Sin miedo a perder(te) Chapter 20
32%

Chapter 20

Al despertar esta mañana, tuve claro que era uno de esos días en los que iría a la playa solo, a dibujar durante horas.

Ni siquiera pregunté a mis amigos si tenían algún plan ni me ha pasado por la cabeza quedar con nadie, simplemente desayuné con mis abuelos, preparé la mochila con calma y salí de casa con la certeza de que necesitaba este día para mí.

Al llegar a la playa, busco un sitio tranquilo donde extender la toalla y disfrutar del sol que cae con fuerza desde primera hora.

No hay demasiada gente, y eso hace que el paisaje se sienta más limpio, más mío.

Antes de abrir el bloc de dibujo, decido darme un baño para refrescarme; no he cogido la sombrilla y el sol empieza a apretar demasiado.

El impacto del agua fría me despierta el cuerpo nada más entrar y no puedo evitar sonreír, pues no hay nada que me guste más que esa sensación.

Siento cada músculo destensarse poco a poco y disfruto del sonido amortiguado cuando meto la cabeza bajo el agua.

Estar aquí, ahora, es mi terapia. Es el único momento en el que los demonios no tienen cabida, donde la culpa no pesa, donde los recuerdos no ahogan.

El mar siempre me cura, me da paz y la sensación reconfortante de que, al menos durante un rato, todo está bien.

Salgo del agua después de nadar un buen rato, me dejo caer sobre la toalla y espero a secarme antes de sacar el bloc y empezar a dibujar.

Hoy creo que plasmaré en el papel aquel barco que veo al fondo del puerto.

Los dibujos que hago en esta playa suelen parecerse, pero siempre hay algo que cambia: la luz, las sombras, algún detalle que hace especial el momento.

Me gusta eso, capturar pequeñas variaciones que hacen único cada día.

Estoy preparando todo, a punto de empezar, cuando la veo.

Alejandra.

No he sido consciente de su presencia ni de que estuviera tan cerca.

Camina directa hacia el agua con un bikini negro que le sienta espectacular y el pelo recogido en una coleta alta.

Su piel pálida contrasta con el sol, y el vaivén de sus caderas al andar me deja clavado en el sitio, incapaz de apartar la mirada.

La observo meterse poco a poco en el agua, soltarse el pelo y empezar a bucear.

Veo cómo se relaja, cómo mira hacia la derecha, en dirección al puerto, perdida en sus pensamientos con una ligera sonrisa y los ojos entrecerrados por la luz.

Es guapa. Muy guapa. Y tiene un cuerpo de escándalo.

Es eso lo que me pasa, lo que me tiene así. Por eso mi cuerpo reacciona: llevo demasiado tiempo sin ligar, sin besar a nadie... Sin follar, hablando claro. No es porque sea mi tipo ni porque me guste más allá de una atracción física, sino porque es guapísima y soy perfectamente consciente de ello.

Sin darme cuenta, empiezo a dibujar. Me centro en el fondo, en el barco que había elegido antes, pero ya no es el protagonista; ahora lo es una chica rubia que se ha colado en mis pensamientos sin pedir permiso.

Sin controlar lo que estoy haciendo, empiezo a dibujar su rostro, esa sonrisa suave, sus manos rozando el agua con cada movimiento, sus pechos sujetos por el bikini y sus piernas perdiéndose en el mar.

Está tan quieta que, sin pretenderlo, parece que está posando para mí y eso me calienta por dentro, logrando que el estómago me dé un vuelco.

Cuando empieza a andar para salir del agua, reacciono.

Aparto la mirada rápidamente, como si me hubiera pillado haciendo algo mal, y me concentro en el dibujo.

Pero claro, es ella. Y ha quedado tan bien que me jode muchísimo haberla dibujado sin ser siquiera consciente de ello.

La veo ir hacia su toalla y coger sus cosas para, un segundo después, acercarse a mí.

—No me había dado cuenta de que estabas aquí —dice Alejandra cuando llega a mi altura.

Cierro el bloc a toda prima y lo guardo en la mochila de forma brusca. Cuando levanto la mirada, intento sonreír.

—Hola, rubita —la saludo—. Te he visto en el agua, pero no sabía que eras tú.

Qué mal miento, joder.

No sabía que eras tú, pero te he dibujado .

Ella, ajena a mis pensamientos, me sonríe y extiende su toalla a mi lado. Me tenso automáticamente cuando se sienta tan cerca; me sorprende que se haya atrevido a hacerlo, y más aún que tenga intención de quedarse.

—Ahora somos tan amigos que ya te autoinvitas a sentarte a mi lado en la playa —comento, medio en broma, medio en serio.

Me mira de reojo y por su mueca sé que el comentario le ha molestado.

—No seas gilipollas, Mateo —gruñe—. Todo va bien hasta que abres la boca y sueltas esas tonterías.

Suelto una carcajada por lo rápido que se ha picado y le doy un leve empujón con el hombro. Nuestros brazos se rozan y su aroma empieza a invadirme.

—¿Qué estabas haciendo? —me pregunta, interesada.

—Dibujar —contesto con sinceridad—. Hoy es uno de esos días en los que me apetecía venir y dibujar.

—¿Me lo enseñas?

Sé que lo pregunta sin mala intención, pero me tenso de inmediato y me aparto un poco. Niego al instante.

—No —respondo más brusco de lo que quería.

La veo dudar, asentir despacio y, sin decir nada más, saca su libro y empieza a leer.

No pide explicaciones. No insiste. Y eso, inexplicablemente, me gusta.

Ha venido a sentarse a mi lado solo para leer, concentrada y tranquila.

En un impulso, le quito el libro de las manos y ella me mira mal antes de soltar un gruñido adorable.

—Lo siento si he sonado borde —me disculpo—. No enseño a nadie lo que dibujo. No es por ti, es cosa mía.

Veo cómo se relaja y se echa para atrás apoyando los codos en la toalla. Mi mirada se dirige de forma traicionera a sus pechos y a su cintura; subo la vista con rapidez y me encuentro con sus ojos. Se sonroja, ya que se ha dado cuenta de mi gesto.

—Te entiendo —asegura—. Y, ahora, ¿me devuelves mi libro?

— Te esperaré —murmuro al leer el título—. Es de amor, ¿no?

—Sí, es lo que más suelo leer —aclara, asintiendo con tranquilidad—. Este es mi favorito, no sé cuántas veces lo habré leído ya.

—Se nota —respondo al ver lo marcado que está—. ¿No te da pena subrayar tanto?

—Antes sí, ahora me encanta —confiesa con una sonrisa tonta en los labios—. Marcar momentos y frases con significado, y luego poder releerlos cuando quiera.

—A ver —digo, buscando una página al azar—. Voy a leer la primera frase que encuentre.

No me da tiempo. Se pone de rodillas y me arrebata el libro de un tirón; de repente, vuelve a estar demasiado cerca y su bikini se convierte en un problema serio para mi cabeza... Y para algo más.

—No, no, no —niega en rotundo, guardándolo en la mochila—. Igual que tú con tus dibujos, nadie va a leer lo que señalo en mis libros.

Levanto las manos en señal de rendición y me río. Ella se muerde el labio intentando no hacerlo, y mi vista se clava en ese gesto. Mi mente se dispara sola. Imaginarme haciendo eso yo mismo, me provoca una oleada de calor que baja directa a mi entrepierna.

Joder, ¿qué me pasa?

Necesito un baño urgente.

—¿Te apetece bañarte? —le pregunto, levantándome sin atreverme a mirarla.

—Eh... Vale —accede, confusa.

Se adelanta y tengo una vista directa de su culo.

Tengo que dejar de mirarla así.

Es culpa del bikini, que es demasiado pequeño.

Se encoge al tocar el agua y, sin pensar, le rodeo la cintura con los brazos.

Escucho su grito y sus insultos mientras corro con ella en volandas hasta que el agua nos cubre y nos dejamos caer.

La suelto y sale chapoteando, llamándome de todo menos cosas bonitas.

Me río al verla intentar verse enfadada cuando sé que se lo está pasando bien.

—Te odio —espeta, fingiendo molestia—. Está helada y necesito mi tiempo para meterme.

Intenta hundirme apoyándose en mis hombros y haciendo fuerza con su cuerpo, sin darse cuenta de que así no va a moverme ni un centímetro.

—Rubita —advierto, mirándola de reojo—. Así no vas a conseguir nada.

De repente, me rodea con las piernas por detrás, y al girarme la descubro sonriendo; esa distracción le basta para hundirnos a los dos. Cuando salgo, nada hacia atrás, huyendo de mí.

—¿Ves? —me pica—. Sí que podía hacerlo. ¡Me subestimas demasiado, Mateo!

Niego con la cabeza mientras me acerco con una sonrisa canalla. Empieza a chillar y a salpicarme para que no la ahogue y, así, pasamos la tarde entre risas, juegos y ahogadillas. El tiempo vuela y, cuando me doy cuenta, el sol ya se está poniendo en el horizonte .

Nos encontramos tumbados en la toalla, sin hablar, tan solo compartiendo un silencio que no resulta incómodo.

La miro de reojo y veo su leve sonrisa mientras observa el atardecer.

Pienso, sin querer, en lo bonito que sería ahora mismo dibujarla así: con la última luz iluminando sus ojos, los labios entreabiertos y el pelo recogido en un moño desordenado.

Ayer en la fiesta estaba guapísima, pero así, al natural... está deslumbrante. Antes de ser consciente de lo que voy a decir, me sorprendo preguntando:

—¿Te vienes a cenar a casa de los nonni ?