Chapter 50
¿Qué haces cuando toda tu felicidad se rompe de golpe, sin avisar, sin darte tiempo a prepararte?
¿Qué haces cuando eres tú quien la rompe con tus propias manos?
Cuando sabes, con una certeza que duele, que podrías haberlo evitado...
y aun así no lo hiciste. Cuando sientes que todo lo que habías conseguido mantener a raya, despierta de nuevo y toma el control.
Huir, eso es lo que hago. Como siempre. Huir antes de quedarme y enfrentar lo que siento.
Huir después de hacer daño, como si la distancia pudiera borrar lo que acabo de decir.
Ser cruel con la única persona que ha conseguido tocar algo dentro de mí y decirle cosas que ni siquiera pienso, solo para protegerme. Y después... salir corriendo.
Le he dicho que no vuelva nunca más, y la ironía es tan jodidamente cruel que casi me hace reír, porque eso es lo último que quiero en el mundo. Lo único que deseo es que no se vaya. Que se quede. Que me elija .
Pero no he podido evitarlo.
He sido injusto y egoísta. He sido exactamente ese tipo de persona que siempre he odiado. Y lo peor... es que he sido consciente de ello mientras lo hacía. He visto su expresión romperse y sus ojos llenarse de dolor, y aun así no he sabido parar.
Tengo que irme.
Tres palabras que me han atravesado el pecho como si me arrancaran algo de dentro. Tres palabras que han despertado todos mis miedos de golpe; que han hecho que deje de ver a Alejandra... y empiece a ver a todas las personas que se han ido antes.
Otra vez.
Otra vez alguien se va.
Otra vez me quedo yo.
Otra vez no soy suficiente.
No siento el frío mientras camino de vuelta a casa en plena madrugada.
Tampoco noto el viento que me golpea ni el silencio que me rodea.
Tan solo escucho el ruido dentro de mi cabeza, esa voz constante, insistente, venenosa que no para de repetirme: «¿Ves?
Siempre pasa lo mismo. Siempre se van. Siempre te dejan. »
Y quiero confiar, de verdad que sí. Deseo creer que su padre está en un hospital, que todo es real y que ella volverá.
Que no es una despedida. Pero no puedo, porque hay una parte de mí que no se calla y que me susurra que ha encontrado la excusa perfecta.
Que es demasiado conveniente y que es justo lo que necesitaba para irse sin mirar atrás.
Y odio pensar así .
No me gusta desconfiar de ella, y odio a la persona en la que me convierto cuando tengo miedo. Pero ese sentimiento ya está aquí y no se va. Hace que el nudo en mi pecho se apriete más y más y más. Hasta que me cuesta respirar y siento que, si no hago algo, voy a romperme en mitad de la calle.
Mis pies cambian de dirección y me dirijo a la playa; siempre acabo ahí. Como si el mar pudiera entender todo lo que no sé poner en palabras y guardara todas las versiones de mí que he sido, que soy... y también las que no quiero volver a ser.
Cuando llego, me abandonan las fuerzas y me dejo caer en la arena.
Y entonces... todo se viene abajo.
No hay orgullo. No hay rabia. No hay excusas.
Cuando todo eso desaparece, solo queda la culpa. Las palabras que le he dicho vuelven una a una y me golpean con más fuerza ahora que ya no puedo esconderme detrás del enfado.
Te quieres ir.
Esto te viene de lujo.
La injusta eres tú.
Espero que no vuelvas nunca.
Cada frase es un cuchillo. Y su cara... su jodida cara cuando le decía todo eso, me mata por dentro. La forma en la que se le rompía la voz intentando explicarse. La manera en la que me miraba, esperando que parase. Y yo no paré.
Aprieto los ojos con fuerza, pero no sirve de nada, ya que su imagen sigue clavada, persiguiéndome, atormentándome.
Se me escapa el aire en un sollozo que no consigo contener .
Lloro por ella. Por mí. Por todo lo que acabo de destruir.
Porque lo tengo claro. Lo sé con una claridad que asusta: no va a volver. No después de esto, después de cómo la he tratado, después de haber convertido uno de los peores momentos de su vida en algo aún más doloroso.
La he perdido de verdad. Igual que perdí a mi madre. Igual que perdí a Ana.
Y lo más jodido de todo... es que esta vez no ha sido la vida .
He sido yo.