Chapter 56
Hacer la maleta está siendo un caos absoluto: la abro, la cierro, vuelvo a abrirla, saco cosas que acabo de meter hace dos minutos y las dejo sobre la cama sin tener nada claro. No consigo concentrarme en algo tan simple como decidir qué necesito y qué no.
Mis abuelos no paran de merodear a mi alrededor, observando en silencio como si temieran que en cualquier momento me echara atrás.
Ha sido Luca quien, en cuanto las palabras salieron de mi boca, salió disparado a contarles que me voy hoy mismo a España, como si fuera un niño pequeño anunciando una gran noticia.
Y, en el fondo, lo es, aunque también da miedo. Mucho más del que quiero admitir.
Estoy dispuesto, por fin, a hablar con mi padre.
No hay más excusas ni más tiempo que perder; es más, tengo claro que va a ser lo primero que haga en cuanto llegue.
Siento que todo lo que llevo años arrastrando empieza ahí, en esa conversación que nunca tuve.
Luca habrá sido un gilipollas diciéndome todo lo que me ha dicho, pero no le falta razón .
Mientras termino de cerrar la maleta —esta vez de verdad—, reviso el móvil, ya que Sofi me ha conseguido los números de Carla y Paula y, como no tengo ni paciencia ni cabeza ahora mismo, les envío el mismo mensaje a las dos, avisándolas de que mañana estaré en Madrid y que necesitaré su ayuda para localizar a Alejandra sin que ella sospeche nada.
Las respuestas no tardan en llegar, y no pueden ser más distintas:
No puedo evitar reírme, incluso con el nudo que tengo en el pecho. Sobre todo, por el mensaje de Paula; es tan directa que asusta... y, a la vez, se agradece. Sé que lo dice porque la quiere, y porque las tres forman una familia increíble .
Me guardo el móvil en el bolsillo pensando que, si todo sale bien... si consigo que Alejandra me perdone, algún día le enseñaré estos mensajes. Y le pediré que me defienda de Paula, porque está claro que yo solo no tengo ninguna posibilidad.
Como si no fuera suficiente, también me ha llamado Sof. No para preguntarme si voy en serio, sino para dejarme claro que más me vale volver con Alejandra si no quiero que deje de hablarme para siempre. Aquí todos se han puesto de acuerdo para presionarme y, sinceramente, lo necesito.
Más tarde, Luca se ofrece a acompañarme al aeropuerto y no me niego a ello. No porque no pueda ir por mí propio pie, sino porque sé que, si me quedo a solas con mi cabeza demasiado tiempo, puedo empezar a dudar de nuevo. Pero esta vez no pienso echarme atrás.
Cuando salgo del pasillo arrastrando la maleta, mis abuelos me esperan en la puerta. La nonna intenta disimular, pero la veo limpiarse las lágrimas con el dorso de la mano.
—No llores, nonna —le digo, acercándome para abrazarla fuerte.
—Ay, ragazzo ... —responde, sujetándome la cara entre sus manos—. Son de felicidad. Estoy tan orgullosa de ti...
Sus palabras me calan más de lo que esperaba, porque durante mucho tiempo no he sido alguien de quien sentirse orgulloso y, por primera vez, siento que quizá estoy empezando a cambiar eso.
Cuando ella me suelta, mi abuelo me abraza con esa firmeza suya que siempre transmite más de lo que dice. Pero esta vez sí dice algo, y sé que no se me va a olvidar en mucho tiempo:
— È arrivato il giorno in cui devi essere coraggioso, ragazzo [8] —susurra.
Asiento en silencio, porque tiene razón: ya no puedo seguir siendo el mismo de siempre, es hora de ser valiente.
El trayecto al aeropuerto pasa rápido. Demasiado.
Luca habla, hace bromas e intenta relajar el ambiente, pero en el fondo los dos sabemos lo que hay detrás de todo esto.
Una vez ante la entrada al control de seguridad, no me da tiempo a despedirme antes de que me ponga una mano en la nuca y me arrastre para darme un abrazo.
—No la cagues esta vez —me pide.
—No lo haré —respondo, y por primera vez no suena como una promesa vacía.
Más tarde, cuando por fin me subo al avión, el pulso se me acelera.
Me acomodo en el asiento, me coloco los auriculares y busco una playlist en Spotify para intentar mantener la mente ocupada.
Empieza a sonar Ed Sheeran y cierro los ojos mientras el avión despega.
Nunca me han gustado estos cacharros y no confío en ellos, pero ahora mismo eso es lo de menos.
Hay cosas mucho más importantes esperando al final del trayecto.
Entre canción y canción, el vuelo se me hace extraño: a ratos pasa rápido y a ratos se me hace eterno. Pienso en mi padre, en Alejandra y en todo lo que he evitado durante años y en todo lo que, por fin, voy a enfrentar .
Casi tres horas después. cuando aterrizamos, ya está anocheciendo.
Al poner un pie en la calle, no puedo evitar pensar en que han pasado tres años desde que me marché, pero la ciudad sigue igual.
Camino por el exterior del aeropuerto y decido coger un autobús que me deja cerca de su casa.
Durante el trayecto, voy observando a través de la ventana, dejando que las calles pasen despacio ante mis ojos; las reconozco todas, cada esquina, cada edificio...
y, aun así, siento como si estuviera llegando a un lugar completamente nuevo.
Aprieto los puños sobre las rodillas, notando cómo la tensión me recorre el cuerpo.
Al bajar del bus, el aire seco de la noche me golpea de lleno.
Camino despacio, como si alargar esos últimos metros pudiera darme unos segundos más para prepararme.
Y cuando por fin llego al portal, me quedo quieto frente a la puerta, porque es momento de ver a mi padre.
Es hora de dejar de huir y de enfrentar, de una vez por todas, todo lo que me ha estado rompiendo por dentro.
Llamo al timbre y, justo antes de que mi padre abra la puerta, cierro los párpados durante unos segundos, tratando de ordenar todos mis pensamientos a contrarreloj, como si en ese breve instante pudiera poner en su sitio todo lo que llevo años evitando.
—¿Mateo? —murmura.
Al abrir los ojos, me encuentro con una mirada que me recorre de arriba abajo, sorprendido por mi aparición; veo cómo se le tensan los hombros y abre la boca para decir algo, pero no le salen las palabras, como si no supiera por dónde empezar.
—Hola, papá —digo por fin .
Sin decir nada más, se aparta para dejarme pasar; entro con la maleta y avanzo despacio por el pasillo, notando cada paso como si pesara más de lo normal.
La casa sigue exactamente igual que cuando me fui, con las mismas fotos colgadas en las paredes: nosotros de pequeños, mamá sonriendo, ellos dos juntos en algún verano que ya parece lejano, los cuatro siendo una familia...
E, inevitablemente, una sensación agridulce se me instala en el pecho y me sube hasta la garganta.
Esta casa está llena de recuerdos, de todo lo que fui y todo lo que perdí, y al cruzar la puerta es como si todo hubiera despertado de golpe, porque, aunque haya pasado el tiempo, no he podido prepararme para esto.
Me giro despacio, buscando las palabras, aunque sé que no van a salir como deberían. Lo miro y lo veo algo más mayor, con más arrugas en su rostro y esa mirada triste que hace años que inunda su expresión.
—¿Necesitas algo? —me pregunta preocupado, dando un paso hacia mí—. ¿Ha pasado algo?
—No... —Niego levemente, pasando una mano por mi cara—. Bueno, sí. —Asiento, confundido—. Supongo que sí.
Se queda quieto, mirándome y esperando a que me explique. No me presiona, pero tampoco aparta la mirada, como si tuviera miedo de que desapareciera delante de él si deja de observarme.
Respiro hondo antes de hablar:
—Estoy aquí porque sé que lo he hecho mal —reconozco al fin, sintiendo cómo la voz me sale más ronca de lo habitual—.
Porque en todos estos años, has intentado hablar conmigo e intentado acercarte, y yo no te lo he permitido.
No te he dado ni una sola oportunidad de explicarte.
—Bajo la mirada un segundo, incapaz de sostener la suya—.
Y me he dado cuenta de que he sido un cobarde...
—añado, apretando los puños sin darme cuenta—.
Pero... —Levanto la vista de nuevo—. No fue mi culpa, papá.
La voz se me quiebra en cuanto lo digo, como si llevara demasiado tiempo conteniéndolo, pero me obligo a seguir hablando, porque a eso he venido:
»Yo no quería que pasara, de verdad que no... —Las palabras empiezan a salir atropelladas—. Durante años, he pensado que debería haber sido yo, que tendría que haber sido yo... y no Ana, porque ella lo habría hecho mejor, porque ella sí sabía cómo hacerlo todo bien...
Las lágrimas me nublan la vista y apenas puedo mantenerme en pie emocionalmente. Cuando levanto la mirada, veo que él también está llorando.
—Hijo... —susurra, acercándose despacio, como si cada paso le costara tanto como a mí—. Lo siento... Lo siento tanto, Mateo... —Niega con la cabeza varias veces, visiblemente roto—. Fui yo el que falló, el que hizo todo mal y te hizo cargar con algo que nunca fue tu responsabilidad...
Siento cómo me rodea los hombros con un brazo, dudando apenas un segundo antes de hacerlo, como si no supiera si tiene derecho a hacerlo después de todo.
Pero no me aparto, y ese pequeño gesto parece suficiente para que el abrazo se vuelva real.
Así que me obliga a moverme y nos dejamos caer en el sofá de siempre, ese en el que tantas veces fuimos una familia sin ser conscientes de lo que teníamos.
—La enfermedad de tu madre... —empieza, con la mirada perdida en algún punto que solo él ve—.
Perderla tan pronto me destrozó de una forma que no supe gestionar, y aunque intenté seguir adelante por vosotros y de verdad creí que podía hacerlo bien...
—Se detiene y respira hondo, reuniendo fuerzas para continuar—.
Cuando pasó lo de Ana... ahí me rompí del todo, Mateo, y en lugar de cuidarte, en lugar de protegerte, te dejé solo y te aparté.
Eso es algo que no voy a perdonarme nunca.
Aprieta los labios, conteniendo el dolor, y niega con los ojos cerrados antes de añadir:
»No tienes la culpa de nada, hijo, de absolutamente nada... la culpa fue mía por no haber estado a la altura cuando más me necesitabas. —Sus palabras caen despacio, pero pesan más que cualquier grito—. Te he echado de menos cada día.
Y eso... eso es lo que más duele, porque sé que es verdad.
Ya no puedo sostener nada más dentro de mí, así que me dejo caer en él, dejando que su abrazo me envuelva por completo, fuerte y necesario, como si estuviéramos intentando recuperar en unos segundos todo el tiempo perdido.
—Perdóname... —susurra contra mi hombro.
Cierro los ojos, dejando que todo salga.
—Yo también te he echado de menos, papá —murmuro.
Nos quedamos así unos minutos más, en silencio, dejando que todo lo que no dijimos durante años salga poco a poco y sin prisas.
Unos minutos más tarde, cuando conseguimos calmarnos un poco, se levanta para traer dos vasos de agua.
Al volver a sentarse a mi lado, empieza a preguntarme por mi vida allí y por lo sucedido en este tiempo lejos de casa.
Le hablo del restaurante, de mis amigos y de las prácticas que estoy empezando gracias al curso que hice.
Me doy cuenta, por cómo reacciona, de que sabe más de lo que pensaba; ha estado en contacto con los nonni todo este tiempo, preguntando por mí y siguiendo mi vida desde la distancia.
—Pero no solo estás aquí por mí, ¿verdad? —me pregunta de pronto, entrecerrando los ojos con ese brillo que reconozco al instante; el mismo que tenía Ana y que, en algún momento, también tuve yo. El mismo que estoy recuperando.
Suelto una pequeña risa, apoyándome en el respaldo del sofá.
—Me he enamorado, papá —lo suelto sin rodeos, tan directo que incluso a mí me sorprende.
Él me mira con una mezcla de sorpresa y alegría, y una sonrisa empieza a dibujarse en su cara—.
Se llama Alejandra —continúo antes de que pueda decir nada—.
Y es... increíble. De verdad. Me encantaría que pudieras conocerla estos días... si es que me perdona.
—¿Si te perdona? —Alza una ceja, curioso.
—Digamos que fui un gilipollas y la traté fatal... —confieso, bajando la mirada un segundo—. Volvió a Madrid y... no he sabido nada de ella en semanas. Por eso estoy aquí, porque necesito pedirle perdón.
—Eh... —titubea, claramente perdido—. No me estoy enterando de nada, hijo.
Me río de nuevo, esta vez con más naturalidad, y empiezo a contarle toda la historia desde el principio, sin dejarme nada: cómo la conocí, lo que significó para mí, y cómo la cagué.
Y él me escucha en silencio, atento, soltando alguna risa de vez en cuando, y en este instante, hablándole a mi padre de la chica de la que estoy enamorado, siento algo que llevaba mucho tiempo sin experimentar.
Me siento completo.
Porque, sin darme cuenta, echaba muchísimo de menos esto: la confianza, el vínculo entre nosotros. Un lugar donde, por fin, puedo ser yo sin esconderme.