Chapter 40
Esa frase consigue que, por fin, deje de mirar cómo Alejandra se aleja con sus amigas para volver a casa.
Aun así, su risa me llega desde la distancia, clara y ligera, y me provoca un cosquilleo en el pecho imposible de ignorar.
Saber que hoy ha sido feliz y que en parte ha sido gracias a mí, me llena de un orgullo difícil de explicar.
—Totalmente, nonna , está loquito de amor —se burla Luca sin ningún reparo.
Los fulmino con la mirada mientras dejo escapar un gruñido bajo, pero eso solo consigue que el nonno suelte una carcajada.
—Quién te ha visto y quién te ve —continúa Luca, disfrutando del momento—. ¡Y tuviste el valor de decirme que no era tu tipo!
—Y no solo eso —se suma el abuelo, claramente divertido—, le dijo a la chiquilla que no encontraría una familia aquí... Y ahora, míralo, haciendo todo lo posible por formar parte de su vida.
En eso tiene razón; asiento levemente, sin decir nada, porque no hay forma de negarlo.
Si me paro a pensar en cómo me comporté con ella al principio, el arrepentimiento me aprieta el pecho, porque no es solo que fuera un gruñón —eso lo soy siempre—, es que fui injusto, frío, e incluso cruel. Y ella no se lo merecía en absoluto.
Puede que Alejandra no lo tenga en cuenta o que haya decidido dejarlo atrás... pero a mí me pesa mucho. Lo único que tengo claro es que jamás volvería a hablarle de esa forma.
—Ojalá estuvieran tu madre y Ana aquí —comenta la abuela con un deje melancólico en la voz—. Estoy segura de que se habrían aliado con Ale para llevarte la contraria en todo.
Se me escapa una carcajada suave que sale de forma natural. Hace tiempo que hablar de ellas dejó de tensarme; no ha sido fácil llegar hasta aquí, pero ahora, cuando un recuerdo aparece, ya no duele igual. Lo dejo estar, lo acepto, e incluso disfruto aferrándome a lo feliz que fui en esos momentos.
—Siempre se aliaban entre ellas —añado con una media sonrisa—. Imagínate con Alejandra... Eso habría sido mi perdición. —Sacudo la cabeza, imaginándolo.
—Totalmente, colega —afirma Luca, dándome una palmada en la espalda.
Sé que no es solo una broma; ese gesto es su forma de comprobar que estoy bien. Le devuelvo una sonrisa sincera, agradecido.
—Tú eras más de hacer piña con tu padre —dice el abuelo—. Habéis sido uña y carne desde que naciste.
Me tenso al instante.
Es automático.
Solo de escucharlo nombrándolo algo dentro de mí se cierra de golpe.
Llevo evitando cualquier tipo de contacto con él desde que Ana falleció; nunca me culpó directamente, pero no hacía falta, ya que lo veía en sus ojos.
En cómo evitaba mirarme, en cómo dejó de hablarme, en la ausencia de cualquier gesto que antes era normal, como un simple abrazo.
Ya había cambiado cuando mamá murió, pues se volvió más frío y distante...
pero después del accidente, lo poco que quedaba entre nosotros se rompió del todo.
A los pocos meses, me fui de casa con la idea clara de no volver.
Y así fue. Dejé de contestar llamadas, de responder mensajes, de abrir la puerta cuando venía.
Corté el vínculo como si así pudiera borrar todo lo demás.
—Dejemos el pasado donde está —murmuro más seco de lo que pretendía—. Es mejor no removerlo.
— Piccolo , si al menos intentaras hablar con él y... —empieza a decir la nonna , pero no la dejo terminar.
—No sigas por ahí, nonna —la interrumpo con firmeza—. He dicho que no.
El silencio que viene después es pesado e incómodo. El nonno baja la cabeza y tensa la mandíbula; sé que no le gusta verme así, pero no puedo evitarlo, porque hay heridas que siguen abiertas aunque intente fingir que no es así.
Luca, como siempre, es el primero en reaccionar. Se acerca aún más, pasa el brazo por los hombros y cambia de tema con naturalidad, como si nada hubiera pasado:
—¿A qué hora hay que recoger a las damas mañana? —pregunta con una media sonrisa.
—Pues, teniendo en cuenta lo tarde que se van a ir a dormir... imagino que sobre la hora de comer —respondo, soltando el aire con lentitud y relajando un poco los hombros—. ¿Quieres quedarte en casa hoy? Podemos ver alguna película.
Sabe perfectamente que no quiero estar solo, por lo que asiente sin dudarlo.
—Han estrenado una de miedo que dicen que está bastante bien —añade—. Me apetece verla.
Sonrío levemente. Me conoce tan bien que en ocasiones pienso que no es casualidad que haya aparecido en mi vida, sino que está aquí para ser el hermano que nunca tuve.
Más tarde, cuando llegamos a casa, vamos directos a mi habitación.
Tras ponernos los pijamas, encendemos la tele y ponemos la película, pero acabamos hablando más que fijándonos en la trama; recordamos anécdotas de cuando nos conocimos, nos reímos de tonterías y de cosas que solo nosotros entendemos.
Y, poco a poco y entre risas, consigo que la tensión de la conversación respecto a mi padre se disuelva, logrando que deje de pesar tanto.
Cuando por fin me tumbo en el colchón, con la luz ya apagada y el silencio llenando la habitación, mi cabeza vuelve a su lugar favorito: ella.
En Alejandra y en lo mucho que necesito que esto funcione.
Pienso en lo bien que va todo entre nosotros, pero también en el miedo constante de que, en cualquier momento, deje de hacerlo.
Porque, aunque ahora esté bien, aunque sea feliz...
no puedo evitar sentir que estoy corriendo a contrarreloj.
Y si hay algo que tengo claro, es que al tiempo nunca nadie ha podido ganarle.