Sin miedo a perder(te) Chapter 36
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Chapter 36

La poca luz que se cuela por las rendijas de la persiana consigue despertarme; a pesar de la penumbra, reconozco sin problema el dormitorio de Alejandra.

Dentro del caos de libros y ropa desperdigada por todas partes, hay una especie de orden extraño que, de algún modo, encaja con ella.

Intento estirarme un poco, notando los músculos entumecidos.

No creo que sea muy tarde, aunque la sensación es la de haber dormido durante incontables horas.

Anoche nos quedamos hasta tarde hablando, besándonos...

y haciendo todo lo que llevaba deseando hacerle desde que la vi, para qué mentir.

Nunca habría imaginado que detrás de esa carita inocente se escondiera una mujer tan...

insaciable. Y, sinceramente, no tengo ninguna queja: creo que nunca había disfrutado tanto del sexo como con ella.

Durante estas semanas, he insistido en ir despacio y en frenar cuando la cosa se calentaba demasiado entre nosotros, incluso a pesar de sus quejas.

No quería que pensara que mi única intención era follar con ella...

que también, pero no es solo eso. Me muero por hacerla reír, por escucharla hablar sin parar, por compartir mil planes con ella, aunque sean cosas tan simples como ver películas Disney.

Tumbado en la cama, aparto la mirada del techo y la observo a ella. Su cabeza descansa muy cerca de la mía, nuestras piernas siguen entrelazadas y ambos estamos desnudos bajo las sábanas, que apenas cubren su pecho.

Joder... Acabo de despertarme y ya tengo ganas de perderme en ella otra vez.

Intento levantarme con cuidado para no despertarla, pero gruñe entre sueños y se da la vuelta. No puedo evitar sonreír, pues dicen que el gruñón soy yo... pero eso es porque no la han visto a ella recién despierta.

Me pongo la ropa interior y salgo de la habitación, cerrando la puerta con cuidado para no hacer ruido. Miro la hora en el móvil y veo un mensaje de Sofi.

Un nudo de preocupación me aprieta el pecho. Sin pensarlo, en lugar de contestar, la llamo directamente:

—¿Qué ha pasado? —pregunto cuando descuelga, sin poder ocultar la tensión.

—Tranquilo, Mat —responde—. He puesto lo de urgente para que me llamaras y no me ignorases.

—Eres idiota —la regaño, aún con el susto en el cuerpo.

Se ríe y me pide perdón entre carcajadas; bajo un poco la voz antes de volver a preguntarle qué quiere.

—¿Por qué hablas tan flojito? —inquiere, divertida.

—Estoy en casa de Alejandra... —explico, paseando por el salón—. Y sigue dormida.

Suelta un suspirito exagerado.

—Qué bonito es el amor... —bromea—. Pues para eso te he llamado, para preguntarte qué tienes pensado para el cumpleaños de Ale.

¿Cumpleaños? ¿Cuándo?

Frunzo el ceño, ya que no tenía ni idea de que su cumpleaños estuviera cerca.

—Eh... —titubeo—. ¿Cuándo es? No me ha dicho nada.

—A mí tampoco —admite—. Me han hablado sus amigas de España porque quieren venir a darle una sorpresa. Es el domingo que viene.

—Hostia... Pero si no queda nada —murmuro, pensativo.

—Ya... —Carraspea antes de continuar—: He pensado en hablar con Mariana y José para organizar algo en el restaurante. ¿Qué te parece?

—Está bien —contesto, distraído, mientras mi cabeza ya empieza a darle vueltas a qué podría regalarle—. Si quieres, hablo yo con ellos y tú te encargas de lo de sus amigas.

—Perfecto —confirma.

Hablamos unos minutos más y quedamos para vernos esta noche con los demás antes de colgar. Vuelvo a asomarme a la habitación, donde Alejandra sigue dormida, ajena a todo. Me quedo un momento apoyado en el marco de la puerta, observándola en silencio, y una idea empieza a tomar forma en mi cabeza.

Recuerdo que estos días me ha estado hablando mucho de un libro llamado La chica que amaba con el corazón roto , publicado por una nueva autora.

Sin pensarlo demasiado, cojo el móvil, busco el usuario en Instagram y me decido a escribirle.

Será una parte del regalo, aunque quiero preparar algo especial.

Estoy preparando el desayuno cuando escucho cómo se abre la puerta de la habitación.

Al girarme, la veo salir medio dormida, tan solo vestida con mi camiseta, que le llega hasta la mitad de los muslos y, joder, le queda mejor de lo que pensaba.

Lleva el pelo completamente revuelto y, mientras me regala una sonrisa todavía adormilada, se estira despacio antes de recogérselo en un moño improvisado.

La camiseta se le sube y mi cuerpo reacciona al instante.

—Buenos días —murmura con la voz ronca, todavía a medio camino entre el sueño y la realidad.

—Buenos días, rubita —respondo, intentando concentrarme en las tostadas de aguacate que estoy preparando—. ¿Has dormido bien?

—Sí, muy bien. —Asiente, adormilada—. ¿Y tú?

Asiento, pero no llego a contestar. Se acerca a mí despacio y, poniéndose de puntillas, me da un beso suave en los labios que hace que deje lo que estoy haciendo y la rodee con los brazos, atrayéndola hacia mí para profundizar un poco más el beso.

Esto sí que es un «buenos días» como Dios manda .

Nos separamos y compartimos una sonrisa tonta. Entre roces, terminamos de preparar el desayuno y nos dirigimos a la mesa de comedor; cuando por fin nos sentamos uno frente al otro, intento encontrar la forma de sacar el tema de su cumpleaños sin levantar sospechas.

—¿Qué tienes pensado hacer hoy? —pregunto como quien no quiere la cosa.

—Tengo que cuidar a los niños un par de horas esta tarde —responde mientras juega de forma distraída con la taza—. Sof me ha escrito para salir a cenar y creo que iba a avisarte.

—Sí, también me ha hablado esta mañana —digo, intentando sonar natural, aunque sé que estoy mintiendo un poco—. Hoy acabo a las ocho en el bar, pero si me esperáis, me apunto.

—Claro. —Sonríe con amplitud—. Podemos quedar a las nueve, y si no quieres que se te haga tarde, puedes venir cuando salgas y ducharte aquí.

—Tú lo que quieres es que me duche contigo... —bromeo, entrelazando mis dedos con los suyos por encima de la mesa.

—No estaría mal —responde, divertida—. Sería una buena motivación.

No puedo evitar reírme, ya que me encanta cuando se suelta así y deja ver esa parte más ligera de sí misma, más suya.

Desayunamos juntos entre conversaciones triviales, pero no puedo evitar darle vueltas a lo mismo y, cuando vamos a la cocina para recoger, no aguanto más y tengo que preguntarle por su cumpleaños.

—Oye... —la llamo, apoyándome en la encimera—. He visto en Instagram que la semana que viene es tu cumpleaños.

Se gira hacia mí y frunce ligeramente el ceño; por un segundo, temo que no se crea la excusa de haberlo visto en sus redes sociales.

—Sí —responde tras un pequeño silencio—, pero no es una fecha muy especial, por eso no he dicho nada.

Algo cambia en su mirada, que se apaga un poco, y no me gusta nada. Me acerco sin pensarlo y vuelvo a rodearla con los brazos para acercarla a mí.

—Para mí sí lo es —digo con suavidad—. Todo lo que tenga que ver contigo, Alejandra, es especial.

Sus ojos vuelven a los míos y, aunque intenta mantener la compostura, sé que le ha gustado mi respuesta. Sonríe de forma tímida y adorable.

—Gracias —murmura.

—¿Qué te apetece hacer ese día? —inquiero con cautela.

—No sé... Ya veremos —responde sin más, esquivando un poco el tema.

Está incómoda y lo noto al instante, así que no insisto más; cambio de tema de conversación y, poco a poco, vuelve a relajarse.

Al rato, después de ayudarla a ordenar un poco su habitación —o al menos intentarlo— y vestirme, vuelvo a acercarme a ella para despedirme.

La beso una última vez antes de marcharme, notando esa sensación rara en el pecho que me hace saber que no quiero separarme de ella aún.

Pero, al irme, lo hago con una idea cada vez más clara: este cumpleaños va a ser especial.