Chapter 38
—¿Quieres quedarte a dormir? —me pregunta Alejandra antes de abrir la puerta de su casa.
Finalmente solo hemos salido a cenar, ya que mañana Luca y Sof tienen planes y querían descansar, así que no hemos vuelto demasiado tarde.
Aun así, su pregunta me pilla por sorpresa, pues ya debería saber la respuesta.
Siempre que estoy con ella, el tiempo se me queda corto y necesito más. Siempre más.
—Pensaba que había dejado bastante claro que ese vestido te lo voy quitar yo —respondo mientras le doy un cachete juguetón en el culo.
En cuanto cruzamos la puerta, no me da tiempo a reaccionar antes de que se lance sobre mí para besarme como si lleváramos semanas sin hacerlo; su impaciencia me vuelve loco. Apenas hemos avanzado un par de pasos en dirección a su habitación y ya está peleándose con los botones de mi camisa.
—Llevo toda la noche con ganas de esto —murmura contra mis labios.
Su sinceridad me vuelve loco y mi cuerpo reacciona al instante; con ella siempre parece ser así, inmediato e inevitable.
Excitado, comienzo a bajar los tirantes de su vestido con lentitud, disfrutando de cada centímetro de piel que voy descubriendo; el tejido resbala por su cuerpo hasta que sus pechos quedan expuestos, y siento cómo el aire se me queda atrapado en los pulmones.
Estoy completamente duro, siento que podría perder el control solo con mirarla.
—No te imaginas lo que me gusta que no lleves sujetador —susurro, dejando que mi boca recorra su piel poco a poco.
El vestido termina en el suelo y vuelvo a subir hasta su boca, atrapando sus labios con más intensidad.
Ella termina de desabrochar mi camisa y la desliza por mis hombros, dejándola caer sin ningún cuidado.
Y mientras nos besamos, mis manos abarcan sus pechos, jugando con ellos y rozándole los pezones con el pulgar, apretando lo justo para arrancarle ese gemido que hace que su espalda se arquee.
—Te necesito ya, Mateo —exige casi sin voz, rota de deseo.
—¿Qué es lo que necesitas? —pregunto, bajando una de mis manos por su vientre hasta introducirla dentro de sus bragas.
Cuando rozo su clítoris, su respiración se convierte en un jadeo contra mi boca.
—A ti —me pide—. Te necesito a ti... Por favor.
Esa súplica me golpea de lleno. La acaricio con más intención e introduzco un dedo en su interior; está completamente húmeda y eso me arranca un gruñido bajo cuando abre más las piernas para mí.
Mientras tanto, sus manos recorren mi cuerpo con urgencia; tira de mi pantalón y de los calzoncillos al mismo tiempo, bajándolos sin paciencia.
—Joder... —murmuro cuando su mano rodea mi erección y empieza a moverla con decisión.
Saco el dedo de su interior y ella aprovecha para quitarse las bragas, separándose un segundo antes de agacharse frente a mí.
Verla así, de rodillas, hace que todo mi cuerpo se tense.
Desde esa nueva posición, vuelve a agarrarme la polla y pasa la lengua desde la base hasta la punta, despacio y provocativa, sin llegar a metérsela en la boca.
Mis suspiros llenan la habitación antes incluso de que cierre los labios alrededor de mí y empiece a moverse a un ritmo lento.
Contengo la respiración, bajo la mirada y apoyo una mano en su cabeza, guiándola con suavidad, intentando no correrme.
Joder... Como siga así, no voy a durar nada.
—Alejandra... —gruño con la voz quebrada—. Para. Necesito follarte ya.
Me mira mientras se la introduce una última vez antes de levantarse despacio.
La beso con urgencia y la guío hacia la cama; antes de tumbarnos, la giro y la dejo apoyada sobre sus rodillas.
Cojo un condón de la mesilla y me lo pongo casi sin pensar, demasiado centrado en lo que viene.
Me coloco detrás de su cuerpo desnudo y guío mi miembro hasta su abertura; cuando entro en ella, el aire se me escapa de golpe.
La sujeto por las caderas mientras empujo más profundo.
Así lo siento aún más. Más profundo. Más intenso.
Y eso, acompañando por sus gemidos y la forma en la que me aprieta, me empuja al límite.
—Así, Mateo... No pares... —jadea—. Más fuerte .
Hago caso a su petición y aumento la intensidad, sujetándola del pelo sin hacerle daño.
Bajo una mano hasta su clítoris y la estimulo mientras noto cómo su cuerpo empieza a tensarse.
Está a punto. Y yo también. Las embestidas se vuelven más profundas y más rápidas, haciendo que sus piernas tiemblen hasta que se deja ir, rompiéndose en un orgasmo que la recorre entera.
Un par de segundos después, me corro con ella.
Salgo despacio y tiro el condón en la papelera. Exhaustos, nos dejamos caer sobre la cama y nos abrazamos con calma, intentando recuperar el aliento. Apoya la cabeza en mi pecho y me rodea con el brazo.
—Eres increíble —murmura, ya medio dormida.
—Me gustas tanto, rubita... —susurro mientras acaricio su pelo.
Y así, entrelazados, nos quedamos dormidos.
Tengo la sensación de que, por una vez, todo está exactamente donde tiene que estar.
La semana transcurre sin apenas darme cuenta.
El regalo de Alejandra me llegó a los pocos días a casa y mi abuela no perdió la oportunidad de volver a decirme que quería que la llevase a cenar; congeniaron tan bien, que siempre está preguntándome por ella.
Por eso he elegido que venga hoy, un día antes de su cumpleaños, para que venga a cenar con nosotros.
No nos hemos visto demasiado, pues he estado tan liado organizando la sorpresa que quiero darle por de su cumpleaños, que he tenido que inventarme excusas cuando quería quedar conmigo .
La idea me la dieron sus amigas de Madrid: me hablaron de un libro muy especial para Alejandra, con la suerte de que está ambientado en un pueblo que queda cerca de aquí yendo en ferri.
Así que mi semana ha sido un caos organizado: hablar con José para conseguir que nos dé un fin de semana libre, cuadrar turnos, buscar un hotel bonito cerca de la playa y del mirador más famoso del pueblo, revisar horarios del ferri una y otra vez como si fueran a cambiar de repente...
Y todo con la sensación constante de estar haciendo algo importante.
Nunca se me había ocurrido visitar ese sitio, y eso que todo el mundo habla de él como uno de los pueblos más bonitos de Nápoles.
Supongo que hay lugares a los que no vas hasta que tienes un motivo de verdad.
Y ahora lo tengo. Solo espero que, cuando llegue el momento, cuando la mire y vea su reacción...
todo haya merecido la pena. Porque si hay algo que tengo claro, es que quiero verla sonreír, y si puedo ser yo quien provoque eso, aunque sea por un fin de semana, entonces todo esto ya habrá valido la pena.
Mientras espero a que llegue para cenar, permanezco en mi cuarto con el bloc apoyado sobre las piernas, dejándome llevar por el lápiz, terminando un dibujo que empecé el otro día.
Tenía una foto de Ana y yo cuando éramos pequeños, frente al faro, y me apetecía muchísimo dibujarla, sintiendo que, al hacerlo, vuelvo un poco a ese instante.
Últimamente apenas tengo tiempo para dibujar por gusto, ya que casi todo lo que hago es para el curso: personajes para videojuegos, escenarios, conceptos...
cosas que al principio pensé que no iban a encajar conmigo pero que, para mi sorpresa, cada vez me gustan más.
Aun así, esto es distinto. Esto es mío. Y estoy tan concentrado en los últimos detalles, que me sobresalto cuando llaman a la puerta.
—Pasa —respondo, alzando la mirada.
La puerta se abre y Alejandra entra con esa sonrisa que lo ilumina todo. Lleva una falda blanca y un top morado, y el pelo recogido en una trenza que le cae con gracia por el hombro. Está guapísima, como siempre.
—Hola, bombón —saluda mientras se acerca para darme un beso rápido, casi tímido—. ¿Qué estabas haciendo?
—Dibujar —respondo, y al instante soy consciente de algo nuevo: no cierro el bloc, no lo escondo, no hago lo de siempre.
Ella se queda mirándolo con curiosidad.
—¿Es algo del curso? —pregunta, señalándolo con la mano.
No sería la primera vez que le enseño alguno de los personajes o ambientaciones que me toca diseñar, pero esta vez es diferente.
—Qué va —niego y giro el bloc hacia ella—. Es algo personal... ¿Quieres verlo?
En cuanto lo digo, me doy cuenta de lo que significa. No suelo enseñar esto ni abrir esa parte de mí tan fácilmente, pero con ella... simplemente sucede.
Sus ojos se iluminan al instante.
—Claro —afirma.
Se acerca un poco más, colocándose a mi lado, y observa el dibujo junto a la foto original. Estamos en el faro, Ana subida a mis hombros con los brazos extendidos como si pudiera abrazar el mundo entero, y yo abajo, sujetándola con una sonrisa en la cara.
—Mateo... —murmura, y en su voz hay algo que me aprieta el pecho—. Es impresionante. Ha quedado precioso.
No puede apartar la mirada y su reacción hace que algo dentro de mí se relaje, como si hubiera acertado al enseñárselo.
Sin darme cuenta, empiezo a pasar páginas, enseñándole más dibujos.
Algunos de la playa, otros del curso, e incluso el que hice de ella aquel día, cuando no podía dejar de mirarla y terminé dibujándola casi sin pensar.
El tiempo se nos pasa sin darnos cuenta, hasta que la voz de la nonna nos llega desde el pasillo, avisando de que la cena está lista.
Salimos de la habitación y nos dirigimos al jardín, donde el nonno ha preparado la mesa exterior; el calor por fin ha dado un poco de tregua y la noche está perfecta, de esas que invitan a quedarse durante horas sin hacer nada más que disfrutar del ambiente.
La abuela no tarda en centrarse en Alejandra y le pregunta por el curso de edición.
En cuestión de minutos, ya están hablando de libros como si llevaran años haciéndolo; se recomiendan lecturas, comentan personajes, se emocionan...
e incluso empiezan a debatir sobre lo guapo que es el protagonista de un libro que han leído ambas.
Al otro lado de la mesa, el nonno resopla y niega con la cabeza. Yo no puedo evitar sonreír.
Mientras los miro a los tres, veo lo bien que encaja Alejandra en todo esto. No puedo dejar de pensar en lo fácil que parece todo cuando ella está cerca, y tampoco en lo jodidamente feliz que me hace verla formar parte de mi mundo como si siempre hubiera estado aquí.