Chapter 32
Estoy jodido, y no solo porque el día haya acabado de la peor forma posible.
Alejandra apenas ha hablado conmigo después de lo que ha pasado y lo entiendo perfectamente; vi la decepción reflejada en su mirada con una claridad que todavía me pesa en el pecho.
Pude verla cuando se apartó de mí y evitó rozarme, y cuando ni siquiera aceptó mi ayuda para caminar entre las rocas al salir del faro.
Si alguien me preguntara ahora mismo si soy gilipollas, la única respuesta honesta que podría dar es que sí.
Me siento como un auténtico hipócrita, ya que hace apenas unas horas estaba diciéndole que podía ser su faro, que podía iluminar su camino cuando lo necesitara...
Y en el mismo momento en el que tuve la oportunidad de demostrarlo, fui quien la apartó.
¿Y todo para qué? ¿Para protegerme? ¿Para no volver a sentir esa culpabilidad que me ahoga cada vez que alguien desaparece de mi vida ?
No sé si merece la pena evitar un posible dolor futuro si a cambio tengo que sentir este vacío asqueroso que me ha dejado en el pecho cuando se ha despedido de mí sin mirarme.
Porque ese beso me ha despertado algo por dentro.
Claro que he estado con otras personas en estos últimos tres años, pero ninguna de ellas me ha hecho sentir tan vivo como lo hace Alejandra con un simple roce, con una mirada o con esa forma suya de hablar como si el mundo entero estuviera dentro de su cabeza y necesitara sacarlo.
Sigo dándole vueltas a todo esto tras acompañarla a casa y mientras vuelvo caminando a la mía, donde la abuela está esperándome en la cocina.
En cuanto me ve entrar empieza a preguntarme, emocionada, cómo me ha ido el día en el faro; habla con esa ilusión que siempre tiene cuando se trata de ese lugar, y de alguna forma consigue contagiarme un poco su buen humor, aunque no lo suficiente.
Me conoce demasiado bien, así que no tarda en notar que algo no va bien.
—¿Qué ha pasado, ragazzo ? —pregunta al cabo de un rato, frunciendo ligeramente el ceño.
Agarra mi mano con suavidad y me guía hasta el sofá para sentarse conmigo. Cuando levanto la mirada y me encuentro con sus ojos, tan parecidos a los míos, algo dentro de mí se afloja.
—Tengo miedo, nonna —confieso finalmente—. ¿Cómo puedo dejar de sentir?
Ella frunce el ceño, confusa.
—Ay, piccolo , eso es casi imposible —responde mientras me acaricia la espalda con ternura—. ¿Qué es lo que no quieres sentir?
Suelto un suspiro largo, intentando ordenar mis pensamientos. No sé ni por dónde empezar, pero decido que lo mejor es ser sincero y decirlo en voz alta, aunque hacerlo lo vuelva todo más real:
—Me gusta Alejandra —confieso, sorprendiéndome incluso a mí mismo—. Me gusta mucho.
Veo cómo una pequeña sonrisa aparece en su rostro.
—¿Y? —inquiere, tranquila.
—¿Cómo que «¿Y?»? —replico, empezando a ofuscarme—. Abuela, no puede gustarme.
—¿Y por qué no? —insiste, alzando sus cejas grises.
—Joder... Pues porque se va a ir. —Las palabras salen con más fuerza de la que esperaba—. No puedo cargar con eso. No puedo ver cómo alguien que me importa vuelve a desaparecer de mi vida.
Al menos, decirlo en voz alta consigue aflojar un poco la presión que siento en el pecho. Ya lo he pensado mil veces, lo he dicho otras tantas; aun así, sigo sin saber cómo librarme de ese miedo que me atenaza cada vez que imagino a Alejandra marchándose.
Entonces, la abuela suelta una frase que me deja completamente descolocado:
—Entonces, Mateo, deja de vivir. —Frunce el ceño, observándome con fijeza—. Total, algún día vas a morir.
—¿Cómo? —murmuro, mirándola sorprendido.
—Que, si tanto te preocupa lo que pueda pasar, deja todo —continúa con total tranquilidad—. Deja de sentir, de dibujar, de trabajar; no hagas el curso del que tanto me has hablado ni sigas ayudando en el restaurante. No hagas nada, porque, total, ¿para qué vas a hacer algo si algún día vas a morir?
La miro completamente confundido, pues no entiendo a dónde quiere llegar con todo eso. Ella me mira muy seria y niega con lentitud.
—Solo te lo voy a decir una vez, y espero que lo recuerdes siempre: esta es la única vida que tienes y tú decides cómo quieres vivirla.
Si lo haces con miedo, nunca harás nada, y cuando pasen los años no tendrás nada bueno que recordar.
—Hace una pequeña pausa antes de preguntar—: ¿Eso es lo que quieres, piccolo ? ¿Quieres que tu vida esté vacía?
—No... —balbuceo—. Solo... no quiero que se marche y quedarme yo aquí.
—¿Acaso te ha dicho que se vaya a ir ya? —insiste, buscando mis ojos con los suyos—. ¿Acaso sabes lo que ella quiere? ¿Te has molestado en preguntarle qué es lo que siente?
—Joder, nonna ... —respondo, un poco más enfadado al darme cuenta de que no tengo respuesta para ninguna de esas preguntas—. No lo sé.
Ella suspira suavemente y me atrevo a mirarla por fin.
—Estoy segura de que, si a tu hermana le hubieran preguntado si tuvo una vida feliz, habría dicho que sí. —Su voz se vuelve más suave—. Ana era libre, Mateo, y tú lo sabes. Hacía lo que sentía en cada momento, sin miedo. Y sí, se fue demasiado pronto, pero vivía cada día como si fuera el último.
Sus palabras empiezan a calar dentro de mí y noto cómo los ojos se me llenan de lágrimas .
—Y tú, cariño —continúa—, si ahora mismo alguien te preguntara si tienes una vida feliz... ¿Qué responderías? ¿Que llevas tres años viviendo con miedo?
No consigo contener las lágrimas esta vez, porque sé que tiene razón.
— Nonna ... —murmuro.
Ella intenta secármelas con sus manos temblorosas.
—Algún día no estaré aquí, Mateo, y el nonno tampoco. Pero puedo asegurarte que he tenido una vida plena y feliz. —Me mira con una ternura que me rompe por dentro—. No dejes que el miedo te impida hacer lo que sientes. Deja de cortarte las alas tú mismo... y empieza a volar.
La abrazo sin dudarlo. Hacía mucho tiempo que no lloraba así, y cuando por fin me permito desahogarme, noto cómo ese nudo que llevaba años apretándome el pecho empieza, poco a poco, a aflojarse.
Después de un rato llorando sin soltarla, la abuela me pregunta qué es lo que quiero hacer.
No lo digo en voz alta, pero lo sé: quiero conocer a Alejandra, dejar de esconderme y ver hasta dónde puede llegar todo esto que siento cuando estoy con ella.
Y es exactamente lo que voy a hacer, si ella me lo permite tras lo sucedido en el faro.
—Tengo que irme —sentencio, levantándome mientras me seco las lágrimas.
La abuela me sonríe. Sabe perfectamente que he tomado una decisión, ya que se le nota en la forma de mirarme, como si pudiera ver la determinación que ahora mismo me atraviesa por dentro.
Tengo que hablar con ella.