Sin miedo a perder(te) Chapter 19
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Chapter 19

Es domingo y el buen tiempo invita a pasar el día en la playa.

Me he despertado con un poco de resaca por culpa de las copas de ayer, una de esas que no llega a ser dolorosa, pero sí lo bastante molesta como para recordarme que no estoy acostumbrada.

Aun así, me acompaña una sensación de felicidad suave y constante, esa que no recordaba desde hace tiempo.

Si no pienso en las últimas llamadas de mi padre, las cuales no he contestado, todo está bien.

En tan solo unas semanas, mi vida aquí parece estar completamente asentada.

Tengo un trabajo que me gusta: cuidar de los diablillos y el día a día en el restaurante se me hace sencillo, casi cómodo.

Además, he conocido a Sof, que sin pretenderlo se ha convertido en un gran apoyo para mí, en esa persona que aparece justo cuando más lo necesitas.

Y también está Mateo, que, aunque consiga ponerme nerviosa con su presencia y con la forma en la que se acerca demasiado, me encanta la dinámica que hemos creado, los piques, las miradas cargadas de ironía y esa sensación extraña que se despierta cuando estamos cerca.

Recojo todo en mi habitación con calma y me preparo una ensalada para llevar.

En la mochila meto mi lectura actual, la toalla, protección solar y una sudadera para cuando refresque.

Tengo intención de bañarme, pero sé que, cuando el sol empiece a caer, hará algo de frío como para ir solo con el vaquero y la camiseta que he elegido.

Me gusta ir preparada y sentir que lo tengo todo bajo control, aunque sea en cosas pequeñas.

He preguntado a Sof si se apunta, pero me ha dicho que es el cumpleaños de la hermana de Luca y que lo celebrarán con una barbacoa, así que hoy es un día para mí misma.

Antes me daba vergüenza hacer planes sola y tenía miedo de lo que la gente pudiera pensar, e incluso me sentía observada o juzgada; pero, poco a poco, después de atreverme a ir al cine o a un restaurante sin compañía, pasar tiempo conmigo se ha convertido en mi plan favorito.

Obviamente, disfruto de la compañía de mis amigas, pero también empiezo a disfrutar de la mía, algo que había perdido en estos últimos años sin ser consciente de ello.

Cuando salgo en dirección a la playa, decido hacer una videollamada con mis chicas. La primera en coger el teléfono es Carla, que está en una especie de centro comercial y se la ve un poco más seria de lo normal.

—¡Hola, bomboncito! —saluda, gritando más de la cuenta.

A los pocos segundos se une Paula, que está en el piso con el pijama puesto y un moño mal hecho. Por su cara, creo que la he despertado .

—¿Qué horas de llamar son estas, Ale? —se queja—. Estaba dormida, y tú también deberías estarlo después de la fiesta de ayer.

—Hola, chicas —saludo sonriente—. Pau, son las doce, creo que ya es hora de levantarse. Por cierto, ¿qué haces, Carla? —inquiero, curiosa.

Ella mira a su derecha y sonríe de forma casi imperceptible.

—He venido al centro comercial a devolver algunas cositas que me compré el otro día —explica con calma—, y aprovecharé para comer por aquí.

La pelirroja y ella comparten una mirada que no logro descifrar, pero no le doy demasiada importancia. Sé que, si pasara algo, me lo contarían.

—¿Tú a dónde vas? —pregunta Paula, que se levanta de la cama entre quejidos.

—Voy a pasar el día en la playa —les digo, asintiendo con convicción—. Me he preparado la comida y estaré allí leyendo y tomando el sol. A ver si consigo volver más morena que tú, Carla —le digo, divertida.

Ambas se ríen y la susodicha pone los ojos en blanco. Pau es igual de blanquita que yo; en cambio, Carla tiene un moreno envidiable todo el año.

—Bueno, chicas, os tengo que dejar —dice Carla, volviendo a mirar a su derecha mientras gesticula con nerviosismo—. Hay demasiada gente y no os escucho bien. ¡Esta noche hablamos!

Corta la llamada tras despedirse y Paula y yo nos quedamos solas

—¿Crees que le pasa algo? —le pregunto algo preocupada.

Se tensa levemente y entorna los ojos, pensando demasiado tiempo la respuesta.

—Qué va, no te preocupes —responde por fin, intentando tranquilizarme—. Solo está agobiada por los exámenes finales.

Asiento, aunque no termino de estar convencida.

Me despido de Paula y quedamos en hablar por la noche, ya que aún no les he contado los detalles de ayer; ya puedo imaginarme sus grititos cuando les diga que Mateo me acompañó a casa.

No entiendo las historias que se montan en la cabeza, ya que, si vieran cómo es realmente Mateo, se darían cuenta de que no le intereso más allá de una amistad, y bastante me parece teniendo en cuenta cómo era conmigo.

Apenas han pasado unas semanas, pero que ahora nos llevemos bien, ya me parece un gran avance.

Cuando llego a la playa y extiendo la toalla, los recuerdos de ayer vuelven sin avisar: el intento fallido de baile, el momento en que me llamó rubita, su mano en mi cintura poniéndome nerviosa.

Se me escapa una risita al pensar en la conversación sobre las películas y no puedo evitar preguntarme si se cumplirá, si de verdad acabaremos quedando para ver nuestras favoritas.

Tengo que reconocer que la idea me provoca una mezcla de ilusión y nervios que no sé muy bien cómo catalogar.

Supongo que es porque nunca he tenido un amigo hombre; lo más parecido fue Alberto y, en realidad, era más bien amigo de mi ex.

Claro que tampoco podía ser de otra forma, pues Pablo no me dejaba acercarme al género masculino si no era en su presencia y con su aprobación.

Pongo los ojos en blanco y sacudo la cabeza para apartar esos pensamientos.

Antes me daba pena pensar en él; ahora la rabia gana cada vez más terreno.

Rabia por no haber sabido irme a tiempo, por consentir todo lo que me hizo y dejado que me apagara hasta conseguir que me perdiera.

Y aunque empiezo a estar bien —incluso a ser feliz—, sigo sin saber quién soy ni qué quiero en mi vida realmente.

No me gusta pensar en ello, pero es la realidad: esto es temporal, el tiempo pasa rápido y en algún momento tendré que volver a una vida que ahora siento lejana y que no quiero para mí, aunque no sepa todavía cómo enfrentarme a eso.

Los gritos de unos niños que corren hacia la orilla y me salpican al pasar por mi lado logran sacarme de mis pensamientos, y lo agradezco. El camino que estaba tomando mi mente no era bueno y ya sentía cómo la ansiedad empezaba a apretarme el pecho.

Saco el libro y me concentro en la historia, aunque de vez en cuando levanto la vista para observar el mar.

Cuando el sol aprieta demasiado y noto la piel caliente, decido darme un baño para refrescarme.

Me levanto despacio, sacudo la arena de la toalla, y camino hacia la orilla notando cómo el suelo cambia bajo mis pies y se vuelve más húmedo y firme cuanto más me acerco al agua.

El primer contacto me provoca un pequeño estremecimiento, pues el agua está helada, ya que por las noches aún hace frío y se nota, pero me gusta que sea así; ese impacto inicial que me obliga a reaccionar y a estar presente.

Poco a poco me adentro más, hasta que el frío deja de ser punzante y se convierte en algo soportable, casi agradable.

La suavidad de las olas elimina la tensión de mi cuerpo, me envuelve y me calma, como si arrastrase consigo todo lo que pesa.

Puede que a mucha gente no le guste, pero yo siento cómo me relaja el mar cuando está frío, sobre todo, cuando empiezo a bucear.

Bajo la superficie todo suena distinto, más lejano y suave.

Mis movimientos se vuelven lentos y conscientes, y por unos instantes no existe nada más que el vaivén de la corriente marina y mi respiración acompasada.

Y aquí, en el agua, escuchando el sonido constante de las olas y las voces lejanas de las familias que han venido a pasar el día, me siento ajena a los problemas.

Noto cómo la arena se hunde bajo mis pies cuando vuelvo a tocar fondo y cómo el sol calienta mi piel al salir. Me permito respirar de verdad.

Puede que esté perdida y que no sepa quién soy a día de hoy, pero en este instante, estoy bien.