Chapter 35
La mayor parte de mi vida he sentido que no encajo en ningún sitio, como si siempre hubiese algo en mí que estuviera mal, descolocado o fuera de lugar; una sensación constante de no ser suficiente, de no terminar de encajar con nada ni con nadie.
Y cuando creces escuchando, de una forma u otra, que por mucho que te esfuerces nunca vas a llegar, es demasiado fácil acabar creyendo que el problema eres tú.
Desde que mi madre se fue, esa idea se hizo aún más fuerte, pues viví intentando llenar un vacío que no me correspondía intentando ser suficiente para mi padre, queriendo hacerlo feliz, aunque eso significara dejar de lado mi propia felicidad; me adapté, me moldeé y me apagué poco a poco sin darme cuenta.
Cuando creí que había encontrado algo distinto, volví a cometer el mismo error con Lara y con Pablo; pensé que serían mi refugio, mi luz cuando todo se torcía...
pero acabaron convirtiéndose en todo lo contrario. En un lugar donde volver a perderme .
Y ahora... ahora no sé muy bien si sigo perdida o si, por primera vez, empiezo a encontrarme.
No sé si tengo todas las respuestas, ni siquiera estoy segura de saber exactamente quién soy, pero hay algo que sí tengo claro: esta versión de mí...
me gusta. Me gusta la mujer en la que me estoy convirtiendo, haber sido lo suficientemente valiente como para no volver a la carrera de Economía y elegir algo que realmente siento mío, como este curso que cada día me llena un poco más.
Me gusta haber encontrado personas que se sienten hogar, que no me juzgan y que me sostienen sin pedirme que deje de ser quien soy.
Me gusta volver a reír, a sentir, a abrirme poco a poco sin miedo constante; y me gusta... querer.
Quizá es pronto y después de todo lo que he pasado debería ir con más cuidado, protegerme más y pensar dos veces antes de actuar...
Pero hay cosas que no se pueden controlar, y Mateo es una de ellas.
Porque es difícil no quererle cuando, sin darme cuenta, se ha ido colando en cada rincón de mi vida.
Cuando me hace sentir vista, entendida...
suficiente. Cuando, sin proponérselo, se ha convertido en una luz que no necesita apagarme a mí para brillar con más fuerza, sino que me ilumina y potencia mi propio brillo.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no siento que tenga que luchar por encajar.
Solo... estar, ser y sentir.
En estas semanas, mi vida ha ido encontrando una rutina que, sorprendentemente, me hace sentir bien. No es perfecta, tampoco caótica, simplemente es algo intermedio que me aporta calma, estabilidad, y una sensación nueva de estar donde quiero estar .
Por las mañanas, cuando no tengo que ir a ayudar al restaurante, me quedo en casa adelantando las clases del curso.
Me organizo, repaso temario, hago los ejercicios...
y cada pequeño avance me llena más de lo que esperaba.
Muy pronto vamos a corregir nuestro primer manuscrito y solo de pensarlo se me acelera el corazón; me muero de ilusión, ya que nunca pensé que algo así pudiera motivarme tanto.
Las tardes tienen otro ritmo más ligero y cálido: me quedo con los peques, jugamos, vemos películas, nos inventamos historias absurdas... y cuando el calor aprieta demasiado, acabamos en la playa. Esos momentos tan simples y cotidianos tienen algo especial; me hacen sentir en paz.
Luego está la noche: la hora de cenar se ha convertido en mi momento favorito del día, porque es cuando suelo ver a Mateo.
No todos los días... aunque lo intentamos.
Hoy es viernes y viene a cenar, pues hemos quedado para ver un par de capítulos de la serie a la que nos hemos enganchado, gracias —cómo no— a Carla, que no ha parado de insistir hasta que la hemos comenzado a ver.
Y sí, es de true crime , nada raro viniendo de ella.
Cierro el portátil cuando escucho el timbre y no puedo evitar que la sonrisa se me ensanche antes incluso de abrir la puerta solo con saber que es él.
Han pasado ya varias semanas desde aquella conversación y desde que empezamos esto que tenemos, que sigue sin tener un nombre claro, pero que se siente cada vez más real.
No lo hemos definido, pero tampoco hace falta: todo nuestro entorno ha visto cómo se comporta conmigo, lo atento y lo cercano que es sin necesidad de esconderse y sin importar quién mire.
Abro la puerta y ahí está, tan guapo como siempre .
—Rubita, estás preciosa —dice nada más verme, inclinándose para dejar un beso corto en mis labios.
Noto cómo se me calientan las mejillas al instante. Llevo un vestido nuevo que me compré hace unos días en una de esas tardes de helado que suelo improvisar con Sof, y por un segundo me alegro aún más de haberlo elegido.
—Quería impresionarte hoy —respondo, medio en broma, medio en serio.
—Siempre lo haces —contesta sin dudar, rodeándome la cintura con un brazo y acercándome más a él para besarme de nuevo, esta vez con más calma—. He traído la cena.
—Mmm... dime que es pasta de la que hace Mariana —suplico, notando cómo se me hace la boca agua solo de pensarlo.
Asiente, divertido, y nos dirigimos juntos en la cocina; mientras sacamos todo y lo vamos preparando, la conversación fluye sola, como siempre. Nos contamos cómo ha ido el día, lo que ya forma parte de nuestra pequeña rutina.
Cuando ya hemos calentado la comida y puesto la mesa, nos llevamos la cena al salón y nos acomodamos en el sofá.
Le doy al play y empieza el capítulo, pero sé que, como de costumbre, no voy a estar prestando demasiada atención.
Hoy quiero dar un paso más, lo tengo claro.
El problema es que no sé cómo hacerlo, ya que en estos días Mateo no ha dejado de insistir en ir despacio...
y a mí tanta calma empieza a desesperarme.
Terminamos de cenar comentando el capítulo, aunque a ratos ni siquiera tengo muy claro de qué estamos hablando. En una pausa, me levanto a llevar las cosas a la cocina con la intención de limpiarlo mañana; no tengo la cabeza para eso en estos momentos. Desde la cocina, escucho su voz:
—¿Te apetece ver otro capítulo? —propone desde el sofá, sin mirarme.
Lo que me apetece es besarte.
—Sí, vale —respondo, intentando sonar normal mientras vuelvo a su lado.
En cuanto me siento, su brazo rodea mis hombros y me acerca un poco más a él. Empieza el siguiente capítulo, pero es imposible concentrarme, pues sus dedos trazan pequeños círculos sobre mi piel, lentos y distraídos, y ese simple roce hace que mi respiración se acelere.
Ya está, no voy a pensarlo más.
Antes de que pueda echarme atrás, me giro y me siento a horcajadas sobre él; sus ojos se abren, sorprendidos, clavándose en los míos.
—Hola —digo, sonriendo, intentando disimular lo nerviosa que estoy.
—Hola, rubita —responde algo extrañado, pero colocando las manos en mis muslos como si ese gesto fuera lo más natural del mundo—. ¿Necesitas algo?
Mi sonrisa se amplía y noto cómo su mirada baja un segundo hasta mis labios antes de volver a mis ojos.
—A ti.
—A mí ya me tienes —replica en voz más baja, algo más serio, y sin apartar la mirada de mi rostro.
Me inclino despacio, juguetona y rozo apenas sus labios con los míos, sin llegar a besarlo del todo; lo suficiente para provocarlo y para que su respiración cambie.
No tarda en reaccionar: su mano sube hasta mi nuca y, con un gesto firme, elimina la poca distancia que quedaba entre nosotros.
El beso se vuelve intenso en cuestión de segundos, urgente, ya que llevamos demasiado tiempo conteniéndonos.
Mi cuerpo reacciona al instante y un gemido se me escapa sin poder evitarlo. Y entonces, en un movimiento rápido, me gira y me deja debajo de él sin dejar de besarme.
—Alejandra... —me advierte mientras reparte besos por mi cuello, cada uno más lento que el anterior, más peligroso.
—Mateo, no quiero ir despacio, por favor —suplico, apartándome lo justo para mirarlo a la cara.
El ambiente entre nosotros se ha cargado tanto que casi puede tocarse.
Su cuerpo aplastando el mío contra el sofá, su respiración, la forma en la que me busca...
puedo notar perfectamente las ganas que tiene de que esto pase.
Suelta un suspiro breve antes de volver a besarme y esta vez es distinto: más húmedo, más intenso, más urgente.
Me deja temblando por dentro.
El vestido se me ha subido sin darme cuenta y, sin poder contenerme, guío su mano hacia la parte baja de mi vientre, donde toda esa tensión se acumula.
Sus dedos rozan la cinturilla de mis bragas y las desliza un poco hacia abajo; como respuesta, alzo las caderas instintivamente, necesitándolo más cerca .
El jadeo se me escapa en cuanto encuentra el punto exacto y empieza a tocarme con calma; la humedad le facilita el movimiento cuando introduce un dedo dentro de mí y mi espalda se arquea mientras un gemido se me escapa de la garganta.
—Vamos a la cama —pide con la voz ronca.
No respondo. No hace falta. Nos levantamos casi a la vez, torpes y sin separarnos del todo, y en cuanto cruzamos la puerta de mi habitación, se abalanza sobre mí para volver a besarme.
Sus manos buscan el nudo de mi vestido, lo deshace con una lentitud que me desespera y hace que la tela caiga hasta llegar a mis pies, dejándome completamente expuesta ante su mirada oscurecida.
Se aparta lo justo para observarme mientras se quita la camiseta, y me recorre con los ojos de arriba a abajo.
—Joder, rubita... eres preciosa —murmura—. Mi imaginación no te hacía justicia.
Cuando su pecho vuelve a rozar el mío, el jadeo que se me escapa llena la habitación. La impaciencia me puede y llevo las manos al botón de su pantalón, pero me tiemblan tanto que apenas consigo desabrochárselo.
—Quítate eso. Ya —exijo con la voz ronca por el deseo.
—Pero bueno... qué mandona te has vuelto de repente.
Se deshace del pantalón con rapidez y lo aparta de una patada antes de volver a centrarse en mí.
Sus manos se dirigen a mis bragas y las desliza hacia abajo con una lentitud casi cruel; acaba arrodillándose frente a mí y esa imagen me sacude por dentro más de lo que esperaba.
Antes de besar la cara interna de mi muslo, alza la vista, pidiéndome permiso sin palabras, y asiento sin dudar .
No tengo tiempo de pensar en nada más, pues en cuanto siento su aliento entre mis piernas, todo se descontrola.
El gemido se me queda atascado cuando me cubre con sus labios y empieza a lamerme sin descanso.
Mis piernas tiemblan, mi cuerpo entero responde ante su contacto, y ese revoltijo de emociones dentro de mí crece sin parar.
—Mateo... por favor... me voy a correr... —jadeo sin aire.
Eso solo parece animarlo más, ya que, sin dejar de mover la lengua, introduce un dedo dentro de mí y, en cuestión de segundos, todo explota. Me aferro a sus hombros mientras el placer me atraviesa como un rayo, tan intenso que tiene que sujetarme para que no me caiga.
Cuando mis sacudidas cesan levemente, se levanta con esa sonrisa canalla que ya reconozco y los ojos encendidos, y se deshace de su ropa interior.
Me fijo en él ahora que estoy algo más consciente, poniendo atención a cada detalle, y la sola imagen vuelve a encenderme.
Se acerca y me besa despacio, dejándome probar el recuerdo de lo que acaba de hacerme.
—Dime que tienes condones, por favor... —murmura contra mis labios.
—Por supuesto —respondo, sonriendo—. Los compré hace unos días. Están en el cajón de la mesita de noche.
—Con que ya tenías pensado llevarme a la cama, eh... —bromea, divertido—. Pervertida.
Se separa lo justo para cogerlos, y lo observo mientras lo abre y se lo pone, incapaz de apartar la mirada. Se me hace la boca agua anticipando lo que viene.
—¿Te gusta lo que ves? —pregunta, alzando una ceja.
—No te imaginas cuánto —respondo en un susurro y me muerdo el labio de forma sugerente.
Sin pensarlo demasiado, lo empujo para tumbarlo en la cama y me coloco a horcajadas sobre él. Nos observamos el uno al otro en silencio.
—¿Quieres mandar tú? —propone mientras sus manos recorren mis muslos de arriba a abajo.
—¿Me dejarías hacerlo? —inquiero, dudando por un segundo.
—Alejandra... puedes hacer conmigo lo que quieras —responde, asintiendo—. Soy tuyo.
La inseguridad desaparece de golpe y empiezo a rozarme contra él mientras me inclino para besarlo; aprovecha para llevar su boca a mi pecho y, cuando me muerde suavemente un pezón, el gemido se me escapa sin control.
Me elevo lo justo y guío su erección hacia mi entrada; cuando empieza a hundirse en mí, ambos soltamos el aire a la vez.
La sensación me desborda y me deja la mente en blanco.
Empiezo a moverme poco a poco, subiendo y bajando sobre él, encontrando el compás mientras nuestros gemidos se mezclan. Cada vez más rápido. Más intenso. Y puedo notar que estoy al límite. Y que él también lo está.
Su mano baja hasta donde más lo necesito y, en cuanto me toca, todo se precipita.
Me aferro a él, temblando y dejándome ir mientras grito su nombre sin poder evitarlo.
Con un movimiento rápido, me da la vuelta y toma el control, aumentando el ritmo de las embestidas y haciéndolas más profundas, más firmes.
—Me vuelves loco, Alejandra... —gime en mi oído .
Se inclina y su mano rodea mi cuello, apretando lo justo, mientras su boca busca la mía con urgencia. Unas pocas embestidas más y él también se deja ir dentro de mí, susurrando mi nombre. Caemos exhaustos en la cama, su frente contra la mía, mientras intentamos recuperar el aliento.
—Ha sido... —empiezo, aún sin voz—. Ha sido una pasada.
—Sí, rubita... La mejor noche de mi vida —confiesa.
No puedo evitar sonreír y esconder el rostro en su cuello, porque para mí también ha sido muy especial.