Chapter 51
Siento como si el tiempo se hubiese detenido en el mismo instante en el que Mateo ha cerrado la puerta. El eco del portazo sigue rebotando en las paredes, dentro de mi cabeza, en mi pecho... como si no quisiera irse, sino quedarse para recordarme una y otra vez lo que acaba de pasar.
No sé cuánto tiempo he tardado en reaccionar.
No sé en qué momento he pasado de quedarme de pie, completamente paralizada, a abrir la maleta con manos temblorosas y empezar a meter ropa sin ningún orden claro.
No recuerdo haber pensado, tan solo haber actuado, como una marioneta manejada por unas manos invisibles.
Recojo todo lo que puedo, dejando atrás cosas que hasta hace apenas unas horas me parecían importantes y que ahora no significan nada. Compro el primer billete de avión que encuentro para hoy mismo sin pararme a mirar el precio y sin pensar en nada más que en llegar .
Llamo a Sofía con la voz rota e intento explicarle lo ocurrido sin derrumbarme por completo.
Antes de que Sofi y Luca vengan a buscarme, llamo a Mariana; su voz es tan calmada y tan cálida...
como un pequeño ancla en medio de este caos.
Me dice que no me preocupe, que todo estará bien y que la mantenga informada; asiento en silencio, aunque ella no pueda verme.
Ojalá pudiera creerla con la misma facilidad con la que la escucho.
Apenas han dado las seis de la mañana cuando mis amigos aparecen en la puerta.
El cielo aún está oscuro, como si el mundo entero no estuviera listo para este día.
Tras termino de cerrar la casa y dejar las llaves en el buzón de los Fernández, les cuento a Sofía y a Luca lo que me dijo la enfermera por teléfono.
Lo repito en voz alta, haciéndolo más real.
No menciono a Mateo, sé que no hace falta, pues el simple hecho de que no esté aquí ya les da una pista de que algo no va bien.
El viaje al aeropuerto transcurre envuelto en un silencio espeso e incómodo.
Sof intenta llenarlo hablando del libro que ha empezado, de cualquier cosa que no duela, y yo asiento, sonrío y hago ver que la escucho...
pero, en realidad, estoy lejos. Muy lejos.
Atrapada en esa habitación, en el instante exacto en el que todo se rompió.
Son las ocho cuando llegamos al aeropuerto de Nápoles. El bullicio me golpea de lleno: gente corriendo, maletas rodando, voces por megafonía... y yo, mientras tanto, sintiéndome completamente fuera de lugar.
Mi vuelo sale en una hora .
Solo una hora más y todo cambiará otra vez.
Nos detenemos antes del control de seguridad tras haber facturado el equipaje. Mis manos aprietan con fuerza el asa de la mochila mientras me giro hacia ellos; Sofía ya no puede disimularlo más: tiene los ojos completamente llenos de lágrimas.
—No, por favor... —le suplico en un hilo de voz—. No llores...
Pero es inútil, porque lo hace de todas formas.
—Te voy a echar tanto de menos... —dice, rompiéndose.
Dejo caer la mochila y la abrazo con todas mis fuerzas, deseando quedarme así para siempre, suplicando que este abrazo pudiera detener el tiempo. Cierro los ojos y, por un segundo, todo desaparece: el dolor, el miedo, la incertidumbre.
—Voy a llamarte todos los días, Sof —prometo, separándome lo justo para mirarla—. Esto no es un adiós, sino un hasta pronto.
Ella niega suavemente, como si no estuviera convencida.
—Tu vida está allí, Ale.
Las palabras se clavan dentro de mí, porque quizá tenga razón. Pero no lo siento así, o al menos, no ahora.
—Mi vida... —Trago saliva, intentando no romperme—. Ahora mismo, está partida en dos. Y no sé cuál de las dos mitades pesa más.
Nos abrazamos otra vez. Más fuerte, desesperadas.
Sabiendo que, por mucho que lo neguemos, nada va a volver a ser igual.
Pero nos acabamos soltando poco a poco y, cuando me separo de ella, me giro hacia Luca.
Voy a despedirme como siempre, con dos besos, pero él me agarra de la muñeca y tira de mí para envolverme en un abrazo firme e inesperado, de esos que dicen más que mil palabras.
—Cuídate mucho, Ale —murmura—. Y ojalá encuentres el camino de vuelta a casa.
Apoyo la cabeza en su pecho y cierro los ojos un segundo.
Casa. Qué palabra tan complicada.
—Gracias, Luca... —susurro—. Por todo.
Cuando me suelta, lo miro un instante más; sé que Sof está bien con él y eso, al menos, me da algo de paz.
Recojo mi mochila, doy un paso hacia el control... y me detengo.
Me giro una última vez.
—Cuídalo, por favor —le pido en voz baja.
No hace falta decir su nombre, ya que Luca lo comprende y asiente en silencio. Y eso me duele más de lo que debería.
Los veo abrazarse mientras me despiden con la mano y yo intento sonreír para no preocuparlos más...
pero, en cuanto me doy la vuelta, una lágrima silenciosa resbala por mi mejilla.
Porque las despedidas siempre duelen, pero las que no llegan a suceder...
las que se quedan a medias, con palabras que nunca se dijeron... esas son las que te rompen de verdad.
Durante el vuelo consigo dormirme a ratos, agotada. Pero no deja de ser un descanso inquieto y lleno de sobresaltos. En mis sueños sigo en Capri, con él, antes de que todo se rompiera, así que despertar es incluso peor.
Cuando aterrizo, les envío un mensaje rápido a las chicas y a Sofi para que sepan que estoy bien.
Camino por el aeropuerto arrastrando la maleta, evitando miradas y esquivando a la gente como si todo me molestara.
Todo es demasiado. Entonces, escucho mi nombre y levanto la vista en un acto reflejo.
Y ahí están Carla y Paula, esperándome. No lo sabía y tampoco lo esperaba, pero, en cuanto las veo, en cuanto sus sonrisas llegan hasta mí, algo dentro de mi pecho se rompe... pero esta vez de una forma distinta.
Dejo caer la maleta, me lanzo a sus brazos, y entonces sí. Entonces me derrumbo.
Los sollozos salen sin control, sin filtro, arrastrando todo lo que llevaba conteniendo desde esa llamada, desde ese portazo, desde ese «No vuelvas nunca».
Lloro por mi padre, por Mateo y por mí.
Lloro por todo lo que estaba bien... y ya no lo está.
—Shh... Ya está, Ale... —me susurran, acariciándome el pelo con cariño—. Ya estás aquí...
Pero yo no estoy en ningún sitio, sino perdida. Otra vez. Con la diferencia de que esta vez no siento miedo, pero sí la incertidumbre de qué pasará a partir de ahora.
—Bienvenida a casa... —dice Carla, limpiándome las lágrimas con los pulgares.
Cierro los ojos, abrazada a ellas e intentando aferrarme a esas palabras.
Pero una pregunta se queda flotando dentro de mí más fuerte que nunca.
¿Dónde está realmente mi casa ahora?