Chapter 45
Cuando le dije a Mateo que quería quedarme, no mentí. No fue una decisión improvisada ni un impulso nacido de la desilusión después de hablar con mi padre, sino una idea que se ha ido instalando poco a poco dentro de mí. Como esas cosas que simplemente sabes sin necesidad de explicarlas.
Sé que esta vida que tengo ahora no va a ser eterna, pues en cuestión de dos meses se me acaba el contrato con los Fernández y no tengo ni idea de qué pasará después.
No sé si lo ampliarán, si tendré que buscar otro trabajo, o incluso si podré seguir viviendo en esta casa pagando un alquilar.
Es un pensamiento que intento mantener a raya, porque en cuanto le doy demasiado espacio, la ansiedad empieza a apretarme el pecho.
Prefiero no adelantarme y, cuando llegue el momento, hablaré con Mariana y José.
Ya veré qué hago. Ahora... ahora solo quiero vivir esto.
— Viaggio con destinazione Sorrento, si aprono i controlli di accesso [5] —comunica una voz grave por el altavoz de la estación.
¿Sorrento?¿Acaba de decir Sorrento?
Me quedo completamente inmóvil, como si alguien hubiera pausado el mundo a mi alrededor. Mateo empieza a caminar, pero al ver que no lo sigo, se gira hacia mí con una sonrisa divertida.
—¿Piensas venir, o vas a quedarte todo el día mirando al infinito? —bromea.
—Mateo... —murmuro, todavía procesándolo—. Ha dicho Sorrento.
Recuerdo perfectamente la primera vez que escuché ese nombre.
Fue en un libro de una de mis autoras favoritas y, mientras leía, estaba todo tan bien descrito que sentí que caminaba por sus calles, que miraba el mar desde sus acantilados, y que respiraba ese aire cálido y salado.
Me enamoré de ese lugar sin haber estado nunca, y ahora...
estoy aquí, delante de un ferri que va a Sorrento.
Veo cómo Mateo suelta una pequeña carcajada al ver mi cara.
—Sí, Alejandra —confirma, acercándose un poco más—. Vamos a Sorrento.
—Pero... —empiezo, sin saber muy bien cómo seguir—. ¿Por qué?
Las palabras se me atascan porque no entiendo nada. Claro que quería ir y claro que sabía que estaba cerca, pero... ¿cómo lo sabía él? No es precisamente el pueblo más típico de la costa Amalfitana, ya que hay otros mucho más famosos y turísticos.
Mateo da un par de pasos hacia atrás hasta quedar frente a mí, me coge de la mano y tira suavemente de ella.
—Tus amigas me contaron que hace un tiempo leíste un libro ambientado allí y que te enamoraste del sitio —me explica—.
Así que... se me ocurrió traerte a pasar el fin de semana.
—Se encoge de hombros, como si no fuera gran cosa—.
Además —añade con una sonrisa—, creo que tú vas a conocer más rincones que yo gracias a esa historia. Yo no he estado nunca.
No sé qué decir.
De verdad, no sé qué decir.
Tengo tantas cosas dentro ahora mismo que ninguna consigue salir. ¿Le digo que lo quiero? No... eso es una locura, ¿verdad? Apenas llevamos unos meses conociéndonos, ¿cómo voy a soltar algo así? Joder... debe pensar que soy tonta, porque me he quedado completamente muda.
—Eh... —balbuceo al final—. No sé qué decir... Muchísimas gracias, Mateo, de verdad... nunca nadie se había preocupado tanto por lo que me hace feliz.
Él frunce el ceño levemente al verme.
—Pero no llores, tonta...
Suelta la maleta y me rodea la cintura para acercarme a él, y es entonces cuando me doy cuenta de que estoy llorando.
—Es de felicidad —aseguro, soltando una pequeña risa entre el llanto—. Te lo prometo. No me esperaba esto para nada.
—Por eso se llama «sorpresa» —responde con una media sonrisa.
Niego con la cabeza, todavía sin creérmelo.
—Eres increíble —susurro, observándolo fascinada.
—Lo sé —dice divertido—. Me lo has dicho unas quinientas veces desde que estamos juntos.
Sonrío y, sin pensarlo demasiado, enmarco su cara con las dos manos y presiono mis labios contra los suyos.
Un beso lleno de todo lo que no he sabido decir con palabras.
Porque hace unos días pensé que quizá podría enamorarme de él, pero ahora, siendo sincera conmigo misma...
Creo que ya lo estoy haciendo. Y, por primera vez en mucho tiempo, no me da miedo.
Es muy diferente a lo que sentía con Pablo; las comparaciones nunca son buenas, lo sé, pero no puedo evitarlo.
Con Mateo todo es... distinto. Él me da paz, calma y una felicidad que no me da miedo por lo que pueda venir después.
Con Pablo, ni siquiera al principio cuando todo parecía ir bien, sentí algo así.
Siempre había algo que me inquietaba o que me hacía dudar, como si en el fondo supiera que no estaba donde tenía que estar. Con Mateo, en cambio, todo encaja.
Estos pensamientos me acompañan durante todo el trayecto.
El ferri avanza mientras el mar nos rodea y el viento me mueve el pelo, trayendo consigo ese olor salado que tanto me gusta.
Mateo no deja de mirarme de reojo, con esa sonrisa pícara, y sigue insistiendo en que le cuente más sobre «el libro de Sorrento», como él lo llama ahora.
Al final, acabo cediendo y le hago un resumen bastante decente, aunque seguro que me dejo mil detalles por la emoción. Termino sacando el móvil para apuntar todos los sitios a los que quiero ir estos días: calles, miradores, una cafetería que describían en una escena concreta, la playa... Todo .
—Madre mía, voy a necesitar una libreta solo para seguirte el ritmo —bromea él.
—Estás entrando en terreno peligroso —le advierto entre risas incontenibles—. Soy muy intensa cuando me gusta algo.
—Eso ya lo sé —responde sin dudar, mirándome de una forma que me desarma.
Cuando llegamos, bajamos del ferri y vamos andando hasta el hotel; está en pleno centro del pueblo, y como Sorrento es relativamente pequeño, todo queda bastante cerca. Aun así, el calor aprieta bastante y noto cómo el sol cae con fuerza sobre la piel.
—Estoy deseando ir a la cala Bagni della Regina Giovanna —comento—. Es una de las más famosas de aquí.
—Apuntado queda, jefa —asegura, haciendo un saludo militar exagerado.
No puedo evitar reírme.
—Es increíble... —añado mientras miro a mi alrededor—. Siento que conozco cada rincón sin haber estado nunca.
—Voy a tener a la mejor guía estos días, entonces —responde divertido.
—Eso no lo dudes.
El hotel es pequeño pero acogedor. Nos dan las llaves y subimos a la habitación para dejar las cosas y cambiarnos antes de salir a comer.
Nada más entrar, me quedo parada, pues es más grande de lo que esperaba: hay un pequeño pasillo estrecho que da paso al dormitorio y a la derecha está el aseo, con una bañera enorme que ya me imagino disfrutando después de un día de playa.
La habitación es sencilla pero preciosa, tiene una cama de matrimonio con dos mesillas, un armario empotrado y, a la izquierda, un ventanal enorme con vistas al mar.
Me acerco casi sin respirar y me quedo mirando el horizonte unos segundos, asegurándome de que es real.
Luego me giro hacia Mateo con una sonrisa imposible de esconder.
—Estoy flipando con todo... —le digo, extendiendo los brazos para abarcar lo que nos rodea—. Esto es maravilloso. Tú eres maravilloso —añado.
Se le escapa una carcajada antes de acercarse a mí, agarrarme de la mano y tirarme suavemente sobre la cama. Se coloca encima y empieza a llenarme la cara de besos, arrancándome la risa.
—Quiero que siempre me mires así —dice entonces, bajando un poco el tono, más serio—. Como si yo pudiera aportar un poquito a esa felicidad que sientes. Quiero cuidar de ti y que no vuelvas a perder ese brillo tan bonito que tienes en la mirada.
Sus palabras me golpean directamente en el pecho.
—Todo es gracias a ti... —susurro, intentando que no se me rompa la voz.
Niega suavemente con la cabeza.
—No, Alejandra, es gracias a lo valiente que eres —asegura, sonriéndome con dulzura—. A que estás luchando por lo que quieres, a todo lo que estás haciendo por ser feliz. Yo... solo soy una parte de eso.
—La parte más importante, Mateo —me sincero, mirándolo a los ojos—. Me estás enseñando lo que es que me quieran bien, y no sé cómo agradecértelo.
Su expresión se suaviza, y me acaricia la mejilla con el pulgar .
—Déjame seguir queriéndote así —me pide en voz baja—. Con eso, ya soy feliz.
Y ahí está otra vez.
Esa necesidad que me aprieta el pecho, que sube hasta la garganta y se queda ahí, bloqueándome. Quiero decirle que lo quiero. Que lo quiero muchísimo.
Pero no me sale.
Las palabras se quedan atrapadas y al final hago lo único que sé hacer en ese momento: acercarme a él y besarlo despacio, con cuidado, intentando hacerle saber con ese beso todo lo que aún no soy capaz de decir en voz alta.