Chapter 42
Ver a Alejandra feliz se ha convertido, sin darme cuenta, en uno de mis mayores placeres.
Hay algo en su risa que me descoloca y que me remueve por dentro como si cada carcajada suya tuviera el poder de hacerme olvidar todo lo demás.
Mi único objetivo, aunque no lo diga en voz alta, es verla así: despeinada, con las mejillas sonrojadas por el sol y los ojos brillantes de pura felicidad.
Seguimos en la playa, está atardeciendo y el cielo empieza a teñirse de tonos anaranjados y rosados.
Sus risas resuenan por toda la playa mientras estamos sentados en círculo jugando a las cartas.
Observo a Alejandra sin disimular, memorizando cada gesto, cada expresión...
y no puedo evitar sonreír. Me he dado cuenta de que es una tramposa; ya me lo habían advertido sus amigas, pero verlo en directo no tiene precio.
El problema es que el disimulo no es lo suyo.
—Pero ¿quién te ha enseñado a hacer trampas? —protesta Luca, indignado—. Eres malísima y te pillamos siempre.
Me uno a las risas mientras Alejandra se encoge de hombros sin dejar de reírse, como si no fuera con ella. Y de repente, como un fogonazo, me viene a la cabeza el día en que me hizo la foto.
—Desde luego que no sabe disimular —añado, mirándola con media sonrisa—. Sus amigas le pidieron una foto mía y, en lugar de buscarme en Instagram, va y me hace una con su móvil. Con flash.
—¿En serio? —pregunta Luca entre risas—. Eso no lo sabía yo.
—Fue culpa nuestra —admite Paula, levantando la mano.
—Bueno, a ver... —interviene Carla—. Nosotras pedimos la foto, pero la torpeza de Ale... es cosa suya.
—Oye, que sigo aquí —protesta la rubia entre carcajadas.
—Eres una tramposilla y no sabes disimular —la pincho—. Admítelo, cariño.
Me mira riéndose y me lanza un beso. Y, joder...
Esa versión suya, esa que se ríe sin pensar, que no se esconde, que no parece cargar con nada...
es, sin duda, mi favorita. No queda ni rastro de la chica que llegó al principio, cerrada y a la defensiva; no puedo evitar pensar en lo mucho que me gusta haber estado a su lado para ver el proceso.
El sol sigue cayendo poco a poco, pero ninguno quiere que el día termine.
Así que decidimos ir a por pizzas y volver a la playa para cenar allí.
Y mientras caminamos juntos entre risas, empujones y conversaciones cruzadas, tengo la sensación de que este momento, este exacto instante, es de esos que se quedan grabados para siempre.
Al día siguiente, acompaño a Alejandra al ferri para despedir a sus amigas, ya que ha llegado el momento de que vuelvan a España; el resto del verano lo pasarán con sus familias y, después, tocará centrarse en el nuevo curso de la universidad.
El ambiente está cargado de esa mezcla extraña entre nostalgia y cariño que dejan las despedidas que importan de verdad.
He escuchado cómo Carla le preguntaba si tenía pensado volver, y también he notado cómo Alejandra se tensaba al instante, esquivando habilidosamente darle una respuesta. No sé si lo ha hecho porque yo estaba delante o porque, en el fondo, ni ella misma tiene clara la respuesta.
Verla llorar mientras se abraza a ellas me encoge el pecho.
—Por favor, Ale —suplica Paula, con la voz ya temblorosa—, nos vas a hacer llorar a nosotras también.
Y la verdad es que ya están al borde, pues tienen los ojos brillantes y las voces quebradas, pero aun así siguen sonriendo entre lágrimas, diciéndose cosas bonitas y prometiéndose que se verán pronto.
Admiro profundamente la amistad que tienen; es de esas que resisten cualquier distancia y cambio, así que me tranquiliza saber que Alejandra tiene a personas como ellas en su vida.
—Es más —añade Carla, intentando mantener el tono ligero—, seguiremos con las videollamadas diarias... y muy pronto nos veremos de nuevo. Siempre podemos venir a verte, o esperaremos a que tú vue...
Se queda en silencio de golpe y me mira de reojo; entiendo perfectamente por qué no termina la frase y le agradezco ese gesto con una leve sonrisa.
Porque sí, es un tema que no voy a poder esquivar mucho más tiempo.
Yo no soy capaz de vivir dejándome llevar sin saber qué va a pasar después, sino que necesito certezas, como saber si ella piensa quedarse...
o si en cualquier momento puede decidir irse y dejar todo esto atrás.
Vuelven a abrazarse una última vez, con más fuerza, disfrutando el momento un poco más. Cuando se separan, me acerco y las abrazo también para desearles buen viaje. Sonrío, pero en el fondo entiendo que su marcha deja un hueco importante.
Alejandra se queda a mi lado mientras vemos cómo avanzan hacia el control del ferri; antes de subir, se giran para despedirse una última vez, agitando las manos con energía. Alejandra responde, pero en cuanto desaparecen de su vista, las lágrimas vuelven a brotar.
—Anda, ven aquí —le digo suavemente, atrayéndola por la cintura—. No llores más, rubita.
Se seca las lágrimas con el dorso de la mano antes de rodearme el cuello.
—Lo siento... —balbucea—. Soy una dramática.
—Un poquito. —Rozo su nariz con la mía, intentando arrancarle una sonrisa—. Pero no pasa nada, me gusta que seas así.
Y lo digo en serio, porque esa intensidad suya es justo lo que la hace especial.
Me sonríe, aún con los ojos húmedos, y acorta la distancia para besarme con suavidad.
—Venga, te invito a desayunar —añado, separándome lo justo para cogerle la mano—. Vamos a salir de aquí.
—Quiero unas tortitas con mucho sirope de chocolate —demanda—. Es la única forma de que se me pase este disgusto.
—Tú tienes mucho cuento... —respondo entre risas, dándole un empujón suave.
Y entonces, por fin, se ríe; una risa pequeña, pero real, que hace que pueda respirar más tranquilo.
Aprieto su mano con cariño y caminamos juntos hasta llegar a una terraza cerca del puerto.
Con el sonido del mar de fondo y el murmullo de la gente, poco a poco todo vuelve a la normalidad; ella empieza a hablarme del libro que está leyendo, enlazando ideas, personajes, teorías...
como siempre que empieza o termina una novela.
La escucho atento, aunque a veces tengo que pararla porque habla tan rápido y mezcla tantas cosas que me pierdo.
—Por cierto —dice de repente, mirándome con curiosidad—, ¿qué es la sorpresa que me tienes preparada?
Sonrío, sabiendo que no se lo voy a poner fácil.
—No te voy a decir nada, tan solo que no hagas planes para el fin de semana.
—Pero... —Frunce el ceño—. ¿Qué pasa con el trabajo?
—Está todo controlado —le aseguro—. Tú solo haz la maleta.
—¿La maleta? —repite, sorprendida—. ¿A dónde vamos?
—Ya lo verás. —Me encojo de hombros de forma divertida—. No seas impaciente.
Protesta y pone esa carita que sabe que me tienta demasiado mientras intenta sonsacarme algo más.
—Voy a dejar de mirarte —advierto, apartando la vista al cielo—. No vas a conseguir nada así.
Se ríe, pero no se rinde. Durante todo el camino de vuelta sigue insistiendo, probando con preguntas, con indirectas... e incluso con silencios estratégicos. Pero, cuando llegamos a su casa y cierra la puerta detrás de nosotros, se lanza directamente a mis brazos.
—No vas a sacarme información, aunque me provoques —insisto, anticipando por dónde va.
—¿No? ¿Seguro? —responde con una sonrisa traviesa.
Apoya las manos en mis hombros y me empuja suavemente hasta el sofá para sentarse a horcajadas sobre mí.
Su cercanía y su forma de mirarme logran que todo lo demás desaparezca.
No puedo evitar reír por lo evidente de sus intenciones, pero no tengo tiempo de decir nada más, ya que me besa con intensidad cortando cualquier pensamiento.
Empieza a moverse sobre mí y no puedo evitar que se me escape un jadeo.
—Alejandra... —susurro, casi suplicante—. No seas mala.
—Puedo dejar de serlo si me das una pista —propone, divertida.
Se me escapa una carcajada. Deslizo las manos hasta el borde de su camiseta y se la quito de un tirón; me quedo un segundo en silencio al darme cuenta de que no lleva sujetador.
—Te juro que esta manía tuya de ir por la vida sin sujetador va a volverme loco... —digo con un gruñido, frunciendo ligeramente el ceño.
Se ríe, sabiendo perfectamente el efecto que tiene en mí, y vuelve a besarme.
Y así, sin esfuerzo y sin pensarlo demasiado, volvemos a perdernos el uno en el otro. Porque estar con ella es tan fácil, tan natural, que a veces no puedo evitar preguntarme cómo he podido vivir tanto tiempo sin sentir algo así.