Sin miedo a perder(te) Chapter 49
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Chapter 49

El sonido me sobresalta tanto que me incorporo de golpe en la cama, con el corazón desbocado y la respiración descontrolada. A mi lado, Mateo hace lo mismo, aún medio dormido e intentando ubicarse.

Tardo un segundo en reaccionar y girarme hacia el móvil; se me debió olvidar ponerlo en silencio antes de dormir.

La pantalla ilumina la habitación y me fijo en que en ella hay un número larguísimo que desconozco.

Dudo por un segundo, porque son las cuatro de la madrugada y nada bueno puede suceder a esta hora. Aun así, descuelgo.

—¿Sí? —mi voz suena áspera por el sueño y por una inquietud que empieza a abrirse paso en mi pecho.

—Buenas noches, ¿hablo con Alejandra Cortés? —pregunta una voz femenina con un tono profesional y distante.

—Eh... —Trago saliva—. Sí, soy yo.

—La llamo del Hospital Universitario La Paz —explica—. Lamento comunicarle que su padre ha sufrido un infarto .

El mundo se detiene.

Y no es una metáfora, sino literal, porque todo parece congelarse a mi alrededor mientras esas palabras se clavan dentro de mí.

Escucho un pitido agudo en los oídos, como si alguien hubiera apagado el sonido del mundo y solo quedara ese zumbido insoportable.

La voz de la mujer continúa, pero llega amortiguada y lejana.

Dice que es grave. Que no saben aún cómo evolucionará. Que están haciendo todo lo posible. Y yo no sé en qué momento he dejado de respirar, pero tomo una bocanada brusca y parpadeo varias veces.

—¿Señorita? ¿Sigue ahí? —inquiere.

Asiento sin pensar en que no puede verme.

—Sí... —consigo decir con un hilo de voz.

Mi cuerpo está aquí, pero mi mente ya no.

Funciono en automático: respondo, escucho y prometo que estaré allí cuanto antes.

Cuelgo sin ser demasiado consciente de mis movimientos, pero no tardo en notar la mano de Mateo en mi rodilla, firme y cálida, intentando anclarme a algo real.

Pero ahora mismo no lo hay. Tan solo esa frase repitiéndose en mi cabeza.

Mi padre. Infarto. Grave.

Me levanto de la cama sin mirarlo siquiera, pues necesito moverme. Hacer algo. Lo que sea. Abro el armario, saco la maleta y empiezo a meter ropa sin orden, sin pensar.

—Alejandra, ¿qué ha pasado? —Suena confundido, y claramente preocupado.

Carraspeo, buscando la voz, porque me cuesta horrores hablar.

—Tengo que irme —murmuro.

Es lo único que me sale decir.

—¿Cómo? —Se levanta de inmediato para acercarse con cautela—. ¿A dónde, cariño?

—Mi padre... —las palabras se me atascan—. Está en el hospital. Es grave... No saben si... —Cierro los ojos un segundo—. Tengo que coger el primer avión.

Me aparto de él cuando intenta tocarme, y no por rechazo, sino porque si me detengo y dejo de moverme, siento que voy a derrumbarme.

—Pero ¿cómo sabes que es verdad?

La pregunta me atraviesa. Me quedo quieta y lo miro, porque no lo entiendo. De verdad que no entiendo lo que acaba de decir. Hasta que comprendo a lo que se refiere y me encuentro a mí misma poniéndome un poco a la defensiva.

—Mateo... —Frunzo el ceño—. Mi padre no sería capaz de mentir con algo así.

Y en ese instante lo veo. Veo cómo cambia su expresión. Cómo algo se endurece dentro de él y la forma en la que el miedo le gana terreno a todo lo demás.

—Pero sí es capaz de hacer todo lo posible para que no seas feliz —responde, más brusco.

Sus palabras me golpean como una bofetada. Me duelen porque, en el fondo, sé que no está completamente equivocado. Pero ahora mismo no importa. No puede importar.

—Mateo. —Intento acercarme, pero él recula—. Es mi padre. ¿Y si no vuelvo a verlo? ¿Y si...? —la voz se me quiebra—. ¿Y si lo pierdo a él también?

Pero mi novio ya no está aquí, conmigo, sino perdido en su cabeza. Son sus demonios los que hablan:

—No, Alejandra —dice con dureza—. Ha dejado bastante claro que no es tu familia y que no te quiere. Pero, claro... —Se le escapa una risa amarga y sacude la cabeza—. Esto te viene perfecto, ¿verdad?

Parpadeo, incrédula.

—¿Qué?

—Que te quieres ir —continúa, y cada palabra es más afilada que la anterior—. Y no sabías cómo hacerlo, ¿es eso? Esto te viene de lujo para largarte sin tener que dar explicaciones.

Siento cómo algo dentro de mí se rompe. No de golpe, sino poco a poco, como un cristal que se resquebraja sin hacer ruido.

—Te dije que quería quedarme —susurro con la voz temblorosa—. No te mentí, Mateo. Pero ahora necesito irme. Quiero ver a mi padre. Nunca me perdonaría no estar ahí.

—Pues espero que él sí pueda perdonarse todo lo que te ha hecho —responde con frialdad—. Ya que tú lo has olvidado tan rápido.

—Estás siendo muy injusto...

—No —me interrumpe—. La injusta eres tú, que te vas sin que te importe nada. Y me dejas aquí... cuando me prometiste que no lo harías.

—Mateo... —intento frenarlo, pero no puedo.

—Nada de lo que tienes aquí es suficiente para ti —continúa, vistiéndose a toda prisa—. Ni la gente que te quiere ni la familia que has encontrado. Estás mirando por la única persona que no mira por ti, Alejandra.

—Por favor... —Siento que me ahogo, y me llevo una mano al pecho, tratando de calmar la ansiedad—. Intenta entenderme. Si estuvieras en mi situación...

—Yo no te abandonaría nunca —me interrumpe con firmeza.

Esa frase me atraviesa más que todas las anteriores, porque sé que no es él quien habla, sino el miedo que lo atenaza. No le estoy abandonando, pero eso él no lo entiende en estos momentos, porque está cegado.

—No lo estoy haciendo —le suplico—. Ahora tengo que irme, pero...

No me escucha. Abandona la habitación y, antes de salir de la casa, lanza la última puñalada, la más profunda:

—Pues espero que no vuelvas nunca.

La puerta se cierra con un golpe seco.

Y el silencio que queda después es peor que cualquier grito.

Me quedo de pie en mitad de la habitación, con la maleta abierta, las manos temblando y el pecho completamente vacío.

No lloro.

No puedo.

Todo se ha quedado pausado dentro de mí, como si el dolor fuera tan grande que mi cuerpo no supiera cómo sacarlo.

Porque entiendo su miedo y de dónde viene, y me responsabilizo por haberlo despertado de nuevo.

Pero eso no borra nada. No justifica nada.

Sus palabras siguen ahí, clavadas, repitiéndose una y otra vez.

Y por primera vez desde que llegué... siento que, todo lo que había construido hasta el momento, puede romperse de verdad.