tengo a Germán y a Teresa.

Además, ahora me toca aprender a hacer las cosas de otra manera.

Y tú tienes que volver a tu vida —insiste, y se queda callado un momento antes de añadir algo que me encoge el pecho—.

A esa vida de la que hablas con un brillo especial en los ojos cada vez que mencionas Capri.

La vida no espera a nadie, cariño —continúa—.

Y tú ya has perdido demasiado tiempo sintiéndote atrapada. No quiero ser quien vuelva a frenarte.

No puedo evitar sonreír un poco, porque se perfectamente que tiene razón. Me apoyo en el respaldo, soltando el aire lentamente.

—Bueno... Pero me iré en unos días —cedo al final, aunque sé perfectamente que está ganando esta conversación.

Mi padre sonríe satisfecho, como si ya supiera desde el principio que iba a convencerme.

—Avísame cuando sepas qué día quieres volver, y te compraré los billetes.

Me giro, sorprendida, y alzo las cejas.

—¿Qué?

—Y tus tarjetas vuelven a estar desbloqueadas —añade como si nada—. Puedes comprarte lo que quieras sin necesidad de esconderte.

Me quedo mirándolo completamente desconcertada.

Porque después de todo lo que pasó entre nosotros, después de tantos años sintiendo que cualquier decisión que tomaba estaba mal, todavía me cuesta acostumbrarme a esta nueva versión de él.

A esta forma de cuidarme sin intentar controlarme.

Y, sobre todo, me cuesta asumir que quizá siempre quiso hacerlo bien y simplemente no supo cómo.

—Gracias, papá... —murmuro al final mientras me estiro para darle un beso en la mejilla.

Él sonríe enternecido y me revuelve el pelo exactamente igual que hacía cuando era pequeña. Ese gesto tan simple me llena el pecho de una calidez que llevaba años echando de menos, al igual que la visión de la casa en la que solía vivir cuando paramos delante. Mi padre se gira hacia mí.

—¿Te quedas a comer? —propone.

—He quedado con las chicas —le explico—. Pero mañana salimos tú y yo juntos, ¿vale?

—Me parece perfecto.

Sonríe antes de bajar del coche y entra en casa con mucha más calma de la que tenía hace unas semanas.

Yo espero unos segundos, observándolo desaparecer tras la puerta.

y entonces me inclino hacia delante para darle la dirección a Germán.

Cuando el coche vuelve a ponerse en marcha, no puedo evitar sonreír mirando por la ventanilla, porque por primera vez en mucho tiempo siento que las cosas, poco a poco, empiezan a colocarse en su sitio.

Al llegar al restaurante, me sorprende no ver a las chicas por ninguna parte; me habían dicho que me esperarían fuera y, conociéndolas, eso solo podía significar dos cosas: o había pasado algo o estaban tramando alguna tontería.

Porque si hay algo que caracteriza a Carla y a Paula, es que siempre llegan antes que nadie. Siempre.

Me despido de Germán antes de que arranque de nuevo y avanzo unos pasos para refugiarme bajo la sombra del árbol más cercano.

El calor de Madrid, a pesar de que el verano llega a su fin, cae sobre el asfalto y noto cómo el bochorno se me pega a la piel.

Me recoloco el bolso en el hombro y saco el móvil para escribirles.

Envío el mensaje y espero. Y espero. Y sigo esperando.

Frunzo ligeramente el ceño, porque esto sí empieza a parecer raro.

El teléfono para ellas es prácticamente una extensión del brazo, sobre todo, para Paula, que responde hasta antes de que termines de escribirle.

Miro alrededor intentando localizarlas entre la gente que entra y sale del local, pero no hay ni rastro de ninguna de ellas .

Empiezo a sentir una inquietud extraña subiéndome lentamente por el pecho y, justo cuando estoy a punto de llamarlas, una voz detrás de mí hace que el cuerpo se me tense por completo.

—Pero mira a quién tenemos aquí... —comenta, divertido.

El mundo parece ralentizarse. Me giro despacio, casi a cámara lenta, como si mi cabeza necesitara unos segundos para aceptar lo que están viendo mis ojos.

Pablo.

Está apoyado en la pared con una tranquilidad irritante, mirándome de arriba abajo con esa sonrisa arrogante que tantas veces me hizo sentir pequeña. Y, por un instante, algo dentro de mí se remueve. No es miedo. Ya no. Pero sí una incomodidad tan profunda que me recorre la columna.

Su sonrisa se ensancha al ver que no aparto la mirada.

—¿Qué tal, Alejandra? —pregunta en tono burlón—. ¿Me has echado de menos?

Lo observo en silencio durante unos segundos, y entonces me doy cuenta de algo que jamás pensé que sentiría delante de él: valentía.

Ya no me intimida. Quizá porque he cambiado, porque he aprendido lo que valgo lejos de él, o quizá porque hay personas capaces de reconstruirte después de haber pasado años creyendo que no eras suficiente.

Alzo ligeramente el mentón.

—Para echarte de menos, tendría que haberte tenido en mente —respondo con calma—. Y te aseguro que, en quien menos he pensado estos meses, ha sido en ti.

La sonrisa se le borra apenas un segundo. Solo uno. Pero lo suficiente para que vea cómo se endurece su expresión.

—¿Desde cuándo te has vuelto tan altiva? —escupe, dando un paso hacia mí—. ¿Quién te crees que eres?

Suelto una risa seca, incrédula.

—La mujer a la que intentaste apagar, capullo de mierda —replico, mirándolo fijamente—. Pero, para tu desgracia, te fue imposible.

Veo perfectamente el momento exacto en el que algo se rompe en su gesto. Está acostumbrado a la Alejandra que bajaba la cabeza, a la que dudaba, a la que se callaba para no generar problemas. Pero esa chica ya no existe. Y creo que eso lo enfurece.

Antes de que pueda reaccionar, me agarra bruscamente del brazo, exactamente igual que solía hacerlo hace meses.

El cuerpo se me tensa entero y durante un segundo me invade el recuerdo de tantas discusiones, de sus dedos clavándose demasiado fuerte en mi piel, y de su forma de hacerme sentir culpable por absolutamente todo. Y el odio me sube por la garganta.

—Suéltame —gruño entre dientes—. Ahora mismo.

Pero él aprieta más y algo dentro de mí explota.

No lo pienso, no lo medito, simplemente ocurre.

Levanto la mano y le cruzo la cara con tanta fuerza que el sonido del bofetón resuena a nuestro alrededor.

El silencio que viene después me deja paralizada incluso a mí, porque nunca he pegado a nadie.

Nunca. Detesto la violencia. Pero hay personas que llevan demasiado tiempo creyendo que tienen derecho sobre mí, y sé que esta hostia no ha nacido de la intención de hacerle daño, sino del cansancio.

Pablo gira lentamente el rostro hacia mí mientras se lleva una mano a la mejilla, y sus ojos arden de pura incredulidad.

—Me sorprende que saques las garras —sisea con una sonrisa torcida que me revuelve el estómago—. Aunque reconozco que así estás más guapa.

Siento náuseas.

—Das asco —mascullo, enfadada.

Él vuelve a acercarse, todavía sujetándome.

—¿Sabes qué? —continúa como si nada hubiera pasado—. Me he cansado de Lara, así que igual podríamos darnos otra oportunidad tú y yo, princesa.

Esta vez, la arcada sí me sube hasta la garganta.

—Ni en tus mejores sueños volvería contigo —escupo, apartándome todo lo que puedo—. Me das tanto asco... Y ahora, suéltame.

Y entonces sucede.

Una voz irrumpe detrás de nosotros, grave, firme y peligrosamente tranquila:

—¿Qué parte de que la sueltes no estás entendiendo?

El corazón se me detiene, porque reconocería esa voz incluso dormida. Incluso rota. Incluso en medio del fin del mundo.

Pablo me suelta inmediatamente y, cuando me giro... lo veo.

Mateo.

Está a pocos metros de nosotros, con la mandíbula tan tensa que parece que se le vaya a romper de un momento a otro. Tiene la respiración acelerada, los puños apretados y una mirada que nunca le había visto antes. No es rabia, sino algo mucho más oscuro.