Chapter 52
Después de desayunar con las chicas en el aeropuerto y ponerlas al día —o al menos intentarlo, porque hay cosas que ni yo misma sé explicar todavía—, ellas se encargan de llevar mi maleta al piso, ya que yo no puedo quedarme.
No ahora. No con esta sensación constante de urgencia latiéndome en el pecho.
Pido un taxi y, en cuanto cierro la puerta, siento cómo todo vuelve a caer sobre mis hombros.
El trayecto se me hace eterno y, al mismo tiempo, no recuerdo prácticamente nada de él; tan solo mis manos apretadas sobre las rodillas, mi respiración irregular y esa idea fija repitiéndose sin descanso: «Que esté bien, que esté bien, que esté bien... ».
Cuando el taxi se detiene frente al hospital, pago de forma apresurada y salgo casi a trompicones.
El edificio se alza frío e impersonal frente a mí, como si no le importara en absoluto todo lo que ocurre dentro.
Y en cuanto cruzo las puertas, el olor a desinfectante me golpea de lleno; se me mete en la nariz, en la garganta, en los pulmones.
Siempre me han angustiado los hospitales, pero hoy es diferente, porque no es solo incomodidad...
es miedo. Un miedo real, de ese que te paraliza.
Como si en cualquier momento alguien pudiera salir y decirte que todo ha terminado.
Me acerco al mostrador tratando de mantener la compostura.
—Buenos días —mi voz suena más débil de lo que pretendía—. Soy Alejandra Cortés. Mi padre está ingresado, pero no sé a dónde tengo que ir.
La chica levanta la vista y me dedica una sonrisa comprensiva, de esas que intentan tranquilizar sin decir nada.
—No te preocupes, espera un momento... —pregunta mientras revisa la pantalla con detenimiento—. ¿Tu padre es Fernando Cortés?
Asiento, sintiendo cómo el nombre pesa más de lo normal en mi pecho.
—Sí —respondo, asintiendo una vez.
—Ven conmigo —habla por fin, poniéndose de pie.
La sigo en silencio. El ascensor tarda una eternidad en llegar y el sonido metálico de las puertas al abrirse me sobresalta. Miro el reflejo de mi cara en el espejo; estoy tan pálida... parece que he perdido en unas horas el brillo que había recuperado en meses.
En silencio, subimos a la segunda planta, donde nos recibe un pasillo largo, blanco y luminoso. Todo parece demasiado limpio y ordenado para el caos que llevo dentro.
—Esta es la habitación —me indica, deteniéndose frente a la doscientas cincuenta y seis—. Tu padre está estable. Ahora mismo está sedado, necesita descansar. Han sido unas horas complicadas —explica con calma .
Estable.
Esa palabra se queda flotando en mi cabeza.
—Gracias... —respondo, esbozando una sonrisa que debe parecer una mueca.
La veo alejarse y, por un segundo, me quedo frente a la puerta sin atreverme a entrar, como si cruzarla fuera confirmar que todo esto es real.
Respiro hondo y entro. Lo encuentro tumbado en la cama, inmóvil, y me parece más pequeño de lo que recordaba. Más frágil. Incluso las líneas de expresión de sus ojos parecen más profundas y marcadas, dando la sensación de que hubiera envejecido años en una sola noche.
El sonido del monitor rompe el silencio.
Ese pitido constante y rítmico. Insoportable y, al mismo tiempo, imprescindible, pues es lo único que me mantiene en pie.
Porque significa que sigue aquí. Que sigue vivo.
Mi mirada se queda fija en su pecho, que sube y baja lentamente. Me acerco a él con inseguridad.
—Hola, padre —susurro.
Tomo asiento en la silla que hay junto a la cama. Me resulto ridícula hablando con alguien que no puede responderme, pero, al mismo tiempo... es lo único que puedo hacer.
Así que extiendo la mano y cojo la suya. Está caliente, y eso es bueno, pero el miedo a que pudiese ser de otra forma... eso me rompe.
—No me dejes tú también. Por favor... —mi voz se quiebra sin remedio—. Perdóname, papá...
Las palabras salen atropelladas, desordenadas, porque en el fondo sé que llevan años esperando para poder salir.
—Quizá no debería haberme ido así... —continúo—. Tendría que haberte explicado todo... Cómo me sentía... Cómo cada día aquí me pesaba más... Cómo me estaba apagando...
Aprieto su mano con más fuerza.
—Pero no sabía cómo hacerlo —confieso—. No sabía cómo enfrentarme a ti ni a esa forma de mirarme, como si nunca fuera suficiente y siempre estuviera fallando.
Las lágrimas empiezan a caer sin control.
Apoyo la frente en su mano, incapaz de sostenerme más.
—No sé en qué clase de persona me convierte esto...
—susurro entre sollozos—. Pero hay una parte de mí que te guarda rencor y que te odia un poco...
—Trago saliva, sintiéndome culpable incluso por decirlo en voz alta—.
No solo por lo que pasó cuando era pequeña, sino porque...
—mi voz se rompe del todo y no puedo evitar toser—.
Porque siento que otra vez, de alguna forma, lo has vuelto a hacer. Has vuelto a arrebatarme la felicidad.
Cierro los ojos con fuerza.
—Aunque esta vez no haya sido culpa tuya...
El silencio se llena solo con el sonido de mi respiración entrecortada y sigo hablando, aunque me cueste:
—Así que solo te pido una cosa —añado con más suavidad—.
Quédate. Recupérate y, cuando despiertes, por favor...
intenta ser el padre que necesito. —Hago una pausa—.
Yo no sé si podré ser la hija que tú quieres...
—confieso—. Pero sí puedo prometerte que voy a estar a tu lado. No me iré como hizo mamá.
Me quedo así, en silencio, sosteniendo su mano como si soltarla pudiera hacerlo desaparecer. Al cabo de un rato, entra una enfermera y comprueba las máquinas; anota algo en su carpeta y se mueve con esa calma que solo tienen quienes están acostumbrados a esto.
—Va a estar un tiempo así —me explica, mirándome con comprensión—. Poco a poco, irá despertando. El cuerpo necesita recuperarse.
Asiento.
—¿Cree que puede escucharme? —pregunto en voz baja, insegura.
Ella duda un segundo, pero su respuesta trata de animarme:
—Hay estudios que dicen que sí, que sienten y escuchan —afirma—. Que perciben a sus seres queridos.
Miro a mi padre.
—Entonces seguiré hablándole —murmuro, agradecida por sus palabras.
Las horas pasan sin darme cuenta y no dejo de hablar.
Es, probablemente, la conversación más larga que he tenido nunca con él; aunque, claro, hay que tener en cuenta que es así porque no puede interrumpirme.
De todas formas, se lo cuento todo: le hablo de Capri y de Sorrento, de la gente que he conocido, el trabajo que, sin ser perfecto, me hace sentir útil y en paz.
También del curso y lo mucho que me está llenando, de la posibilidad real de quedarme en una editorial pequeña...
y de la ilusión que eso me despierta. Una ilusión nueva, distinta, y más mía que nunca.
—He sido feliz... y libre, papá —confieso, notando cómo esas palabras pesan y alivian al mismo tiempo—. Y creo que también me he enamorado, aunque ahora mismo no sé si todo eso sigue en pie o si lo he dejado atrás al cruzar la puerta de ese avión.
Cuando me quedo sin voz, cuando ya no me salen más palabras, me levanto despacio. Coloco su mano con cuidado sobre la cama y me inclino para darle un beso en la mejilla.
—Hasta mañana, papá —susurro.
Salgo de la habitación con una sensación extraña, sintiendo que me he quitado algo de encima y al mismo tiempo he dejado algo dentro.
Me despido de las enfermeras y decido volver andando al apartamento. Necesito aire y el atardecer cae sobre la ciudad mientras camino. Y entonces lo noto: el ruido, el tráfico, las voces, la gente... Todo es demasiado. Tan distinto a la isla y a la calma a la que me había acostumbrado.
Miro a mi alrededor y reconozco con facilidad las calles, edificios, monumentos... lugares que durante años fueron mi hogar. Y, sin embargo, no siento nada. O peor aún: siento que no pertenezco a este lugar.
Porque en estos meses, sin darme cuenta, Madrid ha dejado de ser mi casa.
Al llegar al piso, el simple gesto de cerrar la puerta hace que todo se me venga encima de golpe. Es como si, al cruzar el umbral, se hubiera activado algo dentro de mí: los recuerdos, la rutina, la vida que dejé aquí... todo aparece a la vez, sin avisar.
Escucho el murmullo suave de mis amigas en la cocina, sus voces mezclándose en una conversación tranquila y cotidiana.
Y ese aroma... el olor inconfundible de la comida de Carla, que siempre consigue que cualquier sitio se sienta como un hogar.
Todo sigue igual y, sin embargo, todo es distinto. Yo soy distinta.
Me apoyo un segundo en la puerta, observando en silencio lo que me rodea, intentando encajar en esa escena que, durante tanto tiempo, fue mi normalidad.
Me siento en casa, sí... pero hay algo que no termina de encajar.
Me da la sensación de estar mirando mi vida desde fuera, como si este ya no fuera del todo mi lugar.
—Hola, chicas —saludo al entrar en la cocina.
Las dos se giran al instante.
—Hola, cariño —dice Carla, acercándose con cautela—. ¿Qué tal está tu padre?
—Dicen que está estable —respondo mientras me siento en uno de los taburetes, dejando caer el peso del cuerpo—. Que lo van a mantener dormido unos días porque necesita descansar.
—Claro, eso es lo mejor ahora mismo —afirma Paula con suavidad—. Está en buenas manos. —Hace una pequeña pausa antes de añadir—: ¿Y tú cómo estás?
La pregunta se queda suspendida en el aire, porque no sé qué responder. Ni siquiera sé cómo me siento exactamente.
—Agotada... —admito al final, bajando la mirada—. Como si alguien me hubiera dado una paliza, pero de las que no se ven. Me duele todo: el cuerpo, la cabeza... —Trago saliva—. Y el corazón más que nada —confieso en voz baja.
No hacen falta más palabras. Las dos se acercan y se sientan a mi lado, cada una cogiéndome una mano como si supieran exactamente cómo sostenerme para que no me rompa del todo .
—Es normal, Ale... —murmura Carla, acariciándome los dedos—. Has pasado por muchísimo en muy poco tiempo.
—Sí —añade Pau—. Pero todo irá volviendo a su lugar poco a poco. Ya verás.
Asiento, aunque no estoy segura del todo de que pueda ser así.
—Además... —continúa Paula, apretando un poco mi mano—. Ya estás aquí con nosotras. En tu casa.
Esa palabra otra vez. Casa . Levanto la mirada un segundo, pero algo dentro de mí se contrae. Aparto suavemente las manos y desvío la vista hacia la encimera, evitando que lean en mi cara lo que ni yo misma termino de entender.
—Vas a irte de nuevo... —advierte Carla en voz baja, más como una afirmación que como una pregunta.
Me quedo en silencio unos segundos y me encojo de hombros.
—No lo sé... —admito finalmente—. De verdad que no lo sé. —Respiro hondo antes de continuar—. Siento que ya no pertenezco aquí del todo. Me he acostumbrado tanto a la vida allí, a cómo me sentía... que no sé si soy capaz de volver a Madrid y encajar otra vez. O ser feliz.
Las dos me miran con una mezcla de comprensión y tristeza.
—Lo entendemos —asegura Pau sin dudarlo, volviendo a cogerme la mano con suavidad—. Y vamos a estar contigo decidas lo que decidas.
—Siempre —añade Carla—. Si tu felicidad está allí, entonces esto puede ser solo una parada, no un destino.
Sus palabras me alivian más de lo que esperaba, porque, pase lo que pase, ellas siguen siendo lo único que no cambia. Mi constante.
—Gracias... —susurro .
Y suelto algo tan simple como eso porque no se me ocurre nada más que decir.
—Entonces, venga. —Carla se levanta de repente, cambiando el tono con esa energía suya que siempre arrasa con todo—. Vamos a aprovechar que estás aquí y a disfrutar estos días juntas. Tu padre se va a recuperar y todo irá volviendo a su sitio.
Asiento, dejándome contagiar un poco por su entusiasmo.
—¿Y Mateo? —cuestiona Paula con cuidado—. ¿Sabes algo?
La pregunta me cae encima como una piedra.
Niego despacio y cierro los ojos un segundo mientras suelto el aire.
—Sofi dice que le dé tiempo... —murmuro—. Cree que es lo que necesita ahora mismo.
No añado nada más, pero en mi cabeza resuena todo lo que quedó sin decir entre nosotros. Todo lo que se rompió.
Ellas asienten en silencio; no insisten, y lo agradezco. Supongo que es lo único que puedo hacer ahora, esperar y, mientras tanto, intentar recomponer mi vida con las piezas que me quedan.
—He hecho sopa —anuncia Carla de pronto, como si nada, intentando aligerar el ambiente.
Levanto una ceja, mirándola con intriga.
—¿Con cuarenta grados a la sombra? —pregunto, y se me escapa una pequeña risa; la primera en todo el día.
—¿Cuántas veces os tengo que decir que comer caliente en verano regula la temperatura del cuerpo? —replica, cruzándose de brazos con aire orgulloso .
Paula y yo nos miramos y, entonces, estallamos en carcajadas. Es una risa real, de esas que, aunque duren poco, consiguen que todo pese un poquito menos.
No sé si Madrid volverá a ser mi hogar o si quiero que lo sea. Pero ellas... ellas siempre serán mi lugar seguro.