Sin miedo a perder(te) Chapter 55
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Chapter 55

Las semanas avanzan a una velocidad vertiginosa.

El verano empieza a desvanecerse poco a poco, como una luz que nadie quiere apagar del todo, pero que inevitablemente se va consumiendo.

Aún hace buen tiempo, el mar sigue siendo un refugio y el sol todavía calienta, pero ya no es lo mismo.

Los turistas se marchan, las calles recuperan su ritmo habitual y la isla vuelve a ser de los que se quedan.

Y yo... yo me quedo también, aunque no sé muy bien en qué lugar exactamente.

Al final, acepté las prácticas en la empresa de diseño de videojuegos; me costó decidirme, pero ahora que estoy dentro, tengo que reconocer que me gusta más de lo que esperaba.

Me mantiene ocupado, me obliga a concentrarme, a crear, y a pensar en cosas que no sean ella .

Echo un par de horas en el restaurante para ayudar, como siempre, y el resto del tiempo lo paso encerrado en mi habitación dibujando, diseñando o intentando volcar en una pantalla todo lo que no soy capaz de decir en voz alta.

Hay días en los que bajo a la playa con los chicos y con Sof.

Me río cuando toca, asiento cuando hablan, y suelto algún comentario para que parezca que estoy presente.

Pero no lo estoy del todo, porque es como si una parte de mí se hubiera quedado congelada en ese momento, en esa noche, en sus ojos cuando le dije que se fuera... o peor, cuando le dije que no volviera.

Tengo la sensación constante de que Alejandra nunca ha estado aquí.

Que todo lo que vivimos ha sido algo inventado, una historia que me conté a mí mismo para no sentirme tan vacío.

Pero cuando eso sucede, paso por cualquier rincón de la isla y ahí está: en el mirador donde vimos el atardecer, en la playa donde se reía sin parar, en cualquier calle en la que caminamos sin rumbo...

Está en todo . Y eso es lo que más duele, porque no puedo escapar de ella, aunque ya no esté.

Los recuerdos no vienen suaves, sino como golpes que se me clavan en el pecho sin piedad, asfixiándome durante unos segundos. Y lo peor es que no hago nada por evitarlos. Supongo que, en el fondo, es lo único que me queda.

Mi abuela intentó preguntarme por ella un par de veces.

No hizo falta que dijera mucho, pues vio mi cara y mi forma de cerrarme, y lo entendió todo.

Desde entonces, no ha vuelto a sacar el tema, pero la conozco lo suficiente como para saber que está preocupada.

Me mira igual que cuando llegué a la isla hace tres años, cuando murió Ana, temiendo que vuelva a romperme del todo.

Y Luca... él está hasta los cojones de mí.

No me lo dice directamente, pero tampoco hace falta, porque lo veo en la forma en la que me mira, en cómo aprieta la mandíbula cuando le digo que no hay nada que hacer, y en cómo intenta —cada vez con menos paciencia— hacerme reaccionar.

Me pregunta si voy a hacer algo, si pienso hablar con ella, o si de verdad voy a dejarlo así.

Y yo siempre respondo lo mismo: que ya es tarde, que no sirve de nada, y que la cagué.

Es cierto. La cagué tanto, que no hay forma bonita de decirlo. Fui cruel y le solté todo mi miedo en la cara, disfrazándolo de reproches. La aparté de mí cuando lo único que necesitaba era que la acercase más aún.

¿Me he rendido? Sí.

¿Creo que ella no va a volver? También.

He intentado escribirle más veces de las que quiero reconocer; abro el chat, escribo, borro y vuelvo a escribir.

Nada me parece suficiente, porque no hay palabras que arreglen lo que rompí en ese momento.

Así que, al final, siempre hago lo mismo: cierro la conversación sin enviar nada.

Aunque, siendo sincero, no sé si lo hago por ella...

o porque no soy capaz de enfrentarme a la posibilidad de que ya no quiera saber nada de mí.

Así que me quedo aquí. Pretendiendo salir adelante, que todo está bien y que el tiempo lo cura todo, pero la realidad es que no, que hay cosas que no se curan... solo aprendes a vivir con ellas.

—Espera, cariño... —dice la voz de la nonna desde el pasillo con ese tono suave que siempre utiliza cuando intenta calmar a alguien.

—No, Isabella, se acabó esta situación de una maldita vez —responde otra voz, mucho más tensa y mucho más cerca de mi habitación.

Frunzo el ceño todavía medio dormido .

¿Luca? ¿Qué coño hace aquí tan temprano?

No me da tiempo ni a incorporarme cuando la puerta se abre de golpe y entra como si le persiguiera el diablo. Viene directo hacia mí, sin frenar y sin pensárselo, y antes de que pueda reaccionar, ya me tiene agarrado por los brazos y me zarandea con fuerza.

—Me tienes hasta la polla —suelta entre dientes, con la mandíbula tensa—. Así que levántate y haz algo de una puta vez.

Parpadeo, descolocado, tratando de entender qué está pasando. Intento librarme de su agarre, pero él aprieta un segundo más antes de soltarme de golpe; da un paso atrás y me señala con el dedo, como si estuviera delante de su peor enemigo.

—Eres un cobarde de mierda —escupe—. Y se acabó. Vas a hacer algo hoy mismo si no quieres que te pegue un puñetazo y te despierte de una vez.

Levanto las manos en señal de calma, todavía aturdido, pero lo único que consigo es que me empuje hacia atrás.

—¿Pero de qué cojones vas, Luca? —inquiero ya mosqueado, notando cómo se me empieza a calentar la sangre—. ¿Qué te pasa?

Se acerca otra vez, invadiendo mi espacio con esa mirada que no le había visto nunca, cargada de rabia y frustración.

—Que estoy harto —dice de carrerilla, sin darme opción a replicar—. Harto de ver cómo te escondes cada vez que algo se pone difícil. ¡Primero con tu padre y ahora con Alejandra! ¿No te cansas de huir siempre, tío? ¿No te das cuenta de que llevas años haciendo exactamente lo mismo?

Me tenso al instante con lo que acaba de decir, ya que no me gusta esa mezcla de nombres y de cosas que llevo tiempo evitando.

—¿Qué dices? —Ahora lo empujo yo, cabreado—. Ni se te ocurra meterte en mi vida. No te he pedido opinión.

Su mirada se endurece todavía más; sé que he tocado algo que le ha dolido, pero también sé que él ha cruzado una línea.

—Voy a meterme en tu vida —responde, esta vez más bajo, pero mucho más firme—. Porque no voy a quedarme de brazos cruzados viendo cómo te la destrozas tú solito. No ahora que, por una vez, empezabas a vivirla de verdad.

Suelto el aire despacio, pasando una mano por mi cara. No sé ni por dónde coger la conversación, pero él interpreta mi silencio como vía libre para seguir hablando:

—He respetado lo de tu padre todos estos años y lo sabes —me recuerda—. Me lo contaste, entendí tu historia y no dije nada, pero eso no significa que esté de acuerdo con cómo lo has llevado. Tu padre te ha buscado, Mat. Más de una vez. Y tú te has escondido como si fueras el culpable de algo.

—Luca... —intento intervenir, pero me cuesta hasta ordenar las ideas—. No es eso, pero...

—No —me interrumpe con firmeza—. No hiciste nada malo. Perdiste a tu madre y a tu hermana en muy poco tiempo. Es una putada, es injusto, es una mierda... pero él también perdió a su mujer y a su hija. ¿Eres capaz de entender eso, o no?

Asiento débilmente, porque claro que lo entiendo, siempre lo he hecho. Otra cosa es haber sabido qué hacer con eso.

—No le diste la oportunidad de hablar —sigue—. Te largaste, lo castigaste con tu silencio porque no supo estar a la altura cuando más lo necesitabas. Y sí, lo hizo mal, pero tú tampoco lo hiciste mejor.

Bajo la mirada, sintiendo cómo cada palabra se me cuela dentro con dureza.

—Lo sé... —murmuro.

—Y me lo he callado todo este tiempo porque es tu vida —añade—. Pero ahora vienes con lo de Ale y... —Me señala con las manos, desesperado.

Levanto la vista, frunciendo el ceño

—No te sigo, tío —digo—. ¿A qué viene ahora esto?

Luca suelta una risa sin humor, negando con la cabeza.

—Viene a que te has enamorado —responde sin rodeos—.

A que has encontrado algo de verdad, algo que no se repite todos los días...

y lo estás tirando a la basura por miedo.

La puta mejor sensación del mundo, y tú la estás jodiendo porque no sabes gestionar lo que sientes.

—Da un paso más hacia mí, bajando la voz—.

¿Sabes lo jodido que es encontrarse con alguien así?

—insiste—. Porque yo sí lo sé, y tú también. Y aun así... la estás dejando ir.

Se me encoge el estómago, pero no digo nada. Él sigue:

» Piensa en tu hermana —añade, más serio—.

¿De verdad crees que ella habría vivido así?

Midiendo cada paso, evitando sentir o escondiéndose cada vez que algo duele.

—Trago saliva, pues no necesito responder, ya que la respuesta es obvia—.

Ale no te ha abandonado, colega —continúa—.

Se ha ido porque su padre estaba en un hospital, y ha hecho lo que tú no has sido capaz de hacer en años: enfrentarse a lo que le duele.

Ha vuelto al sitio donde peor lo pasó para arreglarlo.

¿Y tú qué has hecho? Dejarla sola. Si alguien ha abandonado aquí cuando más hacía falta, ese has sido tú.

—No te atrevas... —salto al instante, encendiéndome de nuevo.

—¿Que no me atreva a qué? —Me empuja y esta vez tengo que contenerme de verdad para no devolvérselo—.

¿A soltar la verdad? ¿ A abrirte los ojos?

¿A decirte que espabiles de una puta vez?

Mateo, joder... —Niega con la cabeza—. La vida cambia en un segundo y tú lo sabes mejor que nadie.

¿De verdad quieres quedarte con esto? ¿Con la sensación de haber sido un cobarde que no ha luchado por nada ni por nadie?

Sus palabras me caen como un jarro de agua fría. Es como si alguien me hubiera sacado de golpe del sitio en el que llevaba semanas metido, medio anestesiado y escondido. Así que parpadeo despacio, intentando procesarlo todo, mientras el silencio se hace pesado entre los dos.

—Pero... —dudo, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, no tengo ni idea de qué hacer—. Entonces ¿qué hago?

Luca no duda ni un segundo:

—Luchar por lo que quieres —sentencia—. Hacer lo que haga falta para ser feliz. Con miedo, sí... pero sin quedarte quieto.

Me paso una mano por el pelo, nervioso.

—No sé... —balbuceo—. No sé por dónde empezar —confieso.

—Llama a Ale —responde sin pestañear—. Y habla con tu padre.

Suena tan simple que casi me dan ganas de reír, porque sé que no lo es.

Me quedo en silencio unos segundos, mirando al vacío. Algo dentro de mí se mueve, incómodo e insistente; entonces, una idea empieza a tomar forma, porque llamarla no es suficiente. No después de todo.

—No es suficiente... —murmuro, más para mí que para él, mientras me giro hacia la mesa.

—¿Cómo? —pregunta Luca, confundido—. ¿Qué coño haces ahora?

No le respondo. Enciendo el ordenador y mis dedos actúan por inercia, como si llevaran tiempo esperando este momento. Busco, hago un par de clics y comparo horarios sin pensar demasiado.

Siento a Luca detrás de mí, observando en silencio, tratando de entenderme.

Pero lo tengo claro. Por primera vez en semanas, sé lo que debo hacer.

Me levanto, cojo aire y me giro hacia él.

—Me voy a Madrid —digo, escueto—. Voy a buscar a Alejandra.