Sin miedo a perder(te) Chapter 31
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Chapter 31

Siempre he pensado que existen los finales felices y que después de la tormenta siempre llega la calma. Y eso es justo lo que creo cuando por fin empiezo a estabilizar mi vida aquí.

Quizá me he retroalimentado demasiado con las historias de amor que suelo leer, o puede que, simplemente, sea una soñadora. O una ilusa que sigue creyendo que algo bueno también puede pasarle a ella.

Cuando Mateo me miró con tanta intensidad, supe que iba a besarme; lo supe incluso antes de que se inclinara hacia mí.

Y ¿cómo no iba a corresponderle si lo estaba deseando desde hacía días?

Además, noté ese pequeño tirón que hizo que mi cuerpo se acercara al suyo casi sin pensarlo.

Todo dentro de mí estaba reaccionando a su cercanía, haciéndome sentir tanto que, durante unos segundos, incluso olvidé cómo se respiraba con normalidad.

Mientras me besa, soy feliz .

Tanto, que ni siquiera percibo el momento exacto en el que todo cambia, pero sí cómo su agarre en mi cintura se afloja poco a poco, casi con cuidado, como si temiera romper algo.

Lentamente, empieza a apartarse de mí y aprieto los párpados con fuerza, pues no quiero que se rompa la magia que se ha creado entre nosotros; tampoco encontrarme con su mirada arrepentida.

Pero, cuando lo escucho suspirar, sé que algo se ha roto.

Abro los ojos y lo confirmo: hay arrepentimiento en su mirada.

Sin mediar palabra, me aparto despacio. Sus brazos me sueltan y yo me dejo caer a su lado, esta vez un poco más lejos, lo suficiente como para no notar el roce de su piel contra la mía. No sé qué decir, y tampoco sé muy bien qué estoy sintiendo.

Confusión. Vacío. Algo que empieza a doler.

Lo miro de reojo y descubro que tiene la vista clavada en el horizonte, justo donde el sol empieza a esconderse detrás del mar.

—Yo... —empieza, claramente sin saber cómo continuar—. Lo siento...

Su voz suena torpe y las palabras se le quedan atascadas.

—Esto no debería haber pasado —añade finalmente, frunciendo los labios—. No podemos complicarlo todo.

Incapaz de mirarlo a la cara, simplemente asiento.

—Podemos ser amigos —continúa—, pero no puedo hacer esto. —Niega con lentitud y me mira de reojo—. Espero que me entiendas, Alejandra.

¿Lo entiendo? No estoy del todo segura. No comprendo por qué me da una de cal y otra de arena ni por qué me mira con deseo, pero luego se aparta como si besarme fuera un error. Todo esto hace que aparezca ese pensamiento; ese que es venenoso y que lleva años escondido dentro de mí.

No eres suficiente, por eso no quiere nada contigo.

Intento frenarlo, de verdad que lo hago. Trato de apartar esa inseguridad que siempre acaba encontrando la forma de colarse en mi cabeza, pero esta vez no puedo, así que no respondo. Siento que, si abro la boca, voy a romperme. Y todavía me queda un poco de orgullo para no hacerlo delante de él.

Mientras observo el atardecer en silencio, una realidad empieza a asentarse lentamente en mi pecho: sí, los finales felices existen, del mismo modo que existe toda esa belleza en ver cómo el sol se esconde al final del día, tiñendo el cielo de colores imposibles.

Pero, quizá, simplemente no están hechos para mí.

No soy suficiente para merecer uno.

Cuanto antes lo acepte, mejor.