Chapter 25
Estoy nerviosa y no sé muy bien el motivo.
No sé si es porque he invitado a cenar a Mateo sin pensarlo demasiado, o porque llevamos una semana sin vernos y no tengo ni idea de cómo va a actuar conmigo después de que la última vez que coincidimos...
dormimos juntos. Dicho así, suena más fuerte de lo que fue...
De todas formas, el recuerdo me descoloca.
Me miro en el espejo del pasillo y resoplo, porque no puedo ir más hecha un desastre.
Llevo el pelo recogido en un moño que parece más un nido que otra cosa, unas mallas grises y una sudadera roja que no sé de dónde ha salido, pero que me queda al menos tres tallas grande.
Intento apañar el flequillo con los dedos, aunque sé que es una causa perdida.
Entonces, suena el timbre.
El estómago se me contrae de golpe, como si alguien me hubiera dado un tirón desde dentro.
Me quedo quieta un segundo y respiro hondo antes de asomarme al salón.
Los niños están completamente concentrados en el puzle de Cars que les regalé el otro día, tan metidos en su mundo que no se han enterado de nada.
Perfecto.
Abro la puerta y ahí está Mateo. Sonriente, tranquilo, como si no llevara una semana rondándome la cabeza. En un intento absurdo de vacilarle, frunzo el ceño y le miro muy seria.
—¿Y tú quién eres? —inquiero, alzando la barbilla.
La sonrisa se le borra al instante y me fulmina con la mirada, claramente recordando la broma que Sof y yo le gastamos horas antes, cuando pidió mi número de teléfono.
—Estás muy graciosa hoy... —comenta, divertido, mientras pasa por mi lado y me clava un dedo en la cintura.
Pego un saltito involuntario por las cosquillas y suelto una risa que no puedo contener. Cierro la puerta deprisa antes de que llegue al salón, intentando recomponerme.
—Niños —los llamo—, mirad quién ha venido a ayudaros con el puzle.
Veo cómo Mateo me observa de reojo, y yo le devuelvo la mirada con la sonrisa más inocente que puedo fingir.
— Eooo —dice Julio, levantándose el primero para saludarlo.
Andrea va detrás y tira de su mano para llevarlo consigo.
—Ale dice que vamos a hacer pizza para cenar —le cuenta el niño mientras los tres se sientan en la alfombra.
—Mmm, qué rico —añade Mateo, revolviéndole el pelo a Julio—. ¿Y cuándo las hacemos? Porque yo me muero de hambre.
—¡Y yo más! —protesta Julio, haciendo un puchero adorable.
Me doy cuenta de que me he quedado embobada mirando a Mateo, que sigue sentado con los peques, hablando de la manera más natural del mundo. Lleva una camiseta azul que va a juego con sus ojos y un pantalón de chándal negro.
Joder... ¿Es cosa mía o está guapísimo hoy?
No me da tiempo a apartar la vista cuando me pilla, literalmente, comiéndomelo con los ojos.
Genial, disimulo fatal.
Alza una ceja, haciéndome una pregunta silenciosa, y yo carraspeo antes de hablar, intentando recuperar algo de dignidad:
—Voy a darme una ducha rápida —digo por fin—. ¿Te puedes quedar con ellos mientras tanto? —le pregunto directamente a Mateo—. Cuando baje, preparamos la cena.
Me mira unos segundos con esa media sonrisa suya que nunca sé cómo interpretar, y finalmente dice que sí con un movimiento de cabeza.
—Claro —responde—. No te preocupes, los tengo controlados.
Asiento, algo más tranquila, aunque sé que, en realidad, nada está bajo control; al menos, no en mi cabeza. Me invade una sensación extraña, una mezcla de nervios y expectación que no consigo entender del todo.
¿Qué me pasa? ¿Por qué me ha revolucionado tanto su llegada?
Intento convencerme de que tiene que ver con la conversación que tuve con las chicas, con eso de dejarme llevar y hacer lo que me apetezca sin pensar tanto en el después. Pero entonces me asalta otra duda más peligrosa: ¿y si lo único que me apetece es pasar tiempo con él ?
¿Eso cómo se interpreta? ¿Está bien o está mal? No tengo respuestas, y quizá eso es lo que más me inquieta.
Me doy una ducha rápida, tratando de no pensar demasiado, y después cepillo mi pelo antes de hacerme una trenza sencilla.
Vuelvo a ponerme la sudadera roja, esta vez con un pantalón corto de pijama para estar cómoda.
Cuando regreso al salón, la escena es prácticamente la misma que cuando me fui: los niños y Mateo siguen enfrascados en el puzle.
Les propongo ir a la cocina para preparar la cena y, mientras caminamos, siento la mirada de Mateo sobre mí. No es incómoda, pero sí intensa, lo suficiente como para que se me acelere un poco el pulso.
—¿Por qué no hacemos una competición? —dice Mateo con una sonrisa que huelo a peligro.
—Miedo me dan tus ideas... —murmuro para que me escuche solo él.
Se gira para dedicarme una sonrisa de niño bueno, de esas que saben exactamente lo que hacen.
—¡Sííí! —gritan los niños al unísono.
—Alejandra y yo prepararemos una más grande y vosotros una pequeña —explica mientras saca dos masas de pizza congelada y deja varios ingredientes en la barra—. La que esté más rica, gana.
La emoción en las caras de los niños es inmediata y se me contagia sin remedio. Les pongo un trapo de cocina a modo de delantal para que se manchen lo menos posible, y nos ponemos manos a la obra entre risas y comentarios .
—¿Qué tal has pasado la semana? —me pregunta Mateo cuando ya estamos en el otro lado de la cocina, algo más apartados.
Me giro un par de veces para comprobar que los niños siguen concentrados.
—Bien... Ha sido un poco una locura, la verdad —confieso—. Pero ya mañana llegan Mariana y José. Me han dicho que, después de estos días tan intensos, puedo tomarme unos días libres para descansar.
—¿Y qué tienes pensado? ¿Vas a volver a España? —pregunta.
Creo notar un matiz de preocupación en su voz, aunque puede que solo sea cosa mía.
—Qué va —contesto rápidamente—. No me merece la pena. Prefiero quedarme y hacer un poco de turismo, que desde que llegué, no he visto casi nada.
—Si quieres, yo puedo acompañarte —propone al instante.
—¿No trabajas? —inquiero, genuinamente sorprendida, teniendo en cuenta el caos habitual del restaurante.
—José me animó a que me cogiera unos días de vacaciones —explica—. Al final, le hice caso. Desde hoy hasta la semana que viene, estoy libre.
—Oye, pues está genial que puedas descansar —afirmo, extendiendo la salsa de tomate en la base.
—No me vendrá mal —responde mientras seguimos colocando ingredientes.
Nuestros brazos se rozan más de una vez, y cada pequeño contacto me pone más nerviosa de lo que debería. Se me cae algún ingrediente, mancho más de la cuenta y siento el calor subirme a las mejillas a causa de la vergüenza. Pasa un rato en silencio hasta que me decido a hablar:
—Y sí... —comienzo a decir al fin.
Mateo me mira, sin entender muy bien a qué me refiero.
—Me apetece mucho que me acompañes —admito a toda prisa, sin pensarlo más—. Tú conoces mejor este sitio.
Lo digo con naturalidad, o al menos eso intento, aunque por dentro sé que acabo de cruzar una línea invisible y que, sorprendentemente, no me arrepiento.
Me mira y me regala una sonrisa preciosa, de esas que no se fuerzan y que parecen hechas solo para ese instante.
Mis ojos, traicioneros, bajan sin que pueda evitarlo hasta su boca; me fijo en cómo se le curva ligeramente al sonreír y en cómo se humedecen sus labios al pasar la lengua por ellos.
Cuando me doy cuenta de lo que estoy haciendo, alzo la mirada de golpe y lo pillo observándome a mí con una intensidad que me deja sin aire.
Muerdo mi labio inferior por puro instinto y noto cómo su respiración cambia y se vuelve un poco más profunda, menos controlada.
No dice nada, pero sus ojos hablan por él y los míos no se apartan; se encuentran y algo se ancla ahí, invisible pero firme.
Me pierdo en el azul de su mirada, en esa forma suya de mirarme como si no existiera nada más a nuestro alrededor.
No sé en qué momento hemos acortado tanto la distancia, solo sé que ahora está demasiado cerca.
Tanto, que siento su respiración calentarme la piel, provocándome un escalofrío que me recorre entera desde la nuca hasta la punta de los dedos.
El corazón me late desbocado y algo se enciende en mi interior, algo nuevo y desconocido.
Y peligrosamente adictivo. Nunca había sentido nada parecido.
No es solo atracción, es otra cosa. Más profunda. Más intensa.
Me quedaría aquí, así, suspendida en este instante, si no fuera porque una queja rompe el hechizo:
—¡Ale! —protesta Andrea—. Julio no me deja hacer nada.
Parpadeo, como si despertara de un sueño, y me aparto de Mateo aún casi en trance. Voy hacia ellos para mediar y poner un poco de paz, pero mi mente sigue anclada en ese segundo compartido y en esa mirada que lo ha dicho todo sin necesidad de palabras.
Y, mientras separo ingredientes y calmo protestas infantiles, no puedo dejar de pensar en lo que acaba de pasar... Ni en lo mucho que me ha afectado.