Chapter 28
¿Me estaba muriendo por besarla? Sí.
¿Me acojoné en el último momento? También.
Tengo claro que voy a arrepentirme de la decisión que tomé, y lo sé desde el instante en que mi cabeza empezó a funcionar de más, lanzándome alertas que no quería escuchar.
Y, aun así, aunque era lo que más deseaba en el mundo en ese momento, elegí parar, pensar y apartarme.
Me alejé de ella y evité mirarla más de la cuenta, porque su decepción era evidente, casi tangible, y no sabía cómo sostenerla sin venirme abajo.
Después de ese momento cargado de tensión, cuando la lluvia nos dio una tregua, retomamos el camino a casa. Paramos a comprar pasta para llevar y las conversaciones se volvieron más superficiales, más seguras; creo que los dos necesitábamos fingir que nada había pasado.
No quería que nuestra relación cambiara, poque con ella me siento completo, cómodo y en paz; precisamente por todo eso, no sé cómo gestionar lo que estoy sintiendo.
Quizá, si solo fuera atracción, sería más fácil...
Pero no lo es, porque no solo quiero besarla, sino también pasar tiempo con ella, reírme de sus tonterías, escucharla divagar durante horas sin mirar el reloj.
Y eso... eso tiene que significar algo, ¿no?
Lo único que sé es que han pasado dos días y no hemos vuelto a hablar. Y aunque no quiera admitirlo en voz alta, la echo de menos.
—¿Me estás escuchando, tío? —me pregunta Luca mientras me da un codazo.
Vamos de camino a la playa, ya que hoy hay un torneo de voleibol que dura todo el día y, cuando me preguntó si me apetecía ir, no lo dudé, ya que necesitaba distraerme y dejar de pensar, aunque tan solo fuera por unas horas.
—Eh... Sí, sí, claro. —Asiento, volviendo a la realidad—. ¿Qué decías? —inquiero, intentando sonar convincente.
—No mientas, cabrón. —No puede evitar reír—. No te has enterado de nada de lo que te he dicho. ¿Todavía tienes en la cabeza lo que pasó con Ale?
En cuanto llegué a casa aquel día tuve que llamarlo; necesitaba desahogarme y nadie mejor que Luca para ello. Él, por supuesto, me regañó por no haberle «comido la boca», usando exactamente esas palabras.
—Sí, bueno... —Me encojo de hombros—. Es solo que llevo dos días sin saber nada de ella.
—¿Y por qué no le hablas? —insiste, alzando las cejas—. Es tan sencillo como decirle que te apetece hacer un plan con ella.
—Lo sé, pero después de lo que pasó... —dejo la frase en el aire; no hace falta terminarla, sabe perfectamente a qué me refiero.
—Ya te lo dije entonces, pero te lo repito: no veo problema en que te guste, en que empecéis algo y en ver a dónde os lleva —dice de nuevo, tal y como hizo unos días atrás.
—Luca, esto está destinado al fracaso, se ve venir desde lejos —respondo, cada vez más cabreado, y no puedo evitar fruncir el ceño.
—Lo ves venir tú porque estás obsesionado con que se va a ir y piensas que todas las personas que llegan a tu vida tarde o temprano acaban yéndose —me espeta, frenando en seco, y quedamos el uno frente al otro—.
Y a ver si entiendes de una puta vez que no tiene por qué ser así.
—Su mandíbula se tensa—. Ana no quería irse, y tampoco fue tu culpa que se fuera.
Fue un accidente y la vida tuvo que darse así. Ya está.
Su tono va subiendo según habla.
—¿Duele que alguien se vaya de tu vida? —habla de nuevo, frustrado—. Sí, ¡pero no lo podemos evitar, Mateo!
Lo miro de reojo y me limito a asentir. No digo nada por dos razones: la primera, porque sé que tiene razón; la segunda, porque, si no me entiendo ni yo...
¿Cómo van a entenderme los demás? Así que, en silencio, retomamos el camino y, antes de llegar a la playa, para relajar un poco el ambiente, suelto lo primero que se me pasa por la cabeza:
—¿Y si mañana la llevo al faro? Si ella puede, claro —añado después, indeciso.
Luca se gira despacio hacia mí y me mira sorprendido.
Sé que entiende al instante lo que significa esa idea, porque es consciente de que llevo sin ir al faro desde la última vez que estuve allí con Ana, un año antes del accidente.
Nos encantaba ir cada verano, cuando veníamos a ver a mis abuelos.
Allí, las vistas eran increíbles, el mar se abría ante nosotros como algo infinito y, durante un rato, todo parecía en calma.
Nos sentábamos a mirar la inmensidad, a dejar que el viento nos despeinara, a inventar historias de fareros enamorados que pasaban la vida guiando barcos y esperando al amor de su vida. Era paz. Era refugio.
Pensarlo ahora me provoca un nudo en el estómago, una mezcla de nostalgia y miedo. Aun así, no puedo evitar imaginar a Alejandra allí, con los ojos brillantes y dejándose llevar por el paisaje. Estoy seguro de que se enamoraría del lugar.
—¿Te refieres a Punta Carena? —indaga Luca con cautela.
—Sí —respondo—. Creo que le gustaría... Y llevo mucho tiempo sin ir —añado, sin atreverme a mirarlo, aunque eso él ya lo sabe.
—¿Estás seguro?
—Sí, no veo por qué no. —Me encojo de hombros—. Solo es un faro más de los tantos que hay —digo, restándole importancia, aunque sé que estoy mintiendo.
—Bueno... Si tú lo dices... —desiste con su insistencia, aunque siento la mirada preocupada sobre mi perfil.
La realidad es que no es solo un faro, sino el único lugar de esta isla que fue mi sitio seguro.
El único que compartía con mi hermana. Podíamos pasar horas allí sin decir nada, simplemente mirando el mar y, cuando cumplí la edad suficiente, aprendí a navegar para poder llevarla yo mismo. Era nuestro sitio .
No sé cómo va a afectarme llevar a Alejandra allí, pero quiero hacerlo. Por ella, para que descubra la magia de ese lugar, sobre todo al atardecer; y por mí, para cerrar viejas heridas, intentar que duelan un poco menos y para que, esté donde esté, mi hermana me sonría.
Cuando llegamos a la playa, está hasta arriba de gente: los que participan en el torneo y los que han venido solo a mirar.
Sin pretenderlo, empiezo a recorrer el lugar con la mirada.
No digo nada, pero la estoy buscando, repasando con la vista cada zona, cada grupo, cada sombra...
Pero sin éxito. Luca se da cuenta y suelta una carcajada, por lo que me giro hacia él fulminándolo con la mirada.
—No hay quien te entienda, Mateo. —Sacude la cabeza, riéndose—. Si buscas a «tu rubita», está con Sof —explica con cierto humor—. Han ido a por un helado al centro antes de venir.
—Que te den, Luca —farfullo, y le hago una peineta mientras frunzo los labios, intentando ocultar la sonrisa que se me escapa.
¿Tan predecible soy?
¿Tanto se me nota que me muero de ganas de verla?