Sin miedo a perder(te) Chapter 21
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Chapter 21

Tengo que reconocer que su pregunta me sorprende bastante, sobre todo, después de lo que pasó la primera y única vez que fui a cenar a casa de sus abuelos.

Me quedo mirándolo unos segundos demasiado largos.

Sus ojos azules me observan con atención y estoy segura de que ve en mi expresión la duda que me atraviesa, porque antes de que pueda responder, añade con un tono mucho más serio que el que ha tenido durante toda la tarde:

—Alejandra, lo digo en serio —insiste con seguridad—. No te estoy invitando para luego enfadarme como la otra vez.

No sé en qué momento ha ocurrido, pero ya no siento nada negativo cuando me llama por mi nombre completo. Al contrario, me gusta. Sobre todo, porque es el único que lo hace aquí.

—Está bien, pero... ¿Los puedes llamar antes para avisarlos? —pregunto con indecisión, y me muerdo el labio, inquieta—. No me gusta aparecer de la nada sin estar invitada .

Veo cómo sus pupilas se centran en mi boca y siento una voltereta en el estómago; se da cuenta enseguida y aparta la mirada mientras busca el teléfono en la mochila.

—Si así te quedas más tranquila, los aviso —accede sin dudarlo—. Pero no sería necesario, están encantados de que vayas. La nonna pregunta mucho por ti.

Mi sonrisa se amplía sin querer al ser consciente de las buenas personas que he encontrado en esta isla y de la suerte que he tenido.

Mateo es un gruñón, sí, y creo que lo seguirá siendo, pero me gusta su forma de mirar, ya que me parece sincera.

Y su compañía me transmite una calma que nunca antes había sentido.

Habla con su abuela por teléfono y después recogemos todo para que no se haga tarde.

De camino a su casa, vamos hablando del libro que estoy leyendo, y se interesa por saber de qué va; como siempre que hablo de algo que me gusta, empiezo a divagar sin darme cuenta, pero él me escucha con una sonrisa tranquila.

Cuando llegamos, su abuela sale a recibirnos.

—Ale, bonita, ¡cómo me alegro de volver a verte! —saluda Isabella mientras me da un abrazo sentido.

Antes me habría puesto nerviosa, sin saber muy bien qué hacer; sin embargo, ahora le devuelvo el gesto con todo mi cariño.

—¿Cómo estás, Isabella? —le pregunto, sonriéndole con agradecimiento.

—Bien, bien, todo bien. —Asiente con convicción—. Pero, por favor, llámame nonna .

Le da un beso rápido a su nieto y le pide que vaya a dejar nuestras cosas en la habitación .

—Cariño, Fabio está en el jardín —dice, dirigiéndose a mí—. Se ha roto el sistema de riego y está intentando arreglarlo, por si quieres ir a saludarlo.

Asiento y le devuelvo la sonrisa. Mientras Mateo desaparece por el pasillo, yo salgo por la puerta de la cocina y cruzo el jardín hasta encontrar a Fabio.

—¡Hola! —saludo más fuerte de lo normal, por si no me escucha con el ruido de la máquina.

— Ragazza , no te esperaba por aquí —responde con una sonrisa sincera.

Fabio es menos cariñoso, más parecido al carácter de Mateo; le gusta mantener las distancias y lo respeto totalmente. Yo, cuando no tengo confianza, soy igual.

—Mateo me ha invitado a cenar con vosotros —explico, intentando sacar conversación.

Alza una ceja mientras fija la vista por detrás de mí; al girarme, veo a Mateo acercándose a nosotros.

—La nonna dice que necesita ayuda con la cena, que si puedes ir —comenta cuando llega a mi altura, señalando con el pulgar por encima de su hombro.

—Claro —respondo, y me dirijo de nuevo hacia la cocina.

Nada más entrar, el olor a verduras me inunda la nariz y me hace salivar; tengo bastante hambre y huele muy bien.

—Ya estoy aquí, Isabella. ¿Cómo te ayudo? —inquiero, dispuesta a todo.

Me gusta cocinar y, por lo que veo, a ella también.

—Primero, el delantal —indica mientras me tiende uno lleno de dibujos de limones—. Y, segundo, si puedes picar las verduras que faltan, yo voy preparando el pollo.

—Perfecto —afirmo, asintiendo.

Empiezo a cortar las verduras en taquitos similares a los suyos, ni muy grandes ni muy pequeños, tal y como me enseñó Carla.

—Veo que te gusta y se te da bien —me halaga, observando la tabla de cortar.

—Sí, antes no me gustaba nada, pero vivir con Carla ha hecho que ame cocinar y probar recetas nuevas —le cuento sin dejar de trabajar.

—¿Desde cuándo vives con tus amigas? —indaga, curiosa.

—Desde que empecé la universidad —explico sin soltar el cuchillo—. Primero, en la residencia, y después nos hicimos tan amigas que buscamos un piso para compartir.

—Y ahora más que amigas, son familia, ¿no? —continúa curioseando, lo que me hace sonreír.

—La verdad es que sí. —Se me llenan los ojos de lágrimas al pensar en ellas—. Es el regalo más bonito que me ha dado la vida. No sé qué sería de mí sin ellas... Perdona, me pongo sensible porque las echo mucho de menos.

—No te preocupes, cariño —trata de consolarme, acariciándome el brazo—. Es normal echarlas de menos y es maravilloso tener personas así en tu vida. —Me mira con una sonrisa tierna—. ¿Qué estás estudiando?

Al escucharla me tenso un poco, pues no sé si me va a juzgar por lo que voy a contarle.

—Estaba estudiando Economía, pero creo... —dudo antes de terminar—. Creo que no voy a acabar la carrera. —Suspiro con pesadez y me da vergüenza mirarla siquiera—. No me gusta y me genera ansiedad estudiar algo que no quiero.

Se queda pensativa, observándome, y mi cabeza empieza a imaginar la reprimenda que viene a continuación.

—Me parece estupendo que dejes esa carrera si no es lo que te gusta —habla por fin, sorprendiéndome.

Dejo de cortar las verduras y me giro completamente hacia ella.

—Ale, la vida es muy corta para hacer cosas que no nos llenan —añade, convencida de sus palabras—. ¿Por qué elegiste estudiar eso?

—Mi padre... —balbuceo, insegura—. Mi padre me obligó. Es dueño de una empresa de transporte con varias sedes por Europa, y quiere que trabaje con él.

Me sorprende la facilidad con la que le cuento todo, ya que apenas la conozco. Sin embargo, cuando la miro a los ojos, sé que no puedo mentirle.

—Tienes que hacer lo que a ti te guste —me recuerda, acariciándome el brazo de forma familiar—. Porque la persona que va a estar contigo toda la vida, eres tú misma. Y eso, tu padre, algún día, lo entenderá —asegura.

Ambas hemos dejado de cocinar y estamos apoyadas en la encimera, una frente a la otra.

—¿Y si no sé lo que quiero? ¿Y si ahora mismo no sé quién soy? —pregunto en voz baja, casi desesperada, como si ella tuviera todas las respuestas .

—Entonces, es momento de parar, respirar y escuchar a tu corazón —responde mientras toma mis manos y las acoge entre las suyas—.

A veces, la cabeza es demasiado racional, y no está mal escucharla...

Pero, cuando nos perdemos y no sabemos quiénes somos, hay que dejar hablar al corazón.

Él nos guía de vuelta —afirma, asintiendo para convencerme de ello—.

Cierra los ojos y dime qué es lo que te gusta hacer, qué te hace feliz.

—Me gusta... —dudo y cierro los ojos como me ha dicho—.

Me gusta leer y todo lo relacionado con los libros.

Me gustaría trabajar corrigiendo manuscritos, preparar eventos literarios, contar cuentos a niños...

Me encantan los niños —murmuro con una sonrisa tonta en los labios—.

También hacer algún curso de cocina, incluso hacerlo con las chicas.

O trabajar en una librería. No sé... Son cosas demasiado simples.

Cuando abro los ojos, una lágrima recorre mi mejilla.

No he sido consciente de que estaba llorando mientras le explicaba todo eso.

—Cariño —susurra, limpiándome las lágrimas con los pulgares—, no son cosas simples si a ti te llenan. Lo importante es que seas feliz, y la gente que te quiere estará ahí para apoyarte.

Asiento débilmente, porque sé que tiene razón, pero es tan difícil dejarlo todo y perseguir tus sueños sin sentirte juzgada...

—Escucha tu corazón, Ale —repite—. Él te va a guiar de vuelta a ti misma.

Un carraspeo me hace brincar. Me giro de forma instintiva y encuentro a Mateo apoyado en el marco de la puerta. No sé cuánto habrá escuchado, pero por su mirada sé que ahora sabe más de mí de lo que yo sé de él, por lo que me remuevo un tanto insegura.

—Mateo —lo llama Fabio por detrás de él—, vamos a poner la mesa mientras terminan la comida.

No volvemos a sacar el tema, ni mientras cocinamos ni durante la cena.

Hablamos de la vida aquí, me recomiendan sitios que visitar y Mateo insiste en que no puedo irme sin ver el faro de Punta Carena.

Me lo apunto mentalmente; los faros siempre me han dado buenas sensaciones.

Más tarde, cuando terminamos, recogemos todos juntos y voy a su dormitorio para coger mis cosas e irme a casa.

Su habitación tiene las paredes pintadas de azul, y hay un cuadro enorme de un precioso faro frente al mar.

La cama es amplia y está centrada en la pared más larga, vestida con sábanas blancas y cubierta con varios cojines.

A un lado, hay una mesa auxiliar con un portátil y, junto a esta, el armario.

—He pensado... —vacila Mateo, entrando detrás de mí—. Como aún no es tarde, podríamos ver una película. Si te apetece —se apresura a añadir.

—Eh... —dudo, observando a mi alrededor—. ¿Aquí?

—Claro —responde, riéndose de mi expresión—. Pongo el portátil en la mesita y ya está. —Se encoge de hombros, restándole importancia—. Puedo poner mi favorita.

Me guiña un ojo como si su proposición no fuese nada del otro mundo; yo, en cambio, me quedo un poco cortada.

Ver una película en su cama, con él, a solas...

La simple imagen hace que se me acelere el pulso.

Empiezo a ponerme nerviosa y él lo nota enseguida, ya que se muerde el labio en un pésimo intento de contener la risa al ver lo evidente que es mi reacción.

—Vale —acabo diciendo mientras suelto un suspiro—. Pero una de miedo no, por favor. La que quieras, pero nada de monstruos ni fantasmas... No estoy preparada.

Hago un puchero exagerado y le pongo ojitos, sabiendo perfectamente lo que estoy haciendo. Él no aguanta más y suelta una carcajada.

—Bueeeno, vale —cede sin pensarlo demasiado—. Vemos mi favorita de Disney. Pero no te acostumbres a salirte con la tuya poniendo esa cara, que no me das nada de pena —me vacila, divertido.

Lo observo mientras se mueve por la habitación.

Va despeinado, con una camiseta blanca y un pantalón de chándal cualquiera, pero está tan guapo que duele mirarlo.

No sé en qué momento he empezado a verlo así, pero al fijarme en esos mechones cayéndole por la frente, me entran unas ganas absurdas de acercarme y apartárselos con los dedos.

—Ya veremos... —bromeo mientras me siento en la cama con las piernas cruzadas.

Al final, pone Tarzán y no puedo evitar reírme.

—¿En serio? ¿Tu favorita es Tarzán ? —lo pico.

Se ríe y asiente, relajado.

Me encanta verlo así, sin el ceño fruncido.

—Sí, ¿algún problema? —inquiere, enarcando una ceja—. Tiene la mejor banda sonora del mundo.

—Yo no he dicho lo contrario —respondo, mostrando las palmas de las manos en señal de inocencia.

Mateo apaga la luz y nos acomodamos entre los cojines, buscando una postura cómoda y, al mismo tiempo, intentando no rozarnos demasiado. Aun así, estoy bastante tensa, consciente de cada pequeño movimiento y de la cercanía de su cuerpo.

—En realidad, es mi favorita porque mi hermana y yo jugábamos a ser ellos cuando éramos pequeños —confiesa de pronto en apenas un susurro—. Íbamos saltando por el jardín y cantábamos a pleno pulmón, sin importar quién nos escuchara.

Lo miro de reojo. Tiene la vista fija en la pantalla, pero sé que no está aquí del todo; su mente ha viajado a ese momento. Sonrío sin querer y le doy un empujón suave con el hombro, casi cariñoso.

—No sabía que tenías una hermana —comento, curiosa—. Seguro que erais adorables jugando a eso.

Me devuelve la sonrisa, tranquilo, con un brillo especial en los ojos que no había visto antes. No dice nada más y comprendo que no quiere profundizar en ello, pues hay recuerdos que seguro que prefiere dejar ahí, intactos.

En algún momento y casi de forma inconsciente, apoyo la cabeza en su hombro.

Al principio, noto cómo se tensa ligeramente, como si no supiera muy bien qué hacer, pero al cabo de unos segundos suelta el aire despacio y se relaja.

Continuamos viendo la película, comentando alguna que otra escena, y cantamos en voz baja alguna canción que nos sabemos de memoria.

Poco a poco siento los párpados pesados, el cuerpo rendido y la mente cada vez más tranquila. El cansancio me vence sin avisar y, no sé en qué momento ocurre, pero me quedo dormida sin querer. En su cama.