Sin miedo a perder(te) Chapter 24
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Chapter 24

Está siendo una semana horrible. Apenas puedo dormir cuatro horas seguidas sin tener pesadillas, lo que hace que tenga peor humor de lo normal; me levanto cansado, irritable y con esa sensación de no haber descansado nada, como si el cuerpo siguiera en guardia.

Encima, por si fuera poco, llevo días sin ver ni saber nada de Alejandra, lo que me cabrea aún más, porque no sé qué hago echándola de menos.

El día que dormimos juntos fue uno de los mejores que he tenido en mucho tiempo; a la mañana siguiente me encontraba descansado y tranquilo, casi en paz.

Pero, claro, mi cabeza no tardó en arrancar, como siempre, pensando de más.

Y llegué a la conclusión de que no puedo dejar que se acerque más ni que se cree ese vínculo con ella, porque tarde o temprano se va a ir de mi vida y, cuando lo haga, solo quedará echarla de menos. Y yo no estoy preparado para eso.

Cuando llegó intenté apartarla, alejarla de mí y poner distancia entre nosotros, pero su personalidad hizo que fuera imposible.

Alejandra es un imán constante, como si algo en ella me atrajera sin remedio y sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.

Y eso me cabrea. Hace que me enfade conmigo mismo, porque he cruzado límites sin pensar y sin ser consciente, y ahora va a ser aún más difícil mantener la distancia que me he prometido.

Le doy vueltas una y otra vez en mi cabeza mientras seco copas. Estoy tan metido en mis pensamientos que, en un momento dado, una de ellas se me escurre de las manos y no consigo sujetarla antes de que haga añicos contra suelo.

—Joder, hostia puta —espeto, cabreado, y me agacho a recoger los restos.

—Esa boca, colega —me reprenden desde el otro lado de la barra.

Al levantarme, me encuentro a Luca sonriendo; no suele pasarse por el bar si no está Sof, así que imagino que hoy le ha pillado de paso y ha entrado a saludarme.

—Ey —saludo, y vuelvo a agacharme para limpiar todo.

Cuando me incorporo de nuevo, Luca me está mirando con una ceja alzada.

Puedo notar cómo me analiza sin disimulo.

No sé por qué, pero desde que llegué, es el único capaz de leerme como un libro abierto; da igual lo que intente ocultar, siempre acaba descubriéndolo.

Por esa razón evito su mirada, con la esperanza de que esta vez no diga nada.

—A ver, cuéntame por qué tienes esa cara de haber chupado una suela de zapato.

Pongo los ojos en blanco al escucharlo y comienzo a colocar el resto de copas en su sitio con un poco más de cuidado .

—No me pasa nada, Luca —niego al instante—. Apenas duermo y hay mucho trabajo.

—Me imagino —responde, asintiendo—. También echaréis en falta a Ale.

Tuerzo el gesto sin poder evitarlo.

—Con eso de que está cuidando a los niños... —añade.

—Sí, sí, también —contesto con rapidez, evadiendo cualquier respuesta más profunda.

—¿Qué tal con ella? —insiste.

Luca sabe que dormimos juntos, y también lo de la tarde en la playa y la cena.

—Bien, sin más —respondo sin entrar en detalles, deseando que me deje tranquilo.

—¿Y por eso tienes esa cara? —vuelve a la carga.

—Joder... —mascullo con un suspiro—. Vamos al despacho, anda, que tengo que dejar unas facturas.

Lo guío hasta la oficina y, mientras guardo los documentos, Luca aprovecha para sentarse. Aguanto unos segundos, pero al final cedo y me siento a su lado.

—Venga, tío, suelta qué es lo que te preocupa. —Me pone la mano en el hombro, tratando de transmitirme algo de calma—. Sabes que no va a salir de aquí.

Y lo sé, pues confío en él más que en mí mismo; el problema es que ni siquiera sé bien cómo explicarme.

—Verás... Me cae bien Alejandra y quiero que sea mi amiga —empiezo, tratando de buscar las palabras adecuadas—. Pero hay algo que no me deja avanzar.

—¿En qué sentido? —insiste, frunciendo el ceño—. ¿Quieres algo más con ella?

—No, tío, la acabo de conocer. —Niego con la cabeza, pensativo—.

Me refiero a que, cuando estamos bien, hay una voz en mi cabeza que me dice que estoy creando un vínculo más profundo.

Uno que un día se romperá, porque tiene fecha de caducidad.

—Lo miro a los ojos y no puedo evitar suspirar de nuevo—. Se va a ir, Luca.

—¿Y si no lo hace? —pregunta mirándome fijamente.

—Sé que se irá, y no quiero cogerle cariño para después echarla de menos —respondo sin dudar, tensando la mandíbula.

—Mat, amigo... —Me sonríe con familiaridad—.

A veces, hay personas que llegan a nuestra vida solo por un tramo del camino.

No se quedan para siempre, y eso no significa que hayamos hecho nada mal ni que seamos malas personas.

En ocasiones, su único propósito es cruzarse con nosotros y dejarnos algo, como una lección, un recuerdo, un cambio...

y marcharse cuando ya han cumplido su papel.

Aunque duela, también eso forma parte de vivir.

—No es eso... —dudo, dándole vueltas a sus palabras—. Es que... Me recuerda a Ana.

Veo cómo la tristeza cruza la mirada de mi amigo. Frunzo los labios con fuerza, ya que no quiero derramar ni una lágrima. Él no dice nada, me da espacio y mi tiempo para continuar hablando.

—Tiene su mismo brillo, la misma alegría, esas ganas constantes de llevarme la contraria y picarme —explico, incapaz de mirarlo—. No es porque se vaya... Es porque me voy a sentir culpable cuando lo haga. Igual que cuando mi hermana me dejó.

Luca me pasa el brazo por los hombros y me acerca a él; me dejo hacer, porque lo necesito.

—Ey, mírame —ordena con firmeza.

Alzo la mirada.

—Créete de una vez que no tuviste la culpa, Mat, lo que pasó fue un accidente.

Algo que no debería haber pasado, pero pasó, y no puedes vivir en el pasado —me dice con seguridad en su voz—.

No te castigues así, porque tienes derecho a vivir.

Es más, es lo que deberías hacer: vivir por los dos.

Por Ana y por ti. Estoy seguro de que a ella le encantaría que te dejaras llevar.

—Ya, pero... —titubeo, cerrando los ojos para intentar controlar lo que siento—.

Si esa noche no hubiera insistido para que saliera conmigo de fiesta...

Si hubiera ido yo solo en el coche... Si en lugar de ella me hubiera pasado a mí...

—pienso en voz alta, imaginando todo un mundo de posibilidades que jamás podrá cumplirse.

—Eh, frena —me corta—. No podemos controlar el destino. Es duro de aceptar, pero no estaba en tus manos. Hiciste lo que tenías que hacer y, repito, no fue tu culpa, Mat. Tu hermana te adoraba, así que haz que vivir merezca la pena. Por ella.

Una lágrima silenciosa rueda por mi mejilla. Enseguida mi amigo me abraza y mi cuerpo deja de temblar poco a poco. Sé que tiene razón, pero llevo tanto tiempo castigándome por lo que le pasó a Ana que ya no sé vivir sin hacerlo.

—Respecto a Ale —añade—, en serio, déjate llevar.

Quizá solo sea una bonita amistad o quizá te enamores por primera vez, eso no lo sabes.

Pero no te cortes las alas antes de tiempo.

—Pone su mano en mi hombro y compartimos una mirada significativa—.

Disfruta del tiempo que esté aquí, porque quizá no se vaya nunca.

Asiento. Sé que no va a ser así, sé que un día se acabará marchando, pero voy a intentar dejarme llevar y conocerla más. Porque me apetece y porque, aunque me cueste aceptarlo, ha llegado a mi vida para darle un poco más de luz.

Cuando salimos del despacho vemos a Sofía en la barra, y Luca va directo a darle un beso.

Ellos son el mejor ejemplo de amor: su historia fue difícil, pero ahí están, siendo felices.

Yo también saludo a mi amiga y los dejo solos mientras termino de recoger la barra.

Al rato, Luca se despide y yo, sintiéndome algo más animado, tomo una decisión.

Me acerco a Sofi, que está guardando unos manteles.

—Sof —la llamo—. ¿Me puedes dar el teléfono de Alejandra?

Al mirarme, su sonrisa pícara me deja claro que va a vacilarme.

—Ay, pequeño Mat —dice, y chasquea la lengua—. ¿Para qué quieres el teléfono de Ale?

—Pues para qué va a ser... —respondo algo más brusco—. Quiero preguntarle qué tal están los niños.

Ella pone los ojos en blanco y se ríe aún más; acabo de empezar a hablar con ella y ya me está tocando los cojones.

—Claro, claro, para nada te interesa saber cómo está ella, ¿eh? —me pincha, divertida.

—Sof, me estás tocando las narices —advierto—. ¿Me lo vas a dar, o no?

—Que sí, hombre —responde, sacando el móvil—. Te lo envío por mensaje.

Le sonrío y vuelvo tras la barra.

Cuando me llega el número, lo guardo como «Rubita» y directamente entro en la conversación para escribirle.

Al segundo, veo que está en línea y escribiendo; automáticamente, me pongo nervioso, esperando su respuesta.

Me quedo helado.

¿No soy el único que la llama rubita, o qué?

No me jodas.

Seguro que Sofía me ha dado el número equivocado. Frunzo el ceño y tuerzo el gesto en una mueca, sin saber qué decir. Entonces, escucho a Sofía soltando varias carcajadas mientras me apunta con la cámara de su móvil. Me quedo con cara de póker.

Me envía la foto que me ha hecho Sof, en la que salgo mirando el móvil con cara extraña. Las voy a matar. Miro a Sofía, que sigue riéndose a mi costa, y estoy seguro de que Alejandra también.

—Sois lo peor —sentencio, levantando la voz y señalándola.

Ella me lanza un beso.

Vuelvo al teléfono y veo otro mensaje de ella.

Me da un vuelco el estómago. Y no precisamente por la cena, sino porque me apetece mucho verla.