Sin miedo a perder(te) Chapter 39
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Chapter 39

Veinticinco de julio. Un día más de verano para muchas personas; uno complicado para mí. Se supone que cumplir años tiene que ser un motivo de felicidad, ¿no? No sé por qué para mí es todo lo contrario: es un recordatorio de que no tengo una familia estructurada a la que le importe esta fecha.

Cuando era pequeña, mis padres solían preparar una fiesta en el jardín; venían todos mis amigos del colegio y también los de mis padres; había una mesa llena de regalos y gente rodeándome mientras cantaban el Cumpleaños feliz .

En ese momento no me imaginaba que, de un día para otro, todo podía cambiar.

La vida es tan impredecible que, en un simple pestañeo, todo puede torcerse. Y así fue.

Una noche, mi madre estaba dándome las buenas noches, y a la mañana siguiente no estaba en casa.

Las fiestas fueron sustituidas por un regalo a los pies de la cama y una tarjeta donde mi padre me explicaba que el trabajo era su prioridad, pero que ahí tenía un detalle.

Poco después, mis amigos dejaron de serlo .

Y así fue como todo cambió... incluida mi ilusión por este día.

Mateo me ha comentado que hoy vamos a desayunar fuera.

Sé que le hace ilusión y, bueno, tengo que reconocer que me gusta que se tome tantas molestias para que sea un día especial.

Mientras lo observo pasearse de un lado a otro mirando el móvil, me pongo un precioso vestido rojo con florecitas blancas y unas sandalias plateadas.

Lo noto inquieto, así que, cuando termino de abrocharme las hebillas de los zapatos, lo llamo:

—Mateo —lo llamo y me mira al instante—. ¿Pasa algo?

—No, nada. ¿Estás lista ya? —inquiere, mirando la pantalla.

—Creo que sí —respondo, y me observo en el espejo.

A través del reflejo, me fijo en cómo se aproxima a su mochila con nerviosismo y saca un paquete envuelto en papel de regalo amarillo. Al verlo, un nudo se me instala en el pecho. No esperaba un regalo.

—¿Eso es para mí? —pregunto cuando se acerca con una sonrisa.

—Pues claro. —Me da el paquete—. Feliz cumpleaños, rubita.

Se me escapa una risita nerviosa mientras lo cojo, y empiezo a desenvolverlo con cuidado, como si al hacerlo demasiado rápido pudiera romper el momento. En cuanto veo el libro, abro los ojos, completamente sorprendida.

— La chica que amaba con el corazón roto ... —murmuro, repasando el título con las yemas de los dedos—. ¿Te has acordado de que lo quería?

—Sí... —Asiente, hecho un manojo de nervios—. Y abre la primera página, hay otra sorpresa.

Después de detenerme un segundo en la cubierta, que me parece preciosa, me armo de valor y abro el libro. Y entonces se me escapa un gritito de ilusión.

—¡No me lo puedo creer! —Leo la dedicatoria varias veces, asegurándome de que es real—. ¿Cómo... cómo has conseguido que me lo dedicara?

—Hablé con ella por Instagram —confiesa, frotándose la nuca con nerviosismo—. Es una chica muy maja y le expliqué que el regalo era para alguien muy especial.

Se me llenan los ojos de lágrimas y aprieto la mandíbula para intentar contenerlas, aunque noto cómo me arde la garganta. Mi día acaba de cambiar por completo.

—Gracias, Mateo... —suspiro, emocionada—. Muchísimas gracias, ha sido el mejor regalo que podría haber recibido.

—No digas eso aún, que queda mucho día por delante —responde, acercándose para robarme un beso.

Lo miro con una ceja alzada, aunque no me da tiempo a insistir, pues me mete prisa para irnos cuanto antes.

Dejo el libro sobre la cama con cariño y cojo el móvil para revisarlo: tengo algunos mensajes de mis amigas felicitándome y también de algunas compañeras de la universidad; pero me quedo completamente quieta al ver un nombre que no esperaba en absoluto.

La sorpresa me recorre el cuerpo como un latigazo. Mateo vuelve a meterme prisa y, sin responder a ningún mensaje, bloqueo el teléfono y salimos directos al restaurante para desayunar con Sof y Luca. En cuanto llegamos, hay algo que no me cuadra.

—¿Está cerrado? —inquiero, dudando antes de abrir la puerta.

—Hoy abren más tarde, pero Sofi ya está aquí —me explica Mateo, apoyando su mano en la parte baja de mi espalda para empujarme suavemente hacia el interior.

Frunzo el ceño, ya que todo está demasiado oscuro.

—Apenas puedo ver nada, esto...

No me da tiempo a terminar la frase cuando, de golpe, todas las luces se encienden.

—¡¡¡Sorpresa!!! —gritan varias voces al unísono.

Los aplausos estallan a la vez que empieza a sonar la canción de Cumpleaños feliz a través de los altavoces del local.

Me quedo completamente quieta, con la boca entreabierta, sin saber cómo reaccionar.

Mi corazón empieza a latir con fuerza mientras recorro la sala con la mirada, intentando asimilar lo que estoy viendo: Sof y Luca están aquí, también los abuelos de Mateo, e incluso Mariana y José con los niños.

Algunos compañeros de trabajo... Y entonces las veo.

No puede ser.

Mi mente tarda un segundo en procesarlo, negándose a creerlo; pero no, no es un error: están aquí de verdad.

Antes de darme cuenta, tengo a mis chicas encima, abrazándome con fuerza.

Y yo... yo ya no puedo contenerme más. Las lágrimas empiezan a salir sin control, porque Carla y Paula están en Capri. Conmigo.

—Pero, amiga, ¡no llores! —dice Carla, separándose un poco para limpiarme las lágrimas con las manos.

—Feliz cumpleaños, Ale —añade Pau sin dejar de llenarme la cara de besos.

Ellas también están llorando, y es que llevamos alrededor de tres meses sin vernos y, aunque para otros pueda no parecer tanto tiempo, para nosotras se ha hecho eterno.

—Pero... —balbuceo, intentando respirar con normalidad—. ¿Cómo es posible? ¿Qué hacéis aquí?

—Si te pensabas que no íbamos a estar presentes en un día así, es que no nos conoces bien —responde Carla con una sonrisa.

—Y, además, ¡son unas mini vacaciones contigo! —añade Paula, y hace un puchero divertido—. Te echábamos muchísimo de menos.

Vuelvo a abrazarlas con más fuerza, como si de esa forma pudiera asegurarme de que no van a desaparecer.

Cuando por fin me separo, voy saludando al resto, todavía con el corazón encogido por la emoción; que toda esta gente esté aquí por mí...

es demasiado. Siento algo que hacía tiempo que no sentía: que pertenezco, que este cariño es real y que, de alguna forma, he encontrado mi propia familia.

Entonces me fijo mejor en el restaurante: está decorado con guirnaldas de colores, hay comida en todas las mesas y todo está preparado con un mimo que me desarma aún más.

Después de darle las gracias a Sof, vuelvo hacia Mateo, que se ha quedado a un lado con Luca para darme algo de espacio.

En cuanto llego a su lado, le doy un abrazo sin pensarlo demasiado.

—Eres el mejor —le digo antes de plantarle un beso sonoro en los labios; él me responde con la sonrisa más bonita del mundo—. ¿Te lo había dicho alguna vez?

—Alguna que otra, sí —afirma, asintiendo, mientras me rodea con los brazos y me levanta ligeramente del suelo—. Pero me gusta tanto que me lo digas...

Me agarro a él, todavía emocionada.

—No sé cómo darte las gracias por esto —murmuro.

—Yo te podría decir alguna forma... —dice con tono sugerente, guiñándome un ojo con ese toque travieso que hace que, incluso con lágrimas en los ojos, no pueda evitar reír.

La mañana pasa volando entre risas, abrazos y conversaciones que se pisan unas a otras. Sof y las chicas ya se llevaban bien, pero verlas juntas así, compartiendo bromas como si se conocieran de toda la vida, me llena de una felicidad difícil de explicar.

—¡Aleee! —me llama Andrea.

Al girarme, veo a los dos niños venir hacia mí con una caja entre las manos, avanzando con cuidado, como si llevaran algo muy importante.

—Es un regalo nuestro y de los nonni —me informa Julio muy serio.

Me quedo completamente sorprendida, pues después de toda esta sorpresa, lo último que esperaba era que aún hubiera más.

Tomo la caja con cuidado y, antes de abrirla, me agacho para darles un achuchón que ellos reciben encantados.

Cuando empiezo a desenvolver el papel, noto cómo todos me observan expectantes.

Dentro hay un vestido, pero no cualquiera: es precioso, largo y dorado, con una abertura en la pierna y toda la espalda al descubierto.

Paso la mano por la tela y el tacto suave me deja sin respiración.

Es elegante y especial, de esos que te hacen sentir algo solo con mirarlos.

Al alzar la vista, me encuentro con las miradas curiosas de las personas que han decidido acompañarme hoy, esperando mi reacción, y no puedo evitar emocionarme.

—Gracias... —susurro con la voz entrecortada, notando cómo se me llenan los ojos de lágrimas.

Dentro de la caja, también hay dos dibujos hechos por los niños; en ellos, aparecemos los tres jugando al balón en el jardín. La sencillez de esos trazos y el cariño que hay en cada detalle, hace que vuelva a emocionarme aún más.

—Los voy a poner en mi habitación —les prometo, devolviéndolos a la caja con sumo cuidado—. Me encantan.

—Es mi turno, señorita —interviene Sofía, acercándose para darme un abrazo fuerte—. Qué feliz me hace estar aquí contigo.

—Ay, Sof... —respondo, abrazándola con la misma intensidad—. La suerte es mía. Eres mi rayito de luz aquí.

Se separa y me tiende una cajita pequeña que abro con nerviosismo, todavía con el corazón acelerado por todo lo que está pasando. En cuanto veo lo que hay dentro, se me escapa una carcajada, alucinando con el regalo.

—No te creo... —murmuro, mirándola—. ¿Te has acordado?

—Por supuesto, amiga —asegura, asintiendo con seguridad .

Es la pulsera que vimos en una de las tiendas del pueblo la primera vez que quedamos.

La cadena que la conforma es plateada y tiene pequeños detalles que hacen referencia al mar.

Me robó el corazón al verla en el escaparate, y ahora, al verla en mi mano...

acaba de convertirse automáticamente en mi favorita.

Sof me ayuda a ponérmela y no puedo dejar de girar la muñeca para observarla desde todos los ángulos, sin creer del todo que ahora es mía.

—¡Ahora el nuestro! —anuncia Carla.

Las dos se acercan y vuelven a abrazarme, apretándome entre sus brazos.

—Pero si el regalo es que estéis aquí... —Niego con lentitud—. No necesito nada más —les digo con sinceridad.

Aun así, me tienden una caja rectangular; la observo con curiosidad, intentando adivinar qué puede ser. Cuando la abro... me quedo sin palabras.

Ellas se ríen al ver mi cara.

—Al final, sí o sí queríais que empezara a leer en digital, ¿eh? —comento, alzando las cejas.

—Era nuestra oportunidad —dice Pau entre risas.

Siempre estaban diciéndome que tengo que pasarme a la lectura en digital, que es más cómodo y que voy a leer más. Y como nunca les hacía caso, han decidido tomar cartas en el asunto. Ahora sí que no tengo excusa.

Las miro con una sonrisa que me nace sola.

—Sois las mejores amigas que puedo tener —susurro, emocionada .

Mateo se acerca a ver todos los regalos y enseguida se pone a hablar con Carla y Pau para comentarles que el plan para mañana es ir todos juntos a la playa.

Las escucho reír ilusionadas mientras él gesticula explicando algo, y no puedo evitar sonreír al ver lo bien que encaja con ellas, como si siempre hubiera formado parte de mi vida.

Al final, lo que iba a ser un simple desayuno, se ha convertido en almuerzo, luego en merienda, y ahora, cuando ya empieza a caer el sol, nos damos cuenta de lo tarde que es y de que toca despedirse.

El ambiente se vuelve un poco más tranquilo y más íntimo, por lo que voy acercándome a cada persona que ha venido, una a una, para darles las gracias mil veces.

Siento que no hay forma de expresar todo lo que han hecho por mí hoy.

Por supuesto, las chicas se quedarán conmigo a dormir. Ya hemos decidido que vamos a ver una peli, comer palomitas, y hacernos una sesión de skincare como tantas otras veces; el mero hecho de pensarlo me reconforta.

Saco el móvil casi por inercia, lo desbloqueo sin pensarlo demasiado...

y el gesto se me congela por un segundo.

Porque no hay ninguna llamada perdida ni ningún mensaje por parte de mi padre.

Trago saliva y bloqueo la pantalla, intentando que no se me note el gesto de decepción en el rostro.

Porque, después de un día tan bonito, ese pequeño vacío aparece sin avisar, como una sombra que no termina de desaparecer nunca.

Me desinfla un poco por dentro, aunque intente ignorarlo.

Levanto la mirada justo cuando Mateo se acerca a mí para despedirse .

—Rubita —me llama mientras me rodea por la cintura, atrayéndome hacia él—. Tengo otra sorpresa preparada, pero tendrás que confiar en mí.

—Uy... No sé yo si podré, estoy muy solicitada —bromeo, pasando los brazos por su cuello—. No hacen falta más sorpresas, es más que suficiente con lo de hoy.

—Cuando se trata de ti, nunca es suficiente.

Lo dice con tanta naturalidad que, por un instante, todo lo demás desaparece.

El nudo que tenía en el pecho se afloja y mis latidos se aceleran sin remedio.

No sé qué contestar, así que simplemente me acerco y le doy un beso lleno de todo lo que no sé expresar con palabras: agradecimiento, cariño y algo más que cada vez pesa más dentro de mí.

Lo beso por todo lo que ha hecho hoy, por haber convertido este día en algo que creía perdido, y por devolverme una ilusión que pensé que no volvería a sentir.

Quizá es esto lo que se siente cuando te quieren. Cuando te sientes importante para alguien y dejas de dudar, aunque sea por un momento, de tu lugar en el mundo.

Hoy he vuelto a ser una niña; he vuelto a tener un cumpleaños feliz. Y no por la mesa llena de regalos, sino por las personas que me han rodeado, por los abrazos, por las miradas... por todo ese amor que, por fin, siento que merezco.