Chapter 43
Frunzo el ceño al ver una notificación en la pantalla de mi móvil; durante un segundo pienso que es Mateo insistiendo —otra vez— en que termine de hacer la maleta para mañana.
Saldremos temprano y, entre el caos de estos días y los nervios por no saber siquiera a dónde vamos, llevo toda la semana posponiendo hacerla.
Pero no, no es Mateo.
Leo el mensaje y al instante llega otro.
Ambas tarjetas han sido bloqueadas; las dos que están a nombre de mi padre, esas que siempre ha controlado junto con mis ahorros .
Trago saliva, intentando mantener la calma mientras abro la aplicación del banco con las manos temblorosas.
Por suerte, antes de venir aquí, abrí una cuenta aparte y es ahí donde he ido metiendo todo lo que he ganado estos meses; actualmente, es la única que uso.
La única que mi padre no puede rastrear.
Aun así... esto solo puede haberlo hecho él.
Sin pensarlo demasiado, busco su contacto en la agenda. El corazón me late tan fuerte que siento que me va a romper el pecho. Pulso el botón de llamada conteniendo la respiración.
—Pero mira a quién tenemos por aquí... —gruñe en cuanto descuelga—. He tenido que cancelar tus tarjetas para que te dignes a llamarme.
Cierro los ojos un segundo antes de hablar.
—Hola, padre —consigo decir, forzando una firmeza que no tengo.
Llevamos meses sin hablar. Meses. Y, en algún rincón estúpido de mí, había esperado al menos un mensaje suyo el día de mi cumpleaños.
Qué ingenua he sido.
—¿Se puede saber dónde cojones estás, Alejandra? —su voz sube de tono al instante.
—Yo... —empiezo, pero me cuesta hasta tragar—. Estoy fuera.
—¿Estás fuera? —repite, incrédulo—. ¿Qué significa eso?
Por cómo habla, sé que está caminando de un lado a otro. Lo imagino en su despacho con el ceño fruncido y el teléfono pegado a la oreja, y se me forma un nudo en la garganta que me impide hablar con claridad. Él suspira, impaciente, y vuelve a hablar :
—Mira, Alejandra, me importa una mierda dónde estés —añade con voz ronca, enfadado—. Pero mañana quiero que vengas a mi despacho a primera hora.
Deja de sonar como una conversación para convertirse en una orden.
—Me han llamado de la universidad —sigue—. Me han dicho que no te has presentado a los exámenes y que ni siquiera has presentado la matrícula para el próximo año. ¿Tú sabes la vergüenza que me has hecho pasar?
—No... —susurro, y lo interrumpo cuando intenta hablar de nuevo—. Escúchame, por favor —insisto, reuniendo el poco valor que me queda—. No quiero volver ni estudiar esa carrera. Quiero quedarme aquí. Estoy trabajando y estudiando y, por primera vez, soy feliz, papá.
Silencio.
Un segundo. Dos.
—Alejandra —dice al fin, frío—. No me importa lo que quieras. Ni tu felicidad. Vas a volver y vas a hacer lo que te digo, que para algo llevo años sacrificándome por tu educación y tu futuro.
Siento cómo las lágrimas me queman en los ojos.
—Voy a quedarme... —respondo con la voz temblorosa, pero manteniéndome firme—. Te guste o no, mi futuro es mío. Y si a ti no te importa mi felicidad... a mí sí.
—Alejandra —me corta con dureza—. Esa decisión solo te hará perder. Perderás el apellido y todo lo que ello conlleva, no estaré para respaldar tus errores. No cuentes conmigo cuando arruines tu vida.
Hace una pausa antes de añadir :
—Dejarás de ser mi hija.
El mundo se queda en silencio y por un segundo me pitan los oídos.
—Llevo sin contar contigo desde que mamá se fue —respondo con un hilo de voz—. Ese año no solo perdí a mi madre... también te perdí a ti. —Trago saliva, sintiendo cómo algo dentro de mí se rompe del todo—. Podré vivir con ello —miento—. Si es lo que quieres, que así sea.
Cuelgo antes de que pueda decir nada más y, en un impulso, apago el teléfono.
No quiero escucharlo ni leer ningún mensaje de mi padre.
No quiero sentir esto, pero me duele. No me doy cuenta de que estoy llorando hasta que un sollozo se me escapa sin control y el aire no me llega bien a los pulmones. Todo pesa el doble sobre mis hombros.
Cojo las llaves casi a tientas y salgo de casa.
No sé muy bien hacia dónde me dirijo, tan solo camino.
Pienso en era ir a la playa y despejarme un poco, pero mis pies deciden por mí y, sin darme cuenta, termino frente a lo que ahora mismo siento como mi hogar: la casa de Mateo.
Sin darle más vueltas, llamo a la puerta.
Intento recomponerme, pero cuando se abre, tiemblo sin querer.
—Ale, cariño... —dice Isabella nada más verme—. No te esperaba.
Y en cuanto me abraza, todo se me desmorona un poco más.
—Hola... —murmuro—. Lo siento... He salido a dar un paseo y... —Me sorbo la nariz, conteniendo las lágrimas como puedo—. ¿Está Mateo?
—Ha salido con Luca —explica de forma escueta—. Están arreglando una moto antigua. ¿Quieres pasar a esperarlo?
Niego con la cabeza, sorbiéndome la nariz.
—No quiero molestaros. Será mejor que vuelva a casa.
Pero no me deja, pues me agarra la mano antes de que pueda darme la vuelta.
—Tú nunca eres una molestia, ragazza —asegura con una sonrisa cálida—. Venga, entra. Y cuéntame qué te pasa, porque esos ojitos tan tristes no me engañan.
Entramos juntas y, tras prepararme un té, se sienta conmigo en el sofá. No hace falta que insista mucho, ya que hay algo en ella y en su forma de mirarme que hace que todo salga sin esfuerzo. Así que le cuento todo. Cada palabra y cada frase, aunque me duelan.
—Ay, cariño... —susurrar mientras me acaricia el brazo—. A veces, los padres nos equivocamos mucho. Creemos que tenemos razón y no vemos el daño que estamos causando.
Las lágrimas vuelven sin permiso.
—No sé, nonna ... —murmuro entre sollozos—. Creo que no me quiere.
—Claro que sí —responde con suavidad—. Es imposible no quererte, pero sí que es cierto que no todo el mundo sabe querer bien.
Niego con la cabeza, dolida.
—Hace tanto tiempo que cambió, que apenas recuerdo cómo era antes.
—Lo sé, mi niña —dice, acercándose un poco más—. Tuviste que perder a tu madre y, de alguna forma, también a tu padre. Es demasiado para alguien tan joven .
Asiento, incapaz de hablar.
—Solo puedo hablarte como madre y abuela —continúa—. Sé que, a veces, los adultos cargamos con demonios que no sabemos gestionar. Y al final, lo pagáis vosotros. No lo justifica, pero quizá necesite tiempo. No creo que quiera perderte de verdad.
Sus palabras no arreglan nada, pero alivian, ya que poco a poco la presión en el pecho disminuye. La miro y trato de sonreírle, aunque me cuesta hacerlo.
—No te preocupes, Ale —añade, abriendo los brazos para acogerme entre ellos con cariño—. Aquí tienes una familia. Para siempre.
Me abrazo a ella sin pensarlo.
—No estás sola y no lo estarás nunca —insiste, acariciándome el pelo.
Y entonces me rompo del todo.
Lloro contra su hombro mientras me susurra palabras suaves, intentando recomponer cada pedazo que se me ha caído.
Hacía tanto tiempo que no sentía algo así...
el calor de alguien que se queda, que cuida y no exige.
Y, por primera vez en mucho tiempo, tengo la sensación de estar a salvo, con la sensación de haber encontrado un lugar al que llamar hogar después de un viaje demasiado largo.