Chapter 23
La mañana se vuelve caótica en cuanto llego a casa.
Me doy una ducha rápida y despido a Mariana y a José, asegurándoles que pueden irse tranquilos y que los peques estarán bien.
Más tarde, los despierto, les doy el desayuno y los llevo al colegio.
Hasta después de comer no tengo que recogerlos, así que dedico la mañana a ordenar y limpiar tanto mi casa como los dormitorios de los niños.
El movimiento constante y el ir de una habitación a otra, hace que no pare de dar vueltas a lo de anoche. He dormido con Mateo, esa es la realidad. Y tengo que reconocer que a una parte de mí le gusta, pero la otra no puede evitar preocuparse de más.
¿Dónde me está llevando esto?
¿Por qué con él me siento tan a gusto?
¿No está yendo todo demasiado deprisa?
Tan solo hace poco más de un mes que dejé mi vida atrás y ahora es como si me hubiera olvidado de todo.
Quizá debería guardar las distancias, al menos hasta que pase más tiempo y sienta que es el momento.
Me repito esa idea una y otra vez mientras limpio, como si hacerlo fuera a traerme alguna respuesta.
Cuando termino, me siento en uno de los taburetes de la barra de la cocina; estoy agotada, tanto de limpiar como de sobre pensar. Voy a coger el teléfono para preguntar a las chicas si pueden hacer videollamada cuando suena el timbre y me acerco a abrir.
—¡Holaaa! —canturrea una alegre Sofía desde el umbral.
Sonrío de forma inmediata; su buen humor es contagioso.
—¡Sof! —la saludo, dándole un abrazo—. ¿Qué haces aquí?
—He venido a comer contigo —me informa, alzando una bolsa que supongo que serán dos táperes del restaurante.
—Tú sí que sabes cómo hacerme feliz. —Asiento con aprobación y me hago a un lado para dejarla entrar.
Ella se ríe y se dirige a la cocina, donde hace un hueco en la encimera para la bolsa y empieza a calentar la comida en el microondas.
—¿Qué estabas haciendo? —me pregunta, señalando el móvil con el chat del grupo de mis amigas abierto.
—Quería hacer una videollamada con las chicas —respondo, tomando el teléfono.
—Me apunto —dice sin dudar—. Creo que hay cositas que nos tienes que contar.
Pongo los ojos en blanco, pues sé perfectamente a qué se refiere: anoche le dije que estaba cenando en casa de los abuelos de Mateo, y no volví a decirle nada más.
Llamo y ellas contestan a la vez; no tardo en ver que cada una está en su dormitorio, por lo que intuyo que las habré pillado estudiando .
—Hola, chicas —nos saludan a la vez.
—Me he unido a la llamada porque Ale nos tiene que explicar muuuchas cosas a todas —informa Sof, ganándose una mirada asesina por mi parte.
Paula suelta una carcajada profunda y añade:
—Eso es cierto. —Asiente con las cejas alzadas—. ¿Por qué has dormido con Mateo hoy?
Veo cómo Sof abre la boca y un silencioso «¡¿Perdona?!» se expande en su mirada. Eso no me ha dado tiempo a contárselo a ella, pero a las chicas les envié un mensaje esta mañana al respecto, ya que me preguntaron por qué no hice videollamada anoche.
—¿En serio? —cuestiona Sofía con una sonrisita canalla—. Y yo que quería que me contaras lo de la playa... Qué inocente soy.
—Espera, espera, yo no sé lo de la fiesta —añade Carla—. Eso también lo tienes que contar.
—Madre mía —murmuro, cerrando los ojos—. Esta llamada está siendo un descontrol.
Todas se ríen y me piden que cuente desde la fiesta, pasando por la tarde de playa, hasta la cena y por qué dormí allí.
Cojo aire exageradamente y voy contando todo paso por paso.
Las chicas, de vez en cuando, sueltan algún comentario y van cruzando miraditas entre ellas, lo que hace que me ponga muy nerviosa.
—Y bueno... —añado al final—. Eso es todo, supongo.
—Pero... ¿Entonces os gustáis? —inquiere Sof, mirándome fijamente.
Miro a las chicas y veo que también están esperando una respuesta.
—¿Qué dices? —Arrugo la nariz, negando al instante—. Para nada. Somos amigos y ya. Lo de dormir fue sin querer y no se va a volver a repetir —aseguro muy digna—. Es más, tengo pensado poner un poco de distancia.
—¿Por qué? —pregunta Carla—. No lo entiendo.
—Pues... —titubeo—. Porque somos amigos y los amigos no se comportan así. Y porque... —Me callo de golpe, porque no me atrevo a decir eso que me lleva oprimiendo el pecho toda la mañana.
—Venga, Ale, suéltalo —me anima Pau—. Sabes que no te vamos a juzgar.
—Siento que todo está yendo demasiado rápido —admito de golpe, sin darme tiempo a retractarme—.
Es verdad que estoy mejor, aunque sigo perdida sin saber quién soy, pero solo ha pasado poco más de un mes...
Tuve una relación de dos años, no puedo olvidarme de eso de la noche a la mañana —les digo, inquieta—.
También perdí a mi mejor amiga... Bueno, a la que lo había sido durante toda mi infancia.
Es demasiado como para venir aquí y estar pensando si me gusta o no un chico.
—A ver, vamos por partes —responde Carla con calma—.
Primero: estar perdida y no saber quién eres es algo temporal, pronto lo irás descubriendo.
Segundo: Ale, cariño, has vivido el duelo de la relación dentro de ella, pasaste por todo lo malo estando con él, por lo que es normal que ahora no sientas nada ni lo eches de menos.
—Me sonríe de forma comprensiva—. Entiendo que pienses en ello porque son muchos años y te hizo mucho daño, pero no te quedes atascada ahí.
—Y tercero —añade Pau seguidamente, sabiendo lo que Carla iba a decir—. Lara no era una buena amiga y eso lo sabías desde hace tiempo, solo que tu inseguridad hablaba por ti y la seguías manteniendo en tu vida.
Me quedo un rato pensando hasta llegar a la conclusión de que es verdad, tienen razón. No puedo quedarme anclada en el pasado y en el daño que me hicieron, pero tampoco sé muy bien cómo avanzar sin sentir que no lo estoy superando, sino huyendo.
—Creo que tienes esa sensación porque sientes que has huido —interviene Sof, y eso hace que me gire hacia ella—.
Yo me sentí igual cuando mi vida se fue a la mierda y me vine aquí.
Creí que dejaba todo el dolor atrás y que aquí tenía que ser otra persona.
Y eso no es malo, Ale —me explica mientras me coge de la mano—.
Has dejado atrás lo que te hacía daño, y quizá un día tengas que hacerle frente, pero eso no tiene por qué alterar tu presente.
No creas que has huido, sino que te has ido buscando tu camino y la forma de volver a ti y brillar de nuevo.
Sus palabras calan hondo en mí. Me gusta cómo suena eso de «buscar mi camino».
Sé que el dolor no se puede olvidar, que siempre va a formar parte de mí, pero también sé que se puede aprender de él y acompañarme sin condicionarme.
Y es así como quiero que sean las cosas.
También me doy cuenta de que tanto Lara como Pablo son personas que merecen que me olvide de ellas, y que da igual si es en un mes o en cinco, porque lo estoy haciendo.
—Tenéis razón, pero... —dudo, aún confundida—. Mateo no me gusta. Es guapo y me lo paso bien con él, pero ya está. Tampoco le gusto a él, porque, como ha dicho esta mañana, somos amigos .
—Vale —cede Paula, pensativa—. Sois amigos, pero no significa que tengas que «mantener la distancia». Déjate llevar y vas viendo a dónde llega esa amistad. Quizá solo seáis amigos, o quizá... —añade, dejando la frase en el aire.
—Quizá te enamores de él, y él de ti —termina Carla, hablando por ella—.
Lo que queremos decir, es que el miedo no debe condicionarte.
Permítete sentir, y si ahora mismo quieres una amistad con él, aunque lo dudo —dice riendo—, pues solo eso.
Pero no te prohíbas hacer lo que quieres en cada momento.
—Eso es verdad —interviene Sofi—. Mateo también ha sufrido mucho en el pasado y es probable que no esté buscando nada ahora... Pero se comporta diferente contigo. Hay algo que le empuja a acercarse a ti y eso se nota desde el primer día, aunque pensaras que no te aguantaba.
Seguimos hablando un buen rato hasta que Sof se despide de nosotras porque tiene clase, y a mí me llega la hora de recoger a los niños. Y aunque intento centrarme en lo que tengo que hacer, mi mente vuelve una y otra vez a todo lo que he hablado con las chicas... Y a Mateo, especialmente a él.
No puedo dejar de pensar en qué estará pasando por su cabeza respecto a todo esto. Respecto a mí.