Chapter 29
—Dios, es que no podéis ser más tontos —se queja Sof, tapándose la cara con las manos de forma exagerada.
—Sofía —la regaño, suspirando—. Yo quería, pero está claro que él no. De lo contrario, no lo habría pensado tanto y lo habría hecho.
Es exactamente lo mismo que le dije a Carla y a Pau cuando las llamé para contarles lo que había pasado.
Y lo sigo creyendo, porque en su mirada vi con claridad que quería hacerlo...
Pero también vi cómo se apartaba y levantaba ese muro invisible.
Desde entonces no me ha hablado, y eso es lo que más me duele.
Y no sé por qué, pero también es lo que más me cabrea.
He sido tonta, muy tonta.
Pensé que le gustaba, que había algo entre nosotros. No sé si me confundí, si malinterpreté señales o si él las mandó sin darse cuenta, pero al final todo se resume en lo mismo: es culpa mía. ¿Qué hago fijándome en un chico justo ahora? ¿No he tenido suficiente ya?
Quizá esto sea solo una señal más de que no es el momento y de que es mejor que no pasara nada.
—Estoy segura al cien por cien de que se moría por hacerlo —sentencia Sof, completamente convencida.
—Y yo estoy segura de que no, así que ya está —replico, zanjando el tema—. No quiero hablar más de ello.
Ya he tenido esta conversación con las chicas varias veces, y siempre acabamos en el mismo punto.
Bueno, no exactamente, ya que ellas siguen pensando que hay algo que hace que Mateo no se atreva a dar el paso, algún miedo o herida del pasado.
Yo, que obviamente soy más sensata —o eso me digo—, creo que simplemente no le gusto de esa forma. Y punto. A cabezona no me gana nadie.
—Lo que tú digas, pero no es así —insiste Sof, sacándome un poco más de mis casillas.
—El helado está buenísimo, ¿eh? —cambio de tema sin disimular—. Amo el sabor del pistacho.
Me mira con una ceja alzada, pues sabe perfectamente lo que estoy haciendo; solo me conoce desde hace poco más de un mes, pero ya me tiene más que calada.
Cuando me llamó para quedar y venir a merendar, acepté sin dudarlo, y no solo porque estamos en la mejor heladería de la isla, sino porque necesitaba salir de casa.
Llevaba dos días dándole vueltas a lo mismo, atrapada en pensamientos que no llevan a ningún sitio, y por eso no quiero seguir hablando de él, sino distraerme un poco.
—Bueno... ¿Y Carla y Paula qué tal están? —pregunta, aceptando que no quiero hablar más de Mateo.
—Bien, ahora están de vacaciones con sus familias —respondo, pensativa—. Eso sí... Carla está un poco rara últimamente.
—¿Y eso? —inquiere, curiosa.
—Apenas coge el teléfono y siempre está fuera de casa... No sé qué se trae entre manos —digo, frunciendo el ceño—. Pero me huelo que está ocultándome algo.
—¿La has preguntado?
—Sí, varias veces. —Me encojo de hombros—. Y a Pau también, pero se hacen las tontas —añado, y suelto un resoplido.
No sé qué será lo que está pasando, pero quiero creer que, si fuera algo grave, me lo contarían. ¿O no?
Seguimos merendando sentadas a la sombra en un banco, mientras le cuento todo respecto al curso de corrección; aún no lo he empezado, pero estoy deseando hacerlo.
He tenido tiempo de buscar opiniones y todas son increíbles, así que cada vez estoy más ilusionada con la idea.
Cuando terminamos los helados, nos levantamos para dar un paseo sin un rumbo fijo.
—Oye, ¿te apetece ir a la playa? —propone Sof de repente—. Hay un torneo de vóleibol... Luca y Mateo están allí.
Al escuchar su nombre, siento un vuelco en el estómago, ya que llevamos dos días sin vernos y sin hablar, y aunque después de lo que estuvo a punto de pasar lo entiendo, no puedo evitar ponerme nerviosa.
No sé cómo va a comportarse conmigo ni qué actitud va a tener.
Es verdad que hemos pasado bastante tiempo juntos, pero tampoco hace falta ser muy lista para notar que algo ha cambiado y que no todo está como siempre.
—Eh... Sí —respondo, dudosa—. Vamos .
No tardamos más de quince minutos en llegar.
Me quedo alucinada con la cantidad de gente que hay, no solo los que participan en el torneo, sino muchos otros sentados alrededor, tomando algo y observando los partidos.
Durante unos segundos analizo a cada persona que está en las gradas improvisadas hasta que, por fin, lo veo.
Está al lado de Luca, bebiendo agua. Lleva un bañador negro y el pelo completamente desordenado por el sudor.
Su piel bronceada brilla bajo el sol y, cuando se gira riéndose hacia su amigo, siento cómo se me encoge el estómago sin remedio.
—Disimula un poco, amiga. —Sof me da un codazo suave—. Me estás bañando con tus babas.
La fulmino con la mirada mientras le saco la lengua.
Vuelvo a mirar a los dos chicos y entonces me doy cuenta de que nos han visto. Enseguida empiezan a venir hacia nosotras, por lo que me pongo nerviosa sin poder remediarlo. Siento miles de mariposas revoloteando en el estómago.
Joder, qué tonta estoy.
Luca me sonríe en cuanto llega y se dirige directamente a saludar a su novia. Mateo, en cambio, viene hacia mí sin dudarlo, con esa sonrisita canalla que se le dibuja en la cara y que, siendo sincera, me apetecería mucho morder ahora mismo.
—Rubita, no te esperaba por aquí —me saluda, dándome un toquecito en la nariz con el dedo índice.
Ese gesto consigue tranquilizarme y, al mismo tiempo, confundirme todavía más. Me gusta saber que está como siempre... Pero también me descoloca .
—Hola —saludo con una calma fingida—. No sabía que había un torneo, me he enterado ahora mismo.
—¿Vienes a animarme? —pregunta con cierto tono de humor, acercándose un poco más e invadiendo mi espacio personal como si fuera lo más natural del mundo.
Decido seguirle el juego, porque cuando está cerca, cuando me mira así, es prácticamente imposible no hacerlo.
—No solo a ti, a todos en general, pero se me olvidaron los pompones —le pincho.
—Vaya... Y yo pensaba que solo me querías a mí —replica, exagerando un puchero que me arranca una sonrisa a pesar de todo.
—Eres idiota. —Lo empujo del pecho con suavidad para apartarlo un poco, aunque mi cuerpo hace justo lo contrario de lo que pretende, dando un paso en su dirección.
Su cercanía no me está haciendo ningún favor, y este tonteo tampoco.
Me descoloca, me enciende, me confunde. ¿Le gusto o no le gusto?
¿De verdad es tan difícil decirlo claro?
No me da tiempo a preguntárselo, ya que al girarnos vemos que Sof y Luca se dirigen al puestecito de bebidas.
Doy un paso para ir con ellos, pero no llego ni a apoyar el pie en la arena cuando una mano se cierra alrededor de mi muñeca y me clava en el sitio.
Su contacto me atraviesa.
—Tengo una propuesta —dice.
Levanto la vista y descubro que su expresión ha cambiado. Ya no sonríe, sino que de repente está demasiado serio.
—Cuéntame —lo animo, extrañada.
No me suelta. Noto su pulgar moverse con sutileza sobre mi piel mientras mira alrededor, como si buscara el valor para pronunciar lo que sea que esté pensando. O quizá soy yo la que siente cómo el tiempo se estira, tenso y eléctrico.
—He pensado... que... —empieza, dudando—. Si te apetece y quieres, podríamos ir mañana al faro de Punta Carena.
—¿Mañana? —inquiero, sorprendida, sin apartar los ojos de los suyos.
—Sí —afirma, asintiendo una vez—. Si no te parece precipitado, claro. Si tienes planes, no pasa nada, podemos...
—No tengo planes —le corto demasiado rápido, sincera.
Algo se ilumina en su mirada.
—Entonces... ¿Quieres ir? —pregunta, bajando un poco la voz.
Acorta las distancias y todo a nuestro alrededor parece difuminarse: el ruido de la playa, la gente, el partido...
nada importa. Estamos demasiado cerca. Tanto, que puedo sentir su respiración y el calor de su cuerpo.
Como si algo invisible nos empujara el uno hacia el otro.
Dos imanes con polos opuestos que se atraen de manera inevitable.
—Sí, quiero ir —respondo de nuevo, con una sonrisa que no consigo contener.
La suya aparece despacio, cargada de algo que me hace arder por dentro.
Su mano baja lentamente por mi muñeca y entrelaza sus dedos con los míos, como si fuera lo más normal del mundo y, a la vez, como si significara demasiado.
No puedo evitar mirar nuestras manos unidas mientras avanzamos hacia Luca y Sof, que están esperando para ver el siguiente partido .
Sus dedos encajan con los míos con una naturalidad que me descoloca; esa sensación hace que el pecho se me apriete y que el corazón me lata más rápido de lo normal. Y tampoco puedo evitar preguntarme qué significa todo esto.
¿Soy solo una buena amiga, o él también siente lo mismo que yo cada vez que nuestros cuerpos se rozan?