Sin miedo a perder(te) Chapter 37
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Chapter 37

Estoy intentando terminar la corrección de un relato corto que me pidieron en el curso antes de que llegue Mateo a casa.

La tarde se me ha pasado volando con los niños, ya que hoy les propuse crear nuestro propio cuento y ha sido de las cosas más bonitas que hemos hecho juntos; en sus caras se reflejaba una ilusión tan pura que no podía dejar de sonreír.

He pensado en encuadernar todos los dibujos junto con las frases que hemos inventado y regalárselo cuando lo terminemos; creo que les va a hacer mucha ilusión... y a mí más.

Si soy sincera, mi parte favorita del curso está siendo corregir manuscritos.

Me encanta fijarme en cada detalle, no solo en las faltas que tengo que corregir, sino en cómo las autoras se sumergen tanto en sus historias que, a veces, pierden el hilo de la realidad.

Y a mí me pasa lo mismo leyéndolas: me meto tan dentro que necesito que todo encaje y que cada pequeño detalle tenga sentido.

Da la sensación de estar viviendo mil vidas distintas .

Eso sí, la parte de maquetar... Eso ya es otro mundo. No se me da mal, pero requiere paciencia y todavía tengo que cogerle el ritmo.

Cuando termino con la corrección, recojo los apuntes y decido ir a darme una ducha.

El agua templada cae lentamente por mi cuerpo, llevándose el calor pegajoso que está haciendo estos días en la isla, y por un momento consigo desconectar.

Pero mi mente, como siempre, va por libre, y acabo pensando en mi cumpleaños: apenas queda una semana, y aun así no siento nada especial.

Hace años que dejó de ser una fecha importante para mí y dejó de ilusionarme.

No sé exactamente cuándo pasó... Quizá fue cuando mi madre se marchó, o simplemente con el tiempo, al ver que nadie a mi alrededor le daba importancia, yo también dejé de hacerlo.

Eso sí... desde que conocí a las chicas, siempre han intentado que fuese distinto: decoraban el piso, soplaba las velas y hacíamos algo juntas, aunque fuera sencillo.

Y, al final, ese era el mejor regalo: sentirme acompañada.

Pero este año no están conmigo, y aunque sé que con Sofi, Mateo y el resto lo pasaré bien, las echo tanto de menos que me duele cada vez que lo pienso.

Trato de apartar esos pensamientos de mi cabeza e intentar poner el foco en secarme con la toalla.

Mi móvil suena con una videollamada entrante en el grupo de las chicas, y sonrío antes de responder.

—Pero bueno... —digo nada más descolgar, sin darles tiempo para saludar—. ¿A dónde vais tan guapas?

Vuelven a estar juntas en Madrid, pues reconozco el baño del piso al instante. Carla está alisándose el pelo mientras Pau se maquilla, concentrada, frente al espejo. Llevan vestidos muy parecidos y están espectaculares .

—Vamos a salir de fiesta —aclara la pelirroja, sonriéndome—. Y como te echamos tanto de menos y nos gustaría que estuvieras aquí, hemos pensado que, mientras tú te arreglas para la cena, nosotras nos arreglamos para salir. Las tres juntas como en los viejos tiempos.

No puedo evitar sonreír.

De verdad que no sé qué habría hecho sin ellas todos estos años.

—Me parece un plan perfecto —acepto, dejando el móvil apoyado en el lavabo mientras voy a la habitación a por el vestido que he dejado preparado.

Es amarillo pastel, largo y con escote, y he decidido combinarlo con unas sandalias de cuña. No sé exactamente adónde vamos a ir, pero hoy me apetece arreglarme un poco más. Cuando vuelvo al baño, retomo la conversación:

—Justo estaba pensando en vosotras... —confieso, y suelto un suspiro—. En que la semana que viene es mi cumpleaños y os voy a echar muchísimo de menos.

—No te preocupes, cariño —dice Carla con una sonrisa comprensiva—. De una forma u otra, estaremos contigo. Y, por cierto, ¡estás increíble con ese vestido!

—¿Y qué ven mis ojos? —añade Paula, acercándose a la pantalla—. Estás menos blanca que antes.

Nos reímos a la vez, porque es verdad: yo no me pongo morena, sino menos blanca. Y estando aquí, de alguna forma, he logrado coger algo de color.

—Oye, espera —interrumpe Carla de repente—. Tienes algo distinto... —Ahora es ella quien se acerca a la cámara, entrecerrando los párpados—. Tienes brillo en la cara... ¡Tú has follado!

—¡Hala, tía! —protesto entre risas—. Qué bruta eres...

—¡Es verdad! —grita Pau—. ¡Si hasta se te ve más feliz! Ya puedes contarnos todo con detalle.

Me muerdo el labio, notando cómo me sube el calor a las mejillas.

—A ver... —empiezo—. Anoche se quedó a dormir, pero...

—Pero no habéis dormido nada —me corta la pelirroja sin dudarlo.

No puedo evitar reírme antes de continuar:

—Solo os diré que fue increíble —confieso, bajando un poco la voz—. Mateo es increíble —recalco, asintiendo—. Fuera... y dentro de la cama.

Sigo notando cómo me arde la cara mientras ellas gritan y bromean. Continuamos hablando y maquillándonos juntas, como si nada hubiera cambiado y siguiéramos compartiendo piso. Por un momento lo siento exactamente así, y tengo la sensación de que están aquí conmigo.

Entonces, llaman a la puerta y los nervios crecen en mi vientre.

—Un momento, chicas —advierto, asomándome a la cámara—. Creo que ya ha llegado Mateo.

Salgo del baño y abro la puerta con una sonrisa que se ensancha aún más al verlo.

Viste unas bermudas blancas de lino y una camisa azul del mismo tono que sus ojos y, joder, está guapísimo.

De la misma forma, su mirada recorre mi cuerpo despacio, sin disimulo, y no puedo evitar sentir un escalofrío que me atraviesa de arriba abajo.

—Qué guapo estás —consigo decir con la boca ligeramente seca.

—Y tú eres una diosa con ese vestido, rubita —responde, acercándose a mí.

Cuando está a punto de besarme, sus labios rozan los míos y murmura:

—Estoy deseando que volvamos a casa esta noche para quitártelo.

El beso que sigue a sus palabras es intenso y profundo, de esos que te descolocan.

Y, en ese instante, todo lo demás deja de importar: la cena, el plan, la videollamada que sigue esperándome en el baño...

todo. Solo puedo pensar en lo mismo que él, en que lo deseo ahora .

En mi cama. Estoy segura de que en mi vida he tenido tanta necesidad como la que siento cuando lo tengo cerca.

Reprimo mis instintos más primarios y le pido que me acompañe hasta el baño, donde saluda a las chicas a través de la pantalla.

—¿Qué tal, Mateo? —lo saluda Carla.

Se ponen a hablar entre ellos mientras yo termino de maquillarme, y no presto demasiada atención hasta que escucho la frase de Paula:

—Oye, no te lo hemos dicho antes porque no hemos tenido oportunidad —advierte y, en cuanto la escucho, sé perfectamente por dónde va a salir.

Me tenso sin poder evitarlo y los observo en silencio.

—Más te vale que cuides a Ale si no quieres vértelas con nosotras —sentencia.

—Exacto —añade Carla, asintiendo—. Somos capaces de ir y cortarte los huevos como la hagas sufrir.

Mateo se ríe y yo las fulmino con la mirada.

—No os preocupéis por eso —responde entre risas—. Estoy bastante seguro de que Alejandra sería capaz de hacerlo ella solita.

—No lo dudamos —dice Carla, sonriendo—. Pero que sepas que tendría ayuda.

—Chicas, sigo aquí —protesto, intentando no reírme.

—Solo estamos avisando a tu novio —se defiende Paula, divertida, y muestra las manos en señal de inocencia.

Se me corta la respiración.

Novio.

Me quedo rígida, sin atreverme a mirar a Mateo, esperando no sé muy bien qué.

—Chicas... —empiezo a decir, incómoda.

Pero no termino de hablar, pues Mateo coge el móvil, se acerca a mí y me rodea con el brazo para pegarme a su cuerpo. Me da un beso en la mejilla sin apartar la mirada de la pantalla.

—Conmigo estará feliz siempre —asegura, y les guiña un ojo.

Y algo en mi pecho se desordena por completo.

No corrige la palabra, no se aparta de mí.

Yo solo sonrío con el corazón latiéndome demasiado fuerte.