Sin miedo a perder(te) Chapter 53 #2
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Chapter 53 #2

Las chicas empiezan a hablar con Sof de cuando estuvieron allí, recordando momentos, riéndose de tonterías y, poco a poco la conversación fluye sin esfuerzo.

—Ahora te toca a ti venir a Madrid —le dice Pau con una sonrisa.

—Claro que iré —asegura ella, divertida—. De mí no os libráis.

Soy consciente de que han notado mi silencio.

Lo sé por cómo llenan los huecos y por cómo evitan mirarme directamente. Y, aun así, agradezco que no insistan.

De pronto, la expresión de Sofía cambia, se le ilumina la cara y, en cuestión de segundos, aparece Luca en la pantalla.

—Hola, madrileñas —saluda con una sonrisa tranquila.

Las chicas le devuelven el saludo y él, casi sin disimular, clava la mirada en mí, intentando analizarme. Le sonrío, aunque no sé muy bien qué expresión tengo ahora mismo.

—¿Qué tal estás, Ale? —pregunta.

Justo después de hacerlo, su mirada se desvía hacia algo fuera de cámara y su gesto cambia; se vuelve más serio y niega levemente con la cabeza, como si estuviera respondiendo a alguien más. No hace falta que pregunte quién está al otro lado.

—Bien, Luca —contesto y me muerdo el labio para controlar los nervios—. Mi padre está mejor, y yo... bueno, estoy intentando acostumbrarme a estar aquí otra vez.

—Espero que no te acostumbres demasiado y vuelvas pronto —dice con naturalidad.

Sof le da un pequeño codazo y le murmura algo, regañándole por el comentario.

—Luca —lo llamo antes de pensarlo demasiado.

Él vuelve a mirarme, atento. Y sé que no debería preguntar y que probablemente no quiero escuchar la respuesta, pero no puedo evitarlo:

—¿Está bien?

No digo su nombre, no hace falta.

Luca guarda silencio un segundo, mira hacia el fondo y luego asiente levemente.

—No te preocupes por eso ahora, Ale —responde con calma—. Todo va a ir bien.

No sé si lo dice por él... o por mí.

Aun así, asiento e intento sonreír, aunque algo dentro de mí se queda a medias. Poco después, nos despedimos cuando el camarero empieza a dejar los platos sobre la mesa.

—¿Necesitas hablar? —pregunta Carla, cautelosa.

Paula también me mira con esa mezcla de preocupación y cuidado que tanto me conozco.

—Estoy bien... —empiezo, pero enseguida niego—. Bueno, no. Solo... lo echo de menos. —Trago saliva—. Y aunque sigo dolida, me gustaría que me hablase.

—Lo hará —asegura Pau—. Solo necesita tiempo. Tiene que ordenar todo lo que lleva dentro.

Asiento, porque lo sé. Sé que hay cosas que tiene que resolver solo, pero eso no quita que una parte de mí quiera romper esa distancia y llamarlo ahora mismo.

El resto de la cena transcurre con normalidad, y hago un esfuerzo enorme por dejar a un lado todo lo que me pesa y centrarme en ellas.

Paula nos cuenta, entre carcajadas, que se ha enamorado unas cincuenta veces distintas este verano, y cada una más intensa que la anterior.

Y, durante un rato, consigo relajarme de verdad.

Hasta que la puerta del bar se abre y noto cómo Carla se tensa a mi lado antes incluso de mirar.

Sigo su gesto y veo a Alberto entrando con varios compañeros de la universidad y, por un segundo, mi cuerpo se pone en alerta.

La idea de que Pablo pueda estar con ellos me atraviesa como un latigazo, porque no estoy preparada para verlo. No ahora.

Alberto recorre el local con la mirada hasta que se detiene en nuestra mesa. La sonrisa que llevaba se borra poco a poco y veo cómo aprieta la mandíbula. Dice algo a sus amigos, que se dirigen hacia otra mesa, y él empieza a caminar hacia la nuestra.

El ambiente cambia, pero ninguna dice nada. Yo miro a Carla y luego a Paula, y ambas fuerzan una sonrisa que no termina de ser natural.

—Hola —saluda Alberto al llegar. Respondemos casi al unísono, y aunque se dirige a mí, su mirada no deja de buscar a Carla—. ¿Qué tal, Ale? —me pregunta, esta vez dirigiéndose solo a mí—. Hace mucho que no nos vemos.

—Bien... ¿Y tú? —respondo con una sonrisa educada—. He estado fuera.

—Sí, algo me han contado —dice, y esta vez mira directamente a Carla.

Ella aparta la vista, incómoda, y es Paula quien interviene para aliviar la tensión:

—La niña se nos ha vuelto italiana —bromea.

Alberto vuelve a mirarme y sonríe.

—Me alegra saber que te va bien, te lo mereces.

—Gracias —murmuro sin saber muy bien qué responder.

—¿Vais a salir después? —pregunta, alternando la mirada entre las tres, aunque vuelve a detenerse en la morena.

—Seguramente tomemos algo —responde ella sin mirarlo apenas.

—Avisadme, y seguimos hablando después —dice, claramente dirigiéndose a Carla.

La tensión se queda flotando en el aire incluso cuando se despide y vuelve con su grupo. Nosotras seguimos en silencios unos segundos más, hasta que decido romperlo:

—Esto ha sido muy raro, ¿no?

—Qué va —dice Paula rápidamente—. Un poco incómodo, pero normal.

Frunzo el ceño, no muy convencida.

—¿Pasa algo con él, Carla? —inquiero, curiosa por las miradas que han compartido.

—No —responde demasiado deprisa—. ¿Qué va a pasar? Si apenas hablamos.

No me lo creo del todo, pues hay algo que no encaja.

Pero, antes de que pueda insistir, cambian de tema con una rapidez que deja claro que no quieren profundizar.

Y entonces lo entiendo: no solo mi vida ha cambiado estos meses.

Sin darme cuenta, la de ellas también ha seguido adelante, ha girado y ha tomado caminos que yo no he vivido.

Me gustaría saber más. Entender. Pero también sé que, si fuera algo que quisieran contarme... lo harían como siempre hemos hecho.