Chapter 44
Me sorprende escuchar la voz de Alejandra al abrir la puerta de casa, ya que le he mandado un mensaje hace un rato para seguir picándola con lo de la maleta, pero no me ha contestado.
Tampoco me ha extrañado demasiado; sé que es un desastre con el teléfono y que puede dejarlo olvidado durante horas sin darse cuenta.
Aun así... no esperaba encontrarla aquí.
Escucho su risa desde el pasillo mientras me acerco y no puedo evitar que se me dibuje una sonrisa tonta en la cara. Esa risa se me ha quedado grabada; tiene algo que me calma y, al mismo tiempo, me revuelve por dentro.
Cuando entro en la cocina, las encuentro a las dos con un delantal puesto, rodeadas de ingredientes, con las manos manchadas de harina y una expresión de concentración que se disipa al darse cuenta de que estoy aquí.
—Hola, piccolo —me saluda la nonna con una sonrisa—. ¿Ya habéis terminado con la moto de Luca?
—Sí, lo que falta lo arreglará mañana en el taller —respondo, y me acerco a ella para darle un beso en la mejilla, aspirando ese olor tan suyo que siempre me recuerda a casa.
Después, giro la cabeza hacia Alejandra.
Está apoyada en la encimera con una cuchara en la mano y esa sonrisa suya que, joder...
me vuelve loco. Me acerco casi por inercia, pero en cuanto estoy lo suficientemente cerca para verla bien, algo dentro de mí se tensa, pues tiene los ojos rojos e hinchados, como si hubiera estado llorando.
Y de repente todo lo demás deja de importar.
—¿Estás bien, cariño? —pregunto bajando la voz, tomándole la cara entre las manos.
Al ver que no responde, le doy un beso en la frente y paso un brazo por su cintura para atraerla hacia mí con suavidad. Ella reacciona y no duda un segundo en corresponderme; se pega a mi cuerpo y apoya la cabeza en mi pecho como si lo necesitara.
—Hola —murmura—. Estoy bien, no te preocupes.
No me lo creo.
—¿Seguro? —insisto, porque hay algo en su voz que no encaja y me pone en alerta al instante.
Se aparta lo justo para mirarme y, aunque intenta sonreír más, sé que es una sonrisa forzada, porque la conozco lo suficiente como para verlo.
—Sí... —responde, aunque duda un segundo—. Es solo que he hablado con mi padre por teléfono... y no ha ido muy bien. Pero ya estoy mejor.
Me quedo inmóvil.
Su padre.
Siento cómo se me tensan los hombros; no quiero imaginar qué ha podido decirle.
No quiero pensar en lo que eso significa, o al menos no ahora, cuando todo parece ir bien.
Aun así, me obligo a relajar la expresión, ya que ella me está mirando e intenta convencerme con la mirada de que está bien, de que no pasa nada.
Y, aunque sé que no es verdad, decido no presionarla más.
—¿Y qué estáis cocinando a estas horas? —pregunto, cambiando el tono a uno más ligero.
Se me ha hecho bastante tarde en casa de Luca y cené con él, pero el olor que hay en la cocina me abre el apetito otra vez.
—Ya hemos cenado, pero a Ale le apetecía enseñarme una receta de bizcocho de zanahoria —explica la nonna mientras mete el molde en el horno—. Y, claro, no he podido decirle que no.
—Está riquísimo, lo prometo —añade Alejandra, sonriéndome con suavidad—. Ya lo probarás cuando esté listo.
—Dalo por hecho —respondo, devolviéndole el gesto.
Nos quedamos un rato más en la cocina y las ayudo a recoger, a guardar los ingredientes y a limpiar la encimera.
Intento mantener la normalidad, pero no puedo evitar mirar a Alejandra de reojo constantemente.
Cada gesto, cada silencio, me hace observarla con detenimiento, porque está más callada de lo habitual y parece agotada.
Cuando el bizcocho está listo, lo sacamos y lo dejamos enfriar sobre la encimera. El olor dulce llena toda la cocina, mezclándose con esa sensación rara que no termino de quitarme de encima.
Los nonni se quedan en el salón viendo las noticias y nosotros aprovechamos para ir a mi habitación; cierro la puerta detrás de nosotros y, por un segundo, me quedo apoyado en ella, mirándola.
Alejandra repara en mi maleta, que ya está hecha; tan solo me queda recoger un poco el desastre que tengo por la habitación, pero ahora mismo me da igual, porque lo único que me importa es ella.
Y saber qué cojones ha pasado realmente.
—¿Qué tal con Luca? —pregunta mientras aparta una sudadera de la cama para sentarse, haciéndose un pequeño hueco entre el desorden.
—Bien, su abuelo le ha regalado una moto y está arreglando unas cosas para que funcione bien —le explico—. Es bastante vieja —añado.
Asiente levemente, intentando disimular un bostezo que no le pasaría desapercibido a nadie. Está agotada.
—¿Quieres quedarte a dormir? —propongo con cautela.
—Prefiero irme a casa —responde sin mirarme—. Tengo que terminar la maleta para mañana —admite, entrelazando las manos.
No me convence; nada de lo que dice lo hace, en realidad.
Me acerco despacio a la cama y me agacho frente a ella, buscando sus manos para que me mire; las tomo entre las mías y se las aprieto con suavidad.
—¿Qué ha pasado, Alejandra? —insisto, preocupado—. Sabes que me puedes contar cualquier cosa.
Levanta la mirada y, joder... sus ojos están tan tristes que siento cómo me cuesta hasta respirar, como si algo me apretara el pecho por dentro. No me gusta verla de esta forma.
No soporto verla así .
Aprieto sus dedos con cariño, dándole apoyo e intentando transmitirle que estoy aquí con ella.
que no tiene que sostenerlo todo sola. Y entonces, inspira hondo y empieza hablar.
Me lo cuenta todo respecto a la conversación con su padre y las cosas que le ha dicho; cada frase es peor que la anterior y, mientras la escucho, noto cómo la rabia me sube por dentro, mezclada con una impotencia que me quema.
Mi primer impulso es claro: mandarlo todo a la mierda, decirle que no lo necesita y que nadie tiene derecho a hacerla sentir así. Pero me freno, porque sé que no es lo que necesita ahora. No quiere guerra, sino calma. Quiere refugio.
—No te preocupes, cariño... —le digo en voz baja, buscando sus ojos—. Todo va a ir bien, ya lo verás. Tu padre acabará entrando en razón.
Acaricio sus mejillas con los pulgares, despacio.
—No estás sola en esto, nosotros estamos aquí contigo, y yo voy a estarlo siempre —aseguro, asintiendo con seguridad.
No sé si es suficiente, pero es lo único que tengo claro ahora mismo.
Ella me regala una pequeña sonrisa, cansada pero sincera, y se acerca lo justo para darme un beso suave, como si en ese gesto encontrara un poco de paz.
—Me voy a quedar, Mateo —dice por fin.
Y algo dentro de mí se relaja al instante, dejando de lado esta tensión que me ha acompañado durante todo este tiempo y sintiendo que el miedo a perderla constantemente desaparece poco a poco .
—No quiero que suene egoísta... —murmuro, tomando de nuevo sus manos—. Pero me hace muy feliz que quieras quedarte. —La miro con una media sonrisa—. Me gusta que estés aquí. Conmigo.
—A mí también me gusta —susurra, sincera—. Sé que te preocupaba que me fuera, pero... no voy a hacerlo. —Hace una pequeña pausa antes de añadir, más bajito—: Mi vida ahora está aquí. Tú estás aquí. Me importas mucho, Mateo.
Trago saliva.
—Tú a mí también, rubita... —respondo en voz baja, asintiendo—. No te imaginas cuánto.
Se acerca un poco más y tira suavemente de mí hasta que acabo abrazándola; la rodeo con los brazos sin pensarlo y apoyo la barbilla en su cabeza.
—¿Estás lista para mañana? —pregunto, intentando aligerar un poco el ambiente.
—Creo que, si supiera adónde vamos, estaría más lista —refunfuña, y esta vez su sonrisa es más real.
—Mañana lo sabrás —aseguro—. Y espero que te guste.
—Si es contigo, me da igual el sitio.
Su respuesta me saca una sonrisa imposible de contener. Me acerco de nuevo y la beso, esta vez un poco más despacio. Ella me empuja suavemente hacia atrás y caemos los dos sobre la cama, riéndonos bajito, hasta que acabo encima de ella.
—¿Seguro que estás bien? —pregunto otra vez sin poder evitarlo.
Quizá suene insistente, pero necesito asegurarme de ello.
—Estoy bien —confirma—. Te lo prometo.
Y esta vez... la creo y, automáticamente, respiro más tranquilo.
—Te acompaño a casa y te ayudo a terminar la maleta —propongo mientras me levanto, y acto seguido empiezo a recoger un poco el desastre de la habitación.
Ella asiente y, entre los dos, ordenamos lo justo para que mi dormitorio deje de parecer un campo de batalla. No tardamos demasiado y, cuando estamos a punto de salir, se gira hacia mí.
—¿Te llevas la maleta y duermes conmigo hoy? —me pide en voz baja—. Por favor.
Hay algo en su voz, una necesidad suave, casi tímida, que hace que no dude ni un segundo. Asiento y vuelvo sobre mis pasos para coger mi equipaje.
—Vamos, rubita —le digo, haciendo un gesto con la cabeza en dirección al pasillo.
Nos despedimos de los nonni y salimos de casa. El camino hasta la suya es tranquilo, y lo llenamos con pequeñas conversaciones y silencios cómodos. En cuanto llegamos, logramos terminar su maleta entre risas, con ella intentando sacarme información sobre el viaje una y otra vez.
—Dame una pista —insiste, haciéndome ojitos.
—No.
—Una pequeña —suplica.
—Eres una pesadilla. —Me río mientras niego con la cabeza
Se ríe y esta vez vuelve a sonar como siempre.
Antes de meternos en la cama, un pensamiento se me instala en la cabeza con una claridad que me sorprende: va a quedarse. Alejandra va a quedarse aquí .
Y quizá, por primera vez en mucho tiempo, ya no siento que esté yendo a contrarreloj. Que ya no tengo que ir con miedo. Y que, quizá, puedo empezar a disfrutar de esto sin pensar en que en algún momento va a terminar.