Chapter 27
He perdido la cuenta de las veces que me he secado las manos en el pantalón vaquero, pues estoy tan nerviosa que no puedo evitar que me suden. Camino de un lado a otro de la habitación y vuelvo a plantarme frente al espejo, analizándome como si fuera la primera vez que me veo.
Me he decidido por un top rosa palo que se ata a la espalda y por un vaquero corto de color claro. El verano está llegando demasiado pronto, ya que tan solo es mayo y ya estoy sudando a todas horas; aunque quizá en estos momentos no se deba solo al calor.
—Vamos, Ale —me animo a mí misma—. Solo vais a pasar el día en la isla y ya está, no seas exagerada.
Resoplo y me regaño por la intensidad con la que vivo todo. Aunque, si soy sincera, me gusta ser intensa; sobre todo, con lo que me importa. Pero a ojos de los demás, siempre me da miedo resultar pesada o sentir más de la cuenta .
Continúo dando vueltas mientras preparo la tote bag con lo imprescindible, aunque no tengo ni idea de adónde va a llevarme, ya que anoche, cuando se fue de casa, solo me dijo que a las diez pasaría a recogerme. Son las nueve y media... y ya estoy atacada.
Si cierro los ojos, aún puedo sentir la suavidad del pelo de Mateo entre mis dedos, lo tranquilo que parecía mientras dormía, ese olor cítrico mezclado con algo más suyo.
Recuerdo también la forma en la que su voz se quebró cuando me habló de su hermana, y cómo su sinceridad me impactó; no esperaba que quisiera contarme algo tan privado.
Ojalá supiera cómo ayudarlo mejor. Qué decir o qué hacer para que esté bien. Porque, sí, quiero que esté bien.
El timbre suena y me sobresalta, sacándome de golpe de mis pensamientos. Me echo un último vistazo en el espejo, respiro hondo y camino hacia la puerta, preparándome para enfrentarme a esos ojos azules que últimamente me tienen completamente obsesionada.
—Hola, rubita —me saluda con una sonrisa que me desarma—. ¿Estás lista?
—Lista e impaciente por saber adónde vamos —confieso.
Suelta una carcajada y siento cómo se me eriza la piel.
Cierro la puerta y empezamos a caminar sin rumbo aparente.
Mientras paseamos, me cuenta leyendas de la isla, el origen de algunas expresiones típicas y pequeñas historias que hace que todo tenga más sentido.
Se ríe cada vez que me paro a hacer fotos a calles, fachadas, árboles o cualquier detalle que me llame la atención.
—Como sigas parándote cada cinco minutos, ya habrán cerrado cuando lleguemos —bromea.
— Mimimi —murmuro, haciéndole burla—. Anda, hazte una foto conmigo en este árbol. ¡Mira cuántos limones tiene, es precioso!
Lo miro con ojitos suplicantes mientras hago un puchero exagerado que espero que funcione.
—Si piensas que vas a conseguir todo con esa carita... —dice, mirándome fijamente antes de ceder—. Tienes razón, vas a conseguirlo todo.
Me río y él me acompaña; el sonido de su risa me atraviesa el pecho de una forma difícil de explicar.
No es una risa fácil ni ligera, pues Mateo no es de los que se ríen por compromiso ni por cualquier tontería, ya que tiene ese punto gruñón que tanto me gusta y esa seriedad que parece protegerlo del mundo.
Por eso, cuando consigo que se le escape una carcajada de verdad, abierta y despreocupada, siento algo parecido al orgullo; como si hubiera desbloqueado una versión suya que no todo el mundo conoce.
Es una victoria pequeña, casi invisible... Pero para mí es inmensa.
Entonces se acerca, acortando la distancia sin pedir permiso, y me quita el móvil con una mano mientras con la otra me rodea los hombros.
Me atrae hacia él con naturalidad, pegando su cara a la mía, y al instante siento el calor de su piel todavía templada por el sol, el roce suave de su mejilla contra la mía y ese olor tan suyo envolviéndome.
Sonreímos a la cámara, pero yo apenas soy consciente del clic, ya que estoy demasiado ocupada sintiendo cómo encajamos y la facilidad con la que mi cuerpo se inclina hacia el suyo sin pensarlo.
No me paro a mirar la foto, pero sé sin necesidad de comprobarlo que va a ser una de mis favoritas .
Nos detenemos frente a un edificio enorme y antiguo con una puerta de madera altísima. Desde fuera parece abandonado, como esos lugares donde en las películas de miedo pasan cosas horribles.
—Ya hemos llegado —me informa.
—Eh... —titubeo, poco convencida—. ¿Tenemos que entrar?
—Claro. —Me mira sorprendido—. No te dejes llevar por las apariencias, rubita. Sé que por dentro te va a encantar.
Subimos las escaleras y cruzamos el pasillo oscuro.
Cuando abre otra puerta, el olor a libro antiguo me golpea con fuerza y no puedo evitar quedarme sin palabras, pues el lugar es inmenso.
Las estanterías se elevan una sobre otra hasta casi tocar el techo, perfectamente alineadas y repletas de libros de todos los tamaños y colores.
La madera oscura domina el espacio, algo matizada por el paso del tiempo y con ese tono profundo que hace que todo parezca más elegante y antiguo a la vez.
La luz entra a través de los ventanales altos, filtrándose en rayos cálidos que iluminan algunas mesas y dejan otras zonas en una penumbra suave y acogedora.
El silencio es casi palpable, tan solo interrumpido por el leve crujido del suelo al caminar.
Es exactamente como la biblioteca de La Bella y la Bestia . O incluso mejor.
—¿Esto... es real? —susurro.
Mateo suelta una risita y me doy cuenta de que no está mirando la impresionante biblioteca que tenemos delante, sino que me está mirando a mí con una intensidad que me hace temblar.
—Sí. —Asiente una vez y me sonríe levemente—. Y por ver tu cara ahora mismo, ha merecido la pena traerte .
Me aparta del rostro un mechón que se ha escapado de mi trenza y el simple gesto hace que contenga la respiración.
Nos adentramos poco a poco y yo pierdo cualquier rastro de dignidad lectora, ya que no puedo evitar ir deteniéndome en cada estantería, sacar un libro, abrirlo con cuidado, aspirar ese olor inconfundible a papel y tinta, y deslizar los dedos por los lomos como si estuviera saludando a viejos amigos.
Paso las páginas despacio, reconozco títulos que he leído una y otra vez, y me contengo para no soltar pequeños gritos de emoción cada vez que encuentro un clásico que marcó alguna etapa de mi vida.
Es como si cada balda guardara una parte de mí.
Al fondo de la sala, tras atravesar un mar de estanterías infinitas, descubrimos una zona más despejada con varios escritorios alineados y, sobre ellos, algunos lapiceros o documentos olvidados.
—No solo te he traído aquí para que vieras lo bonito que es —comenta, mirándome de esa forma tranquila que tiene cuando algo le importa de verdad—, sino también para ayudarte a buscar los cursos de los que hablamos anoche.
Siento una calidez expandirse por mi pecho al escucharlo.
Que se tome la molestia de recordar algo así, de planear esto, de implicarse en algo tan importante para mí...
Me hace sentir cuidada de una manera que hacía muchísimo tiempo que no sentía.
Siento que mis inquietudes, mis ganas de crecer, mis sueños pequeños y grandes... Realmente importan. Que yo importo.
—Y así también me animo a mí mismo a buscar algún curso de ilustración digital —añade mientras caminamos hacia el fondo y elegimos un escritorio.
—Eso sería genial, Mateo —susurro, emocionada.
Y lo digo de verdad. Me alegra tanto saber que se anima también a hacer algo diferente... Porque sé lo importante que es para él dibujar, lo mucho que se le iluminan los ojos cuando habla de ello, y sé que hacer algo así va a llenarlo por dentro. Quizá incluso más de lo que imagina.
Mateo saca su ordenador portátil y pasamos la siguiente hora comparando opciones, leyendo programas, comentando cuál nos parece más interesante y mirando si existe la posibilidad de hacerlo a distancia.
Opinamos, señalamos detalles, debatimos horarios, y finalmente nos decidimos por dos cursos de la mismas entidad cuya sede está en Madrid, pero que pueden hacerse de forma telemática y permiten organizar los tiempos a tu ritmo; son perfectos para gente que trabaja y no puede conectarse a horas fijas.
Él encuentra el de ilustración digital que encaja exactamente con lo que quería y se le nota emocionado al inscribirse, concentrado, pero con esa sonrisa contenida que aparece cuando algo le hace ilusión de verdad.
Yo, después de dudar un poco, me decido por el de corrección editorial, y solo con leer todo lo que vamos a aprender, ya estoy súper ilusionada.
—Oye, me muero de hambre... —protesto cuando completamos nuestras respectivas inscripciones.
Apoyo la cabeza en su hombro casi sin pensarlo; no sé si oficialmente tenemos esta confianza, pero yo diría que sí. Lo cierto es que tener contacto con él me sale de forma tan natural que ni siquiera lo cuestiono .
—Vamos a recoger y nos vamos a comer algo —propone con una sonrisa—. Llevo escuchando tu tripa gruñir un buen rato.
Intento no reírme, porque sé que tiene razón; mi estómago lleva protestando desde hace rato y él, por supuesto, lo ha notado.
Hago un par de fotos más a la biblioteca, incapaz de irme sin guardarme otro recuerdo, mientras me prometo a mí misma que volveré a este sitio.
En cuanto salimos a la calle, el cambio es evidente, ya que una nube negra cubre el cielo y amenaza con descargar en cualquier momento.
¿En qué instante hemos pasado de un sol radiante a una tormenta inminente?
—Vamos a tener que darnos prisa si queremos llegar a algún lugar para comer —comenta Mateo mirando al cielo, calculando mentalmente el tiempo que tenemos antes de que empiece a llover.
—Vamos, vamos —apremio mientras lo empujo suavemente por la espalda para que baje las escaleras más rápido, fingiendo una prisa dramática que ni yo misma me creo.
—Qué impaciente te vuelves cuando hay comida de por medio —bromea, negando con la cabeza, pero con esa media sonrisa que delata que le hace gracia.
—No lo sabes tú bien —respondo entre risas, adelantándole un par de escalones
No nos da tiempo ni a cruzar la calle cuando una gota enorme cae sobre mi mejilla, logrando que me sobresalte.
Luego cae otra, otra más y, en cuestión de segundos, la lluvia se intensifica y pasamos de mirar hacia arriba con duda, a estar completamente empapados sin haber llegado siquiera a la otra acera.
—¡Corre! —advierte, agarrando mi mano .
Y lo hace con esa firmeza que no deja espacio a dudas.
Sus dedos ásperos y cálidos envuelven los míos con fuerza, como si soltarme no fuera una opción, y echamos a correr bajo la lluvia entre risas descontroladas como dos críos que han decidido que empaparse merece la pena.
El agua cae con rabia, resbala por mi cara y se cuela bajo mi ropa, pero apenas lo siento, porque lo único que noto de verdad es su mano aferrada a la mía y la manera en la que tira de mí para que no me quede atrás.
Encontramos refugio bajo el pequeño toldo de una tienda cerrada y nos refugiamos ahí, casi chocando el uno con el otro.
Es estrecho, demasiado para imponer distancia.
Mateo me suelta la mano, pero solo para rodearme la cintura con el brazo y atraerme hacia él en un gesto instintivo y protector, pegándome a su cuerpo mojado.
Quedo apoyada contra su pecho y el contraste entre la tela húmeda y el calor que desprende me eriza la piel.
Permanezco quieta, consciente de cada punto de contacto.
Su mano descansa firme en mi cintura, pero aprieta apenas un poco más, como si necesitara comprobar que sigo ahí.
Mi mirada se queda clavada en su cuello, en la gota de agua que resbala lentamente por su piel, y me da miedo levantar los ojos, porque sé exactamente lo que va a pasar.
Aun así, lo hago. Miro hacia arriba y me pierdo.
Sus iris azules me sostienen sin titubeos.
Intensos. Oscuros. Cargados de algo que ya no es solo complicidad.
La lluvia golpea el toldo sobre nuestras cabezas con un sonido constante que parece aislarnos del resto del mundo.
La calle desaparece y solo quedamos él y yo respirando muy cerca el uno del otro.
Nuestras narices se rozan en un movimiento casi imperceptible y su respiración se mezcla con la mía, cálida e irregular.
Ya no sé si el pecho me sube y me baja así por la carrera o por la forma en la que su cuerpo encaja con el mío.
Su mano desciende apenas un centímetro por mi cuerpo, lento e inseguro, y mi cuerpo responde acercándose un poco más sin que lo piense siquiera, como si llevara días o semanas esperando este instante.
Puedo sentir su aliento rozando mis labios.
Tan cerca que duele. Tan cerca que arde.
Solo un movimiento más.
Nunca antes había sentido esta necesidad tan física, tan urgente y tan inevitable. Me quema la piel ahí donde me roza, me arde la boca por no besarlo, me palpita el pecho por la tensión acumulada. Siento que, si no lo hago yo o si no lo hace él, voy a explotar.
Cierro los párpados y entreabro los labios, esperando que sea él quien termine de cruzar esa línea invisible que ya casi no existe. El segundo se estira, infinito y cruel.
Pero, en lugar de sus labios, siento su frente apoyándose contra la mía, su respiración temblando sobre mi piel, y un suspiro profundo que me recorre entera y me deja aún más expuesta.
Estoy consumida.
Consumida porque quiero que me bese, deseo que su boca borre esta distancia absurda, y porque anhelo que deje de contenerse. Cuando abro los ojos, los suyos están a escasos centímetros, cargados de deseo contenido, de lucha interna y de algo más profundo que me aprieta el estómago.
Y en ese brillo entiendo que quiere hacerlo, pero también que no va a hacerlo.