Sin miedo a perder(te) Chapter 57
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Chapter 57

Mi padre y yo recorremos el camino empedrado del cementerio a primera hora de la mañana, envueltos en un silencio tranquilo de esos que no incomodan, porque están llenos de cosas que ya no hace falta explicar.

El aire de todavía conserva algo de frescor y el sonido de nuestros pasos sobre la piedra parece acompasarse con todo lo que llevamos dentro.

Una hora antes, mientras desayunábamos, me contó que suele venir a menudo a verlas, que limpia las lápidas, les cambia las flores y se queda un rato hablando solo, como si en cualquier momento fueran a contestarle.

Cuando me lo ha dicho, algo dentro de mí me ha empujado a acompañarlo hoy.

Nada más salir, hemos comprado un ramo de rosas para mamá, aunque Ana siempre decía que eran demasiado cursis y prefería las margaritas, así que es el que hemos elegido para ella.

Nos detenemos frente a las lápidas y siento cómo el aire se me queda atrapado en el pecho.

Las fotos de ambas siguen ahí, sonriendo igual que las recuerdo: mamá con esa mirada llena de luz que conseguía hacer hogar cualquier lugar, y Ana con esa sonrisa torcida que siempre aparecía justo antes de decir alguna tontería.

Por un instante, es como si el tiempo no hubiera pasado, como si todavía pudiéramos volver a casa y encontrarlas allí.

—Hola, estrellita —saluda mi padre con una voz suave que casi me rompe por dentro.

Siempre la llamaba así; decía que mamá era su estrella, y que incluso en los días malos encontraba la forma de alumbrarlo todo. De pequeño, me parecía una cursilada enorme, pero ahora me parece una de las cosas más bonitas que he escuchado nunca.

Trago saliva antes de mirar la foto de Ana.

—Hola, hermanita... —susurro con los labios temblorosos.

Se me escapa una sonrisa triste al decirlo.

Odiaba que la llamara así; decía que sonaba infantil y que la hacía parecer pequeña, y precisamente por eso yo no dejaba de repetirlo solo para fastidiarla. Ella acababa persiguiéndome por toda la casa mientras mamá se reía y mi padre fingía ponerse serio.

—Miradnos, chicas —dice él, acercándose un poco más—. Estamos juntos otra vez... tal y como os prometí todos estos años.

La emoción me golpea tan fuerte que tengo que apartar la mirada un segundo para recomponerme. Porque nunca imaginé que volveríamos aquí juntos ni que, después de tanto dolor, todavía quedara algo que salvar entre nosotros.

—Siento haber tardado tanto en venir... —murmuro con la voz quebrada.

Mi padre se acerca despacio y me da un apretón en el hombro; no dice nada, simplemente deja la mano ahí, firme, transmitiéndome el apoyo que llevo necesitando demasiado tiempo.

—Os echamos muchísimo de menos —continúo después de unos segundos—. No hay un solo día en el que no piense en vosotras... en las tonterías que hacíamos, en cómo os aliabais siempre en mi contra.

Mi padre suelta una pequeña risa, emocionado con mis palabras.

—¿Te acuerdas de cuando escondían tus dibujos y te dejaban pistas por toda la casa para encontrarlos? —pregunta él, recordando aquellos tiempos.

La carcajada se me mezcla con los sollozos antes incluso de poder responder.

—Como para olvidarlo... —Niego con la cabeza—. Siempre me estaban puteando y tú eras el único que me ayudaba.

—Éramos dos contra dos —dice, encogiéndose ligeramente de hombros—. Lo justo.

Nos sonreímos y, poco a poco, empezamos a recordar cosas sobre ellas; historias pequeñas, absurdas incluso, pero que ahora valen más que cualquier otra cosa.

Hablamos de las cenas en verano, de cómo mamá cantaba fatal mientras cocinaba y aun así lo hacía a gritos; de cuando Ana solía robarme la ropa para ponérsela ella; de las películas que siempre terminábamos viendo juntos en el sofá.

Y, por primera vez en mucho tiempo, hablar de ellas no se siente como abrir una herida; duele, claro que lo hace, pero ya no asfixia, sino que se parece más a echarlas de menos con amor.

Después de un rato, el silencio vuelve a instalarse entre nosotros, pero es tranquilo y está lleno de recuerdos.

Mi padre mantiene la mirada fija en la foto de mamá antes de hablar de nuevo:

—Nunca voy a querer a nadie como quise a tu madre, Mateo —confiesa con una sinceridad tan desnuda que me encoge el pecho—. Hay personas que solo pasan una vez por tu vida... y ella fue eso para mí.

Asiento despacio, porque entiendo perfectamente lo que quiere decir. Y quizá por eso añade lo siguiente sin apartar la vista de la lápida:

—Si de verdad quieres a Alejandra... si estás enamorado de ella... no la dejes escapar. —Entonces, me mira directamente—. La vida es demasiado corta para perder tiempo por miedo, orgullo o tonterías que luego ya no puedes arreglar.

Sus palabras se me quedan dentro, porque él sabe perfectamente lo que pasa cuando esperas demasiado. Porque ambos hemos perdido demasiadas cosas importantes creyendo que todavía tendríamos tiempo. Así que asiento débilmente y, esta vez, soy yo quien le pasa el brazo por los hombros.

—Estoy seguro de que allá donde estén... son felices —aseguro con una pequeña sonrisa.

Mi padre suelta una risa suave mientras se seca disimuladamente las lágrimas.

—Y seguro que están diciendo «Por fin estos dos cabezones han dejado de hacer el idiota y están juntos» —dice imitando la voz de mamá.

La carcajada se me escapa sola.

—No pueden tener más razón —respondo, asintiendo .

Nos quedamos un rato más, acompañados únicamente por el viento suave que mueve las flores alrededor y por esa sensación extraña de calma que empieza a abrirse paso dentro de mí.

—Siempre seremos una familia, papá —hablo de nuevo, seguro de mis palabras.

Él asiente sin dudarlo y me da unas palmaditas en la espalda antes de empezar a caminar hacia la salida conmigo.

Y mientras dejamos atrás el cementerio, siento que el peso que he llevado durante años sobre los hombros sigue ahí, porque nunca desaparecerá del todo, pero ya no me aplasta igual.

Ahora forma parte de mí, de mi historia y de las personas que he amado y voy a amar siempre.

Voy a echar de menos toda la vida a mi madre y a Ana, pero también voy a vivir.

Por ellas. Por mí. Por todo lo que aún queda por sentir.

Subo al coche y, justo cuando cierro la puerta, el móvil vibra en mi bolsillo; lo saco y veo un mensaje de Carla.

Esta mañana le he escrito porque necesito ver a Alejandra, aunque todavía no tenga claro cómo voy a enfrentarme a ella después de todo.

Su amiga no ha hecho preguntas innecesarias, simplemente me dijo que ella se ocupaba, y ahora me manda la ubicación de un restaurante y junto a un mensaje en el que me pide que en dos horas esté allí.

No puedo evitar sonreír al leerlo, e incluso noto cómo los nervios empiezan a mezclarse con algo parecido a ilusión. Después de tantas semanas sintiendo que lo había perdido todo, ahora mismo tengo la sensación de que quizá todavía quede una oportunidad para arreglar las cosas.

Guardo el móvil y apoyo la cabeza un momento en el respaldo del asiento mientras suelto el aire lentamente .

—¿Te apetece que vayamos a comer? —pregunta mi padre mientras arranca el coche y salimos despacio del aparcamiento del cementerio.

Aparto la mirada de la ventana y niego con una pequeña sonrisa que no consigo disimular.

—Mañana, si quieres —le digo—. Hoy tengo que salir.

Él me mira de reojo con una ceja alzada, claramente divertido porque sabe perfectamente adónde voy y, sobre todo, a quién voy a buscar. Durante unos segundos no dice nada, pero puedo notar esa sonrisa contenida que intenta disimular.

—Es hora de recuperarla —añado finalmente.

Esta vez la sonrisa ya me sale sola, amplia, nerviosa y completamente sincera.  Porque lo siento de verdad. Porque, después de tanto tiempo escondiéndome de todo lo que me daba miedo, por primera vez tengo claro lo que quiero. Y la quiero a ella.

Mi padre niega con la cabeza, como si estuviera viendo algo que llevaba demasiado tiempo esperando, y dice con seguridad:

—Ese es mi chico.

Entonces, sube un poco el volumen de la radio y la música empieza a llenar el vehículo mientras sigue conduciendo por las calles de Madrid.

Miro por la ventana intentando controlar el nudo que tengo en el estómago, pues cuanto más se acerca el momento de verla, más consciente soy de todo lo que está en juego.

No sé cómo va a reaccionar cuando me vea aparecer allí. No sé si seguirá enfadada ni si todavía quedará algo de nosotros después del daño que le hice.

Pero sí sé una cosa: esta vez no voy a huir.