Chapter 22
Siento un ligero peso en el pecho y entreabro los ojos con pereza.
La luz del amanecer se cuela por la ventana en forma de finas líneas doradas, ya que anoche se me olvidó bajar del todo la persiana.
Tengo la mente descansada y extrañamente clara, lo que me desconcierta sabiendo lo poco que suelo dormir.
Pero hoy no ha habido pesadillas, ya que parece ser que los monstruos de mi cabeza se han mantenido a raya, aunque todavía no entiendo muy bien por qué.
Un leve ronquido me hace ser consciente de dónde me encuentro.
Alejandra está dormida a mi lado. Su cabeza descansa sobre mi pecho y uno de sus brazos me rodea la cintura, como si lo hiciera de manera instintiva.
Yo la sujeto por la espalda, abrazándola sin saber cuándo he empezado a hacerlo, y nuestras piernas están entrelazadas de una forma peligrosamente íntima.
Me cuesta recordar en qué momento hemos acabado así; anoche estábamos viendo una película, y ahora...
no sé muy bien qué hacer para que, cuando se despierte, esto no se convierta en una situación incómoda de cojones .
Me permito observarla un poco más antes de que abra los ojos; su rostro transmite una paz que me desarma.
Tiene los labios entreabiertos con una ligera sonrisa dibujada en ellos, y esos ronquiditos suaves son, sin exagerar, lo más adorable que he escuchado en mi vida.
Su pelo está completamente alborotado y la camiseta se le ha subido un poco, dejando al descubierto parte de su vientre.
Mi mano roza su cadera casi sin querer y me detengo un segundo, pero la piel es tan suave que no puedo evitar acariciarla un poco más, despacio y con cuidado.
Siento su respiración cálida en mi cuello, el roce de su rodilla contra mi entrepierna y, sin poder evitarlo, me tenso de inmediato.
Joder.
Me doy cuenta de que estoy empalmado, ya que su cercanía me altera más de lo que me gustaría admitir. Tengo que pensar en otra cosa.
Piensa en cosas tristes.
Joder, Mateo, no te puede ver así nada más despertarse.
Estoy intentando concentrarme en bajar la erección, cuando la alarma del teléfono suena de repente y me sobresalta. A la vez, Alejandra abre los ojos, desorientada, y parpadea varias veces mientras asimila dónde está.
—Mierda... —murmura, apartándose rápidamente de mí.
Intento no pensar en el vacío inmediato que siento cuando rompe el contacto. Se sienta en la cama y mira a su alrededor, nerviosa, como si acabara de despertarse en un lugar completamente desconocido.
—Buenos días, rubita —intento sonar tranquilo mientras me estiro en la cama, buscando normalidad .
Al menos, he conseguido serenarme un poco.
—Mateo... —susurra—. Lo siento, no debería haberme quedado dormida. Es que... Estaba tan cansada de la fiesta y de la playa... —trata de explicar, trabándose con cada frase—. Fue sin querer... Debería haberme despertado antes e irme a casa. De verdad que lo siento.
Puedo notar sus nervios a kilómetros. Gesticula con las manos de forma exagerada mientras sigue sentada en el colchón, evitando mirarme directamente. Me muerdo el labio para no reírme, pues no quiero ser un capullo, pero verla así de nerviosa me hace especial gracia.
—Tranquila, rubita, no es nada importante. —Apoyo una mano en su hombro para obligarla a mirarme—. ¿Has dormido bien?
—¿En serio? ¿Cómo puedes preguntarme si he dormido bien? —inquiere, levantándose de golpe y dejándome un poco descolocado—. Ay, Dios... ¿Qué estará pensando tu abuela? Qué vergüenza.
Ahí está. Eso es lo que le preocupa.
Se tapa la cara con las manos y no puedo evitar soltar una risita. Levanta la mirada y arquea una ceja, fulminándome con sus ojos castaños.
—Y encima te ríes... —suspira, dramática.
Me levanto y la sujeto suavemente por los brazos para que se esté quieta. Alza la cabeza y nuestras pupilas se encuentran al instante.
Joder, qué guapa es.
—Alejandra, no pasa absolutamente nada —insisto con seriedad—. Somos adultos, y tan solo hemos visto una película y nos hemos quedado dormidos. No va a pensar nada, porque sabe que somos amigos.
—Ya... Pero... —titubea—. Yo no duermo con mis amigos.
—Pues, a partir de ahora, sí —afirmo con confianza.
Asiente débilmente, aunque sé que no está del todo convencida cuando añade:
—¿Crees que existe la posibilidad de salir de la casa sin que nos vean?
—Lo dudo un poco —respondo con una risa suave, ganándome un tortazo en el brazo—. Pero... Podemos intentarlo —propongo para tranquilizarla—. Me doy una ducha rápida y salimos a la vez. Espérame aquí, ¿vale?
Me dice que sí con una mirada asesina, ya que sigo riéndome de ella. Se sienta en la cama con las piernas cruzadas y saca el teléfono de la mochila mientras que salgo directo al baño; necesito una ducha bien fría que me despierte del todo y, sobre todo, que me haga dejar de pensar en ella.
El agua me cae sobre los hombros y no puedo borrar de mi mente fragmentos de la conversación que tuvo anoche con mi abuela.
La imagen de ella llorando, la sensación de impotencia al saber que está tan perdida que incluso duda de quién es.
No sé por qué, pero de pronto quiero ser su apoyo aquí.
Deseo que, cuando se vaya, al menos se lleve el recuerdo de que alguien la ayudó a encontrarse un poco.
Anoche le hablé de Ana. Poco, apenas una mención, pero por primera vez no me dolió hacerlo.
Me sentí cómodo, y me encantaría poder volver a hablar de ella.
A veces, siento que, si no la recuerdo lo suficiente o si no la nombro, la estoy olvidando...
Y eso nunca va a pasar. Mientras yo viva, ella vivirá conmigo.
Cuando termino de ducharme y me visto, vuelvo a la habitación. Escucho a Alejandra hablando por teléfono en voz baja, así que toco la puerta con los nudillos y abro lentamente; la veo dando vueltas, inquieta.
—Tranquila, Mariana, en quince minutos estoy allí... —responde, frunciendo ligeramente el ceño—. No, no pasa nada, me quedo con ellos estos días. Voy a casa y hablamos. —Asiente un par de veces antes de despedirse—. Ahora nos vemos.
—¿Ha pasado algo? —pregunto, un poco preocupado.
—No, nada grave —me explica—. Tienen que irse unos días porque hay un problema en uno de los restaurantes de Roma, así que se irán hoy mismo —explica mientras se pone las deportivas—. Me ha pedido que me quede con los niños. Te llamará después para organizar los horarios.
Me da más detalles mientras terminamos de recoger la habitación. Salimos despacio por el pasillo, intentando no hacer ruido, hasta llegar a la puerta de la entrada sin que los nonni nos escuchen... O eso creíamos.
—Alto ahí —nos sobresalta la voz de mi abuela—. No os iréis sin desayunar, ¿no?
Alejandra se tapa la boca para no chillar del susto y abre tanto los ojos que parece que se le van a salir de las órbitas.
Se queda completamente rígida durante un segundo, como si la hubieran pillado haciendo algo terrible.
Yo no puedo evitar soltar una carcajada profunda ante la escena, porque la pillada ha sido demasiado buena.
Me gano al instante una mirada cargada de odio por su parte, tan intensa que, lejos de intimidarme, me hace aún más gracia.
Mi abuela sale al pasillo con toda la calma del mundo y nos da los buenos días.
—Alejandra tiene prisa porque debe quedarse con los niños —la excuso—, pero nos llevamos el café en un vaso para llevar.
Alejandra asiente rápidamente y le regala una sonrisa a mi abuela, de esas que se quedan a medio camino entre la educación y el puro nerviosismo. Sé que ahora mismo no es capaz de decir una sola palabra; está muerta de la vergüenza y su silencio lo confirma.
Unos minutos más tarde, salimos por fin de la casa con el café en la mano. Caminamos en dirección a casa de los Fernández, donde Andrea y Julio la esperan, dejando atrás una mañana que ninguno de los dos va a olvidar tan fácilmente.