Sin miedo a perder(te) Chapter 54
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Chapter 54

Al día siguiente, estamos viendo una película en el salón, de esas que se ponen de fondo para llenar el silencio, cuando mi teléfono suena con una llamada entrante y el sonido me atraviesa el pecho; me levanto de golpe para cogerlo de la mesa del comedor y, en cuanto veo que es del hospital, siento cómo todo mi cuerpo se tensa.

El corazón empieza a latirme más rápido, como si ya supiera que algo importante está a punto de cambiar.

—¿Sí? —respondo con la voz más insegura de lo que me gustaría.

—Hola, Alejandra, llamo del Hospital Universitario de La Paz —dice una voz femenina al otro lado—. Queríamos informarte de que tu padre acaba de despertar, ha preguntado por ti.

Agradezco la llamada y cuelgo.

Durante un segundo me quedo en blanco y, de golpe, suelto el aire que estaba conteniendo. Algo dentro de mí se afloja y una sonrisa aparece sin permiso en mi cara, mezclándose con un nudo en la garganta que no sé muy bien de qué está hecho: si de alivio, miedo, esperanza... o de todo a la vez.

Cuando me giro, Carla y Pau me miran en silencio, expectantes, como si pudieran leer en mi cara que algo ha cambiado.

—Mi padre ha despertado... —anuncio y, al escucharme en voz alta, siento cómo se me humedecen los ojos—. Y está bien.

—Ay, Ale... —Carla se lleva una mano al pecho, sonriendo.

—Qué alegría —añade Pau, levantándose un poco del sofá.

Yo ya estoy moviéndome casi sin pensar, buscando mis sandalias y el bolso, para poder irme lo más rápido posible.

—Me voy al hospital —añado—. Dicen que ha preguntado por mí, chicas.

—Luego nos cuentas, ¿vale? —pide Carla con una sonrisa comprensiva.

—Claro —asiento, nerviosa—. Esta noche cenamos juntas y os lo cuento todo.

Recojo mis cosas y salgo casi corriendo de casa.

El camino hasta el metro se me hace eterno, ya que mi cabeza no para de imaginar mil versiones de ese encuentro: él débil, distante, igual que siempre...

o completamente distinto. No sé qué voy a encontrarme y esa incertidumbre se me instala en el pecho como una presión constante.

Y me doy cuenta de que no solo tengo miedo de cómo reaccione él... sino también de cómo voy a hacerlo yo.

Cuando entro al hospital, el olor a desinfectante me golpea de nuevo, como siempre; aunque hoy lo siento más intenso, más real.

Camino por el pasillo con el pulso acelerado, como si cada paso me acercara a algo que llevo años esperando y temiendo a la vez.

Al llegar a la habitación, encuentro la puerta entreabierta y me detengo un segundo antes de empujarla, intentando calmar mi respiración.

Lo veo: está tumbado en la cama, más delgado y cansado, pero despierto y muy atento a lo que el médico le está diciendo. Su pecho sube y baja con normalidad, y solo eso ya me da una paz que no sabía cuánto necesitaba.

—Hola... —digo, abriendo la puerta del todo, con una voz que apenas reconozco como mía.

Mi padre se gira, y entonces pasa algo que me descoloca por completo. Hay algo en su mirada. Un brillo, una emoción desnuda que no recuerdo haber visto nunca en él. Ni siquiera cuando era pequeña.

—Alejandra, hija... —murmura mi padre, sacudiendo la cabeza.

El médico se despide discretamente y sale de la habitación, dejándonos solos.

Yo me quedo quieta a los pies de la cama, sin saber muy bien qué hacer. Todo lo vivido, lo que me ha dolido, lo que he echado de menos... se me agolpa de golpe. Como si estuviera frente a un desconocido que, al mismo tiempo, es la persona que más he necesitado en mi vida.

—Ven, hija —me pide, alargando el brazo hacia mí.

Dudo un segundo, pero acabo acercándome y cojo su mano; está más fría de lo que recordaba, más frágil. Me siento en la silla de siempre, la misma en la que he pasado horas hablándole sin respuesta, y carraspeo antes de hablar:

—¿Cómo te encuentras, papá? —pregunto en voz baja .

No me contesta enseguida, tan solo me mira como si me estuviera viendo de verdad por primera vez en mucho tiempo.

—Lo siento, cariño... —susurra al fin con la voz temblorosa.

Frunzo el ceño, intentando entenderlo.

—No pasa nada —le digo suavemente—. No ha sido tu culpa lo que te ha pasado.

Pero él niega con la cabeza mientras sus ojos se llenan de lágrimas.

—No me refiero a eso, Alejandra...

Algo en su tono hace que me tense y trague saliva.

—Papá... —intento frenarlo—. No hace falta hablar ahora. Tienes que descansar.

—No —insiste con una urgencia que no le había visto nunca—. Llevo demasiado tiempo sin decir esto. —Aprieta un poco más mi mano—. Necesito pedirte perdón. Por todo.

Siento cómo algo dentro de mí se rompe lentamente y parpadeo en un pésimo intento de contener las lágrimas.

—Por abandonarte... —continúa—. Porque el día que se fue tu madre, no solo la perdiste a ella, sino que me perdiste a mí también. —Sus palabras se me clavan tan hondo que no puedo hablar—. Dejé de ser tu padre cuando más me necesitabas. Dejé de escucharte, de cuidarte, de quererte como merecías...

Las lágrimas empiezan a caer por mis mejillas sin que pueda hacer nada por evitarlo, pero él no deja de hablar, porque en el fondo ha temido por su vida y necesita sacar de dentro todo lo que guarda.

—No supe gestionar el miedo, Alejandra —sigue—.

Me aterraba tanto perderte a ti también...

que me volví duro. Frío. Pensé que así te protegería del mundo, sin darme cuenta de que era yo quien te estaba rompiendo —su voz se quiebra por completo—.

He sido injusto contigo, muy injusto. Claro que me importa tu felicidad, hija, es lo que más deseo en este mundo.

No puedo apartar la mirada de él, porque nunca lo había visto así, tan vulnerable. Es chocante.

—No tengo derecho a pedirte nada —añade, bajando la mirada—. No después de todo lo que te he hecho sentir. No me merezco que hayas estado aquí todos estos días a mi lado... como si yo hubiera hecho bien las cosas. —Niega, derrotado—. No merezco nada de ti.

Siento que me falta el aire.

—No digas eso... —susurro entre sollozos—. Yo... yo solo...

Pero no puedo terminar la frase.

—Lamento no haber sabido quererte bien —interviene él—. Siento que hayas creído por mi culpa que no eras suficiente y haberte dejado sola.

Esa frase me rompe del todo.

—No... —niego, llorando—. Yo... yo echaba de menos al padre que eras antes...

Mi voz se deshace entre lágrimas, y no sé en qué momento nos hemos acercado, pero ahora me está sujetando ambas manos entre las suyas.

—Sé que es muy difícil lo que te voy a pedir —dice después de unos segundos, intentando recomponerse—. Y sé que no tengo derecho, pero... ¿me darías otra oportunidad?

Me quedo en silencio .

Todo lo que he sentido durante años pasa por mi mente en cuestión de segundos: el dolor, la rabia, la soledad... pero también el amor que, a pesar de todo, nunca ha desaparecido. Y lo miro de verdad, viendo a un hombre roto y arrepentido intentando volver.

—Yo... —titubeo, y respiro hondo—. Creo que sí.

—Te prometo que no vas a arrepentirte —insiste.

En esa promesa hay más miedo que seguridad, como si temiera que en cualquier momento yo pudiera retirarle la mano. Esboza una sonrisa leve, frágil, de esas que parecen a punto de romperse.

—Te quiero, hija... Te quiero muchísimo —añade, y su voz se quiebra a mitad de la frase—.

Y no voy a tener vida suficiente para pedirte perdón.

—Aprieta un poco más mi mano, como si necesitara anclarse a algo real, a mí—.

Amaba a tu madre, y cuando se fue... me quedé vacío.

Pero vacío de verdad, Alejandra —asegura, asintiendo—.

Como si me hubieran arrancado todo lo que sabía ser.

Y en lugar de reconstruirme... me escondí ahí dentro.

Dejé de ser un buen padre sin darme cuenta.

—Traga saliva, y noto cómo sus dedos tiemblan ligeramente entre los míos.

»No supe darte lo que necesitabas ni abrazarte cuando lo pedías sin palabras, tampoco escucharte cuando empezabas a romperte por dentro.

Pensé... —Niega con la cabeza, avergonzado—.

Pensé que, siendo duro contigo, estaba protegiéndote.

Que, si te hacía fuerte, nadie podría hacerte daño.

—Su respiración se vuelve más pesada, como si le costara sacar cada palabra—.

Pero fui yo quien te hizo daño. Día tras día.

Haciéndote sentir que nunca eras suficiente y que todo lo que hacías estaba mal.

—Levanta la mirada de nuevo, completamente expuesto .

»Quería retenerte a mi lado... —susurra—. Tenía tanto miedo de que tú también te fueras, que intenté atarte sin darme cuenta. Y al hacerlo... te corté las alas.

El silencio que se queda entre nosotros pesa, pero no es incómodo. Es un silencio lleno de verdades.

—Sé que nada de esto justifica lo que hice —añade con firmeza, aunque la voz le tiembla—.

Sé que llego tarde a muchas cosas, pero si me dejas...

si me das ese hueco... quiero aprender a quererte bien.

Como mereces. Sin miedo. Sin lastimarte.

—Su pulgar acaricia el dorso de mi mano con torpeza, como si estuviera reaprendiendo un gesto que nunca debió olvidar—.

Aunque sea poco a poco, aunque me equivoque...

—susurra a modo de súplica—. Pero esta vez no quiero perderte.

Asiento despacio antes de inclinarme hacia él y rodearlo con los brazos.

Es un abrazo distinto a todos los que recuerdo: más frágil por su cuerpo aún débil, pero mucho más fuerte por todo lo que contiene.

Y, por primera vez en mucho tiempo, dentro de mí no hay reproches ni preguntas sin respuesta.

No hay rencor. Solo queda ese cariño que, pese a todo, nunca se ha ido.

Está de vuelta.

Mi padre ha vuelto.

Y lo único que quiero ahora es que se quede.

Cuando nos separamos, no lo hago del todo; sigo cerca, como si necesitara asegurarme de que es real y de que no es un espejismo que va a desaparecer en cuanto parpadee.

Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano y me doy cuenta de que ya no pesan igual; he dejado de llorar como quien se rompe, y empiezo a hacerlo como quien se reconstruye.

Respiro hondo y por dentro todo se siente...

en calma. Una calma desconocida y casi olvidada, porque durante años he estado sosteniendo piezas sueltas de algo roto y, de pronto, la última ha encajado por fin en el sitio correcto.

—Ahora, cuéntame —añade él con suavidad, sin soltar del todo mi mano—. Sé que has estado todos los días hablándome... pero necesito escucharte de verdad. Quiero oírlo estando aquí, contigo.

Levanto la mirada y le sonrío; pero no es una sonrisa comprometida ni por costumbre, sino una de verdad, de las que nacen sin esfuerzo.

—¿Qué quieres saber, papá? —pregunto con la voz aún débil.

—Todo —responde casi de inmediato, con una mezcla de impaciencia y ternura—. Dónde has estado estos meses, qué has hecho, con quién has estado... todo lo que sea importante para ti, cariño. No quiero perderme nada más.

Y empiezo.

Le cuento cómo me marché, cómo tomé esa decisión sin mirar atrás, aunque por dentro estuviera temblando.

Le hablo del trabajo que acepté y de que quizá no era el mejor del mundo, pero también me hizo sentir útil, capaz y libre.

Le hablo de la gente que he conocido, de los amigos que he hecho casi sin darme cuenta, de cómo Carla y Paula fueron a verme y llenaron la isla de risas.

—Es increíble —añado, notando cómo se me ilumina la voz al recordarlo—. La isla es preciosa, pero no solo por el paisaje. Es la gente. Me han hecho sentir como si siempre hubiera pertenecido allí. Como si, sin saberlo, hubiera encontrado una familia con la que no comparto sangre .

Veo cómo me escucha con atención, y tengo la sensación de que cada palabra le importa de verdad. Y eso, solo eso, ya lo cambia todo.

—También hice un curso... —continúo, insegura—. Y puede que pronto empiece a hacer las prácticas en una editorial. Es pequeña, pero me hace muchísima ilusión.

—Eso es increíble, Alejandra —asegura, y en su voz hay algo que me desarma: orgullo—. Fuiste muy valiente al irte. Al elegirte. Estoy... estoy muy orgulloso de ti.

Trago saliva y noto cómo se me vuelven a inundar los ojos. No por tristeza, esta vez no, sino por todo lo contrario: porque llevaba años necesitando escuchar algo así.

Bajo la mirada un segundo, reuniendo valor, y entonces lo digo:

—También he conocido a alguien... —No necesito mirarlo para saber que su atención se agudiza—. Se llama Mateo.

Pronunciar su nombre en voz alta aquí, en esta habitación, hace que algo dentro de mí tiemble.

Al principio, le hablo de él con cuidado, como si temiera romper algo, pero poco a poco las palabras empiezan a salir solas; le cuento cómo es, cómo me hace sentir, y que todo con él ha sido tan inesperado como intenso.

Le hablo de su risa, de sus silencios y de su forma de mirarme como si realmente me viera.

Mi padre escucha sin interrumpir, tan solo haciéndome alguna pregunta de vez en cuando y sonriendo en los momentos justos. Incluso se ríe con alguna anécdota, y ese sonido... ese sonido me llena el pecho de algo que creía perdido.

—Estoy segura de que te encantaría —le digo al final—. Él... y todo aquello. La isla, la gente... todo.

Mi padre asiente, pensativo, y aprieta un poco más mi mano.

—En cuanto me recupere —comienza a decir con una pequeña sonrisa—, iré a comprobarlo por mí mismo.

Y, no sé por qué, pero esa simple frase me genera algo más que ilusión.

Me da esperanza.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, siento que después de tanta oscuridad... empieza a colarse la luz. Esa que siempre he buscado sin darme cuenta. Ese faro que, de una forma u otra, siempre termina guiándome de vuelta a casa.