Chapter 53
Pasan los días y surge una rutina extraña; una que no termina de ser mía y no se parece en nada a la que tenía antes ni a la que más tarde construí en la isla.
Me siento suspendida en medio de dos vidas, sin pertenecer del todo a ninguna.
Y hay momentos en los que me pregunto si realmente voy a volver a acostumbrarme a esto...
o si simplemente estoy esperando a que todo cambie otra vez.
Por las mañanas, desayuno con las chicas y las escucho hablar de asignaturas, de profesores y de horarios imposibles en este último año de universidad que acaban de comenzar.
Intento seguir sus conversaciones y reírme en los momentos adecuados, pero hay una parte de mí que se queda al margen, como si ya no encajara del todo en este ritmo.
Cuando llega la tarde, camino hasta el hospital.
Siempre hago el mismo trayecto, recorro las mismas calles, y percibo el mismo ruido de la ciudad que antes me resultaba familiar y que ahora, sin embargo, me pesa.
Paso horas allí, sentada junto a mi padre, hablándole de cualquier cosa; le cuento sobre los libros que he leído, lo mucho que echo de menos la isla y, a veces, sobre mamá.
Luego, a la noche, vuelvo a casa. Cenamos juntas y alargo el tiempo entre películas o páginas que leo sin prestar demasiada atención. Y cuando por fin apago la luz, cuando todo se queda en silencio... es cuando aparece él.
Mateo.
Y me pregunto qué estará haciendo, si pensará en mí o si me echa de menos, aunque sea un poco.
No hemos hablado desde aquella noche, y no sé si debería ser yo quien dé el paso.
No estoy enfadada, pero su reacción me sigue doliendo más de lo que quiero admitir, porque me habría gustado que me apoyara.
No necesitaba que viniera conmigo ni que lo dejara todo...
pero sí que estuviera. Que entendiera. Que no me hiciera sentir como si elegir irme fuera una traición.
Hoy es sábado y, aunque el día promete ser igual que los anteriores, he quedado con Carla y Paula para cenar en uno de nuestros restaurantes favoritos, no muy lejos de casa. De alguna forma, es un pequeño respiro dentro de estos días tan pesados.
Me despierto más tarde de lo habitual y, para despejarme por completo, decido darme una ducha larga, como si el agua pudiera arrastrar consigo un poco de todo lo que llevo dentro. Después de vestirme, me bebo rápidamente un zumo antes de salir hacia el hospital.
Cuando llego, todo sigue igual dentro de esas cuatro paredes.
—Hola, papá —lo saludo en voz baja, levantando un poco la persiana para dejar pasar la luz de la mañana—. Hoy se me han pegado un poco las sábanas...
La habitación se llena de una claridad suave que contrasta con el sonido constante de las máquinas. Ocupo mi lugar en el sillón y respiro hondo antes de hablar:
—Ayer terminé el libro del que te he estado hablando. Fue el regalo de Mateo por mi cumpleaños —digo casi en un susurro.
El silencio pesa.
Ojalá pudiera contestarme, porque incluso comienzo a echar de menos el tono frío de su voz, sus respuestas cortas o su forma de estar siempre a la defensiva. Echo de menos algo que, en su momento, pensé que no necesitaba.
—Ahora voy a empezar otro —le cuento, intentando mantener la voz firme—.
Lo he comprado en edición digital, ya que las chicas me regalaron un e-book por mi cumpleaños...
—Me encojo un poco de hombros, aunque sé que no puede verme—.
Sé que te olvidaste de ese día, pero quiero decirte que no pasa nada.
—Trago saliva—. Había perdido la ilusión, pero este año ha sido diferente.
Ojalá algún día conozcas a todas las personas que me han acompañado allí.
Sigo hablándole de cosas triviales, rellenando el silencio con la intención de mantenerme a salvo de lo que realmente siento. Decido darme un respiro para bajar a la cafetería a por algo de comer y, al subir, encuentro al doctor en la habitación.
—Hola, Alejandra —me saluda con amabilidad. Es joven y tiene una sonrisa tranquila que transmite cierta calma—. Tu padre se está recuperando favorablemente. Su corazón está respondiendo bien. Muy pronto despertará y, después de algunas pruebas, podrá irse a casa.
Siento cómo algo dentro de mí se destensa al oír sus palabras.
—Hola. —Le devuelvo la sonrisa de forma sincera—. Muchas gracias, de verdad.
Asiente y se marcha, dejándome con una sensación de alivio que no me había permitido sentir hasta ahora.
Más tranquila, vuelvo a mi sillón y como en silencio, distraída con el móvil.
Paso por las redes sociales sin demasiado interés, me detengo en algunas recomendaciones de novedades literarias, respondo a los mensajes de Sof y quedamos en hacer videollamada por la noche, cuando estemos todas disponibles; es algo sencillo, pero que me hace sentir un poco más cerca de la vida que dejé atrás.
Me acerco a la cama y le cojo la mano a mi padre. Está tibia. Presente.
—Últimamente me acuerdo más de mamá... —admito—.
No sé si a ti te pasa. —El nudo en la garganta aparece sin avisar—.
Me acuerdo de su último cumpleaños. Fue unas semanas antes de que se fuera...
—mi voz se vuelve más lenta, más frágil—.
Me despertaste temprano para prepararle el desayuno y llevárselo a la cama.
—Cierro los ojos un instante, dejando que el recuerdo me arrastre.
»Recuerdo su sonrisa cuando nos vio aparecer...
—susurro—. Vosotros no erais muy cariñosos, pero ese día...
ese abrazo... —Se me empaña la mirada—. Y cómo le susurraste algo al oído y ella se rio.
Parecía feliz. —Inspiro hondo, intentando no romperme—.
Después, le dimos el regalo. Era un precioso ramo de flores.
A mamá le encantaban... sobre todo los girasoles.
—Se me escapa una pequeña sonrisa triste—.
¿Sabes que, desde entonces, no me gustan las flores?
Me recuerdan demasiado a ella... y a nuestra casa cuando aún estaba.
Aprieto un poco más su mano.
Porque sé que él nunca lo dijo en voz alta, pero la pérdida de mi madre lo cambió todo. A él. A mí. A nosotros.
—Me gustaría creer que nos quería, papá...
—confieso—. Pero que no supo hacerlo bien.
—El silencio se alarga—. A veces, me pregunto qué habría sido de mi vida si me hubiera llevado con ella...
—continúo, hablando casi en susurros—. Recuerdo la última noche que la vi: vino a mi habitación, me dio un beso de buenas noches y me arropó como siempre.
—Trago saliva, sintiendo cómo ese recuerdo me aprieta el pecho—.
Me dijo algo que entonces no entendí, pero ahora sí.
Respiro profundamente, como si esas palabras aún pesaran en el aire, y me atrevo a pronunciarlas en voz alta:
—«No tengas miedo de huir, Alejandra... muchas veces es el acto más valiente que existe» —repito tal y como me lo dijo en su día.
Me quedo en silencio.
Durante años, pensé que huir era de cobardes, que quedarse y aguantar era lo correcto. Pero ahora... ahora que yo también me fui, que dejé todo atrás para encontrarme... empiezo a entenderla. Quizá no era cobardía. Quizá, en el fondo, era la única forma que encontró de ser feliz.
—Siento llegar tarde —digo nada más sentarme, dejando el bolso a un lado de la silla mientras intento recuperar un poco el aliento.
El bar está hasta arriba de gente, y hay un murmullo constante de conversaciones, risas y copas chocando que se mezcla con la música suave de fondo. Los pequeños farolillos repartidos por las mesas proyectan una luz cálida que lo envuelve todo, dándole ese aire acogedor que siempre nos ha gustado.
—No te preocupes —me tranquiliza Carla con una sonrisa—. Nosotras también acabamos de llegar.
—¿Todo bien? —pregunta Pau, observándome con atención.
—Sí, sí... todo bien —respondo rápido, quizá demasiado, mientras cojo la carta que me tiende y la abro para disimular.
La repasamos entre las tres, comentando opciones y dudando entre platos, hasta que finalmente decidimos pedir varias cosas para compartir, como siempre hacemos. Es casi una tradición: probar de todo un poco mientras hablamos sin parar.
—Podemos llamar a Sof antes de que traigan la cena —propongo, desbloqueando el móvil.
Ellas asienten y juntamos las sillas para encuadrarnos las tres en el plano. Al segundo tono, Sof aparece en pantalla con el pelo moviéndose debido al viento y una sonrisa enorme en los labios.
—¡Hola, chicas! —saluda, alzando un poco la voz por encima del sonido de las olas.
Joder...
Cómo echo de menos eso: el mar, la calma, esa sensación de estar lejos de todo.
—¡Hola! —respondemos las tres a la vez, y enseguida se nos escapa una carcajada por la sincronización.
—¿Qué haces, Sofi? —pregunto, intentando sonar natural.
—Los chicos han querido venir hoy a la playa a cenar unas pizzas —explica, fijando la vista hacia algún punto detrás de ella .
Y es en ese momento cuando lo veo sin verlo realmente. No aparece en pantalla, pero sé que está ahí, en el agua, con los demás.
Mateo.
Siento la forma en la que se me encoge el estómago de golpe, como si alguien me apretara por dentro. Pero no digo nada, sino que me limito a sonreír y a mantener la compostura para que no se note lo que se me está pasando por la cabeza.
—¿Vosotras habéis salido a cenar? —inquiere Sof, devolviendo la atención a la pantalla.
—Sí, y luego seguramente salgamos a tomar algo —responde Pau, asintiendo con convicción.
—Una copita no nos vendrá mal después de esta semana —añade Carla, sonriendo, divertida.
Se me escapa una pequeña risa.
La verdad es que no me apetece nada salir, pero sé que quedarme en casa significaría darle vueltas a lo mismo una y otra vez: que Mateo está allí, continuando con su vida...
mientras yo no dejo de pensar en él. Y por primera vez, una idea incómoda se cuela en mi cabeza: quizá yo no he significado para él tanto como él para mí.