Sin miedo a perder(te) Chapter 33
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Chapter 33

Cierro la puerta al pasar y suelto una bocanada de aire, agotada.

Enciendo las luces y empiezo a sacar todo lo de la mochila de forma automática, como si mi cuerpo funcionara por inercia mientras mi cabeza está en otra parte.

No deja de castigarme, recreando el beso con Mateo una y otra vez, repitiéndolo en bucle y deteniéndose en cada detalle, en cada sensación.

He dado muchos besos en mi vida —aunque todos hayan sido a Pablo—, pero nunca con tanta intensidad ni con esa sensación de perder el control, de olvidarme hasta de cómo se respira con normalidad.

No estoy enamorada, o eso quiero pensar, pero lo que siento es una atracción difícil de explicar y aún más complicada de frenar; hay algo que me empuja hacia él, aunque intente convencerme de lo contrario.

Apenas he podido mirarlo a la cara después de su rechazo, porque me he sentido ridícula y expuesta, culpable por haber dejado ver demasiado de mí sin recibir lo mismo a cambio.

Y no es porque él tenga la culpa, aunque no llegue a entenderlo del todo, ya que he visto el miedo en su mirada y lo que le asusta todo esto.

La culpa es de mi mente y supongo que mía también.

Llevo tanto tiempo sintiéndome insuficiente para todo el mundo, incluso para mí misma, que al final termino asumiendo cualquier señal como una confirmación de lo que ya creo: que no soy suficiente, que no merece la pena arriesgarse por mí, y que es normal que Mateo no quiera hacerlo.

El sonido de mi teléfono me sobresalta y me saca de golpe de mis pensamientos.

Al desbloquearlo, veo varios mensajes de las chicas preguntándome cómo ha ido el día.

Me quedo unos segundos mirando la pantalla, dudando, hasta que finalmente decido iniciar una videollamada; en cuanto descuelgan, comienzan a hablar todas a la vez, pisándose unas a otras, y sin querer se me escapa una sonrisa. Siempre son así.

—Ale, ya puedes ir soltando todo —advierte Sofi mientras las otras dos asienten y la animan—. Nos tienes en ascuas desde hace horas.

Dudo un segundo, pero al final me encojo de hombros, restándole importancia.

—No ha pasado nada interesante... —respondo, intentando sonar lo más neutral posible—. Tan solo nos hemos besado y después ha dicho que no podía volver a pasar, que no quería complicar las cosas. —Me encojo de hombros—. Así que ya está, no hay más.

El silencio cae de golpe al otro lado de la pantalla. Se miran entre ellas intercambiando gestos que no alcanzo a descifrar, lo cual me incomoda bastante .

Me apresuro a llenar ese vacío antes de que digan nada:

—El faro es precioso, las vistas son una pasada y el atardecer es increíble —añado, forzando un tono más animado—. Ojalá algún día podamos ir juntas.

—Ale —me corta Sof suavemente.

Levanto la mirada y las tres me están observando en silencio, demasiado atentas.

—¿Qué tal si nos cuentas cómo te sientes? Pero de verdad —me pide Carla.

Sé que no lo dice con mala intención, pero algo en su tono me pincha donde más duele, y reacciono a la defensiva casi sin pensarlo:

—No tengo nada que contar, porque no me siento de ninguna forma —suelto, más seca de lo que pretendía—. Es lo que hay y cuanto antes lo acepte, mejor. Tampoco necesito que me digáis lo maravillosa que soy.

En cuanto termino de hablar, veo la mueca en la cara de Carla y el arrepentimiento me golpea al instante.

—Ale... —me llama Pau con calma—. Solo queremos escucharte y que nos expliques con más detalle todo lo que ha pasado.

Suelto un suspiro, dejando caer un poco los hombros, y acabo cediendo. Empiezo a contarles el día entero, esta vez sin saltarme nada: el paseo, el faro, el momento exacto en el que todo se volvió demasiado intenso... El beso y todo lo que sentí.

Cuando termino, se hace un pequeño silencio.

—Sabes que tú no tienes nada que ver con su decisión, ¿verdad? —pregunta Sof con suavidad.

Bajo la mirada y me encojo de hombros.

—Supongo que sí.. .

—Sabemos que piensas que no eres suficiente —añade la pelirroja, midiendo sus palabras—. Pero lo eres, y créeme que, para nosotras, eres mucho más. Y estoy segura de que para él también... solo que tendrá miedo.

No es la primera vez que me lo dicen, pero escucharlo ahora hace que algo dentro de mí se relaje un poco, haciendo que el ruido constante de mi cabeza baje el volumen aunque sea solo un instante.

—¿Y quién dice que yo no lo tenga? —murmuro.

—No todas las personas afrontamos el miedo de la misma forma, ya lo sabes —interviene Carla en voz baja.

Levanto la vista hacia ella; hace tiempo que no hablamos tanto como antes y, aun así, sigue sabiendo exactamente qué decir.

—Lo sé... —admito—. Pero no puedo evitar que mi mente me traicione y me haga pensar lo de siempre...

—Mateo tiene un pasado complicado —interviene entonces Sof, haciendo que las tres nos centremos en ella—. Tú ya sabes algunas cosas, Ale, pero creo que en este caso el miedo que tiene él es muy diferente al tuyo.

No me da tiempo a responder, pues el sonido del timbre nos interrumpe y me sobresalta tanto que me llevo una mano al pecho, tratando de calmar el ritmo acelerado de mi corazón. No esperaba a nadie, y menos a estas horas.

—Chicas, están llamando. Seguro que es Mariana para algo relacionado con los niños —explico, aún un poco alterada—. Luego os llamo.

Me despido rápidamente y dejo el móvil a un lado antes de dirigirme hacia la puerta. Respiro hondo antes de abrir y, en cuanto lo hago, el aire se me queda atrapado en el pecho.

—¿Mateo? —pregunto en un susurro, incapaz de disimular la sorpresa ni lo que se me remueve por dentro al verlo ahí.

Nos quedamos en silencio, mirándonos, como si en ese espacio suspendido entre los dos se estuviera jugando algo importante.

No sé muy bien qué hacer ni qué decir, y la quietud me incomoda tanto que acabo apartándome a un lado para dejarlo pasar.

Noto cómo roza mi hombro al entrar y la forma en la que el aire cambia de repente con su presencia.

No me da tiempo ni a cerrar la puerta cuando empieza a hablar:

—Lo siento, Alejandra —se disculpa, sincero, aunque su voz suena más tensa de lo normal—.

Sé que lo he hecho fatal... Y que no debería haberte besado para después rechazarte.

—Hace una pausa, como si le costara ordenar lo que siente—.

Bueno... En realidad, de lo único que me arrepiento es de no haber seguido besándote.

Mi corazón da un vuelco tan fuerte que casi me duele; a la vez, se me cuela una chispa de ilusión que intento controlar, pero es imposible. No sé qué decir, así que solo asiento, despacio, intentando no delatar todo lo que se me está removiendo por dentro.

—Me gustas, rubita —susurra, y siento el suelo moverse bajo mis pies—.

Me gustas mucho y desde hace tiempo. Me atrevería a decir que me atraes desde que llegaste, aunque fui un poco gruñón contigo...

—Se le escapa una risa nerviosa—. Pero no puedo dejar de pensar en ti.

No sé qué significa exactamente esto que me provocas, pero quiero ver a dónde me lleva... Si tú quieres.

Se pasa la mano por el pelo y acaba frotándose la nuca, claramente incómodo y vulnerable de una forma que no había visto antes en él.

—Joder... —masculla, inquieto—. Estoy súper nervioso y esto es una mierda de explicación.

No puedo evitarlo: se me escapa una carcajada suave, más por los nervios que por otra cosa; quizás por la forma en la que todo se está tensando y soltando a la vez.

—No te rías de mí, rubita —me dice, pero está sonriendo—.

Me he portado como un gilipollas... Y lo siento mucho.

—Vuelve a ponerse serio y carraspea antes de hablar de nuevo—: Me da miedo empezar algo contigo y que te acabes marchando.

No puedo cargar con que más personas que me importan se vayan de mi vida...

Su voz pierde fuerza al final, y ahí lo entiendo todo, pues veo con claridad de dónde viene, lo que arrastra y lo que le pesa. Y, por un segundo, toda mi rabia desaparece.

—Lo entiendo, Mateo —le digo con suavidad, intentando que lo note—. Pero no tengo intención de irme... Al menos de momento, porque me gusta la vida que tengo aquí. No sé qué será de mí en unos meses... Pero ahora estoy aquí.

Sus ojos se clavan en los míos, buscando algo.

—¿Entonces? —pregunta, acercándose un poco a mí.

—Entonces, ¿qué? —inquiero en un susurro.

—¿Qué quieres hacer?

Hay algo en su voz, una urgencia contenida, que me hace sonreír. Y no puedo evitar vacilarle un poco, aunque noto con claridad cómo la tensión entre los dos sigue creciendo.

—Pues ahora... No sé, supongo que ducharme y ponerme el pijama... —digo con calma—. Si quieres, puedes quedarte a cenar y ver una peli.

—Alejandra... —su tono cambia y se vuelve más bajo, más cargado, casi como una advertencia.

Me muerdo el labio para no reírme, pero ese pequeño gesto me traiciona. Veo perfectamente la forma en la que su mirada baja hasta mi boca y cómo se queda ahí un segundo de más.

—Vale, vale. —Levanto las manos en señal de rendición—. Tú también me gustas... Y ahora mismo quiero dejarme llevar sin pensar en lo que pueda pasar después.

Su sonrisa cambia, se ensancha despacio, y algo en sus ojos azules se enciende de una forma que me acelera el pulso.

Se acerca de nuevo con lentitud.

Demasiado despacio.

Y cada paso suyo hace que mi cuerpo responda.

—¿Puedo volver a besarte? —pregunta con la voz más ronca, mientras sus manos encuentran mi cintura y se quedan ahí, firmes y seguras.

El simple contacto hace que se me erice la piel bajo la tela de la camiseta.

—Siempre y cuando no te arrepientas después —susurro.

—Te prometo que eso no va a volver a pasar.

No me da tiempo a responder, porque ya está tan cerca que no puedo evitar contener la respiración. Y un segundo después, sus labios están sobre los míos.