Sin miedo a perder(te) Chapter 26
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Chapter 26

Después de terminar de preparar las pizzas, nos sentamos alrededor de la mesa del salón para cenar.

No hay duda alguna: los ganadores son Andrea y Julio; se les ilumina la cara al celebrarlo y yo no puedo evitar sonreír ante su entusiasmo.

El silencio nos acompaña durante buena parte de la cena y, aunque no resulta incómodo, sigo notando la respiración alterada que me acompaña desde el momento que Alejandra y yo hemos compartido antes.

No sé muy bien por qué, pero la interrupción me ha jodido más de lo que esperaba.

Aunque después hemos seguido cocinando con la misma cercanía y confianza, ese instante en el que hemos estado tan cerca, compartiendo respiraciones, miradas y algo más que no sé nombrar, nos ha dejado a los dos un poco bloqueados.

No puedo dejar de pensar en que, si Andrea no la hubiera llamado, habría roto la distancia sin pensarlo; hubiese cedido a las ganas que tengo de besarla, de saborearla y de comprobar si sus labios son tan suaves como parecen .

La cena transcurre tranquila mientras los niños parlotean entre ellos viendo los dibujos en la tele; sin embargo, Alejandra y yo intercambiamos miradas cargadas de una tensión que ninguno se atreve a romper.

Cuando terminamos, me levanto para recoger la mesa y limpiar la cocina junto a ella.

Todo es sencillo, casi cotidiano, pero a la vez siento que cualquier gesto puede desequilibrarlo todo.

—Voy a llevar a los peques a su habitación, que ya es hora de dormir —me informa, y se gira hacia los niños para tratar de convencerlos que mañana será un día muy chulo porque vienen sus padres.

Asiento despacio, entendiendo que quizá lo que quiere es que me vaya ya; no sé por qué esa idea me pesa.

—¿Me esperas o quieres irte ya? —pregunta sin atreverse a mirarme a los ojos.

Ese simple gesto me jode más de lo que debería, pues no quiero que todo lo que hemos avanzado se vaya al traste por un momento de tensión.

—Sí, claro —respondo rápido—. No tengo prisa.

Asiente y, por fin, levanta la vista y me regala una sonrisa sincera; al instante, algo en mi interior se relaja.

Dejo de mirarla cuando los niños se despiden de mí con entusiasmo y les prometo que, en cuanto el tiempo mejore un poco —porque estos días ha estado haciendo bastante viento— iremos a jugar a la playa.

Mientras Alejandra les cuenta un cuento en su habitación, mi mente no deja de darle vueltas a todo lo que ha pasado.

Intento frenar mis pensamientos, pero, como siempre, el miedo me gana, porque ¿qué habrá sentido ella?

He notado su respiración acelerarse, la forma en que no dejaba de mirarme la boca...

Pero ¿y si me dejo llevar y me equivoco?

¿Y si no siente la misma atracción que siento yo?

¿Y si cuando me decida a que pase algo ya es demasiado tarde y tiene que marcharse?

Antes, cuando ha mencionado que tenía días libres, he sentido un nudo en el pecho al pensar que podría volver a España.

Algo que no debería afectarme, porque esa posibilidad siempre ha estado ahí y, tarde o temprano, se irá de forma definitiva.

Joder, no sé por qué estoy pensando tanto en ello.

Tendría que hacer caso a Luca y dejarme llevar porque, haga lo que haga, tengo la sensación de que voy a sufrir igualmente.

Escucho sus pasos acercándose al salón y me enderezo en el sofá.

—¿Te apetece que veamos algo? —pregunta, devolviéndome a la realidad.

—Eh... Sí, claro —titubeo—. ¿Qué te apetece ver?

—Hay un documental de crímenes al que me he enganchado estos días —admite entusiasmada—. ¿Te apetece? Sé que es tarde y quizá prefieras una película, pero por si te quieres ir antes de que acabe. O también podemos...

—Vemos lo que quieras, rubita —la interrumpo, sonriendo de forma ladeada.

Estaba empezando a divagar y sé que lo hace porque está nerviosa por mi respuesta.

Veo cómo se relaja al instante y se sienta a mi lado en el sofá, pero lo suficientemente lejos como para que nuestros brazos no se rocen.

Nos cubre con una manta fina que estaba apoyada en el reposabrazos y empieza a cambiar de canal hasta encontrar lo que busca .

Se remueve varias veces y, al observarla con detenimiento, sé que quiere decirme algo.

—Venga, suelta lo que sea —la animo.

Me mira con una ceja alzada, intentando esconder la sonrisa.

—Se te nota a kilómetros que quieres preguntarme o contarme algo —insisto.

Se le escapa la risa y asiente.

—Verás... —comienza a decir, y luego carraspea—.

En estos días de vacaciones me gustaría buscar algún curso de corrección editorial para ir avanzando poco a poco.

—Recuerdo la conversación que tuvo con mi nonna —.

Siempre que sea online y el trabajo me permita dedicarle un par de horas al día, claro...

¿Qué te parece? ¿Me ayudarías a buscarlo?

Veo la duda en sus ojos y entiendo que, para ella, esto es un paso enorme. Me está pidiendo ayuda, y puedo notar perfectamente que no es algo que haga a menudo. Siento una calidez en el pecho al saber que confía en mí para algo así.

—Claro —respondo sin dudarlo—. Antes, me gustaría llevarte mañana a un sitio que te va a encantar, pero después te ayudo con todo lo que necesites.

Asiente feliz y no puedo evitar pensar que ese brillo en sus ojos podría alumbrar cualquier camino; me recuerda a la luz de los faros, a esa que guía a la gente de vuelta a casa.

—¿A dónde quieres llevarme? —pregunta impaciente.

—Deja que estos días de turismo sean una sorpresa allá donde vayamos, ¿sí? —propongo, alzando levemente las cejas.

—Bueno... Tendré que confiar en ti, entonces —responde, sonriendo de nuevo, antes de fijar la mirada en la televisión.

Hago lo mismo y pasamos la siguiente hora comentando el crimen que están analizando.

Poco a poco voy hablando menos, dejándome caer, hasta que el sueño me vence.

No sé cuánto tiempo después, me despierto un poco sobresaltado; estoy tumbado en el sofá, con la cabeza apoyada en las piernas de Alejandra, pero ella no se ha dado cuenta de que me he despertado.

Sigue acariciándome el pelo de manera distraída mientras sostiene un libro con la otra mano.

Está tan concentrada en la lectura que apenas nota que la estoy observando.

Carraspeo antes de hablar:

—Perdona, rubita, no quería dormirme —me disculpo con voz ronca.

Baja la mirada y nuestros ojos se encuentran; aparta la mano de mi pelo y se me escapa un quejido involuntario.

—No pasa nada. —Sonríe con cierta timidez—. Se notaba que estabas cansado, así que te he dejado dormir mientras leía un ratito.

—Últimamente no duermo bien. —No sé por qué me estoy justificando—. Las pesadillas me mantienen despierto más tiempo del que me gustaría.

Me mira, sorprendida.

—¿Tienes pesadillas muy a menudo? —inquiere, visiblemente preocupada.

Su mano vuelve a acariciarme el pelo, y el alivio es inmediato, lo que hace me sincere sin reservas:

—Desde que mi hermana murió —confieso con un hilo de voz.

Su mano se queda suspendida, rozando mi cabello revuelto, y en su mirada aparece una tristeza profunda.

—Lo siento, Mateo —susurra con la voz tomada, retomando las caricias—. No sabía... Joder, lo siento. —Sacude la cabeza y traga saliva—. Nunca sé qué decir. ¿Quieres hablar de ello?

Asiento.

No sé por qué, pero quiero hablarlo con ella.

—Hace unos años, volvíamos de fiesta cuando tuvimos un accidente.

Perdí el control del vehículo cuando se cruzó un animal y acabamos dando varias vueltas de campana —admito, con la mirada perdida en la penumbra de la habitación—.

Mi hermana no llevaba el cinturón puesto...

Nunca lo hacía, y mira que la regañaba muchas veces por eso.

—Antes de poder pronunciarlo en voz alta, inspiro hondo—.

Murió en el acto. Cuando desperté, solo escuchaba las sirenas de la ambulancia y la policía; me ardía la garganta, apenas podía llamarla...

—Puedo notar cómo mis ojos se han humedecido y veo que los de ella también—.

Desde entonces, me culpo por lo que pasó y mis pesadillas me recuerdan ese momento, por lo que apenas puedo dormir con la ansiedad.

Sus caricias hacen que pueda seguir hablando, que esto que cargo desde hace tanto tiempo pese un poco menos, que su presencia y su forma de mirarme me liberen un poco de este dolor.

—Cuando estoy contigo, no sé porque, puedo dormir sin tener pesadillas... Y no es porque me aburras —intento bromear, aunque mi voz suena bastante neutral—. Es porque me relajas como nunca nada lo había hecho .

Sonríe sin detener su mano, se inclina sin mediar palabra y me da un beso en la frente. El consuelo que siento es indescriptible y me tiemblan los labios.

—Gracias por confiar en mí para contármelo —murmura, conmovida—.

Entiendo lo duro que fue para ti y lo que te ha afectado en todos estos años.

Pero tienes que entender que no fue tu culpa, Mateo —dice con firmeza, asintiendo para reafirmar sus palabras—.

No podías haber hecho nada para evitarlo, y estoy segura de que tu hermana no querría que vivieras cargando esa culpa.

—Lo sé, estoy en proceso de aceptarlo, aunque me cueste a veces —aseguro, y suspiro, agotado—. Solo que las pesadillas siguen...

—¿Y si pides ayuda profesional? —propone, preocupada—. Quizá te brinden herramientas para gestionarlo y puedas dejar atrás todo lo que te hace daño.

—Sí, estuve yendo unos años al psicólogo, pero lo dejé al encontrarme mejor —confieso, intentando tranquilizarla—. No pensé que volvería otra vez a lo mismo.

—Que vuelvas a necesitar ayuda, no significa que no hayas avanzado —se apresura a añadir—.

Estoy segura de que lo has hecho, pero puede que tú tengas que volver a recordarlo.

Seguro que puedes volver a dormir bien y a sentir menos esa culpa que te persigue.

Y si no, puedes venir a dormir conmigo siempre que quieras —termina de decir, guiñándome un ojo para liberar un poco la tensión que se había creado al hablar de este tema.

La risa se me escapa y niego con la cabeza, divertido.

—Te tomo la palabra, rubita —la advierto—. Cuando no pueda dormir, te llamaré.

—Estaré encantada de ayudarte a dormir —insiste, asintiendo varias veces—. Te puedo aburrir con mis divagaciones, como siempre.

—Tu nunca me aburres, Alejandra, ni aunque quisieras —respondo, advirtiéndola con un gesto de cejas—. Me encanta escucharte hablar, sobre todo, de lo que te gusta.

Nos quedamos así unos minutos que se sienten eternos, con su mano perdiéndose entre los mechones de mi pelo y sus ojos marrones anclados a los míos como si el mundo se hubiera detenido.

Y sé, con una certeza que asusta, que podría quedarme aquí toda la vida sin cansarme jamás, porque la calma que me regala su presencia no solo me envuelve, sino que me sostiene, apaga el ruido y me hace sentir, por primera vez en mucho tiempo, en casa.