Sin miedo a perder(te) Chapter 41
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Chapter 41

Mateo me ha enviado un mensaje dándome las buenas noches, así que le contesto con una sonrisa tonta de esas que no puedo evitar, y al instante me acuerdo de que tengo pendiente responder a Alberto. Lo hago rápido, dándole las gracias sin darle mayor importancia.

—¿Sabes quién me ha felicitado? —pregunto a Carla, convencida de que va a sorprenderse tanto como yo.

Levanta la mirada del móvil y se queda esperando, en silencio, a que continúe. Sofi y Pau están en la cocina preparando palomitas para ver Crepúsculo , una tradición sagrada que repetimos, al menos, dos veces al año.

—Alberto —digo por fin, esperando su reacción.

Pero en lugar de eso, noto cómo se tensa apenas un segundo; es sutil, casi imperceptible, pero la conozco lo suficiente como para darme cuenta de ello. Lo disimula enseguida con una risita y se encoge de hombros.

—Qué majo —responde, apartando la mirada—. Alguna vez lo hemos visto de fiesta y siempre se acerca a saludarnos.

Frunzo ligeramente el ceño y ahora soy yo quien se tensa un poco.

—¿Sigue...? —empiezo a decir, pero no sé muy bien cómo terminar la pregunta.

En ese momento, Paula entra en el salón con un bol enorme de palomitas y Sofi llega detrás con las bebidas. La pelirroja me corta antes de que pueda seguir:

—Si lo que te preguntas es si sigue saliendo con Pablo, la respuesta es que no.

Alzo las cejas, sorprendida, pues me parece raro, ya que han sido mejores amigos desde pequeños y sus padres son socios... Siempre han parecido más hermanos que otra cosa.

—Desde que pasó... —continúa Carla con cautela—. Bueno, desde entonces no han vuelto a hablar.

—Alberto ahora sale más con gente de la universidad —añade Pau—. Y Pablo... Bueno, solo lo hemos visto con Lara.

La punzada llega sin avisar.

Pero no es por ellos ni por saber que están juntos; si soy sincera, eso apenas me duele.

Es otra cosa más profunda e incómoda, una sensación de ser insignificante, como si todo lo que viví no hubiera tenido el peso que yo creía.

Y me siento un poco hipócrita, porque yo también estoy aquí, dejándome llevar con alguien que me hace sentir cosas que nunca antes había sentido.

—¿Eso te molesta? —pregunta Sofi con cuidado.

—No —respondo al instante, antes de que saquen conclusiones por mi silencio y mi gesto—. Que estén juntos no me molesta en absoluto, solo que, siendo egoísta, me fastidia ver feliz a gente que me ha hecho tanto daño.

Carla apoya su mano sobre la mía con suavidad.

—No eres egoísta, Ale —asegura con firmeza—. Yo sentiría lo mismo. Pero piensa que una cosa es lo que aparentan y otra muy diferente lo que realmente son.

—Eso es verdad —añade Sof—. Además, la única felicidad que debería importarte, es la tuya y la de la gente que te quiere.

—Y, por cierto, estás tirándote al tío más bueno de toda la isla —remata Paula, rompiendo la tensión.

Sin poder evitarlo, estallamos en carcajadas las cuatro a la vez; todo es tan fácil con ellas, tan natural.

Echaba tanto de menos estos ratitos que, por un momento, todo lo demás deja de importar.

Entre risas, comentarios y escenas que nos sabemos de memoria, vemos la película imitando diálogos y burlándonos de los protagonistas, como ya se ha convertido en tradición. Es como si el tiempo no hubiera pasado.

Antes de irnos a dormir, vamos al baño a lavarnos los dientes; Paula me mira a través del espejo y suelta algo que me deja más pensativa de lo que esperaba:

—Me gusta verte así con Mateo —comenta, señalándome con la mano—. Feliz y sin frenos. Nunca te había visto ese brillo en la mirada al mirar a alguien.

Me observo a mí misma unos segundos antes de responder:

—No sé si es raro decir esto, pero nunca había sentido algo así —confieso en voz baja—. No sé si algún día seré capaz de volver a enamorarme, pero esto que siento es tan nuevo, que me descoloca bastante.

—Nunca se siente lo mismo dos veces —asegura Sofi, pensativa—. Es imposible enamorarte igual de dos personas distintas.

—Y yo sigo pensando que, en realidad, nunca estuviste enamorada de Pablo —añade Carla, encogiéndose de hombros—. Era otra cosa, algo que no era sano.

No respondo, ya que en el fondo sé que puede que tenga razón.

Nos vamos a dormir poco después y la casa se queda en silencio, tan solo interrumpido por alguna risita o el sonido de las sábanas.

Mientras cierro los ojos, no puedo evitar pensarlo: quizá, algún día, pueda enamorarme de Mateo.

Y lo más inquietante es que, si sigue haciéndome sentir así, quizá sea lo más fácil que haya hecho nunca.

A la mañana siguiente, estamos esperando a los chicos en la puerta de mi casa cuando, de pronto, siento unos brazos rodearme por la espalda. No puedo evitar que mi sonrisa se ensanche al instante; cierro los ojos un segundo, disfrutando de ese contacto, y me giro despacio hacia él.

—Pero bueno, rubita, qué bien te sienta tener un año más —murmura antes de besarme.

El hecho de que los demás nos estén mirando me pone nerviosa, y no tardo en notar cómo el calor me sube a las mejillas. Aun así, le devuelvo el beso de forma suave, memorizando el tacto de sus labios antes de separarme y empezar a caminar en dirección a la playa junto a los demás.

—Anoche te fuiste a dormir pronto —comento, mirándolo de reojo.

—Sí, Luca se quedó en casa y estábamos reventados —responde, asintiendo—. Vimos una peli de miedo, aunque tiene algo de romance. Igual te gusta.

—Oye, pues quizá sea buena opción para la próxima vez —afirmo, sonriendo con solo imaginarlo.

Asiente y, con naturalidad, me pasa un brazo por los hombros para atraerme hacia él; ese gesto tan natural en él hace que me relaje. Me encanta que sea así, que siempre encuentre la forma de tocarme y de acercarse, como si necesitara asegurarse de que sigo con él.

—¿Te lo pasaste bien ayer? —pregunta, mirándome de reojo.

—Creo que ha sido el mejor cumpleaños de mi vida —respondo sin dudar, con una sonrisa que me nace sola.

—Eso me deja el listón bastante alto para el año que viene... —Chasquea la lengua con diversión.

Me muerdo el labio al sentir cómo un millón de mariposas despiertan en mi estómago. Que hable del año que viene, que dé por hecho que seguirá conmigo... hace que algo dentro de mí se encienda con una ilusión nueva, más tranquila, pero mucho más profunda.

Poco después, cuando llegamos a la playa, el sol ya aprieta con fuerza.

Extendemos las toallas a toda prisa y nos quitamos la ropa casi corriendo con la intención de lanzarnos al agua.

La arena quema bajo los pies, pero ese contraste con el frío del mar al entrar hace que todo el cuerpo se despierte de golpe, haciéndome sentir viva.

—Bueno, chicas, podéis despediros de creer que estáis morenas —suelta Pau, algo dramática—. Con solo un día de playa, Carla, a vuestro lado, parecerá un conguito.

La aludida pone los ojos en blanco y todas rompemos a reír.

—Mi objetivo este verano es ponerme a su nivel... Pero lo dudo, y mira que vengo frecuentemente —añado entre risas.

—Sois unas exageradas —protesta la morena, aunque no puede evitar sonreír.

La tarde pasa volando entre chapuzones, juegos en el agua y ratos tumbados al sol.

Me sorprendo a mí misma observando la escena: mis amigas, Sof, Mateo, Luca...

encajan como si siempre hubieran formado parte de lo mismo.

Y, por primera vez en mucho tiempo, siento que no tengo que elegir entre dos vidas. Que esta es la mía al completo.

Unas horas después, Sofía y yo nos escapamos al chiringuito a por helados. Mientras esperamos, miro hacia atrás y los veo a todos juntos: Mateo se ríe de algo que ha dicho Luca y Carla gesticula exageradamente... y siento una paz extraña, de esas que no hacen ruido, pero lo llenan todo.

—Tienes unas amigas geniales, Ale —dice ella, siguiendo mi mirada.

—Tenemos —la corrijo con una sonrisa—. Recuerda que tú ya formas parte de la brigada.

Se ríe y, después de pagar y hacer malabares para sujetar los helados, volvemos con el grupo. Cuando voy a darle el suyo a Mateo, me toma la mano y tira suavemente de mí hasta hacerme quedar sentada entre sus piernas.

—Quiéreme un poquito, anda —me pide, rodeándome la cintura—. Echo de menos tus besos .

Su tono es juguetón, pero el puchero que hace me arranca una risa suave. Me inclino hacia él y le doy un beso corto pero sentido.

—Oh, pobrecito... —bromeo—. Te tengo muy mal acostumbrado.

Se ríe, apartándome el pelo de la cara con cariño. Tras un abrazo en el que me aprieta intencionadamente, abre su helado y yo empiezo con el mío; tardo un segundo en notar su mirada fija en mí.

—Me encanta verte feliz —dice en voz baja, más serio.

Su forma de mirarme es tan intensa que me desarma; siento cómo algo me tiembla por dentro cuando respondo:

—Gracias... otra vez —susurro.

Y no es solo por el día de hoy ni por ayer. Tampoco por la sorpresa. Es por todo. Por cómo me ha devuelto la ilusión y cómo me ha hecho un hueco en su vida a pesar del miedo que ambos guardamos dentro.