Chapter 30
El faro de Punta Carena siempre ha sido uno de mis lugares seguros, donde puedo ser yo mismo sin miedo a que nadie me juzgue. Quizá por eso estoy tan nervioso mientras espero a Alejandra.
Podríamos haber elegido ir en barco y ver los acantilados recortándose contra el cielo, el faro al fondo y el atardecer cayendo sobre el mar; habría sido espectacular.
Pero, cuando se lo propuse, también mencioné la opción de hacer la ruta andando, y ella enseguida dijo que lo prefería, ya que quería ver el faro de cerca.
Son unos seis kilómetros, tampoco es tanto; si vamos a buen ritmo no tardaremos demasiado y, si a la vuelta estamos cansados, siempre podemos coger un autobús o alquilar una moto.
No paro de moverme en círculos mientras la espero.
Estoy nervioso, y ya no solo por pasar el día con ella, sino porque es la primera vez que vuelvo allí desde hace cuatro años.
Los recuerdos se me agolpan en la cabeza y no sé muy bien cómo sentirme al respecto.
Estoy triste por no poder volver con mi hermana y, al mismo tiempo, feliz por llevar a Alejandra.
¿Es eso posible? ¿Se pueden sentir dos emociones tan opuestas a la vez?
No dejo de preguntarme qué pensaría Ana de todo esto. Seguro que estaría riéndose de mí, vacilándome y diciendo que me he pillado de Alejandra a más no poder. Siempre hacía lo posible por sacarme de quicio.
Unos pasos aproximándose a mí consiguen frenar el hilo de mis pensamientos. Me doy la vuelta y la veo caminando con una sonrisa que se va ampliando poco a poco y que, sin darme cuenta, le devuelvo.
Viste unas mayas cortas, unas deportivas negras y un top que deja al descubierto parte de su abdomen; lleva una sudadera anudada a la cintura y una mochila pequeña que imagino que estará llena de comida y agua para la ruta.
—Perdón por llegar tarde —se disculpa al instante—.
Me puse la alarma, pero ayer me quedé hasta tardísimo leyendo porque estaba justo en la parte donde los protagonistas se separan, y no podía dejar el capítulo a medias...
necesitaba saber que al final todo salía bien...
—empieza a divagar, hablando rápido, y mi sonrisa se amplía todavía más.
Me encanta escucharla cuando se pone así, esa intensidad que tiene—. Lo siento, ¿llevas mucho esperando?
Me sorprende cómo al principio su impuntualidad y sus divagaciones me irritaban y, ahora que la conozco, me parecen tan parte de ella. La hacen ser quien es.
—No te preocupes, no pasa nada —la tranquilizo—. De camino, puedes ir contándome cómo acaba el libro .
Empezamos a andar a buen ritmo y enseguida empieza a explicarme la historia.
Me cuenta cómo empieza todo, la forma en la que se conocen los protagonistas, los problemas que tiene cada uno, el momento exacto en el que se enamoran.
Y luego, por qué terminan separándose. Para terminar, me explica que, después de un tiempo, vuelven a encontrarse y comienzan una relación distinta.
Más sana, más bonita. Sin mentiras y sin miedos.
Voy escuchándola, pero también observándola. Es imposible no hacerlo. Me hipnotiza el movimiento de sus labios cuando habla, la manera en la que gesticula con las manos mientras intenta explicarlo todo y cómo, de vez en cuando, me mira de reojo para comprobar si estoy siguiendo la trama.
—Te encantan los finales felices, ¿no? —suelto, dándolo por hecho.
La pregunta parece haberla pillado por sorpresa, pues se queda pensativa un momento antes de responder:
—Necesito un final feliz. Si un libro no lo tiene, no me gusta... O directamente, ni lo leo. —Se encoge de hombros—. Me da igual todos los problemas que tengan que atravesar los personajes, siempre y cuando al final gane el amor.
—Eres una enamorada del amor —me burlo un poco de ella.
—Totalmente. Y no me escondo —responde con una sonrisa—. Necesito las historias felices. Siempre. —Asiente para sí misma, pensativa—. Me gusta creer que algún día viviré la mía y tendré mi final feliz, a pesar de todo.
—Quizá la estés viviendo ya... —murmuro más bien para mí mismo.
—¿Cómo? —pregunta, frunciendo un poco el ceño.
—No, nada —respondo con rapidez—. Que ya no nos queda mucho para llegar.
No sé en qué momento se me ha ocurrido decir eso.
Ha salido solo, sin pensarlo, y cuando me he querido dar cuenta, ya lo había soltado en voz alta.
Reconozco que me encantaría que esta fuera la historia que Alejandra quiere vivir y que al final tuviera ese desenlace feliz en el que tanto cree, pero dudo mucho que pueda encontrarlo a mi lado.
Igual que dudo que este lugar o yo seamos su sitio para siempre.
Continuamos andando en silencio y el camino se va estrechando mientras nos dirigimos hacia el extremo de la isla.
Sé exactamente a dónde vamos; han pasado cuatro años desde la última vez que estuve aquí, pero reconozco cada curva del camino que baja desde Anacapri, cada muro de piedra y cada arbusto que crece junto al borde de la carretera.
Alejandra permanece a mi lado viendo todo por primera vez; yo, en cambio, siento como si el lugar hubiera estado esperándome todo este tiempo.
Incluso antes de verlo, llega el olor del mar, intenso y limpio, arrastrado por el viento.
Unos pasos más y el paisaje se abre de golpe frente a nosotros.
Y allí está el faro, plantado sobre los acantilados como un guardián silencioso; sigue siendo una firme torre blanca atravesada por una franja roja, tal y como la recordaba.
Debajo, las olas chocan y estallan en espuma blanca antes de retirarse lentamente, dejando ese sonido largo y profundo que siempre asocié con este lugar .
El mar cambia de color según se aleja de la costa: cerca de las rocas es transparente, de un turquesa brillante; más lejos se vuelve azul oscuro y se extiende hasta el horizonte sin interrupciones.
El viento sopla fuerte aquí arriba trayendo consigo el olor de la sal y el rumor constante del agua.
Todo sigue exactamente igual que hace cuatro años.
Y, quizá, por eso volver aquí pesa tanto.
El faro, los acantilados y el mar permanecen inmóviles, como si el tiempo nunca hubiera pasado. Sin embargo, yo sí he cambiado. Al igual que mi vida y todo lo que siento dentro de mi pecho.
—Es impresionante —comenta Alejandra mientras mira todo a su alrededor.
Su voz suena casi en un susurro, como si no quisiera romper la magia del lugar.
—¿Te gusta? —pregunto, realmente interesado en su respuesta.
—Me encanta, Mateo —responde en voz baja.
Nos sentamos entre las rocas a la sombra de un arbusto, justo al lado del faro. Frente a nosotros, el mar se extiende infinito hasta el horizonte. El sonido de las olas rompiendo contra los acantilados llena el silencio de una manera extrañamente reconfortante.
Ella no puede apartar la mirada del agua.
Y yo no puedo apartarla de ella.
Vuelve a tener ese brillo tan bonito en los ojos, ese que apenas existía la primera vez que la vi. No puedo evitar pensar en aquel día, en cómo apenas se atrevía a mirarme y sus ojos parecían perdidos... casi igual que los míos cuando llegué a la isla .
Pero ahora es diferente. Después de todo este tiempo, puedo ver claramente el brillo que ha recuperado y la luz que vuelve a asomarse en su mirada.
Ella sigue pensando que está perdida, que aún no sabe quién es realmente...
Pero a mí me gusta esta Alejandra, la que está aquí conmigo, la que cuya mirada revela que, poco a poco, está encontrando una versión de sí misma que por fin le pertenece.
—¿En qué piensas? —pregunta de repente.
Sus ojos se encuentran con los míos.
No me había dado cuenta de lo cerca que estamos; tanto, que nuestros brazos se rozan cada vez que nos movemos ligeramente. Ahora que me mira, puedo ver de cerca sus grandes ojos castaños y unas pequeñas pecas que han aparecido en su rostro, seguramente por el sol, ya que antes no existían.
—En que me gusta que estés aquí —respondo sin apartar la mirada—. Conmigo.
Su sonrisa aparece despacio, suave, como si esas palabras le hubieran hecho más efecto del que esperaba. Pero ninguno dice nada más, así que decidimos sacar los bocadillos para comer; se ha hecho bastante tarde y solo quedan un par de horas para que empiece a caer el sol.
Mientras comemos, seguimos hablando de cosas más triviales, como de que la semana que viene empezamos los cursos. También me habla de sus ganas de aprender, de descubrir cosas nuevas, de empezar de verdad esa vida que siente que todavía está construyendo.
Y también hablamos de Ana.
Me pregunta cómo era y, aunque antes apenas podía pronunciar su nombre sin que se me rompiera algo por dentro, ahora siento la necesidad de que Alejandra sepa lo especial que era.
De que conozca a la persona que más significó para mí.
Ella me escucha con atención y se emociona con alguna que otra historia, y yo, de manera inevitable, me emociono de la misma manera.
Más tarde, hablamos de su padre y de todos esos años en los que ha vivido prácticamente para hacerlo feliz, olvidándose muchas veces de sí misma.
El silencio aparece entre nosotros durante unos segundos.
—No quiero que te enfades con lo que te voy a decir... —empiezo, dudando un poco de cómo plantearlo—. Pero Sof me comentó un poco lo de tu ex... Y lo de tu mejor amiga —termino de decir.
Alejandra suspira y aparta la mirada, dirigiéndola de nuevo hacia el horizonte como si necesitara apoyarse en el mar para ordenar sus pensamientos.
—No me enfado —responde finalmente—. Si no te he contado nada antes, es porque tenía miedo de lo que pudieras pensar de mí.
—Yo creo que fuiste muy valiente —le digo con sinceridad—. Sobre todo, al irte de allí y decidir buscar tu felicidad. —Hago una pequeña pausa antes se seguir hablando—. Lo que pasó no fue culpa tuya, eso lo sabes, ¿verdad?
—Eh... Sí —duda, encogiéndose de hombros—.
Supongo que sí lo sé. —Baja un poco la mirada hacia sus manos, pensativa—.
Pero permití durante tantos años que me fueran apagando, que ni siquiera me di cuenta de que me estaba perdiendo.
Hasta que, de repente, todo saltó por los aires y yo ya no sabía quién era —confiesa en voz baja.
—No pasa nada por no saber quién eres, rubita.
—Coloco mi mano sobre la suya y le doy un pequeño apretón—.
A veces yo tampoco lo sé. —Levanta la mirada hacia mí, escuchándome con atención—.
Lo importante es que aprendas de los errores y de todo lo que te ha hecho daño, incluso cuando algunas veces has sido tú misma.
Ella vuelve a mirarme y veo cómo sus ojos se empañan mientras intenta contener las lágrimas. Verla así me rompe el corazón y trago saliva, inquieto.
—Tengo miedo... —admite en un susurro, y su voz apenas es audible.
—¿De qué? —la animo a hablar.
—De que ahora que empiezo a ser feliz... Ahora que estoy empezando a entender quién soy y siento que estoy encontrando mi camino... —Hace una pequeña pausa, frunciendo ligeramente el ceño—. No quiero volver a perderme.
Me quedo unos segundos pensando qué decir.
—Sé que es difícil —respondo finalmente—, pero tienes que vivir sin miedo, Alejandra. —Miro hacia el mar de forma inevitable—. Sin miedo a perderte.
Ella sigue la dirección de mis pupilas y le tomo la mano.
—Porque siempre habrá un faro que alumbre tu camino de vuelta a casa —susurro.
Los dos levantamos la vista hacia el imponente faro.
Quizá ya no se utilice para guiar a los barcos como antes, y puede que su luz ya no sea necesaria en este lugar. Pero sigue aquí, y eso es lo importante.
Alejandra apoya suavemente su cabeza en mi hombro e, instintivamente, rodeo su cintura con mi brazo para que sepa que estoy aquí y que no está sola.
Durante unos segundos ninguno dice nada, dejando que el sonido del mar, el viento suave y su respiración tranquila llenan el silencio.
No pienso demasiado lo que voy a decir, simplemente sale:
—Yo puedo ser ese faro que necesitas, Alejandra —murmuro cerca de su oído, sintiendo el roce de su pelo dorado en mi piel—. Puedo ser la luz que, siempre que lo necesites, te traiga de vuelta.
Ella alza la mirada hacia mí y, de pronto, la distancia entre nosotros parece desaparecer.
La cercanía hace que mi corazón se acelere sin control y, por la forma en que su respiración se agita, sé que al suyo le está pasando exactamente lo mismo.
Nuestras miradas se quedan atrapadas la una en la otra; durante unos segundos no nos movemos, pero el aire entre nosotros cambia.
Casi sin ser consciente, noto cómo nos vamos inclinando poco a poco hasta que nuestras respiraciones se mezclan tanto que ya no sé distinguir cuál es mía y cuál es suya.
Su aliento roza mis labios y me provoca un escalofrío que me recorre entero.
Entonces suelta un pequeño suspiro que roza mi boca y manda una señal directa a todo mi cuerpo, que se enciende al instante.
Me arde la piel, me late el pulso en las sienes.
Solo me hace falta un pequeño roce de sus labios para mandarlo todo a la mierda, porque no lo soporto más.
Necesito besarla. Así que acorto la poca distancia que queda entre nosotros y finalmente presiono mis labios contra los suyos .
Al principio es un beso suave, casi contenido, en el que espero su reacción; todavía hay una parte de mí que necesita comprobar que esto es lo que ella también quiere.
Pero entonces siento cómo tiembla ligeramente bajo mis manos y, cuando entreabre los labios, invitándome a entrar, todo el control que creía tener desaparece.
Mi lengua encuentra la suya y el beso se vuelve más profundo. Más urgente. Más real.
Se me escapa un pequeño gruñido cuando sus manos suben hasta mi nuca y tira suavemente de mi pelo, acercándome aún más a ella.
No sé exactamente en qué momento ocurre, pero de pronto mis manos están en su cintura y la levanto sin pensarlo demasiado para sentarla a horcajadas sobre mí.
Ella no se aparta, al contrario: sus piernas se acomodan a cada lado de mis caderas mientras sigo besándola como si llevara demasiado tiempo conteniendo esto.
Mis manos recorren su espalda y su cintura, acercándola más, pegándola a mí.
Nos devoramos.
No hay otra forma de describirlo.
Nuestros labios se buscan una y otra vez, cada beso más intenso que el anterior, intentando recuperar todo el tiempo que hemos perdido fingiendo que esto no existía.