Sin miedo a perder(te) Chapter 34
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Chapter 34

En cuanto siento el roce de sus labios, algo dentro de mí se calma y, al mismo tiempo, se desata; Es como si llevara demasiado tiempo conteniendo la respiración y, por fin, pudiera soltar el aire.

Besar a Alejandra es exactamente eso: salir a la superficie después de haber estado a punto de ahogarte en el agua. Con ella respiro de una forma nueva.

Nuestras lenguas se encuentran sin prisa, pero con una intensidad que va creciendo por segundos.

Mi mano se aferra con más fuerza a su cintura, casi de forma instintiva, y la acerco a mí hasta que no queda espacio entre nuestros cuerpos; la noto temblar levemente y ese pequeño detalle me estremece.

Sus manos suben despacio por mi pecho, se detienen un segundo, y luego se enredan en mi nuca para tirar suavemente de mi pelo.

Inevitablemente, se me escapa un gemido bajo que se pierde en su boca.

La tensión entre nosotros sube rápido.

Demasiado .

Y sé que, si no paro ahora, vamos a cruzar una línea que no quiero cruzar así. No de esta manera, al menos. No me gustaría que creyese que he venido solo a eso, aunque mi cuerpo esté pidiéndome que continúe.

Me separo lo justo, con esfuerzo, y no puedo evitar sonreír cuando escucho su pequeña queja, un sonido suave que me dan ganas de callar volviendo a besarla.

—No seas impaciente, rubita... Vamos a calmarnos un poco —murmuro, rozando su nariz con la mía, todavía demasiado cerca como para pensar con claridad.

—Está bien —responde y sonríe, aunque su respiración sigue algo acelerada—. ¿Te apetece quedarte a cenar y ver una peli?

—Claro. —Asiento, obligándome a dar un paso atrás—. Date esa ducha que tanto querías, y yo preparo algo mientras tanto.

Se ríe y ese sonido me atraviesa de una forma peligrosa, haciendo que la sonrisa se me escape sola sin poder remediarlo. Antes de que pueda alejarse, la atraigo de nuevo hacia mí, incapaz de soltarla del todo por esa necesidad constante de tenerla cerca.

—Entonces, dices que te gusto, ¿no? —pregunto, alzando una ceja para picarla un poco—. ¿Y se puede saber desde cuándo? Que calladito te lo tenías...

—No te hagas el tonto, señorito, que ya lo sabías—responde sin dudar—. Si no puedo dejar de mirarte...

Su respuesta me golpea directamente en el pecho.

—¿Y qué es lo que miras exactamente? —pregunto sin soltarla.

Noto cómo sus dedos vuelven a rozarme el cuello y los hombros; tocarnos constantemente acaba de volverse una necesidad para mí .

—Pues... —empieza, y su voz baja un poco mientras su mano sube hasta mi pelo—.

Primero tus ojos: son del color del mar y siempre me han dado paz.

Después... la nariz tan perfecta que tienes.

—Me da un pequeño toquecito con su dedo, arrancándome una sonrisa—.

Y por último tus labios; no sonríes muy a menudo, pero deberías hacerlo más.

Cuando consigo hacerte sonreír... siento que soy especial.

Algo se me aprieta dentro.

—Porque lo eres, rubita —le digo, más serio, mientras noto cómo roza mis labios con los dedos.

—Tú también, Mateo... —añade en voz más baja—. Aún no me creo que quieras esto.

—Claro que quiero esto —respondo sin dudar, buscando sus ojos para que no le quede ninguna duda—. Pero solo si es contigo. Tú y yo. Nadie más.

Veo ese brillo travieso aparecer en su mirada.

—No creí que fueras de los que quieren exclusividad, fíjate...

—Pues vete acostumbrando, rubita... —Me inclino un poco más hacia ella—. ¿O acaso tú quieres compartirme?

—Ni hablar —responde tajante, sin pensarlo—. Eres mío.

No puedo evitar soltar una carcajada, sorprendido y encantado a la vez. Sus ojos brillan y hay algo en su forma de mirarme que me engancha aún más.

—Qué territorial —la pincho.

Pone los ojos en blanco como respuesta, pero antes de apartarse me roba un beso breve y rápido... de esos que prometen que esto no se ha terminado .

Entonces sí, se aleja hacia el baño.

Y yo me quedo ahí, todavía sintiendo sus labios, sabiendo que ya no hay forma de parar esto.

Hemos dispuesto todo en la mesita del salón, incluida la fuente con fajitas de pollo y queso; el olor de la cena lo inunda todo.

Casi tengo la sensación de hogar, mirando a Alejandra de pie frente a la tele, concentrada mientras busca la famosa película que teníamos pendiente de ver.

Si Luca me viese ahora mismo viendo Enredados , se estaría riendo de mí hasta el fin de los tiempos.

—Espero que esté entretenida —advierto, dejándome caer en el sofá—. Si no, no te enfades si me duermo.

—Si quieres quedarte a dormir, solo tienes que pedírmelo, no busques excusas —responde sin girarse siquiera, y me da un codazo juguetón al sentarse a mi lado.

Resoplo, divertido y niego con la cabeza. No quiero que esto acabe; este pique constante que tenemos, esta facilidad para estar así... me engancha y hace que me guste aún más, si es que eso es posible.

—Estate muy atento —dice, girándose por fin y señalándome con el mando antes de darle al play —. Vas a descubrir a quién has copiado el mote de «rubita».

Sonrío, acomodándome mejor mientras que empieza la película.

Cenamos entre comentarios sueltos, bromas y pequeños roces que parecen casuales, pero que ninguno de los dos evita.

Y a medida que avanza la historia, no puedo evitar fijarme en Rapunzel y compararla con ella: encerrada entre libros, en su mundo, hasta que sale al mundo exterior y descubre lo que hay fuera.

No sé en qué momento dejo de prestar atención a la película y empiezo a mirarla a ella más que a la pantalla.

Alejandra está completamente metida en la historia, comentando cada escena, riéndose y soltando pequeños suspiros de emoción sin darse cuenta.

Está relajada de verdad. Y verla así... me llena por completo.

Se ríe de algún comentario mío y ese sonido se me queda grabado a fuego.

Hay algo en este momento, en lo simple que es todo, que me golpea más fuerte que cualquier otra cosa.

Podría acostumbrarme a esto: a cenar así, verla reír, escucharla hablar sin parar, a estos silencios cómodos que no pesan...

A ella. Porque, aunque le dije que yo podía ser su faro...

la realidad es otra muy distinta, ya que es ella la que me está alumbrando a mí sin darse cuenta gracias a ese brillo constante que tiene en la mirada.

Terminamos de ver la película abrazados, como si en algún momento y de forma inconsciente hubiéramos encajado el uno con el otro.

Ella tiene la cabeza apoyada en mi pecho, escuchando mi corazón, y yo la rodeo por la cintura mientras dibujo círculos lentos con los dedos en el trozo de piel que queda expuesto entre su pantalón corto y el top del pijama.

Su piel está cálida, suave... y cada vez que la rozo noto cómo reacciona ligeramente bajo mi mano.

—¿Estás seguro de que no quieres quedarte a dormir? —pregunta otra vez, levantando la cabeza lo justo para mirarme.

Sus ojos buscan algo en los míos; algo que me hace dudar más de lo que debería .

—Sí, rubita... —respondo en voz baja, aunque no suene tan convencido como me gustaría—. Mañana nos toca trabajar... y siento que, si me quedo, vamos a dormir más bien poco.

Le guiño un ojo, intentando aligerar el momento, y veo cómo se muerde el labio; ese gesto me golpea directo en la entrepierna y tengo que cerrar los ojos antes de hablar:

—Te aseguro que habrá tiempo para todo.

—Me gusta cómo suena eso —dice, incorporándose para empezar a recoger la mesa.

La observo con atención, siguiendo cada uno de sus movimientos.

—Y a mí me gustas tú —afirmo con seriedad.

Las palabras se me escapan antes de poder filtrarlas, pero no quiero retirarlas.

Alejandra se detiene un segundo, como si no esperase oír eso, y vuelve a acercarse a mí con esa media sonrisa que me derrite.

Se inclina y me roba un beso breve, suave, pero cargado de algo más; después se gira y se lleva las bandejas a la cocina.

La sigo para recoger la cocina con ella, aunque en realidad estoy más pendiente de no separarme de ella que de otra cosa.

Cuando ya está todo limpio, nos quedamos frente a frente justo al lado de la puerta.

—Mañana te veo... —empiezo, pero me quedo un segundo pensando y la miro con inseguridad—. ¿Puedo besarte cuando me apetezca... o no quieres que nadie se entere de esto?

Alejandra baja la vista un instante y en ese pequeño gesto descubro esa vulnerabilidad en ella.

—No quiero ser un secreto —responde en voz baja, casi tímida.

Algo en mi pecho se aprieta.

No lo dudo: la agarro de la cintura y la acerco a mí sin suavizar el gesto, necesitando que lo sienta de forma clara.

—Y no lo serás, Alejandra —aseguro, mirándola fijamente—. A mí me da igual que la gente nos vea.

Su expresión cambia, se suaviza, y esa sonrisa vuelve a aparecer.

Se acerca de nuevo y esta vez el beso no es apresurado, sino que nos encontramos con más intención y seguridad.

Nuestras lenguas se enredan y en ese instante lo único que tengo claro es que esto...

no hay forma de esconderlo. Porque hay cosas que no se pueden disimular.

Y lo que me provoca Alejandra, es una de ellas.