Chapter 46
Nos cambiamos rápido y preparamos una mochila con todo lo necesario para ir directamente a la playa después de comer.
Alejandra ya tiene claro el plan del día y, además, quiere ir a ver el atardecer desde el mirador de Villa Comunale.
Yo, en cambio, estoy completamente perdido.
No conozco nada de este sitio, pero tampoco me hace falta: me dejo llevar por ella con total confianza, como si fuera la guía más experta del mundo.
Cuando sale del baño, no puedo evitar mirarla unos segundos más de la cuenta.
Se ha recogido el pelo en una trenza larga, lleva un vestido muy veraniego de color blanco con detalles azules, y por el escote se intuye el bikini.
Pero no es eso lo que más me llama la atención...
es su cara. Esa mirada brillante y llena de emoción, y la sonrisa que no ha desaparecido desde que llegamos.
Está feliz. Y verla así... joder, me encanta.
—Ya estoy lista —anuncia mientras guarda el móvil en la mochila—. Me gustaría pasar por Piazza Tasso antes de ver dónde comemos. Te va a encantar la vista de los dos acantilados con el mar al fondo.
Se me escapa una carcajada, pues me parece increíble que se sepa todos los nombres y cada rincón como si hubiera crecido aquí.
—Creo que, en otra vida, vivías aquí —aseguro, agarrando su mano mientras salimos de la habitación—. Si no, no me explico que conozcas tanto este sitio sin haber estado.
—No es solo por la historia —responde con una sonrisa—. El libro hablaba de algunos lugares, sí... Pero me obsesioné tanto, que pasé todo ese verano buscando información, viendo fotos, mapas... Todo.
Niego con la cabeza entre risas, porque es imposible no quererla más cuando se pone así.
Salimos del hotel y el calor nos golpea de nuevo, esta vez más intenso que antes.
El sol cae sin piedad y yo solo puedo pensar en el momento en el que estemos dentro del agua.
Aunque, primero, caminamos entre calles estrechas llenas de gente hasta que llegamos a esa especie de mirador; desde allí, el paisaje se abre de golpe mostrando dos acantilados imponentes, el mar al fondo, y una carretera que serpentea como si fuera de juguete. Impresiona muchísimo.
Como era de esperar, Alejandra se detiene en seco.
—¡Aquí, aquí! —dice, emocionada, y saca el teléfono—. Ponte ahí. —Señala con la mano.
Y empieza la sesión de fotos...
—Mira hacia ese lado... Así, como si caminaras —me indica.
Pongo los ojos en blanco y suelto un suspiro.
—Alejandra, no soy modelo — me quejo.
—Pero ¡mira lo bonitas que están quedando! —responde orgullosa—. Ya me lo agradecerás.
Al final, acabo cediendo y poso como puedo, incluso haciendo alguna mueca que le arranca alguna que otra carcajada. Después, cambiamos los papeles y me convierto en fotógrafo profesional.
—Pero haz muchas, ¿vale? —advierte, señalándome con el dedo—. No pares. Alguna podré salvar.
No puedo evitar sonreír; no entiende que no hace falta «salvar» ninguna porque estará preciosa en todas. Cuando termino, revisa las fotos a mi lado y asiente con satisfacción. Yo respiro tranquilo, sabiendo que no tendremos que repetirlo todo otra vez.
Tras hacernos algunas fotos juntos, cruzamos a un restaurante que hay justo enfrente. Tenemos suerte de coger la última mesa libre.
— Buongiorno, cosa desiderate prendere? [6] —nos dice el camarero.
Cuando levanto la vista para hablar con el hombre, me doy cuenta de algo que no me gusta nada: no me está escuchando a mí, sino mirándola a ella. Y no es una mirada normal... es descarada, ya que la recorre de arriba abajo, deteniéndose donde no debería.
Siento cómo se me forma un nudo en el estómago.
— Prendiamo degli gnocchi alla sorrentina, degli spaghetti alle vongole e una delizia al limone, per favore [7] —digo más seco de lo normal.
Alejandra se da cuenta de mi tono y, como no entiende el motivo de este, frunce ligeramente el ceño.
—¿Pasa algo? —pregunta cuando el camarero se aleja.
—Qué va, tranquila —miento—. ¿A qué playa me has dicho que quieres ir?
Sé perfectamente adónde vamos —me lo ha repetido mil veces—, pero necesito cambiar de tema antes de que los celos me consuman más de la cuenta.
La comida está increíble y, poco a poco, consigo relajarme y dejarme llevar por la conversación. Hablamos de lo que haremos mañana y de los sitios que quiere enseñarme. Me gusta verla así: de ilusionada y explicándomelo todo como si este fuera su lugar.
Cuando pedimos la cuenta, insiste en pagar ella.
Es imposible discutir con Alejandra cuando se le mete algo en la cabeza, así que la dejo ganar.
Pero entonces veo que el camarero le deja un papel doblado y me pongo en tensión al instante.
Ella lo mira, confusa, y al leerlo se sonroja y niega con la cabeza.
—No... Lo siento, pero no —dice, devolviéndoselo.
El tipo sonríe como si nada y se va.
—¿Qué era? —pregunto, aunque ya lo intuyo.
—Su número —responde con una risita.
Suelto un bufido y pongo los ojos en blanco.
—Lo que faltaba...
Me giro hacia la barra con mala cara mientras ella se levanta riéndose tras dejar el dinero en la bandejita.
—Vamos, gruñón... —Me empuja suavemente, divertida—. Quiero ir a la playa .
La sigo, aún un poco enfurruñado, porque nunca había sentido celos así. Jamás me había importado tanto alguien como para que me afectara de esta manera, y eso me descoloca.
El camino hacia la playa es una pasada. Bajamos por un sendero estrecho entre acantilados, como si la roca se abriera para dejarnos pasar; el aire se vuelve más húmedo, más salado, y el mar aparece poco a poco al fondo y cada vez más brillante.
Hasta que, de repente, todo se extiende ante nosotros: el puerto, las barcas balanceándose y ese azul intenso que parece irreal.
Pero yo sigo dándole vueltas a lo de antes, hasta que Alejandra se para en seco y se gira hacia mí.
—¿Qué te pasa? —me pregunta, frunciendo ligeramente el ceño—. Llevas media hora contestándome con monosílabos.
—No me pasa nada —respondo, intentando restarle importancia mientras la tomo de la cintura.
—¿Estás celoso? —insiste.
—¿Yo? ¿Celoso? —Evito sus ojos—. En absoluto.
Cuando vuelvo a mirarla, está entrecerrando los párpados, esperando a que deje de mentir.
Suspiro.
—Me ha sentado mal lo que ha hecho el camarero —admito—. ¿Quién se cree? Encima, delante de mí... Será gilipollas.
Empiezo a despotricar, pero ella rompe a reír, y ese sonido hace que no pueda evitar soltar una carcajada yo también.
—Mateo —me llama, rodeándome el cuello con los brazos y obligándome a quedarme cerca—. No hay nadie más para mí... De verdad. Solo me importas tú y solo quiero estar contigo .
Siento cómo todo ese nudo que llevaba apretándome el pecho desde el restaurante empieza a deshacerse poco a poco.
—No tiene sentido que te pongas así, porque no me veo con otra persona —añade con suavidad, acariciándome la nuca—. Ni quiero. Solo te quiero a ti.
Me quedo mirándola unos segundos en silencio, intentando asimilar lo que acaba de decir y sintiendo cómo algo dentro de mí se recoloca. De pronto, todo encaja un poco mejor.
La acerco más a mí y apoyo la frente en la suya.
—No sabes lo que me gusta escucharte decir eso... —murmuro contra su boca.
Y, sin pensarlo más, la beso despacio y profundo. Queriendo agradecerle en cada roce sus palabras, sus gestos y todo lo que, sin darse cuenta, está empezando a significar para mí.