Chapter 47
Nunca he considerado los celos como algo malo dentro de una relación. Creo que lo que de verdad importa es la forma de afrontarlos y de gestionarlos, porque eso sí que puede volverse dañino. Dejarse arrastrar por las inseguridades nunca acaba bien, y si no, que me lo digan a mí...
Nunca me he visto como una persona celosa, pero sí he vivido lo que es que lo sean conmigo sin motivos, y es agotador.
Siempre he pensado que, si alguien quiere traicionarte, lo va a hacer igual: da lo mismo que estés pendiente cada segundo o que le des libertad absoluta.
Quizá yo confié demasiado... o quizá, simplemente, no estaba en mis manos evitar lo que pasó.
Ahora, viéndolo con perspectiva, sé que no fue mi culpa, que no habría servido de nada actuar diferente.
Y ahora también sé que no me dolió como debería haberme dolido, porque siento que no estaba enamorada de Pablo; no sé si alguna vez lo estuve de verdad, o si simplemente me conformé con pequeñas dosis de cariño, lo justo para no sentirme sola.
A veces, estamos tan perdidos que preferimos un afecto a medias, aunque duela, antes que enfrentarnos al vacío.
Por todo eso, los celos de Mateo no me molestan; al contrario, hasta me hacen gracia, porque no los descarga sobre mí, no me culpa y no me hace sentir mal.
Simplemente se enfurruña, como un niño al que le quitan algo que le gusta.
Y es ahí cuando entiendo que no nacen desde el control, sino desde el miedo a perder.
Así que, cuando veo que sigue de morros, necesito decírselo y dejarle claro que no hay nada que temer. Que solo me importa él. No sé si mis palabras son suficientes, pero también intento demostrárselo en cada gesto, en cada mirada, y en cada día en el que elijo quedarme.
Ayer se nos hizo tarde en la playa, así que decidimos cenar algo rápido y descansar para aprovechar bien el día de hoy.
Ahora estamos viendo el atardecer desde uno de los miradores más bonitos que he visto nunca; el cielo se tiñe de tonos naranjas y rosados, el mar refleja la luz como si ardiera por dentro y, en medio de todo eso, no puedo evitar pensar en lo bien que se siente encajar. Encontrar, por fin, tu lugar.
No soy la misma persona que llegó aquí hace unos meses, y no quiero volver a serlo. He encontrado una versión de mí que me gusta, que me hace bien y feliz.
—¿Qué piensas? —me pregunta Mateo, rompiendo el silencio después de un rato largo mirándome de reojo.
—En que ya no me da miedo —respondo en voz baja.
Siento su pupilas clavándose en mí; no dice nada, pero sé que espera a que continúe, y lo hago :
—Perderme —añado finalmente—. Ya no me da miedo, porque aunque vuelva a hacerlo, tengo claro que siempre voy a encontrar el camino de vuelta a mí.
Pasa su brazo por mi cintura y besa suavemente mi sien. No dice nada, pero puedo notar su sonrisa y, en el fondo, no puedo dejar de pensar en que gran parte de esta versión de mí... es gracias a él.
—Siento que podría quedarme aquí a vivir —dice de pronto.
Lo miro, sorprendida.
—Pensé que te gustaba Capri.
—Y me gusta —asegura—, pero la calma que me ha dado este sitio... —Niega con la cabeza, como buscando las palabras—. Ha sido increíble descubrirlo contigo.
Sonrío y él se acerca para darme un beso corto, casi tímido.
—Gracias —añade.
—¿Por qué? —inquiero, confundida—. La sorpresa ha sido tuya.
—Por aparecer, Alejandra —responde sin dudar—. Yo también estaba perdido... hasta que llegaste tú.
Lo rodeo con los brazos, me acerco más para apoyar la cabeza en su pecho y escucho con atención el latido de su corazón.
Y así, abrazados, vemos cómo el sol desaparece poco a poco en el horizonte.
Poco después, decidimos marcharnos de nuevo al hotel para ducharnos y cambiarnos.
Es nuestra última noche aquí y queremos que sea especial, por lo que Mateo ha reservado en un restaurante junto al mar, de esos en los que parece que el agua te rodea por completo.
Decido ponerme el vestido dorado que me regalaron por mi cumpleaños junto con unas sandalias bajas. Cuando me miro al espejo, un pequeño rastro de inseguridad intenta abrirse paso... pero me protejo de ella, pintándome los labios de rojo, como si eso fuera una armadura.
Cuando salgo, Mateo está viendo la televisión; lleva un conjunto blanco de lino que resalta el moreno de su piel y el color de sus ojos. Me quedo mirándole sin disimular, y, cuando se da cuenta, sonríe. Hablamos a la vez:
—Madre mía, estás preciosa —dice él, levantándose del sofá.
—Joder, qué guapo estás —susurro.
Nos reímos, y siento que ese momento tan simple se queda grabado en mi memoria. Se acerca, me coge de la mano y me hace girar sobre mí misma.
—Este vestido te hace un culo de otro mundo —comenta, asintiendo con convicción.
Suelto una carcajada y me lanzo a sus brazos.
—Y tú tienes los ojos más bonitos del mundo —aseguro, perdiéndome en sus iris.
Me sonríe antes de darme un beso suave, alargando el momento un poco más.
Unos minutos más tarde, salimos del hotel dando un paseo tranquilo, sin prisa.
Cenamos con el mar de fondo, con ese sonido constante de las olas que lo envuelve todo, y después seguimos caminando durante horas, enlazando calles, risas y pequeñas paradas en sitios de cócteles.
Cuando el alcohol empieza a notarse lo justo, ese punto en el que todo parece un poco más ligero, decidimos parar.
Nos dirigimos a la playa y buscamos un rincón apartado, lejos de las miradas de los turistas, y nos sentamos en la arena con el mar oscuro frente a nosotros y el cielo salpicado de estrellas.
El silencio que se crea no es incómodo, al contrario... es de esos que se disfrutan y te hacen sentir en paz. Después de un rato, me atrevo a romperlo:
—Si tuvieras que pedir un deseo... ¿qué sería?
Mateo no duda:
—Que mi hermana y mi madre siguieran aquí —lo dice con tanta claridad que no me hace falta mirarlo para saber que es lo que más desea en el mundo—. ¿Y tú? —pregunta.
—Que mi madre me hubiera llevado con ella —susurro.
Noto cómo se gira un poco hacia mí.
—Me sorprende que digas eso y no que se hubiera quedado —comenta, observándome con detenimiento.
Respiro hondo antes de responder:
—Nunca voy a entender por qué lo hizo...
—digo despacio—. Pero, si fue capaz de hacerlo, quiero pensar que fue por algo importante.
Me gusta creer que lo hizo para ser feliz, aunque en el camino se olvidara de su hija.
—Hago una pequeña pausa—. Me hubiese gustado tener un hueco en su vida y formar parte de ella, aunque fuera de lejos.
—¿La odias? —cuestiona con cuidado.
Niego suavemente.
—Jamás voy a poder hacerlo. —Me encojo de hombros, pensativa—. Solo odio que me dejara y se fuera sin mirar atrás. Me hace pensar que no era suficiente como para que me llevara con ella. Pero no la voy a odiar nunca, es más... espero que haya encontrado su lugar en el mundo.
Mateo se queda mirando al mar unos segundos antes de hablar:
—Si pudiera verte ahora, estoy seguro de que estaría muy orgullosa de ti.
—Puede ser... —respondo, aunque en el fondo no estoy del todo convencida de que le importara saberlo.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros, pero esta vez pesa un poco más.
—Tu abuela me ha dicho que no hablas con tu padre. ¿Puedo preguntar por qué? —pregunto finalmente.
Siento cómo se tensa a mi lado. Pasa un rato largo sin decir nada, y cuando ya estoy a punto de dar el tema por perdido, inspira hondo y responde:
—Sentí que me culpaba por la muerte de Ana —admite en voz baja—. Nunca me lo dijo directamente... pero cambió conmigo. Ya se había vuelto más frío con nosotros cuando murió mi madre, pero después de Ana... apenas podía mirarme a la cara.
—No creo que pensara eso, Mateo —niego sin dudar—. Es tu padre.
—Puede que me equivoque —confiesa, pensativo—. Pero me faltó cuando más lo necesitaba, y eso... eso no lo voy a poder olvidar.
Sus palabras se quedan flotando entre nosotros.
—Creo que necesitas hablar con él —susurro, acariciándole la mano.
—Es tarde para eso —responde, cortante. Entonces cambia de tema, como si cerrara una puerta de golpe—. ¿Tienes frío?
Entiendo que no quiere seguir hablando de ello.
—No... —digo suavemente—. Pero, si me abrazas, estaré mejor.
Sonríe levemente y pasa su brazo por mis hombros para atraerme hacia su cuerpo. Apoyo la cabeza en su hombro, escuchando su respiración tranquila y, por un momento, todo vuelve a sentirse en calma.
—Me encanta esta sensación... —le digo sin apartar los ojos del mar—. Esa libertad que siento cuando miro las olas, como si todo lo demás dejara de importar.
El sonido del agua rompiendo contra la orilla, la brisa salada, la inmensidad delante de mí... Por un momento, todo encaja.
—A mí me encanta la sensación de tenerte al lado —responde, girando la cabeza hacia mí—. O encima —bromea, pícaro.
No puedo evitar soltar una carcajada y le doy un pequeño empujón con el hombro.
—Eres imposible...
Sus manos encuentran mi cintura y, con un movimiento firme pero suave, me coloca a horcajadas sobre él. El gesto es natural, como si no hubiera nada más en el mundo que este instante.
—No lo puedo evitar... —dice con total tranquilidad—. Me pones demasiado.
Niego con la cabeza entre risas, sintiendo cómo el ambiente cambia poco a poco, y cómo algo más intenso empieza a colarse entre nosotros. Antes de que pueda decir nada más, sus manos suben hasta mi rostro y me sujeta con cuidado, con miedo a que pudiera desaparecer frente a él.
Y entonces me besa.
Al principio lo hace lento, casi conteniéndose... pero dura apenas unos segundos. La intensidad crece rápido, como si todo lo que llevamos guardando durante el día saliera de golpe. Y cuando siento su lengua rozar la mía, mi cuerpo reacciona solo, acercándose más a él y buscando ese contacto.
Se le escapa un suspiro ahogado contra mis labios mientras sus manos recorren mis muslos, subiendo despacio y dejando un rastro que me eriza la piel.
Termina por alzar el vestido, dejándolo recogido en mi cintura, mientras que yo, con algo de prisa y torpeza, empiezo a desabrocharle la camisa.
El aire es insuficiente y, cuando nos separamos un segundo para respirar, apoya su frente contra la mía.
—Tenemos que parar... —susurra—. Nos pueden ver.
Niego suavemente, aún con la respiración acelerada.
—Estamos entre rocas... y es de madrugada —murmuro, excitada—. Nadie va a vernos.
Me mira durante un segundo, sopesando la idea. Pero termina cediendo.
—Eres un demonio... —dice antes de volver a besarme.
Y esta vez ya no hay contención.
Todo se vuelve más urgente, más intenso. Sus manos vuelven a moverse con decisión mientras las mías buscan su piel, recorriéndola sin pensar demasiado. El mundo se reduce a sensaciones, a respiraciones entrecortadas y al sonido lejano del mar que se mezcla con nuestros jadeos.
Es imposible ocultar las ganas que nos tenemos.
Se incorpora ligeramente, moviéndose con rapidez para bajarse el pantalón y los calzoncillos.
Mientras se coloca el condón que ha sacado de su cartera, yo apenas puedo apartar la mirada.
Me aparta con cuidado las bragas y me agarra de la cintura para bajarme a su encuentro.
Mis manos se aferran a sus hombros y mi respiración se vuelve irregular. Cuando empiezo a moverme encima de él, no puedo evitar que se me escape un gemido más alto de lo que pretendía y él cubre mi boca con su mano.
—Shh... —susurra contra mi oído, con la voz ronca y contenida—. Una cosa es que no nos vean... y otra que no nos escuchen.
Ese tono y esa cercanía hacen que todo se intensifique aún más.
Sus manos vuelven a moverse con cuidado, pero sin dejar de transmitir esa necesidad que sentimos los dos. Acaricia mi cuerpo por encima del vestido, endureciéndome los pezones con cada roce lento, provocando que cada embestida se sienta más fuerte, más consciente.
Cierro los ojos un instante, dejándome llevar por todo lo que está pasando, por la mezcla de nervios al poder ser descubiertos, el deseo, y esa conexión tan intensa que hace que el resto del mundo desaparezca por completo.
Marcamos un ritmo diferente al de otras veces: más lento, pausado, pero constante. Porque ninguno de los dos quiere que este momento termine. Como si, por unas horas, pudiéramos detener el tiempo y quedarnos aquí, suspendidos entre el sonido del mar, la noche y todo lo que estamos sintiendo.