Chapter 48
La vuelta a Capri se me hace cuesta arriba. Es como si en Sorrento, lejos de todo y ajenos a la rutina y al ruido de la vida real, hubiéramos construido una especie de burbuja solo para nosotros. Allí todo parecía fácil y ligero, casi perfecto; aquí... aquí vuelven las dudas.
Tengo una sensación rara instalada en el pecho, una mezcla de angustia y miedo difícil de explicar; como cuando todo va demasiado bien y, en lugar de disfrutarlo sin más, te descubres esperando el momento en el que algo se tuerza.
Como si fuera inevitable y la caída estuviera siempre a la vuelta de la esquina.
Y lo peor es que, objetivamente, todo está bien.
En el trabajo me va bien y, respecto al curso, estoy progresando y pronto realizaré las prácticas.
Paso tiempo con mis abuelos, con Luca, con mis amigos...
Los de siempre. Y Alejandra está conmigo, aunque seguimos sin ponerle nombre a lo nuestro; tampoco lo veo necesario, pues sabemos lo que queremos, o al menos eso me repito.
No va a marcharse, no va a marcharse.
Es un mantra que al que acudo mentalmente varias veces al día, como si al repetirlo tantas veces pudiera hacerlo real, o al menos, creérmelo de verdad.
—Tío, ¿me estás escuchando? —protesta Luca cuando nos bajamos de la moto de agua.
Parpadeo, volviendo a la realidad. Hemos aprovechado para salir un rato al mar, ya que las chicas han quedado para merendar. El agua está tranquila, perfecta, aunque en la playa hay muchísima gente; a mediados de agosto, en Capri no se puede esperar otra cosa.
—Claro que sí —miento sin tener ni idea de lo que estaba diciendo.
Luca suelta una carcajada mientras amarramos las motos.
—Qué mal mientes... —Sacude la cabeza, pero no parece molestarse—. Te he preguntado qué tal con Ale este fin de semana.
—Genial —respondo esta vez sin dudar—. Sorrento es una pasada, muy tranquilo y bonito. Los miradores son increíbles.
—Ya, ya... —Me mira de reojo—. ¿Y con ella ? —insiste.
Ahí dudo, no sé por qué.
—Muy bien... —titubeo—. Todo muy bien.
Se queda observándome un segundo más, esperando a que continúe hablando, pero al ver que cambio de tema y le pregunto si le apetece tomar algo, decide no insistir.
Y, sinceramente, se lo agradezco, porque no es que no quiera contárselo, es que no sé cómo explicarlo.
Porque sí, estoy bien con Alejandra. Muy bien.
Han sido, probablemente, los mejores días que he tenido en mucho tiempo.
Me encanta verla feliz, hacerla reír y compartir todo con ella .
También es cierto que creo que me estoy enamorando, por lo que no puedo evitar tener miedo, ya que no tengo ni idea de qué hacer con ese sentimiento.
No sé cómo frenarlo y, siendo sincero, tampoco sé si quiero hacerlo.
Pero no era el plan, porque acordamos fluir y no complicarnos.
Ninguno de los dos soltó la posibilidad de llegar a este punto.
¿Y si ella no siente lo mismo?
La pregunta se me queda dando vueltas hasta que, en un impulso, suelto:
—¿Cómo supiste que estabas enamorado de Sofía?
Luca se queda sorprendido, y deja la bebida en la mesa después de dar un trago.
—Eh... supongo que lo sentí —dice, pensativo—. Pero no de golpe, porque no es algo que tengas claro al despertar un día cualquiera. Enamorarse lleva tiempo.
Asiento, apoyándome en la silla, y lo escucho con atención.
—Te puede gustar alguien, sí, pero amar es otra cosa —continúa—. Es un camino bastante largo y que no siempre es bonito. Con Sofía fue diferente... desde el principio supe que iba a ser importante. Pero pasó tiempo hasta que ocurrió algo más.
Dejo que continúe hablando, ya que me gusta escuchar a mi amigo. A veces, la gente piensa que es de pocas palabras, pero siempre sabe qué tiene que decir en cada momento.
—No me enamoré en dos días —asegura—. Pero supe que iba por ese camino cuando me descubrí pensando en ella todo el tiempo y su felicidad empezó a importarme más que la mía.
Cuando despertarme a su lado y escucharla reír se convirtió en lo único que necesitaba para saber que estaba donde quería estar —explica Luca, y el brillo en sus ojos me confirma que está siendo sincero.
Trago saliva y tengo que preguntárselo:
—¿No te da miedo que un día quiera volver a España?
Se queda pensativo unos segundos, y sé que entiende perfectamente por qué le pregunto eso. Sacude la cabeza y me sonríe de forma comprensiva.
—Si es lo que ella necesita, la apoyaría —responde con calma, asintiendo—. Yo no me veo dejando la isla, pero si tuviera que irse... estaría con ella hasta el final.
Su respuesta me deja un nudo en el estómago.
—¿Y si luego te arrepientes? —insisto, confundido.
—De eso va la vida, ¿no? —Se encoge de hombros—. Prueba y error. Vamos a equivocarnos siempre. Te aseguro que, si en un futuro me equivoco con Sofía, habrá sido mi error más bonito.
Lo miro y veo algo en su expresión que me deja claro que lo dice de verdad.
Antes de cambiar de tema, me da un apretón en el hombro.
—No temas sentir, Mat, y mucho menos equivocarte. —Asiente, reafirmando sus palabras—. Peor es no vivir por miedo.
El resto de la tarde pasa más ligera mientras hablamos de tonterías o hacemos planes para la semana. Pero sus palabras se me quedan dentro y, de vez en cuando, vuelvo a ellas sin querer.
Cuando llego a casa de Alejandra, parece que cambio de mundo.
Me abre la puerta con una sonrisa y la sigo a la cocina, donde vuelve a concentrarse en preparar una pizza casera.
La observo en silencio un momento: la forma en la que se mueve, cómo coloca los ingredientes y, mientras tanto, me cuenta que han ido a la librería y que ha terminado comprándose dos libros.
Incluso ha conseguido que Sof se lleve uno, y eso que ella no es muy lectora.
No puedo evitar sonreír al escucharla, porque esa es la Alejandra que me tiene completamente perdido.
Cenamos en el salón con la tele de fondo mientras vamos enlazando un tema de conversación con otro.
—Por cierto, no me has contado nada de las prácticas —le digo—. ¿Has decidido dónde hacerlas?
—Creo que sí —responde—. Me voy a decantar por una editorial pequeña en la que buscan editora, y quizá pueda quedarme si les gusta mi trabajo.
—Es una opción buenísima, rubita —aseguro, sonriéndole con cariño.
Se le ilumina la cara, aunque intenta restarle importancia con un gesto de la mano. Tras terminarse una porción de pizza, me devuelve la pregunta:
—¿Y tú? ¿Vas a aceptar las prácticas en esa empresa?
—Sí —respondo finalmente—. Creo que sí. Tendré que hablar con José para organizarme, no quiero dejar el restaurante.
Su reacción es inmediata, pues se lanza a abrazarme, feliz.
—Me alegro muchísimo, Mateo. —Me mira con los ojos brillantes, orgullosa—. ¡Te va a encantar!
Y en ese momento, con ella así, abrazándome, todo parece sencillo otra vez.
La noche continúa entre risas, besos y conversaciones triviales, hasta que decidimos ir a dormir. Pero el sueño no llega fácil, ya que doy vueltas una y otra vez con esa sensación que no termina de irse, como si algo estuviera a punto de cambiar y la calma no fuese a durar demasiado.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que, de repente, un ruido estridente rompe el silencio, sobresaltándonos a los dos.